17 enero 2010

Cotidianidad interrumpida

Posted in una ventana al mundo a 4:00 PM por wenperla


Despierto a las 11 sin despertador. Está bien para ser domingo. Está bien para ser yo. Despierto sola, como las últimas ciento y tantas noches. Como todos los días, tiendo la cama: para nada soy tan perfeccionista como para tender mi cama. Como siempre, queda perfecta. Prendo la compu, reviso mi blog, reviso mi mail. Una lectora nueva, qué bien. No me dan ganas de bañarme. ¿A quién le dan ganas de bañarse en domingo? De todas formas, me baño: esa obsesión mía con la higiene personal.

Hay que comer. Coloco en la sartén las dos hamburguesas vegetarianas de calabaza y pasas que compré ayer en El Corte Inglés. Estoy de buen humor porque al fin encontré trigo. También lo compré en El Corte Inglés. No como carne, ¿ya lo sabían? No me gustan ni la carne de res ni el pollo, así que vivo de pavo, de frutas, de trigo, de pan, de atún, de hierbas “listas para comerse”, en fin. No sé cocinar. Tampoco me interesa aprender. El trigo sólo se hierve. Las hamburguesas vegetarianas sólo se calientan. El atún sólo se vierte sobre un plato. Las manzanas sólo se muerden. Las naranjas sólo se pelan. La leche sólo se ingiere. El cereal sólo se sirve y se baña con leche. Las nueces y las pasas sólo se llevan, de dos en dos, a la boca. Extraño las verduras y las tortillas de maíz. Aquí hay verduras, pero hay que cocerlas, y no me apetece.

Listo: las hamburguesas están en su punto, el trigo también. Coloco las hamburguesas en un plato extendido con unas gotitas de limón. El trigo, luego de escurrirlo, lo coloco sobre una cama de lechugas y canónigos. Me encantan los canónigos, no sé si hay en México. Y si los hay, no sé cómo se llaman. Me gusta mi vida en Bilbao. No sé qué tal vaya a estar Cracovia. Con que me vaya la mitad de bien de lo que me ha ido aquí me doy por bien servida.

No veo la tele, ¿ya lo sabían? No me gusta. Me siento a la mesa para comer: raro en mí. Por lo general como de pie, donde sea, qué más da. Pues no. Hoy decido sentarme en la mesa y llevarme la compu. Me preparo un té verde y listo. Le doy el primer bocado a la hamburguesa: ¡qué buena es! Si no fueran un artículo de lujo (¡4 euros el paquete!) las comería diario. En fin.

www.elpais.es

No soy buena lectora de noticias. ¿Se los había dicho? No es ningún orgullo, me avergüenza un poco. Mea culpa. Pero a veces, como ahora, los leo todo el día. Me gusta El País. Me encantan las plumas de sus corresponsales, de sus columnistas.

Abro el artículo de Pablo Ordaz enviado desde Haití: Haití ya no existe.

Doy un sorbo al té, me trago el bocado de un solo golpe.

Y heme ahí, comiendo lo que tanto me gusta, a la par que leo las noticias sobre Haití. Me sabe mal la comida, se me rozan los ojos con un par de lágrimas que no se animan a asomarse, pero sé que estuvieron mirando por el cerrojo de la puerta.

Puerto Príncipe se ha convertido, en palabras de Pablo Ordaz, en un infierno que ha perdido la calma. Una vez más, una morgue al aire libre, donde nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas han muerto. Los sobrevivientes vagan sin rumbo por las ruinas de lo que algún día fuera la capital de un país olvidado, la capital de Haití.

Piensen en la película más aterradora que hayan visto en su vida. Estoy segura de que nada puede compararse con lo que viven los haitianos. Cadáveres por todas partes, niños llorando, gente mutilada, muerta de hambre, implorando ya sin fuerzas que termine, de una buena vez por todas, este suplicio. ¿Cómo? ¿O qué? ¿Nos ahorramos el pensar que la muerte es cien mil veces mejor que lo que Haití padece hoy en día? Sin duda, preferirían que hubiesen rodado todas las cabezas de golpe en vez de verse condenados a transitar por el infierno de la podredumbre y la desesperación.

El viernes fui al banco. Me quedaban 23 euros en la cuenta. Deposité 15 para la Cruz Roja, para la causa de Haití. ¿Y eso basta? ¿Eso sirve de algo? No lo sé, no lo sé, carajo, no lo sé. Pero me siento mejor.

