17 diciembre 2009

Más allá del horizonte

Posted in para incultos cultivables a 4:51 PM por wenperla


Creo que me vale una introducción antes de abordar de lleno la cuestión. He pensado escribir una tesis sobre la publicación de autores no europeos en España (y lo que se publica en España, lo sabemos, se replica en Latinoamérica). Todavía no sé qué enfoque darle. A ver: todavía no sé ni de dónde vengo ni hacia dónde voy, así que dejemos de lado tanta duda existencial.

En clase, la profesora (quien a la vez es mi tutora de tesis, quien a la vez es un avión) nos ha pedido que asistamos a una conferencia este viernes, donde una autora africana viene a platicarnos sobre su experiencia de publicar en Europa. Para ser exactos, en Alemania. ¿Su nombre? Amma Darko.

La obra de esta autora es poco conocida en el medio castellano. Sólo una de sus novelas, Más allá del horizonte, ha sido vertida al idioma de Cervantes. Y es esa novela la que tengo entre mis manos y sobre la que pretendo comentar.

Desconozco las razones que llevaron a nuestra escritora a dejar su Ghana natal para instalarse, tampoco sé por cuánto tiempo, en la Alemania “prometida” (ya veremos por qué las comillas). La novela está escrita en primera persona, lo que invita al lector (al menos a mí) a leer, más que una historia ficticia, una anécdota de viva voz. Es gravísimo aventurarnos a aseverar tal cosa. A mí siempre me ha costado muchísimo trabajo identificar el umbral donde acaba la experiencia propia del autor y comienza el mundo imaginario de aquel (o aquella) en cuyas espaldas recae el rol protagónico de la historia.

Ni siquiera he comenzado a contarles un poco de la trama y ya me lleno de rabia y de impotencia. A la par que escribo esto, siento cómo un agente extraño, un filtro acuoso, se instala entre mis ojos y el mundo que me rodea. Me doy cuenta de lo limitada que está mi visión del mundo por haber nacido del lado occidental del mundo, por tener la piel blanca y los ojos azules. No me quejo, tampoco me regodeo en ello. Lo único que digo es que la vida también depende del color de ojos con que se mire.

Mara (qué bello nombre) es muy joven. No sé si en algún momento nos dice cuántos años tiene, pero uno siente que es joven. Su corta edad no es justificación para su ingenuidad, para su credulidad, para su incapacidad de rebelión. Quizás lo sea, más bien, el mundo en el que ha vivido. La educación que recibió de sus padres y la forma en la que la gente se desenvuelve en esa aldea africana con tan pocos habitantes.

La obligan a casarse siendo muy joven. A cambio de una cuantiosa dote (tela, joyas, vacas y cabras) su padre la entrega a su verdugo, a su dios, a un Satanás que responde al nombre de Akobi. Akobi es poco menos que una rata de alcantarilla. Pero no sorprende: a decir por las descripciones provistas por nuestra protagonista, todos los hombres de aquella aldea son ratas de alcantarilla. Luego entonces, Akobi debe ser de las más podrida de todas.

Entrar en detalles sobre la intimidad de la joven pareja no nos llevaría aquí a ningún lado. A Mara, Akobi la pisotea sin el menor escrúpulo, despiadadamente, atrozmente. Ella ni siquiera resiste porque, para ella (¡Dios mío!), no hay nada que resistir. “A un hombre hay que procurarlo y hay que gustarle”, es todo lo que ella sabe sobre el amor. Los golpes, la sangre, los abortos, la indiferencia, la crueldad… éstas son las cartas que desfilan en esta lotería. Como (y se me hace un nudo en la garganta) en muchas otras.

Ella nunca se revela. Vive presa del pánico, del terror. ¿A qué le tiene pánico? No creo que a los golpes. Tampoco creo que al abandono. Así de fácil: el miedo es para ella la condición natural de la existencia. Así como nosotros nos levantamos de buenas o de malas, ella despierta (si es que logra conciliar, en el metro cuadrado de cemento que le ha sido asignado, algunas horas de sueño) con miedo. Y a medida que avanza uno por las líneas que describen la trayectoria de su vida, las náuseas y la impotencia van apoderándose del lector. (Hay en este punto algo sorprendente: dos hijos que se mantienen en un plano meramente marginal. Dos hijos de los que no sabemos ni el nombre, ni el sexo: sólo el color.)

