6 junio 2012

The Sense of an Ending, de Julian Barnes

Posted in para incultos cultivables a 2:54 PM por wenperla


La tapa blanda de esta novela yacía en una especie de botadero en una de las tantas librerías del aeropuerto de Ámsterdam: era una de esas promociones en las que pagas 2 libros y te llevas 3. La edición no era cara y hacía un par de meses que había encargado la novela por Amazon: una pena que, para variar, me quedara yo sin fondos y a la mera hora Amazon tuviera a bien avisarme que mi pedido no podía enviarse porque mi tarjeta didn’t go through. Yo nunca he tenido dinero, pero todo lo que he tenido lo he invertido en libros, en tenis, en vagabundeos, en amigos, en tragos y en comida. Esta vez, a diferencia de lo que hubiera hecho hace un año, sólo compré The Sense of an Ending. ¿Por qué? No, ni siquiera me percaté de que había ganado el Man Booker Prize. Me lo llevé porque era Julian Barnes, uno de los escritores contemporáneos que lo convencen a uno de que hoy día hay varios escritores que tienen mucho… muchísimo que ofrecer. Trato de entender a la banda que vive obsesionada con los clásicos, pero he de decir abiertamente que da pena la arrogancia que les cierra las puertas a la producción literaria de grandes escritores contemporáneos como Coetzee, Lessing, Barnes, Updike, Toni Morrison, Philip Roth, Achebe, Javier Marías o R. R. Martin.

[Sé que este mosaico de nombres propios le dará al lector motivos suficientes para despotricar en mi contra y dejar comentarios que wordpress, no sin cierta ingenuidad automatizada, califica como “spam”… pero da igual. Martin escribe fantasy y ciencia ficción, jamás ganará un Nobel pero tiene el talento y la madera de los grandes de la literatura artúrica —para rebatir mi punto de vista, léanse su Canción de hielo y fuego y luego hablamos—. A Marías muchos lo odian casi en automático —no revelo identidades, pero conozco varios que se resisten a leerlo por el simple hecho de ser gachupín—, pero su Corazón tan blanco y su Mañana en la batalla piensa en mí son obras que dejan huella en cualquiera, por más escéptico que se sea. Coetzee, Lessing y Morrison son todos ganadores del Nobel: si bien los premios no dicen nada, hay que reconocer en sus letras un talento fuera de serie. Roth, según tengo entendido, es siempre candidato —con todas las de la ley—: nomás pa’ darnos un quemón, acaba de concedérsele el Príncipe de Asturias. Finalmente, Updike y Achebe son capaces de trastocar las fibras más sensibles del lector; Achebe se erige, además, como el portavoz de un pueblo y de una generación. El punto es que todos ellos son escritores contemporáneos, como lo es Barnes, y es una lástima que haya aún quien se deje intimidar por el hecho de saber al autor vivo: es como si esto fuera motivo suficiente para no leerlos. Ya lo sabemos, cómo no… Incluso ahora, cuando la industria de los agentes está más boyante que nunca y los autores más populares cobran anticipos millonarios por cada una de sus novedades —y vemos a Salman Rushdie en la prensa amarillista, por todo lo alto, posando en los lugares más sofisticados de Nueva York y rodeado de las mujeres más bellas—, el lugar común del encumbramiento póstumo del escritor sigue siendo una constante. En fin, para variar: me enredo en mis disquisiciones —que también suelen ser lugares comunes—.]

The Sense of an Ending ha sido —y que quede claro que me doy cuenta hasta ahora: no lo supe antes— una novela muy elogiada por la crítica. Barnes es un escritor muy versátil que no sucumbe ante la tentación de acomodarse en un género determinado: es un hombre divertido, sin duda… aquellos que se apoltronan, segurito se aburren de vez en cuando —esto sin mencionar su agudísimo sentido del humor—. En paralelo, como los grandes, ya encontró el tono: cuando lees a Barnes, sabes que es él.

Esta novela es un recuento y una introspección. Narrada en primera persona —¡como me gusta!—, de estas páginas surge la voz de un hombre jubilado, en la recta seudofinal de la vida —tema que, por cierto, está muy en boga—, quien ve su monotonía interrumpida a raíz de la llegada de un sobre cuyo remitente comenzaba a desdibujarse de los más alejados rincones de su memoria. ¿Y qué incluye el sobre? Un bonche de recuerdos, un cheque y, sobre todo, la incógnita que justifica la existencia de este libro. La voz del hombre es lúcida y atinada. Este hombre, acomodado en la meseta de su existencia, ve trastocada su supuestamente satisfactoria monotonía al recibir este sobre y, con ello, hacer un examen a conciencia de aquel acontecimiento que hace más de cuarenta años le cambió la vida y que en algún punto dejó de importarle: el suicidio de su mejor amigo.

