1 agosto 2010

Escribir y callar

Posted in para incultos cultivables a 5:07 PM por wenperla


Todas las entradas de este blog pretenden comunicar lo mismo: un amor inenarrable por las palabras, por la literatura. No sé si ha quedado claro o si en el camino me he desviado yéndome por las ramas, dando circunloquios innecesarios y empobrecedores. Seguramente. Sin embargo, lo que es un hecho es que la única constante en todas las notas que conforman este pentagrama es este apego que se me sale de las manos, que se me desborda del corazón, que se interpone entre el universo y yo como un filtro a través del cual estoy condenada a escrutar la realidad del mundo en el que vivo.

Afortunadamente, no han sido pocos los autores que se han dado a la tarea de desentrañar, milímetro a milímetro, el amor que profesan por su profesión, por la literatura, por las letras y el lenguaje, por el arte en general. Escritores y editores que han legado al mundo obras de valor inexpresable para todos aquellos que corremos a escondernos en los brazos de la literatura. (Cabe mencionar aquí, entre otros, Los demasiados libros de Gabriel Zaid: un imperdible para todos aquellos de un modo u otro estamos relacionados con este ingrato y bello oficio.)

Mi primer encuentro con Nuria Amat fue a través de un texto que se llama “La enfermedad de la novela”. No me cabe duda de que una de sus múltiples cualidades como escritora es la elección precisa de sus títulos. En este texto, Nuria se queja amargamente (como corresponde a los escritores de su estatura) sobre la banalización de la literatura, la comercialización de lo que por su esencia misma debiera ser sagrado e intocable, y lanza diatribas como la siguiente: “Casi da vergüenza llamarse escritor cuando reporteros, futbolistas, actores, políticos y demás famosos se ven travestidos de la noche a la mañana en autores de libros”. Es verdad.

 Y me topo entonces con un librito casi imperceptible sobre la mesa de novedades de crítica, con un título espectacular: Escribir y callar. ¿Y no es eso a lo que se dedican los verdaderos escritores: a ser testigos silenciosos de su tiempo, a descargar por medio de las letras lo que difícilmente recordaríamos si optasen por la lengua hablada? Es éste un texto que nos conciencia sobre el respeto que merecen todos aquellos que han hecho de su vida lo que para tantos se perfila imposible: “vestir con palabras los silencios del lenguaje”.

Aquí encontramos, por ejemplo, una cita de Flaubert: “Siempre me he esforzado para llegar al alma de las cosas”. Al escritor de verdad poco le importa si su texto está construido con base en hechos que se suceden intempestivamente, dejando cautivo al lector que ninguna intención tiene de enfrentarse a un relato difícil de entender, un escrito que invite a la reflexión y al esclarecimiento de la realidad que sólo a través de la literatura es posible conocer. La noción de literatura también ha evolucionado con el tiempo, y esta evolución se entiende, definitivamente, como un retroceso esclavo del thriller y la autoayuda.

En estas páginas, Nuria Amat le pone nombre a todo aquello que siempre hemos querido mentar. Y que quede claro que el silencio de quien esto escribe no reside en la desidia, nada más erróneo. Mi silencio en este sentido se afinca en mi incapacidad para poner en palabras exactas lo que quiero comunicar. Eso sí: tengo la certeza, sin lugar a dudas, de que padezco enormemente la tergiversación de la que la literatura ha sido objeto y que antepongo mis letras y mis ficciones al resto de sustancias de las que está compuesto el universo.

Todos nosotros, los letrófagos del alma, somos personas incomprendidas. A diferencia de muchos otros incomprendidos, a nosotros no nos importa vivir permanente sumidos en esta incomprensión. Cada día con más fuerza voy agazapándome en mis libros, en mis letras, en mis refugios literarios. No me aburro nunca. Siempre me falta tiempo. Siento incluso que a veces voy prefiriendo un libro entre las manos que una compañía de carne y hueso (claro, depende de la compañía). No voy pendiente del mundo: como las monjas [sic], también obedezco a mi llamado interno: leer, leer, leer. Rebuscar entre las librerías, revolcarme entre tantos libros y festejar esta vida que, generosísima, me permite regodearme entre tanta tinta y tanto papel. Una duda sí que tengo: ¿encontraré, tarde o temprano, a aquel que comparta mi existencia melancólica, que no me cuestione, y con quien mi soledad haga un tregua para abrirle paso a aquel otro tipo de amor?

No me inquieta ninguna de las confesiones aquí expuestas. Todo lo contrario: me reafirmo en ellas. Sin esforzarme demasiado, trato de acomodarme en este mundo que tantísimo dolor irradia todos los días, por más ajenos que nos sintamos a la tragedia. Al igual que Nuria, yo también creo que el la literatura es tristeza y oscuridad. La literatura es un reto y una necesidad. La literatura es sublime y es elitista. Y ya sabrá cada quién dónde colocarse en este mosaico de posibilidades infinitas.

Si tuviera que extraer las frases que de este libro considero reveladoras, no tendría más remedio que copiar el libro entero en este espacio (lectora copista, diría la autora), así que me limitaré a extraer un solo fragmento en el que, creo, se reduce mi vida también. Y lo pongo aquí sin la intención de que me entiendan o se abstengan de juzgarme: mi única aspiración es, precisamente, escribir y callar.

[…] En una época como la nuestra, que repudia todo lo que no es gregario, mediático y comparable a algo experimental, tangible, ponerse a hablar de la espiritualidad y tristeza de la novela es visto como insólito y decadente. Desear estar solo, leyendo, pensando, escribiendo, bajo la falsa apariencia de un ermitaño confundido con la existencia humana, está considerado como una excentricidad.

