11 julio 2010

Adiós imposible

Posted in autobiografía a 12:53 AM por wenperla


Lo que más me dolía de saberla tan enferma no era la irrevocabilidad del adiós. Lo que me estrujaba el alma todos los días y todas las noches desde que mi abuelita cayó enferma, era el miedo que siempre le tuvo a la oscuridad.

A veces la encontraba sorprendida, observándose, como reafirmando que el tiempo había dejado sus huellas bien marcadas; como constatando que, efectivamente, envejecía. Se miraba sus manitas arrugadas, llenas de lunares. Antes de sentarme a los pies de su cama le daba un beso, la olía (aún añoro el olor de mi abuelita).

— ¿Qué pasa abue?

— Ay hija, me da miedo morirme. Imagínate: ahí abajo de la tierra, tan sola… Con tanto frío, sin ustedes… Ni lo mande Dios.

Y sus ojitos se le llenaban de lágrimas, se le nublaba el horizonte hasta el infinito.

— Ay doña Lucha, no diga tonterías.

Y al abrazarla, sin que se diera cuenta, enjugaba mis lágrimas en su pelito tierno.

Mi abuelita siempre estaba guapa, impecable: no había día que no se bañara, que no se pintara, que no se pusiera sus medias. En un par de ocasiones, mi hermano y yo intentamos seguir el ejemplo de los amigos, y llamamos “abuela” a mi abuelita. “¿’Abuela’? ¡Qué cosa más fea! ¡A mí no me vengan con eso!” Hasta ahí llegó nuestro incipiente esfuerzo de estar a la moda. A los dieciocho años, ingenua y bastante idiota, me enamoré profundamente de alguien que, adivinaron, no me correspondía. Cuando lloraba, egoísta, corría a buscar a mi abuelita para abrazarla, para refugiarme en su olor. “Ese muchacho no te quiere hija, ya déjalo por la paz”. “No abue, sí me quiere, sólo está confundido“. “No te quiere mija, hazme caso”. E invariablemente, de verme llorar, se deslizaban también un par de lágrimas por sus mejillas. No ha habido después de mi abuelita quien me abrace de este modo. Tampoco hay nadie ya que me diga “Pero que no estás gorda Wendy, que estás bien“. Probablemente porque esto era lo único en lo que mi abuelita se equivocaba, pero sobre todo porque mi abuelita nunca se dejó contaminar por la maldita superfluidad del hemisferio capitalista.

Todas las mañanas al despertar, y todas las noches antes de dormir, mi abuelita, con una generosidad inenarrable, le ofrecía a cada uno de sus santos una oración personalizada. Por sus paredes desfilaban entonces San Juditas Tadeo, el Santo Niño de Atocha, la Virgen María, la Virgencita de Guadalupe, el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen del Socorro, entre muchos otros. Mi abuelita me enseñó a rezar cuando era muy niña: de no haber sido por ella, mi hermano y yo jamás hubiéramos contado con la protección del angelito de la guarda, nuestra dulce compañía. Ella nos enseñó también el Padre Nuestro y alguna otra oración. En cuanto tuve edad para decidir el camino a seguir, dejé de repetirlas mecánicamente todas las noches antes de dormir. Y aunque odio la pantomima de la iglesia, a las oraciones que mi abuelita me enseñó les tengo mucho cariño. Cuando escucho un Dios te salve María, llena eres de gracia, se dibuja en mi rostro una sonrisa: me acuerdo de mi abuelita.

Mi abuelita conoció a mi abuelito cuando tenía siete años. Desde la primera vez que se vieron, se enamoraron profundamente: “Fue amor a primera vista”. A partir de entonces y hasta que mi abuelita cumplió diecinueve años, mi abuelito le mandaba cartas, cartas para Lucita. Se casaron entonces como toda la gente del pueblo: antes de cumplir veinte años y ajenos a toda la malicia que ya supuraba el mundo exterior.

— Ay abuelita, no sea cuentera… ¿a poco no se daban sus besos?

