26 mayo 2010

Contra la mojigatería

Posted in autobiografía, vicisitudes a 12:43 AM por wenperla


Es verdad que hacerme enojar es dificilísimo, por no decir imposible. Si hago memoria, si me esfuerzo por rebuscar entre mis recuerdos, pocas son las veces en las que me he llenado de ira, de rabia, de coraje. Dejando de lado aquellas ocasiones en las que la vida te azota con el látigo de la tragedia y del horror —en las que he blasfemado hasta el infinito— , casi podría afirmar que para hacerme enojar hay que esforzarse bastante. Sin embargo, hay algo que, invariablemente, me enfurece. Y de eso vamos a hablar aquí.

No entiendo la obsesión de ciertas personas, hombres y mujeres, por la “propiedad”. No entiendo a aquellas mujeres que trabajan una vida entera para cubrirse con un manto inmaculado. En pocas palabras: no tolero a aquellas personas que vituperan las groserías, que reprueban el uso de las “malas palabras”, que se valen de eufemismos baratos que ni por asomo expresan lo que se quiere decir, que juzgan a quienes se valen de vocablos “altisonantes”, “vulgares”, que generan disonancia en esas mentes puritanas que, lejos de “proteger el lenguaje”, dejan al descubierto que desconocen la verdadera fuerza de las palabras.

Hoy leía una reseña que rezaba lo siguiente: “El libro vale la pena porque transmite imágenes muy fuertes sin necesidad de emplear palabras vulgares”. No son pocas las veces en que leo cosas así. Una de mis mejores amigas, una amiga del alma, dejó de decir groserías “porque a su novio no le gusta”. Y más allá de que, en teoría, amar a alguien reside en aceptarlo y no querer cambiarlo, también es cierto que aquello de “no le gusta que diga groserías” suele ser lugar común en las pláticas entre amigas. ¿Es decir, entonces, que el uso de las majaderías es exclusivo de los hombres, en cuya boca todo suena “bien”?

Error.

No pretendo aquí dar pie a un debate sexista: aborrezco el machismo y el feminismo por igual. Lo que quiero es darles a las majaderías el papel que juegan en el mosaico lingüístico, y pronunciarme a favor de ellas y en contra de toda la mojigatería que vive entre nosotros y que sigue sobresaltándose ante el uso de las mismas, que muchas veces no sólo están justificadas sino que son imprescindibles.

Como para muestra sobra un botón, procedamos a mencionar algunos ejemplos:

  • No es lo mismo que algo te dé “flojera” —qué palabra más sosa— a que te dé güeva, por supuesto que no.
  • Los genocidas y los pederastas, entre tantos otros personajes ilustres, no son “malas personas”: son sicópatas hijos de puta, con todas sus letras.
  • No es lo mismo que la injusticia social “te moleste” a que te empute.
  • El que te partió el corazón con alevosía y ventaja, el que te hizo llorar tanto sin merecértelo —porque tú sólo le ofreciste amor—, no es un “maldito”: es un ojete.
  • No es lo mismo que algo esté buenísimo, a que algo sea una chingonería. Una chingonería es el non plus ultra de lo buenísimo.
  • No es lo mismo “déjame en paz” que no me estés chingando.
  • Nada que exprese tantísima desazón, tantísima estupefacción, tantísima rabia, como un puta madre bien dicho.
  • No es lo mismo estar “que no te calienta ni el sol” que estar que te lleva la chingada.
  • No es lo mismo que algo “no te importe” a que te valga madres.
  • No es lo mismo “no me gusta” que me caga —y aquí sí podemos ahorrarnos aquello de “la madre”—.
  • No es lo mismo ser “muy tonto” que ser pendejo. Y como bien dice mi hermano, “nunca subestimes el poder de un pendejo”.

No entiendo por qué buscamos obsesivamente reemplazar con eufemismos, siempre débiles e insípidos, lo que sólo puede revelarse por medio de las “malas” palabras, que de malas no tienen nada. Las majaderías no le restan “clase” a nadie, en caso de que haya alguien a quien “la clase” de verdad le importe.