Y nosotros, los letraheridos, felices de vivir cobijados por tantísima extravagancia e insensatez.

***

Motivada por el amable e implacable comentario de Lear (que mucho se agradece), he querido hacerle una adenda a esta entrada con la única finalidad de esclarecer algo que, aparentemente, no queda claro. Me disculpo por mi falta de lucidez.

No sabría reinterpretar las palabras de Nuria Amat, pero sí las propias. Cuando me refiero a la tristeza y a la oscuridad de la novela, me refiero a la fidelidad de las emociones humanas que ahí se reproducen: al hecho de aproximarnos a la realidad tal como es: sin finales felices, sin colorín colorado que lleva al protagonista a la compleción de todos sus sueños. La vida es imperfecta, y así han de reflejarlo las novelas que nos desgarran el alma, que nos arrancan una lágrima y una sonrisa. Esto no quiere decir (¡nada más lejano!) que la literatura no sea placer, que las vidas entregadas a la lectura (ergo, a la escritura) estén condenadas a la aflicción y a la amargura. Aquellos que optamos por este camino en apariencia plagado de espinas somos terriblemente felices. Los escritores de verdad, una vez más, se esmeran por llegar al alma de las cosas, y en esa medida son ellos quienes pueden desvelarnos una radiografía profunda de la condición humana.

Pero ataquen, siéntanse libres. Para eso estamos.

6 comentarios »

  1. Lear said,

    Yo en verdad creo que a los libros -y de paso a los lectores- les hace mucha falta sacudirse esa serie de lugares comunes bajo los cuales se cobijan para ¿sobresalir?, para ¿sentirse especiales?, para ¿…? Yo no creo ni entiendo cómo la literatura puede ser tristeza y oscuridad, sino placer y gozo -incluso en esa misma tristeza y oscuridad que no es particular a los libros, sino a la vida- que yo encuentro en los libros y que otra gente encuentra en las películas, o en las telenovelas o en los anuncios publicitarios o en la caderas de Shakira. ¿Qué? ¿Soy un alma más atormentada que ellos porque me siento tres horas al día a leer libros? Yo disfruto tanto de una buena novela como de una plática con un buen amigo, porque creo que así como hay libros que valen la pena, también hay gente que merece mi atención, aunque sea, como es este caso, para hablar de libros y de literatura, o quizá por eso.

    Y ya sé que a veces nada más vengo a joder, pero esta vez sí estoy tratando de platicar, porque creo que esos mismos que se quejan del “desprestigio” de los libros y de la soledad a que eso obliga -como esta autora de la que hablas- son quienes más lo reinventan y lo fomentan.

    ¡Saludos, Wen!

  2. wenperla said,

    Hola Jorge. Muchas gracias por tu comentario. ¿Y si te dijera que estoy de acuerdo contigo en absolutamente todo? La primera parte de tu mensaje la respondí a modo de enmienda en el post mismo: así de relevante me pareció tu observación. Ahí quedan descritas las razones por las que me refiero a la novela como triste y oscura.

    La segunda parte del mensaje, como me parece más personal, la respondo aquí mismo. Al escribir tú “creo que así como hay libros que valen la pena, también hay gente que merece mi atención, aunque sea, como es este caso, para hablar de libros y de literatura, o quizá por eso”, parece que asumes que yo de plano no creo que haya gente que valga la pena: ¡nada más lejano!

    Reconozco, sí, que me he vuelto una persona un poco más cerrada, elitista quizás. Y no es algo que pregone, pero debo aceptarlo sin implicar con ello que me parezca algo positivo. Para mí es más normal de lo que te imaginas entablar conversación con personas apenas conocidas y hallar en ellas resquicios exquisitos de una inteligencia sublime: cada vez que esto me ocurre lo agradezco y valoro profundamente. Estas conversaciones, que lo sepas, no tienen a la literatura como telón de fondo, qué va. En las cosas más cotidianas de la vida hallo un regocijo extraordinario: el señor de la tienda, mi amigo musulmán, los vagabundos del Raval. Hablo con ellos por horas y horas y cada vez me divierto y aprendo más. Entonces, quede claro, yo no digo que la gente en general no merece la pena: a pesar de las muchas personas vacías con las que es imposible entablar una conversación (aquellas personas que siempre están “aburridas”), hay muchísimas otras que para mí no sólo son interesantes sino que son los pilares de mi vida en los que mi vida se cimenta.

    Y te diré otras cosas, así es, pero ya será “en privado”. Un beso grande y gracias otra vez.

  3. Wendolín:

    Uno te lee y dan ganas de apagar la compu y ponerse a leer. Yo no sé cómo diablos dices que no escribes, si se te va la vida en la palabra; si provocas, si seduces.

    Un abrazo:
    Lou…

  4. wenperla said,

    Hola Lourdes:
    Ese “Uno te lee y dan ganas de apagar la compu y ponerse a leer” es, indudablemente, uno de los cumplidos más grandes que me han hecho jamás en la vida🙂
    ¡Gracias por visitar este espacio y por dejar unas letras!
    Besos.

  5. […] This post was mentioned on Twitter by Isela González, Wendolín Perla. Wendolín Perla said: "Escribir y callar": https://purasletras.wordpress.com/2010/08/01/escribir-y-callar/ […]

  6. Andrés said,

    Vaya post que te aventaste. Escribir bien es muy difícil: tú vas por muy buen camino.


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