15 enero 2010

Hábitos nocturnos

Posted in autobiografía, vicisitudes a 11:04 PM por wenperla


El día traza, segundo a segundo, la trayectoria que hemos de recorrer. De tan sencillo, pareciera cuestión de intuición.

Cuando el sol asoma por la ventana, aparentemente, es momento de despertar. De llenarte de aire los pulmones y salir a la calle, a “conquistar” el mundo, a completar las tareas previamente iniciadas. Así, lo indicado es aprovechar la luz del sol que nunca dura lo suficiente.

A la luz del día todo se torna cálido, cercano, asequible. A la luz del día caminamos por las calles con relativa tranquilidad. A la luz del día es posible distinguir colores, leer advertencias, encontrar puertas abiertas. La luz del día se perfila como el mejor telón de fondo para concretar lo que los sueños nos prometen.

Bah.

Nada odio más que madrugar. Aborrezco la alarma del despertador. Siempre pongo tres o cuatro alarmas, de las cuales a veces no escucho ninguna. Por lo general, peor aún, se infiltran en mis sueños como horrenda música de fondo que irrumpe en la comodidad de mis devaneos oníricos.

Para mí, la buena vida es despertar hasta que uno quiera y quedarse dormido de madrugada, con una buena novela entre las manos, a la luz de la lamparita del buró.

Durante el día soy una máquina. En la noche soy libre.

En la noche me inspiro. En la noche leo. En la noche escribo. En la noche me tiro bocarriba y miro al techo, fantaseo. Es en la noche cuando lo busco al lado mío, cuando me hace falta, cuando me alegro de estar sola. Es en la noche cuando me invaden las ganas de buscarme, de explorarme, de hacerme llegar.  Es en la noche cuando sueño despierta, cuando me miro de frente sin necesidad del espejo, cuando lloro, cuando río. Es en la noche cuando me siento llena de energía, sedienta de emociones.

Es en la noche cuando cobra vida lo siniestro, lo macabro, lo innombrable. Es en la noche cuando asaltan las pesadillas, dejándonos desnudos, esquizofrénicos, paralizados. Es en la noche cuando somos vulnerables, cuando pueden clavarnos una estaca en lo más hondo del corazón. Es en la noche cuando nos envuelven nuestros miedos entre las mantas, cuando nos cubrimos con los recuerdos que duelen, con los vacíos que jamás podremos llenar.

Y a pesar de todo es entonces, cuando la vida descansa cobijada bajo el manto de la luna, que le hallo sentido a mi vida y comprendo que vale la pena despertar al día siguiente.

Yo no vivo mis días. Yo… yo vivo mis noches.

3 comentarios »

  1. elhombredeltrajegris said,

    no podría estar más de acuerdo contigo, lamentablemente la mayoría de las personas caemos en una rutina que implica despertarse a horas poco agradables. Realmente uno funciona mejor cuando duermes hasta que tú cuerpo te lo pide

  2. Marcelo said,

    “Durante el día soy una máquina. En la noche soy libre”.

    No se si hay algo más cierto que esto, al menos para quienes somos seres “nocturnos”. El telón que nos ofrece el cielo oscuro es una fuente de inspiración completamente distinta, nos atrapa, nos envuelve, nos hace actuar de una forma diferente, con total libertad.

    Nuestra imaginación se suele elevar a su máxima expresión y sucede todo lo que mencionas a la perfección. Esa mezcla de sensaciones contradictorias de paz y tranquilidad con la nostalgia e inseguridad es única, una musa implacable que nos domina hasta que logramos conciliar el sueño. O no necesariamente.

    Has de saber que no eres la única. Sigue fantaseando al mirar el techo, con sus respectivos sueños y temores. No estás sola pues varios sentimos estas mismas cosas y en definitiva, nos hacen recordar que estamos vivos.

  3. Isela Glez. said,

    Esta inculta cultivable que soy, te agradece infinitamente lo feliz que me has hecho con las palabras que describen al hábito noctámbulo que me persigue y al que le he dejado de huir. A veces me preocupa que mis sueños se cansen de esperarme y no quieran volver más a mí, para seguir siendo soñados… pero entonces recuerdo que la preocupación provoca insomnio y trato de relajarme, convocando a las musas que, ni tardas ni perezosas (también han de ser nocturnas como esas flores que se abren y dejan salir su aroma al caer la oscuridad), acuden al llamado para solapar mis deslizamientos ¿o deslices?
    Sigamos con nuestros desvelos, hermanándonos en la clarificadora oscuridad.


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