Yo soy una pelada. Yo nunca me aguanto un “no mames” ni un “me caga”. A mí, si me lastiman, los llamo por su nombre y no me lo pienso dos veces. Si un libro me gusta, para mí es una verdadera obra de arte, una chingonería. Odio que me digan “ay, no digas esas palabras, se oyen fatal en una niña”. A mí déjenme expresarme como se me dé la gana. Y también, por cierto: “los niños” y “las niñas” somos iguales.

A todos extrañará que, a pesar de todo lo aquí expuesto, me atreva a afirmar que soy una dama. Y lo soy. Soy una dama educada, sin ataduras de ningún tipo, que sabe conducirse “a la altura”, que respeta a todo mundo y que, sobre todo, conoce el valor de las palabras y se regodea en la posibilidad de valerse de majaderías de vez en cuando, para comunicar de este modo lo que de otra forma es, simple y sencillamente, inexpresable.

Eso: la beatería, el puritanismo, la hipocresía… eso sí que me emputa. Seamos libres y dejémonos de tanta santurronería.

***

Octavio Paz escribió en “Los hijos de la Malinche” (El laberinto de la soledad):

En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.

¡Gracias, CarMartínezF!

Y los timoratos… ¡que se chinguen!

25 comentarios »

  1. Sí, bueno.

    Pero si los libros de primaria no tenían más adjetivo que “bonito” / “feo”. Y si la educación la culminó, nuestro ciudadano medio, vía Televisa en sus novelas o en sus excelentes doblajes donde los personajes desincronizan sus labios al ritmo de un “demonios”… ¿que se puede esperar?
    😀

  2. aLe said,

    Amoooo como escribes, mis respetos chingona jajajaja te amo

  3. aLe said,

    Amooo como escribes!!! No hay mas, eres una chingona jajaja te amo

  4. Paola said,

    Buenísimo!!!

  5. Oscar said,

    Pues si hay de formas a formas para expresarse, pero si muchas veces una palabra “no altisonante” no es suficiente para expresarse en algunas situaciones…

    Lo de cambiar por otra persona pues igual, hay de cambios a cambios, ya es cuestion de cada quien…

  6. Jorge said,

    Entiendo que sientas una cierta hipocresía al tratar de “cuidar” el lenguaje de las malas palabras. Quizá incluso eres Juanraminjimenezca en tu cruzada. Pero debes contemplar que la fuerza de las groserías está en su naturaleza transgresora. Hazlas comunes, “democratízalas” y en verdad las habrás asesinado.

    Si quieres defender palabras como “cabrón”, “chingón”, “pendejo” y “mamadas” déjalas permanecer en su naturaleza subversiva…

    Y sobre las groserías en labios femeninos, caray… Por un lado lamento que tantas niñas bonitas hablen peor que los albañiles de las obras… Pero, por otro lado, cuando una mujer guapa dice una grosería, la sublima y nos excita. Tampoco es sano sexualizar tanto la altisonancia…

    Abrazo!

  7. Carmartinezf said,

    Tienes toda la razón. A mí no me queda mas que citar las palabras de nuestro Premio Nobel de literatura:
    “Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.”
    Y lo reitero, ¿qué sería de nuestro lenguaje sin estas palabra y frases? Un mundo de vocablos anémicos, un lenguaje de “güeva”. Saludos.