— Cuela loca, qué cosas dices. Esas cosas no se veían antes. En mis tiempos la gente era decente. Qué esperanzas que anduviera uno por ahí, en las calles, haciendo cosas malas frente a los demás.

Mi abuelito José muy pronto tuvo que salir del pueblo: se fue pa’l otro lado. Venía una vez cada dos años. El saldo fueron quince hijos en poco más de veinte años.

— Oiga abuelita, ¿y usted no se ponía celosa de que él anduviera con otras?

— Ésa era cosa suya, los hombres necesitan mujeres. Si yo no me enteraba, por mí que hiciera lo que quisiera.

Cuando a mi abuelito le fue denegado el acceso a Estados Unidos (iba y venía, como tantos otros mexicanos, con el Programa Bracero), se fue a vivir a la capital para mandar dinero desde ahí. En el pueblo no había trabajo. (Como en todos los pueblos desolados de mi país, cuya aridez orilla a sus hombres a marcharse dejando familias mutiladas, aunque esperanzadas, detrás de sí.)

— Un día tu abuelito me llamó: “Lucita, me van a cortar la pierna”. “¿Qué? A ti no te cortan nada. Espérame José.” Y entonces vendí todo lo que tenía: mis marranos, mis vacas, mis pajaritos, la casa. A los niños sólo les dejé lo que traían puesto. Con lo que junté compramos el pasaje para la capital. Primero dormíamos en la calle, luego teníamos un cuartito. Todas las noches le curaba la pierna a tu abuelito. Yo sabía de unas plantas muy buenas, muy milagrosas. Y se curó. Ni Dios lo mande que le cortaran la pierna. Extrañaba mucho el pueblo, qué comparas… Pero ya no teníamos nada, y ya mejor nos quedamos todos juntos.

Mi abuelita me narró estos episodios una y otra y otra vez. No debido a una mente desordenada u olvidadiza, nada más alejado de la realidad: mi abuelita fue lúcida hasta muy poco antes de su muerte. Si escuché estos relatos tantas veces era porque yo misma lo propiciaba:

— Abuelita, cuénteme otra vez cómo conoció a mi abuelito.

— Cuela loca, ¿pos qué traes?

— Ándele abue, otra vez.

Y así comenzaba de nueva cuenta. Si rebusco en mi memoria, me cuesta trabajo pensar en alguna otra situación en la que a lo largo de mi vida haya yo puesto tantísima atención. No perdía ningún detalle, ningún movimiento. El pensamiento que con más intensidad transitaba por mi mente era lo muchísimo que la iba a extrañar. Y no me equivoqué: mi abuelita, su olor, sus historias, sus regaños y su compañía me hacen falta todos los días.

1970. Era el cumpleaños de mi abuelo, y lo festejaron en grande. Tenía la vista deteriorada a causa de la diabetes que lo aquejaba. Un amigo le prestaba unos lentes, pero ese día los pidió de vuelta. Esa noche mi abuelito no llegó a su trabajo de velador: en la Calzada México-Tacuba, mi abuelito fue atropellado por un conductor que ipso facto se dio a la fuga. Mi abuelita le salvó la pierna, pero él no pudo salvar su vida.

Y con todo, mi abuelita era el ser humano más dulce, más bueno y más transparente del mundo. No tengo palabras para describirles la ternura tan inmensa que manaba de mi abuelita, no las tengo. Fue dura con nosotros al principio, pero las manifestaciones tan repetidas de amor y de paciencia fueron ablandándola, y esos diez años que nos regaló antes de partir fueron más grandes que el universo.

Ya hacia el final del camino, varios achaques la aquejaban. A causa del carbón con el que cocinó toda su vida, los pulmones no estaban bien. A la vez que se llenaban de agua, su corazón crecía a pasos agigantados y en su vientre crecía una bolita, como ella misma la llamaba. Por si fuera poco, padecía un dolor de piernas terrible, secuela de las quemaduras que sufrió cuando, años antes, arrojara un cerillo encendido a un bote de tíner que alguien dejara junto al cesto de basura.

