11 marzo 2010

La tienda de los suicidas

Posted in para incultos cultivables a 8:59 PM por wenperla


“¿Su vida ha sido un fracaso? ¡Con nosotros, su muerte será un éxito!”

Una familia se gana la vida vendiendo todo tipo de artículos suicidas. El inventario es interminable: sogas de todos los tipos; insectos venenosos; brevajes mortales; pistolas de todos los calibres; caramelos de cianuro; dagas de las más variopintas procedencias; bombas individuales; bloques de cemento que, una vez afianzados a los tobillos, garantizan un hundimiento contundente. En el patio trasero, incluso, hay un precipicio especialmente diseñado para garantizar una muerte instantánea.

No falta el cliente de bajo presupuesto. Algún vagabundo. No hay problema: la familia Tuvache podrá apoyarlo, incluso sin cobrarle. Le regalará una bolsa con cinta para cenírsela al cuello de modo que no haya modo de respirar. El vagabundo, en señal de agradecimiento, se asfixia en la banca que está justo frente a la Tienda de los Suicidas para hacerle publicidad al establecimiento (todos los productos llevan el nombre y el eslogan de la tienda).

La Tienda de los Suicidas también tiene promociones, de la mejor calidad. El día de los enamorados, por ejemplo, se puede morir al 2×1. Se venden paquetes para empresas enteras: barriles de gas que, una vez abiertos, conducirán a todos los —infelices— empleados hacia la luz al final del túnel.

En la casa de los Tuvache sólo se comen animales suicidas: si el carnicero no les asegura que el cordero se dejó morir de inanición, o que se precipitó hacia un barranco, no comen nada.

Los señores Tuvache tenían la vida perfecta: un negocio que dejaba grandes ganancias dedicándose a la noble empresa de garantizarle la muerte a todos aquellos que hubiesen perdido la ilusión de vivir, y dos hijos a quienes antes de dormir les leían las historias de los suicidas más famosos: Vincent —por Van Gogh— y Marilyn —por Monroe, evidentemente—. Pero… no todo es perfecto. Un día, algo falló. Nueve meses después de probar un preservativo agujereado —por aquellos que quieren morir por alguna enfermedad de transmisión sexual—, Alan nació.

Alan, el hijo más joven de los Tuvache, era un niño particularmente alegre e ingenuo. Yo diría que un tanto bobalicón. La vida le parece —exageradamente— bella y no halla razón alguna en para morir. Aun cuando Alan es el eje en torno al cual se desarrolla esta historia, valen muchísimo la pena las ocurrencias de este autor que, en sólo 155 páginas, nos regala un muy buen compendio de humor negro.

Muy recomendable esta historia con un final inesperado y un humor extraordinario.

3 comentarios »

  1. ALLIE said,

    MUERO POR LEERLO Y NO LO ENCUENTRO EN NINGUNA MUGROSA LIBRERÍA!

  2. wenperla said,

    Fíjate que eso me temía yo. Yo conseguí una edición especial (como ves en la foto). Bueno: ¡ven y te lo presto! De lo contrario… espérate a que vuelva y te lo regalo.

  3. […] este blog en mi vida. Estos días han sido de muchísima inventiva. Este, este, este, este, este, este y este post han sido creados en menos de un mes. La respuesta de los lectores ha sido muy pobre, […]


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