  8. wenperla said,

    Querido Jorge:
    Agradezco sobremanera, como siempre, tu acertado comentario. Tienes razón: y yo para qué quiero democratizarlas: así son más “bonitas”. Lo que tiene que quedar claro, sin embargo, es que no pretendo que toda la gente las incorpore en su hablar cotidiano, nada más lejano. Lo único que pido, lo que EXIJO, es que a mí no me limiten. Yo no le pido a nadie que las diga, ergo, que nadie me pida a mí lo contrario.
    El cuándo y el cómo merecería un post aparte. Es verdad que hay que saber usar las groserías: nunca hay que perder el estilo. Además, desde luego, hay varias palabras o lugares en comunes que sí que son vulgares y que ni yo misma tolero. ¡Hay que escribir sobre eso también!
    Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. O como dice el sabio y conocido refrán: Una cosa es Juan Domínguez, ¡y otra cosa es no me chingues! Jajaja😀

    Querido CarMartínezF:
    ¡Wow! Me devolviste a El laberinto de la soledad, ¡ya no me acordaba! ¡Muchísimas gracias!!!

    Sigo esperando que se arme aquí una revolución: que vengan y, básicamente, ¡me mienten la madre!

    Estoy contenta con este post. Muy bien.

  9. Me gusta usar las palabras cuando aplican. El poder descriptivo de las mal llamadas “malas palabras” no se equipara a nada y en ocasiones son las únicas que aplican al momento que se está viviendo. Pero hay quienes las usan “porque si”, sin razón, siendo parte del hablar diario en donde se intercalan sin fuerza alguna. Ese es el que me parece un uso vulgar, en el cual en vez de dar fuerza descriptiva, desmerece la expresión.

    Cuando se usan por hablar como los del grupo que nos rodea; por estar a tono con los demás; por el sentido de pertenencia a un medio social en el cual si no le dices al menos “güey” a tu amiga entonces no eres parte de; entonces la expresión se degrada, se vulgariza.

    La libertad es decidir cuando y cómo usarlas y que valgan, que sean fuertes, que expresen. Se es libre al decidirlo, no al usarlas como pretexto para decir que se es libre.

  10. Karina López said,

    JAJAJAJA….Wen eres una REINA me encanta como escribes y más que por tu buena redacción y acertadas palabras, porque siempre buscas opinar desde un punto de vista neutral y objetivo sin pretender más allá que compartir.

    Creo que las “malas palabras” ya sean en un hombre o en una mujer siempre serán molestas cuando descubres que no hay más en el lenguaje de esa persona, sin embargo cuando las empleas de manera natural porque como bien dices son imprescindibles para externar nuestra emoción o el coraje tan profundo que traemos a que bien suenan y sobretodo que desahogo generan.

    Te mando un abrazo Wen.

  11. Lily said,

    Hola Wen,
    como siempre, muy agradable leerte, olvido por un rato el estrés de la oficina.

  12. Robert said,

    Wen:

    Cómo siempre excelente exposición, el poder de la palabra, la fuerza que imprime al momento, te secundo en tu revolución….

    Robert.

  13. Guri said,

    Una Dama del siglo XXI sabe perfectamente cuál es el momento correcto para decir una “mala palabra” porque, como bien decís, conoce el poder que poseen. Es un arma psicológica contra el otro, por eso deben saber usarse. Por otro lado, también nos sirve de instrumento de catarsis cuando no hay otra forma de llamar las cosas que nos pasan por dentro. Y no está bueno estresarse más de lo que el ritmo del mundo nos exige diariamente, ¿no?

    Por lo demás, podemos recordar las palabras del querido Fontanarrosa en Congreso de la lengua:

    Parte 1
    Parte 2

  14. Andrea S said,

    Hola,
    hace mucho tiempo que no me daba una vuelta por tu blog, me alegra mucho que sigas escribiendo aquí.
    Sobre las “malas palabras” no podría estar más deacuerdo, aunque yo no suelo utilizarlas, quizás por falta de costumbre, pero estoy de acuuerdo que hay sentimientos que a veces no se pueden expresar de otra forma.
    Muy bien!

  15. Bnazar said,

    La neta que chido post señorita Wendolin.

    Me recordaste cuanto me caga ese ridículo intento de envolver la vida en algodones con sus pinches eufemismos y la pobreza de comunicación que significa la adjetivación.

    De nuevo, grx, te sigo leyendo. Por cierto chingue a su madre todo aquel que piense que mujeres y hombres no tenemos el mismo derecho.

