24 abril 2011

Los enamoramientos

Posted in para incultos cultivables a 9:44 PM por wenperla


Sé de boca de varios lectores asiduos que Javier Marías suele tener los más variopintos efectos entre aquellos que se animan a infiltrarse entre sus páginas, a seguir al pie de la letra sus historias. Hay quienes consideran que se trata de un escritor inflado por la crítica, cuya producción literaria no empata con la valoración que en términos generales de él se tiene. Y hay otros lectores, como yo, que hemos perdido ante sus textos toda objetividad: sus letras me engolosinan, me vuelven adicta, me impelen a dar vuelta a las hojas incesantemente hasta llegar al colofón.

Sin haber leído aún la que para él ha sido su novela más ambiciosa, Tu rostro mañana, dudo que haya entre su obra piezas que superen su Mañana en la batalla piensa en mí ni, mucho menos, su Corazón tan blanco. En el primer caso, una mujer, casada y madre de un niño pequeño, muere inesperadamente al lado de su amante en el lecho que comparte con su esposo; en el segundo, a la vuelta de su luna de miel, una mujer se busca el corazón frente al espejo para despedirse de este mundo dos balazos mediante. Ambas historias, extraordinariamente bien logradas, permanecen por siempre en la memoria del lector, que vuelve a ellas una y otra vez como si de clásicos se tratara (¿y quién dice que no lo serán?).

Los enamoramientos es, por mucho, una novela diferente. En primer lugar, es una novela narrada por una mujer: reto al que, según yo, se enfrenta el autor por vez primera. Miguel, Luisa y María coinciden todos los días por la mañana, en el mismo restaurante, y María se regodea en la visión de esta pareja que parece perfecta: ambos ligeros, tranquilos, naturales. María ni siquiera se acerca, se conforma con la visión de aquel que contempla en silencio, desde el rincón, atisbando cada detalle. La narradora existe porque Luisa y Miguel existen: María no es sino un testigo anónimo de la armonía que la pareja desprende a su paso. Hasta que un día todo terminó.

Cuando los finales se adelantan abruptamente, cuando no tienen vuelta atrás, es difícil impedir que nos carcoma la violencia de un adiós absurdo, fuera de tiempo, fuera de lugar. Un buen día, María se topa en el periódico con el rostro ensangrentado de Miguel, quien ha sido asesinado por un indigente: no sé cuántas puñaladas en no sé cuántos órganos vitales dejaron como saldo el cadáver de aquel padre de familia de quien Luisa y los niños se ven forzados a despedirse antes de tiempo. Es entonces cuando, por vez primera, la Joven Prudente se acerca hasta Luisa y le ofrece sus condolencias. Quizás rebasada por la pesadumbre de la cotidianidad, harta de abrumar a los más cercanos con su duelo insoportable, Luisa decide llevarse a la Joven Prudente a su casa, donde tiene lugar el primer encuentro entre María y Javier, el mejor amigo del difunto, de quien María se enamorará estúpidamente (¿hay, acaso, otra forma de enamorarse?) aun a sabiendas de que éste está, a su vez, profundamente enamorado de Luisa.

Y he aquí el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta historia que corre, como todas las historias de Marías, lenta y plena en detalles. Ésta no es una novela sobre el amor, no caigamos ante la provocación del título: una cosa es el amor y otra cosa es el enamoramiento: este último es inquietante, apremiante, adrenalínico. El enamoramiento es, en el fondo, a lo que todos aspiramos, aunque haya veces que tengamos que conformarnos con el amor cotidiano, apasible, monótono. El enamoramiento es irrefrenable, es envolvente, es irracional. Pero tampoco… tampoco se trata de una novela sobre el enamoramiento. Me parece a mí, a pesar de todo, que estamos ante una novela sobre la muerte y (como reza la cuarta de forros) las inconveniencias de que los muertos vuelvan a perturbar la realidad a la que nos hemos acomodado ya sin ellos.

Los enamoramientos es una novela donde se entretejen la intriga, la falta de escrúpulos, la ingenuidad, la mentira y la fluidez narrativa de uno de los escritores contemporáneos más prolíficos en lengua castellana. Si abriésemos cualquier página al azar, sin ver siquiera la portada, cualquier lector mínimamente experimentado sabría que se trata de la pluma de Javier Marías. Es una mujer, sí, un álter ego del propio escritor, que permite entrever que detrás de todo ello hubo un esfuerzo monumental por ponerse del otro lado, por explicar al género femenino desde su propia perspectiva, para llegar a la conclusión (o no) de que, en el fondo, hombres y mujeres somos sumamente predecibles: parecemos impulsados por los engranajes de la misma maquinaria, consecuencia de la sociedad del consumo donde nos tocó vivir, que dibuja sobre el piso las directrices de nuestros pasos a seguir. “Prohibido enamorarse”, es una de las consignas de este mundo. “El que se enamora, pierde”, es otra de ellas.

No sé si ya lo he dicho antes, pero Marías es un escritor para el que se requiere de muchísima paciencia. En ninguna de sus novelas, mucho menos en ésta, se suceden los hechos uno tras otro para no perder ni por un segundo la atención del lector sediento de acción. Javier Marías trabaja como el mejor de los orfebres cada una de sus líneas, y el amor que profesa el autor por las palabras es el mejor aliciente para seguirle la pista y llegar hasta el final.

3 comentarios »

  1. jorgetellez said,

    Pues para mí, Tu rostro mañana sí supera Mañana en la batalla piensa en mí y Corazón tan blanco. Así que ¡corre a leerla!

  2. wenperla said,

    ¡Pufff! Indudablemente, lo juro, Tu rostro mañana sí entra en la lista de libros que debo leer antes de morir. ¡Tu comentario no hace sino reafirmármelo! (Y ahí lo tengo, en el librero, ¡gritándome todos los días que lo deje salir!)

  3. Klaüshen said,

    Güera ahora me quedo con esta frase…….al leerlo….te cuento y platico pero para mi hasta ahora y al leer lo que nos compartiste, dice todo !!!

    “……….las inconveniencias de que los muertos vuelvan a perturbar la realidad a la que nos hemos acomodado ya sin ellos.”


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