Europa se erige en el horizonte como la tierra prometida. El lugar donde la gente es rica, donde hay coches lujosos, donde uno no trabaja tanto, donde “hasta los negros son blancos”. Akobi persuade a su familia de vender absolutamente todo de modo que pueda pagar un pasaporte, un boleto de avión y un “acompañante” de esos que hacen “más grata” la entrada en un país todopoderoso donde no eres bienvenido pero a cuyas autoridades aún es posible driblar.

Desde Alemania, Akobi se las ingenia para trasladar a Mara a Alemania. Ésta, ingenua, tonta, se ilusiona con la idea. Cree que es por “amor” (aun cuando no sabe a ciencia cierta qué es eso). Las vicisitudes del viaje, aunque someramente descritas, son suficiente para darnos una idea de aquellos tejes y manejes. Un par de meses después de haber llegado (y de haberse topado con que “su esposo” tiene una esposa alemana “tan fea que su única alternativa era casarse con un inmigrante negro”), Mara se expresa de este modo:

He aprendido a dominar el maquillaje, así que nunca voy sin una capa de barra de labios roja. Y además me han penetrado los miembros rígidos de muchos hombres, con quienes he cabalgado en viajes de lujuria y placer por las puertas traseras del cielo, para luego devolverles a la Tierra exhaustos […] Me he entregado a mi oficio, convirtiéndome en una prostituta hasta la médula. No hay vuelta atrás. Soy puta hasta tal punto que ya no sé lo que es vivir de modo diferente.

La historia, a decir verdad, tiene una deficiencia muy grave. ¿A qué me refiero? A la forma en la que evoluciona nuestra protagonista. La Mara de esta historia nunca fue a la escuela. Su ingenuindad la justificamos (un poco a la fuerza) enmarcada en su contexto, en su historia de vida. Hay conceptos muy básicos que desconoce por completo. No sabe, por ejemplo, qué es una computadora o qué es un semáforo. ¿Cómo es posible que esta Mara pueda comunicarse con la “esposa” de su “marido” en inglés (independientemente de cuán precario pueda ser)? ¿Cómo es posible??? Me pareció inadmisible.

A veces parece que la historia se desarrolla a marchas forzadas. De una línea a otra nuestra protagonista pasa del primer embarazo al segundo alumbramiento. Así también pasó de ser la “hermana” ilegal del que en realidad es su esposo para convertirse en la “esposa” de un alemán homosexual que a cambio de una cuantiosa suma ha accedido a “casarse” con ella.

¿Y qué hay detrás de todo esto? Mierda. Duele muchísimo acercarse a la realidad de los inmigrantes. ¿Cómo es posible que haya quien tenga que concebir la vida de este modo? Pocas cosas pueden ser tan tristes, tan duras, como la no-pertenencia. Como la alienación permanente. Aquellos africanos que viajan a Europa en busca del paraíso no sólo son discriminados por los blancos. Se discriminan entre ellos. Se someten al modus operandi de los blancos y se resignan. Esto no dista mucho de lo que pasa con los latinos en Estados Unidos. Ésta es la dolorosísima realidad de aquel que se ve forzado a dejar su país para buscar una mejor calidad de vida.

El racismo y la xenofobia son veneno. Veneno que nos mata lentamente. Y parece que se va a acabar el mundo, como dijo Nostradamus, y nunca entenderemos que todos somos iguales y que mientras sigamos categorizándonos en planos dicotómicos, nunca tocarán a nuestra puerta ni la paz ni el entendimiento.

2 comentarios »

  1. Georgells said,

    Bien por tu pasión. Bien por tu señalamiento de los horrores de la pobreza, de la discriminación, del racismo… Inclusive, bien por detectar los sutiles “semáforos” de la intelectual africana hablando de víctimas…

    Ahora sepárate de la historia, niña de tez blanca y ojos azules. Aléjate del drama, mujer de pais del tercer mundo (y tres cuartos). Huye de las descripciones fáciles y de la victimización vendida. Que ni todos los hombres pobres son ratas de alcantarilla, ni los que aseguran el pasaje a sus vejadas y humilladas esposas.

    Y toda aquella persona que se erige en víctima, ha elegido quedarse enana por decisión propia. Las emociones alimentan la literatura, pero también la empobrecen. Curiosa ironía.

    Más allá del horizonte hay mucho, muchísimo que ver aún…

    Abrazo navideño!

    G.

  2. Georgells said,

    By the way… me gustó la errata que encabeza el noveno párrafo. “Ella nunca se revela” puede significar su incapacidad para la rebelión o para mostrarse tal cual es… y, eso en sí mismo, tiene algo de poético.

    Abrazo!

    G.


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