Y entonces abro los ojos. Abro los ojos y ruedan las lágrimas. Las tragedias, el dolor, por lo general se conjugaban en pasado. El temblor del 85 en México no es para mi generación sino un recuerdo lejano que se inscribe en las páginas de nuestra historia sin que nosotros podamos entenderlo. La Segunda Guerra Mundial sigue permeando la literatura contemporánea, pero no es ya sino el telón de fondo de las historias que nunca dejarán de escribirse. Los genocidios, las reputísimas guerras, los atentados suicidas, los malditos bombardeos… todo eso se conjuga en pasado o bien, se conjuga lejos de nosotros. ¿Iraq? ¿Afganistán? ¿Palestina? ¿Nos importan de verdad? ¿Nos afectan en serio?

No.

No.

No.

Vivimos nuestra vida. Mal hacemos en pensar que conocemos la miseria y el dolor. Mal hacemos en pensar que lo hemos visto todo cuando en realidad basta con echarle un vistazo a Haití, a la Franja de Gaza, a Iraq… para darnos cuenta de lo muchísimo que ignoramos.

Qué lejos estamos nosotros de saber lo que es el miedo. El miedo a caminar por el infierno de Puerto Príncipe donde sobreviven los haitianos: muertos de hambre, atrapados sin murallas, sobresaltándose a la mínima provocación, retorciéndose, arrancándose la piel a girones, preguntándose (si es que aún tienen fuerzas para preguntarse algo) si se toparán pronto con el cadáver mutilado de su esposa, de su padre, de su bebé.

También es cierto que la vida a veces nos sorprende con puñaladas bajas, bajísimas, que nos dejan estupefactos, deshechos de dolor, demostrándonos que la realidad siempre supera la ficción.

Lo que acaba de ocurrir en Haití es una tragedia sin parangón en la historia que a mí me ha tocado vivir. Y, como a tantos otros, me duele muchísimo. Y sin embargo, heme aquí, tan tranquila: haciendo mi vida, escribiendo mi tesis, leyendo mis libros. 

También es cierto que no podemos enfrascarnos en estas cavilaciones. También es cierto que no podemos atrincherarnos en el miedo que paraliza y que no permite avanzar.

Pero lo siento profundamente. Lo siento. No pretendo aportarles nada con este post. Ni siquiera sé si tiene sentido. Tampoco insinúo que deban identificarse conmigo o que deban empatizar con lo que aquí escribo. Pero esto, escribir, es lo único que sé hacer para darle un poco de sosiego al corazón.

Tengo frío.

11 comentarios »

  1. Ana Paula Dávila said,

    En estos dias he estado hablando mucho con mi esposo sobre todo esto, recordando nuestras versiones del terremoto en 85, que en efecto cada vez es mas lejano y por otro lado eramos muy chicos como para vivirlo realmente, tambien llevamos medicinas y comida a un centro de acopio para Haití con la esperanza de que una venda le sirviera a alguien, pero ¿realmente unas venadas, unos pañales, unas botellas de agua y unas cuantas medicinas pueden hacer una diferencia en una trgedia de esa magnitud? te entiendo y no se tampoco porque justo contesto este post, mas alla de sentirme acompañada en el sentimiento que relamente no entiendo. beso

  2. Georgells said,

    ¡Hola Wen!

    Hoy nos has aportado mucho. Más, acaso, de lo que haces en un post de los acostumbrados. En ellos nos narras tus impresiones de un libro y así adivinamos a la lectora detrás de sus pensamientos. Hoy nos traes a la lectora. Nos traes a la persona, con sus hábitos y manías, sus gustos por las hamburguesas vegetarianas y su obsesión por la perfección en el tendido de la cama.

    Hoy nos narras del shock que te produce leer sobre tanto dolor, tan lejano a ti, quizá por que, como tú misma lo explicas, el terremoto de México no fue de tu generación y el resto del planeta, con sus conflictos armados, están a medio mundo de distancia. Será quizá que descubres en ti misma la sensibilidad que el dolor produce y lo humano que nos hermana con los haitianos y todos quienes sufren…

    Con este post me doy cuenta que no sólo nos separa un océano, sino una generación. Yo estaba en la prepa, presentando examen de física el día del temblor del 85. Ví llorar a una maestra impotente al frente de mi grupo. Ví el humo negro elevándose desde distintos puntos de la capital y el aviso extraño, débil de la dirección: “se suspenden clases el resto del día”…

    Salí en mi bicicleta, a surcar las calles y me puse a recorrerlas. Escuchaba ambulancias a lo lejos y luego comencé a encontrar edificios rotos. Pude ver esos cuatro últimos pisos de la SCT, comprimidos, mientras el resto del edficio parecía incólume. Ví casas en la Roma derruídas y ví a gente que salía como si la hubieran talqueado completa, deambulando por la calle sin un rumbo fijo aparente.