  16. Wen:
    me encanta leerte SIEMPRE.
    Las palabras que usamos reflejan quienes somos, como nos sentimos, pensamos, emocionamos. Sin duda, hay que saber usar la adecuada para imprimirle la tonalidad de emoción que el momento amerita.
    Un beso,
    Ale.

  17. Leo Mercado said,

    Ja! Coincido.

  18. Montal said,

    A huevosss!!!😀 simon de q u… es como el de q u.. es como una súper frase que representa tanto y que ningún argot puede llegar a igualarla…!

  19. Ariadna said,

    Hace mucho que no me pasaba por aquí y lo siento tanto. Ahora recuerdo cuánto me gusta tu blog. Igual y ya no ves este comentario, pero siento que tengo que decir algo respecto a que me llama la atención que digas que aborreces machismo y feminismo por igual, cuando el segundo no es lo opuesto del primero. Supongo que trabajar en una revista feminista me ha hecho muy conciente de ello y de que es una misconception muy común. Te dejo un link a un post que lo explica en pocas palabras.

    FEMINISM IS NOT SEXISM ON OPPOSITE DAY
    http://pervocracy.blogspot.com/2010/07/feminism-is-not-sexism-on-opposite-day.html

    En todo caso el opuesto del machismo es el hembrismo o el mujerismo. Ya sé que soy repedante, pero como te decía se me hace importante hacer la aclaración. Si no fuera por el feminismo no estaríamos donde estamos ahora. Lo cual me puede llevar a otra discusión sobre la vigencia del feminismo, porque igual mucha gente cree que ya se logró lo que se tenía que lograr y que por tanto el feminismo ya carece de validez.

    Basta, demasiada intensidad para un lunes en el que estoy agripada.

    Te quiero y te extraño.

    Abrazos.

  20. wenperla said,

    ¡Por supuesto que veo tu comentario! ¡Los veo todos sin importar la fecha o el post en el que comenten! Lo que no sé ahora es si tú verás que te he respondido… Como sea, tendremos que aventarnos tú y yo un tirito sobre aquello del feminismo que, muy probablemente, muy mal hago en aborrecer.
    Te extraño tanto, neta, no tienes idea.
    Pos nada. Me echo tu link y te digo algo.

  21. Ariadna said,

    ¡Sí! Me inscribí a esto de “Recibir siguientes comentarios por correo” para ver si me contestabas. Ay, tengo una gripa de no mames (para honrar tu post). Me encantó el de tu abuelita. Me acuerdo mucho de ella. Te quiero un chinguerísimo.

  22. […] Gracias, Vronski, por este llamado contra la mojigatería. […]

  23. Norma Ramos said,

    Hola Wen
    Gracias por el link, por otra parte, haciendo alusión a tu texto, cabe resaltar que las “malas palabras” son importantes ya que destacan como bien dices, emociones que otras palabras nunca describirían, pero justo esa es la diferencia entre usarlas como uso común y usarlas para sacar sentimientos que revelan lo que realmente sentimos y queremos expresar en momentos específicos donde cabe el buen uso de las mismas, no caigamos ahora tal vez en “mal usarlas”, claro es mi opinión y es muy respetable la forma de pensar de cada persona.
    Gusto en leer tu blog, muy interesante.
    Saludos

  24. Herminio said,

    Hola, Wendolín,

    Te la mamaste con tu artículo. Te quedó de poca madre. Es el artículo que me habría gustado escribir sobre el colorido y la riqueza atrás de las palabras obscenas. No le cambiaría ni una puta coma. Eres muy talentosa.