No, no voy a contarles más sobre la trama. La historia es tan breve y tan rica que, ciertamente, amerita que la lean de principio a fin. Lo que sí he de decirles es que por momentos se convierte éste en el típico libro que llega a desesperar a los más impacientes ante tanta reflexión y diálogo interno —no es mi caso, definitivamente—, pero no cabe la menor duda de que las últimas… digamos… quince páginas del libro, dejan al lector colgado de la lámpara: “¿Qué?!?!?!? ¿Era E-S-O?!?!?! ¿Y luego?!?!?!?! ¡No la vi venir!!!!!!!!” Barnes tenía la trayectoria de la historia perfectamente planeada, geométricamente concebida, de modo que nada ni nadie se desviara un solo ápice del camino que desde un principio debía seguir.

Barnes nos regala una hermosa reflexión sobre el sentido de la muerte y el abatimiento. Barnes se pone en los zapatos de un hombre que asume su mediocridad y la felicidad que ésta conlleva. Barnes demuestra que la vida jamás agotará su capacidad de sorprendernos: nunca es demasiado tarde para brincar de alegría, para llorar de rabia y exorcizar nuestros demonios, para urdir el más infantil de los planes con tal de alcanzar nuestros objetivos. Barnes, como siempre, nos habla del amor: ¿existe?, ¿es sólo una convención?, ¿de veras puede durar?, ¿es sinónimo de tragedia? Y el sexo. El sexo como un elemento tangencial que siempre gira en torno al verdadero meollo del asunto: ¿se puede ser algo legítimamente? ¿Se puede abrazar una opinión y tener convicciones inamovibles? ¿Se es quien se cree que es sin que de pronto llegue el viento y arrase con todo a su paso? ¿Y con qué nos quedamos, pues, al final del camino? ¿Y esos amigos? ¿Aquellos con quienes compartimos los que atesoramos como los momentos más valiosos de nuestra juventud? Sí somos conscientes, ¿verdad?, de que a la larga todos aquellos vínculos que en la tierna adolescencia jurábamos eternos se esfuman, prácticamente sin darnos cuenta, al cruzar el umbral de la adultez —del compromiso, de la vida oficinesca, de las deudas y las responsabilidades, de los pagos y la inseguridad que acarrea consigo el paso del tiempo—.

A Tony Webster no le falta absolutamente nada; al contrario: le sobra humanidad. Da la sensación de que al no esperar más nada de la vida, agradece cualquier evento que irrumpa en el silencio de la maldita cotidianidad. ¿Para qué? Para darle un motivo. ¿Un motivo para qué? Para indagar. Para atar cabos. Para invocar fantasmas. Para recordar. Para llorar. Para sentir que se acelera el ritmo cardiaco. Para darse cuenta de que fue un imbécil y regodearse en el gran hallazgo de asumir que lo fue. Un motivo, básicamente, para morir con una buena historia a cuestas.

Creo que no está publicado aún en español. Búsquenlo en la lengua que más les convenga… pero no dejen de hacerlo.

12 comentarios »

  1. David said,

    Yeeeeeeeeeeeei!! Wenperla de vuelta! Me has hecho mi semana🙂 gracias por postear de nuevo. Se te extrañaba por aqui

  2. Anne said,

    proximamente en Anagrama… en castellano se titulara Un sabor a final.

  3. Bnazar said,

    Wen is back =O

  4. Miriam said,

    Welcome back!😀

    Ya voy anotando todos esos autores contemporáneos en la lista de mis pendientes🙂

    Por cierto, “Canción de hielo y fuego” se la conoce en la tele yanqui como “Game of thrones”. Muchos están adquiriendo los libros para “spoilearse” la trama, jaja.

  5. Ramón Córdoba said,

    Glorifica mi alma al señor y mi espíritu se llena de gozo, pues hoy he visto maravillas.
    Gran reseña, con todo y sus digresiones para no negar la cruz de tu parroquia.
    Y un gran regreso, querida Wendolín.

  6. Enrique said,

    Wen de nuevo por aquí. Ya se te extrañaba. Atractiva la historia que reseñas. Buscaré el libro.

  7. […] 3. Altres ressenyes que parlen sobre El sentit d’un final: Llibreria l’Altell i Puras letras. […]

  8. Hugo Castro said,

    Hola, disculpen quiero aprovechar este espacio para resolver una duda que no me deja dormir. Es correcto decir: “…yo creo que…”, para referirse a algo que estoy seguro que así es. Gracias

  9. samuel riba said,

    leí el libro con mucho interés, Barnes es un gran escritor, pero no entendí el desenlace, es el colmo. ¿Quizás como chinatawn de Polaski?. Los líos familiares siempre me desconciertan.

  10. Cecilia said,

    Se editó con el título El sentido de un final” Anoche lo terminé. El final es sorprendente, pero lo que realmente es interesante son las reflexiones que hace Tony. Cuando habla de los padres, de las responsabilidades, de la ex esposa. Muy bueno! Como dijo el NY Times, un libro corto pero nada leve.

  11. pato said,

    A esta altura no creo que altere a nadie lo que voy a preguntar (aunque es spoiler) pero quiero asegurarme: el hombre discapacitado que va al pub, es hijo de Adrian y Sarah?? Perdon pero no me quedo claro. Se lo he recomendado a amigos pero ninguno me supo asegurar


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