2 octubre 2010

La destrucción de Kreshev

Posted in para incultos cultivables a 9:56 PM por wenperla


A mí me queda muy claro por qué quise comprar este libro. El primer lugar se lo disputan el sello y la ilustración de la portada. Ya sabrán ustedes cuánto me seduce a mí este óleo. En realidad, me pregunto cuántas obras de la literatura tienen esta imagen de Johann Heinrich Füssli a modo de cubierta. Supongo que él nunca vio venir la sensación en la que devendría su Pesadilla. He visto más esta pintura en tapas de libros que El beso de Klimt o El nacimiento de Venus de Botticelli en libros de historia del arte.  [Bueno, la mera verdad, tampoco es que abra yo muchos libros de historia del arte. Dejémoslo ahí.] En fin. Luego vino el sello, Acantilado, y el atractivo formato de esta colección. Una vez habiéndome atrapado estos elementos aparentemente superfluos, me di cuenta de que 1. era una historia contada por el mismísimo demonio y de que 2. el autor era el mismísimo Isaac Bashevis Singer, el muy celebrado y ya extinto autor polaco-judío.

Gaby, mi amiga del alma, se había empeñado en regalarme un libro por mi cumpleaños. Aquí entre nos, la pobre acabó regalándome dos. Y al final, así fue, los títulos elegidos no sólo no eran de su agrado sino que se oponía terminantemente a pagar por DOS libros cuyo narrador fuera Satanás (el otro fue El maestro y Margarita del ruso Mijaíl Bulgákov). Pero era mi cumpleaños y nada pudo hacer.

La destrucción de Kreshev, para ser exactos, tiene 117 páginas. “Esto me lo leo en un día”, pensé. Y he ahí que escribo esto a casi un mes de que aquello sucediera. ¿Qué pasó? ¿Por qué tardé tanto? Eso mismo me dispongo a desentrañar aquí.

En este libro, el diablo nos cuenta cómo se encargó de destruir un shtetl, una especie de aldea polaca poblada por judíos cuya vida gira en torno a la sinagoga, el mercadillo y los pueblos de los alrededores. Es verdad que en muy poco tiempo Bashevis Singer logra acercarnos a los personajes principales y con ello nos sitúa ahí, en el lugar de los hechos. Es verdad también que el tono del narrador es bastante verosímil: ese sentido del humor es justamente el que a mí va a conducirme sin escalas al infierno. Sin embargo, el libro es más rico en anécdotas locales que en cuanto a la historia en sí. Para aquel que, como yo, no se entera de que hay un glosario a modo de epílogo, la historia transcurre pesada ante los ojos de un lector que, totalmente ajeno a la terminología judaica, se atora a cada tres o cuatro renglones con una palabra nunca antes vista. En este libro, también hay que decirlo, esas complicaciones lingüísticas pueden bien librarse gracias al contexto, a diferencia del libro aquel que compré hace ya un año, La familia Moskat, de cuya página 50 no pude pasar dado que a esas alturas ya estaba yo convencida de que el libro estaba escrito en yídish y de que yo acababa de darme cuenta.

Así que… veamos. El maligno deja claro que los pobres lo aburren, ya que aquellos proclives al pecado son siempre los ricos. (Esto me hace recordar las muy sabias palabras de Dorothy Parker, quien sentenció: “If you want to know what God thinks of money, just look at the people he gave it to“.) Así que es justamente a ellos a quien ha decidido pervertir para extender su diabólico dominio. En una aldea como Kreshev, donde todo es santurronería, no resultó muy difícil esparcir el horror entre la población que, mojigata, se dejó destruir a raíz del adulterio de la hija del hombre más rico y más próspero del pueblo.

La verdad es que lo que ocurre en Kreshev por obra del demonio no dista mucho de lo que hoy día sigue ocurriendo por obra y gracia del hombre en cualquier lugar del mundo: gente ociosa husmeando en la vida de los demás, prejuzgando, enarbolando la cultura del tabú, entrometiéndose en las vidas ajenas y poniéndolas bajo los reflectores. Esto que aquí describo, aquello que ocurrió en Kreshev, es para mí muy parecido al infierno, a la demolición de la individualidad, a la degradación de la sociedad. Para intentar observar los diez mandamientos entregados a Moisés, primero debiéramos entender lo que dicta el sentido común: vivir la vida propia es mucho más sano, mucho más provechoso, mucho más divertido, mucho más interesante que tratar de buscar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.

Quizás por eso me resultó pesado el libro: porque son justamente el fanatismo, la gazmoñería y las habladurías lo que me sacan ronchas. Y para cerrar, una cita de mi sabia y hermosa madre: “Vive y deja vivir”.

2 comentarios »

  1. Eduardo said,

    De Bashevis Singer yo disfruté muchísimo Satán en Goray.

  2. wenperla said,

    Muy bien, pues tomo nota y la próxima vez me llevaré ése. Como ves, ¡a mí esos enfoques me atraen!


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