    Sabes, de niño nunca dije groserías. No era porque fuese mojigato, pues no hay niño que haya vivido tanto ni que sea lo suficientemente estúpido para haber desarrollado una noción de la moral, lastre de todos los lastres. Si no decía groserías es precisamente porque les tenía un miedo inmenso; una parte de mi psique seguramente ya intuía el poder que tienen las majaderías para desnudarnos ante el otro, de tornarnos familiares para con quien las dice o las escucha. La familiaridad con el interlocutor es condición necesaria para decir groserías, y no hay nada que infunda tanta complicidad como una grosería dicha en el momento oportuno. Analizando mi pasado, veo que en ese entonces, niño de un espíritu y un amor propio muy endeble, lo que más temía era sentir la presencia de los otros. Era absolutamente inconcebible, pues, que dijera una grosería; hablar con propiedad era la garantía de mantener mi individualidad al resguardo de los demás. “L’enfer c’est les autres” (El infierno son los otros) dijo Sartre. Yo eso sentía.

    Creo que dije mi primera grosería a los catorce años, y me tomó un par de meses agarrarles el sabor. Escuchar mi voz profiriendo un improperio me resultaba tan extraño. Era aquello algo muy inconsistente, y en ocasiones me reía al escucharme.:)

    Cuando me fui a Francia, después de acabar la preparatoria, me ocurrió algo sumamente curioso: Me volví muy grosero. La razón de mi cambio súbito de comportamiento es de lo más notable. El caso es que allá me hice de muchos amigos de habla hispana, sobre todo de Paraguay y Colombia. Creo que para reafirmar mi mexicanidad, pues la noción de hispanidad me parecía muy vaga – hecho inusitado, pues viviendo en México fui todo menos nacionalista – insistí excesivamente en emplear groserías mexicanas. Me resultaba ello tan gratificante. Me sentía un ser versátil, capaz de transitar entre un español estándar y un español mexicano grosero, que a ellos les resultaba críptico. Era un argot indescifrable.

    La verdad es que la búsqueda de la identidad que jamás he tenido es un tema recurrente en mí. En México jamás me sentí en casa, y fui a Francia sólo a descubrir que la alteridad – el hecho de sentirse ajeno a todo – se declina en múltiples formas. Si en México me sentía un extranjero en mi proprio país, en Francia lo fui a ciencia cierta. Segundo a segundo me abato contra el determinismo geográfico, lingüístico, cultural y afectivo. Ser apto diciendo groserías me hace sentir fuerte. Soy un tipo enfermo, ¿sabes? A veces me sorprendo esgrimiendo una sonrisa mientras me digo “Soy un ser maleable. Mi identidad es un pájaro que rehúye toda jaula. Sé hablar con la jerga de un chilango mal portado y puedo leer a Camus en francés; sé escribir sin atropellar las normas ortográficas y puedo probar muchos teoremas matemáticos. Qué placer me procura no saber quién soy, pues quiere decir ello que soy campo fértil para más de lo que creo.”

    Me encanta decir groserías, Wendolín. Tienen ellas un poder vibrante: el de ser concisas. “El examen va a estar bien cabrón” sustituye un “El examen será de una dificultad excesiva, y experimento gran zozobra al pensar que poco importará cuanto me esfuerce, mi desempeño será mediocre”. La groserías nos confieren identidad, las groserías son una oda al imaginario colectivo. Dulce embeleso de todas las groserías con doble sentido. “A esa vieja tan buena yo si le rompo un vidrio”.

    Ahora bien, creo que el valor de las groserías reside en gran parte en la frecuencia con la que se emplean. Quien se la vive mentando madres no sabe servirse correctamente de las groserías. Es un “overkill”, una banalización del instrumento literario. Yo por eso aborrezco a la gente que sólo conoce las groserías, pues creo que son personas que desvirtúan la grandeza de la obscenidad. A fuerza de decir “´Puta madre”, la frase pierde su vigor, su carácter incisivo. Mucho mejor es ser moderadamente propio al hablar, para luego desconcertar a quienes te acompañan con un desatinado “Me lleva la chingada”.

    ¿Quién abría dicho que puede decirse tanto sobre las majaderías? Ya es muy tarde y ya me cansé de escribir. A la verga.

    Saludos.
    Herminio

  25. Herminio said,

    habría dicho* …Qué puto error tan culero.


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