Y entonces, cuando mi abuelita se puso tan enferma, a mí me daba pavor que tuviera miedo. Me aterraba la idea de pensar que iba a estar ahí solita, bajo la tierra, con tanto frío, en la más rotunda de las oscuridades. Por eso lloraba. Por eso lloro ahora. Porque no sé si el miedo se le fue antes de írsenos ella, porque no sé si en el umbral de la muerte su alma sintió paz, porque nada en este mundo me dolía más que ver padecer a mi abuelita.

No obstante, cuando su último estertor, el 5 de septiembre, ya se había ido. La última vez que mi abuelita abrió los ojos fue el día de mi cumpleaños, el 27 de agosto. Llevaba varios días sin mirarnos, sin comer, sin hablarnos, y el día de mi cumpleaños despertó para regalarme una sonrisa y para cantarme una canción. Mi abuelita fue conmigo generosa hasta la muerte, y sigue siéndolo todos los días de mi vida.

La muerte de mi abuelita ha sido el adiós más difícil de mi vida.

Lo que pasa, en realidad… es que a casi cinco años de su partida, sigo resistiéndome a decirle adiós.

11 comentarios »

  1. Xerófilo said,

    Hola:

    Que vida tan dura.
    Que bueno que eso no la endureció para con sus nietos.
    Por lo que narras, creo que dejo de ser consciente de su miedo. Que bueno.

    Me queda una curiosidad ¿de qué estado procedía?

    Saludos
    RRS

  2. Uf… sin palabras. Precioso Wendolyn. Un día te hablaré de la mía. Muy distinta a la tuya, igual, entrañable a su fatal manera.

    Un abrazo.

  3. Hola Wen, Lamento lo de tu abuela mi mas sincero pésame. Mis abuelos, 2 de ellos nunca los conocí, los otros dos, solo se que están ahí pero nunca los trate ni hubo un acercamiento. Mi familia, sean tios, primos, etc. No somo nada unidos.

    Te mando un fuerte abrazo. Cudiate mucho

  4. Andrea S said,

    Muy bueno leerte, como siempre.

    Me encantó lo que escribiste, muy lindo.

    u.u

  5. wenperla said,

    Hola chicos, gracias por sus comentarios.

    La familia de mamá es de Durango, de un pueblito que se llama Simón Bolívar.

  6. pam said,

    Las abuelas son ángeles que el cielo envía para el amparo de sus familias que van creciendo.
    Son ángeles que llegan al corazón de cuantos encuentran con las palabras más certeras de sabiduría y su dulce comprensión.
    La abuelas son ángeles que saben escuchar; que aconsejan y guían compartiendo la historia de su propia vida.
    Tienen una poderosa influencia sobre sus familias.
    Con cada sonrisa que comparten y todo el amor que nos dan, las abuelas forman una parte singular y maravillosa en el telar de nuestra vida.
    🙂 besos!

  7. Simplemente un hermoso relato… gracias por compartirnos algo tan precioso.

    Saludos!

  8. Rojo said,

    Me encanto porque las abuelas tienen esa ternura única.

    Saludos

  9. ¡Que afortunada fuiste al haberla tenido en tu vida Wen! y ¡que hermosa manera de recordarla! gracias por permitirme a mi también conocerla a través de tu teclado😉
    un beso,
    Ale.

  10. Ana said,

    Tengo los ojillos cargaditos de lágrimas y como dice mi compañera de blog, Anabel, cuando hay que llorar se llora, así que abriré las compuertas.

    Yo perdí a mis abuelos hace bastantes años, después se fue mi padre y hace unos meses mi madre, su marcha fue la más dura, todavía no me he podido despedir.

    Ana

  11. Gurisa said,

    Creo que tu abuelita estaría orgullosa de ver en qué hermosa mujer, por dentro y por fuera, te has convertido. Y hasta lloraría de leer esto tan hermoso que escribiste para ella. Yo lo guardaría para algún futuro libro dedicado, obviamente, a tu abuelita🙂


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