16 marzo 2010

Ania, la equilibrista

Posted in para incultos cultivables, vicisitudes a 1:14 AM por wenperla


Sé de antemano lo diminuto que es este texto. No me refiero a la extensión (¿eso a quién le importa?), me refiero sus nulos alcances. Es un texto muy “menor”, por así decirlo (y por decir lo menos). No obstante, es mi primer esfuerzo por construir una ficción. Una ficción por encargo, hay que decirlo.

Por azares del destino entablé, al parecer, la conversación adecuada con la persona indicada. Este editor me dijo lo que tramaba: una novela colectiva, detrás de la cual descansaran muchas manos y muchas mentes, que al final resultaría en una pieza literaria que se escribe, simplemente, para divertir a los autores.

— ¿Quieres entrarle?

— Órale.

Me asignaron un personaje —sin nombre— y un momento histórico —la Segunda Guerra Mundial—. Mi personaje huyó de su país —el país lo elijo yo— y trabaja en un circo de Lituania: es la equilibrista. Una cosita más: está enamorada de Camilongo, el bailarín negro del circo quien, como dicen los españoles, “pasa de ella”. 

Previa autorización del editor, he aquí el texto.

***

Ania, la equilibrista

Por: Wendolín Perla [Yes!!!]

Aunque por lo general lo evito, tarde o temprano tropiezo con el espejo. “Colócate bien ese tocado, Ania”, “Ajústate bien el tutú”. Lo que veo es una chica asustada, muy espigada, de ojos azules. Bajo estos dos ojos claros se abren dos cuencos muy profundos que dan testimonio de mis noches de insomnio. El maquillaje disfraza la tristeza y el desasosiego por quince minutos: mis quince minutos de gloria, los quince minutos durante los cuales atravieso el escenario sobre la cuerda floja, en perfecto equilibrio, mientras el público me contempla estático desde las gradas. Me visto como bailarina de ballet porque la bailarina murió poco antes de que yo llegara. Murió de tifus. A mí el tifus no me da miedo: en el gueto morían más de 5,000 personas al mes. A los alemanes no les importa: nos dejan morir. Por eso huí.

Aunque no soy muy guapa, mi delgada complexión me ha abierto las cortinas corredizas de esta carpa de circo ambulante que me salvó la vida. Este patético espectáculo a domicilio cuyos improvisados protagonistas nos hallamos suspendidos en el umbral que divide la vida de la muerte. Todos escapamos de la Europa que nos arrebató la guerra, del Continente de las Maravillas que se doblega ante la voluntad del Hijo de Puta, Rey de Multitudes.

Cuando llegué a Vilna conocí a Camilongo. Era imposible no mirarlo: alto, fuerte, más negro que el carbón. La verdad es que yo nunca antes había visto un negro. Tampoco había escuchado a nadie hablar portugués. Camilongo estaba sentado a un lado de la carpa, bebiendo cerveza. Cuando levantó la mirada y me vio, me ofreció un trago. Bebí un poco y luego la escupí: llevaba dos días sin probar bocado. No recuerdo lo que pasó después.

Cuando desperté, Andrzej y Simza me observaban con lástima y desesperación. No había tiempo para cuidar de un enfermo. El circo debía seguir, avanzar hacia el este.

— ¿Sabes bailar?

— ¿Bailar?

— Sí. Bailar ballet.

— Ah. No. Bueno, nunca lo he intentado.

— Bueno, pues aquí lo intentarás y bailarás a no ser que quieras morir de hipotermia. O de inanición, o de tifus. Aquí la muerte está a la orden del día.

Andrzej, Simza y yo teníamos para entonces muchas cosas en común: éramos polacos y huíamos del régimen nazi. Los tres formábamos parte de dos de los grupos más vulnerables en la guerra: ellos, gitanos; yo, judía. Aquí en Vilna, sin embargo, éramos iguales. De hecho, yo sé que si pudiéramos nos sacudiríamos de encima el rostro, el color, el olor, la religión. Nos camuflaríamos entre los demás para pasar desapercibidos, para no ser apuntados en el ojo de un rifle, para no ser transportados a campos de trabajo. Yo reniego de lo que soy y de lo que creo. La guerra transforma los corazones, los vuelve de piedra. A mis padres se los llevaron en la madrugada. Los soldados irrumpieron en el gueto pisoteando cadáveres a su paso, tirando puertas, arrojando granadas. Todavía no sé de dónde saqué la fuerza para salir corriendo y montarme a ese autobús que llevaba mercancía barata hasta la frontera con Lituania.

Como al principio estaba muy débil, pensaron que era normal que no pudiera bailar. Hoy creo que fueron muy pacientes conmigo. Varios días pasaron y yo no conseguía levantarme sobre las puntas de los pies; cuando lo conseguía, mis movimientos eran torpísimos y Simza se enfurecía.

— ¿Pero qué diablos sabes hacer entonces? Algo tienes que hacer para ganarte la vida. Aquí gratis no puedes estar.

— Dame un día más. Un día más para aprender. Por favor.

— Tienes un día.

Y antes de salir por completo de mi espectro visual, se dio la vuelta:

— Verás que puedes, Ania. Si para mañana no estás bailando, Andrzej me pedirá que te eche.

Me quedé sentada con la cara entre las manos, llorando.

De pronto, con el rabillo del ojo, presentí una mirada desde el fondo: era Camilongo. Bastaba con sentirlo cerca para temblar, para llenarme de emoción. Lo que Camilongo me hacía sentir era lo único que me conectaba con la vida: lo que impedía que jalara el gatillo.

O que você precisa é experimentar a corda bamba.

— ¿Qué?

Camilongo es de Angola y tiene 30 años. Habla portugués. No habla polaco pero con Andrzej se entiende en inglés. Simza me contó que solía dar shows por la calle, bailando y cantando. Él es la mayor atracción del lugar.

Luego de que me enseñara a mantener el equilibrio para, finalmente, andar por la cuerda floja, no me ha vuelto a hablar. Desde eso han pasado ya cuatro o cinco meses. Siempre que me ve me sonríe, pero no da la impresión de estar sonriéndome a mí. Parece que le sonríe al horizonte, al pasado, al futuro… rebuscando en su memoria algún recuerdo que pueda explicarle qué fue lo que lo condujo hasta aquí.  

A veces lo entiendo. ¿Por qué habría de fijarse en mí si no soy más que un puñado de miedos, de inseguridades, de recuerdos sombríos que invaden mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas?

***

A base de esfuerzo, quizás, puedo ejercitar la escritura y cristalizar aquella ilusión.

¡Gracias por leerme!

7 comentarios »

  1. Guille said,

    Wen

    Esta lindisimo el texto

    gracias!

    Guille

  2. Robert said,

    Wen

    Siempre has escrito con finura….

    Excelente…

    Robert

  3. […] blog en mi vida. Estos días han sido de muchísima inventiva. Este, este, este, este, este, este y este post han sido creados en menos de un mes. La respuesta de los lectores ha sido muy pobre, por decir lo […]

  4. Lily Carrillo said,

    Me gustó mucho tu texto sobre Ania, la equilibrista. Escribes muy bonito.

  5. Ana Paula Dávila said,

    Gracias, leer algo tuyo de ficcion, que maravilla, quiero saber que pasa!!!

  6. Karina López said,

    ¡Me gustó mucho! Ya quiero saber más de Ania y Camilongo.

    Besos Wen.

  7. Ale said,

    Precioso texto ¡gracias por compartirlo!


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