    Llegué a mi casa y mis padres estaban ya muy preocupados por mi ausencia. No había celulares y los teléfonos públicos habían dejado ya de operar. Mi padre es médico y le tocó presenciar cosas que a la fecha le intranquilizan el sueño. Perdí compañeros de escuela, amigos y algún pariente. Intenté ayudar en el centro de acopio que se montó en mi escuela, pero la ayuda ya era demasiada. Ayudé a montar un telex para poder enviar mensajes a los que estaban en el extranjero ávidos de noticias. Escuché las anécdotas. Y los chistes. Por que aparecieron casi tan rápido como las secuelas del temblor. Hubieras visto el miedo que produjo la primera réplica al día siguiente por la noche. El terror en la cara de la gente, cuando antes ningún temblor causaba inquietud a los mexicanos…

    No se puede cerrar los ojos a las tragedias, es verdad, pero tampoco puedes cambiar la realidad. Nuestra influencia se limita a nuestras capacidades y en algún momento hay que trazar líneas. Hay que aceptarla, ayudar en lo que nos sea posible y, aunque suene terrible: saber reirnos de ella. No es burlarnos de quienes sufren, sino quizá de nosotros, para hacer asimilable la tragedia.

    G.

    P.S. Perdona la extensión del comentario. Me hiciste recordar todo aquello, enterrado ahora en esos viejos cajones olvidados de la memoria a donde van a parar la niñez, la adolescencia y todo eso…

  3. wenperla said,

    Gracias chicos, por compartir esto conmigo.

  4. Melva said,

    Gracias mushasha por poner en palabras los sentires comunes.

    Te abrazo desde el norte de México.

  5. Te mentiría si te digo que siento cierta empatia o que necesito acallar mi conciencia donando algo para los de Haití…
    Pero me encanta la forma en la que pasmas tu “nueva” vida.

    Saludos Wenn

  6. Chekhov said,

    Hola, Wen… Gracias por tus posts. Siempre es un placer saber que estás ahí. Saludos y que te siga yendo muy bien.

  7. Robert said,

    Wen:

    Excelente post, ¿Qué puedo decir? Solo que te saludo desde Mexicali, la segunda ciudad a nivel mundial, que puede desaparecer por un temblor…

    Ah, la soledad no es tan apabullante si la compartes, como tu lo haces, con la lectura, gracias…

  8. Christopher Perla said,

    Mi querida hermana, no cabe duda que eres una Perla. No soy mucho de leer estos espacios literarios ni reflexivos pero, de vez en vez, recuerdo que tengo una persona muy allegada que con sus palabras, sus anécdotas, su pensar y su visión del mundo enriquece a todo aquel que pasa por estos rincones.

    Creo que lo sabes, eres un hermoso ser humano, tu alegría y aura hace mucha falta en estos rumbos. No sabes cuanto anhelo que regreses, eres de los motores más grandes en mi vida. Te amo con toda mi alma y cuando pienso en ti, con todas esas imperfecciones y malhumores que tienes, haces que me exija más a mí mismo; provocas que recuerde quiénes son nuestros padres; nace de mi un sentimiento de fortuna inexplicable y, por si fuera poco, haces que crezca este orgullo y cariño que tengo por ti.

    Sigue disfrutando tu travesía, sigue creciendo cada vez más y trabaja en aquello que necesitas trabajar. Aquí te estamos esperando con los brazos abiertos.

    Te mando un beso gordita.

  9. Christopher Perla said,

  10. […] tan lejana (afortunadamente, pensaremos los más), sabemos que la historia de este país, un poco al estilo haitiano, es una historia de opresión, de pobreza, de saqueos, de regímenes dictatoriales, de fes mal […]

  11. […] vez primera desde aquel domingo, cuando me topé con la nota de la catástrofe en Haití, las lágrimas han nublado mis ojos sin siquiera terminar la nota. La nota está exenta de todo […]


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