2 octubre 2009

Las noches blancas

Posted in para incultos cultivables a 12:00 AM por wenperla


fyodor

El amor. El “amor”. Esa palabra a la que nos asimos o de la que nos alejamos tanto como nos sea posible dependiendo de nuestro estado de ánimo y de nuestra coyuntura. Esa palabra que, como dice Arjona, para algunos es verbo y no sustantivo. Ese premio mayor en la lotería de la vida; esa llama que no permite que se extinga la hoguera.

El amor es, para muchos, un modus vivendi y un motor de vida. Para otros no es más que una quimera, válgame la redundancia, inasequible. Yo creo que, con toda certeza, nunca se llega al segundo estado sin haber antes transitado por el primero.

No sé ustedes, pero a mí me parece que la reacción primera del ser humano es creer. Creer que el amor lo puede todo. Durante la tierna adolescencia y los pininos rumbo a la adultez tal pareciera que el trofeo al llegar a la meta es el enamoramiento. Parece, entonces, que es eso para lo que vinimos a poblar el mundo. Si te enamoras lo puedes todo: si no te pela, lucharás por conseguirlo; si te corresponde, es momento de blandir las armas y abrirse paso en el escabroso bosque de la vida.

Para todos los que hemos protagonizado uno o más desencantos amorosos, el amor representa sólo uno de los ingredientes necesarios para ser felices. Con el tiempo aprendes que aquello de “el amor todo lo puede” no es más que una patraña publicitaria acuñada por Walt Disney para vender. (Pero hasta los más incrédulos agradecemos la metáfora ya que, con cierta periodicidad, hemos de correr a refugiarnos bajo de ese techo para reconfortar un poco al corazón.)

A mí el amor nunca me ha dado la cara del príncipe ni (¡mucho menos!) me ha puesto en las zapatillas de la princesa. A mí los encuentros (y sobre todo los desencuentros) amorosos me han dado las lecciones más grandes de mi vida. A mí lo que he vivido me ha bastado para descubrir que el amor es, de todos, el tesoro más preciado del mundo: todo pueden encontrarlo pero nadie parece ser capaz de conservarlo, intacto, para siempre.

Cuando cruzamos los límites del umbral de nuestro propio dolor, aprendemos innumerables lecciones. Entre otras cosas, supongo, comprendemos que quien bien nos ama no nos hace llorar (a menos que sea de alegría). Aprendemos, creo, que a medida que avanzamos por los senderos de la vida, no hay peores enemigos que los traumas y los miedos no superados. Aprendemos que el amor es ensayo y error. (Y que en una de ésas es chicle y pega.) Aprendemos, también, que a medida que vamos comprendiéndolo, el amor nos huele y se nos acerca, nos abraza y nos da de nueva cuenta la oportunidad de probar sus mieles y volver a tenderle un altar.

En “Las noches blancas”, Fiódor Dostoyevski aborda el amor desde una perspectiva que, aunque a primera vista podría parecer arcaica, no ha perdido en absoluto vigencia. Un joven solitario de 26 años se enamora de la primera mujer con la que entabla una conversación. El encuentro con esta mujer dota a su vida entera del sentido que nunca había tenido, de las ilusiones trémulas de las que siempre había carecido. Esta mujer no le corresponde y él ante sus pretensiones de mantener una amistad a pesar de que él la ve con ojos de amor. Ella, junto a otro hombre, no quisiera sacrificar todo aquello que nuestro protagonista aporta a su vida y él, para no empañar su inenarrable felicidad, accede.

No. Yo no creo que el amor pueda concebirse así. En el amor ambos aman y se entregan. En el amor no hay que cambiar la naturaleza del sentimiento. El amor debe ser aceptación, paciencia, trabajo y entendimiento.

Yo, por mi parte, he decidido que mis noches blancas están por comenzar.

3 comentarios »

  1. Jeje curioso, esta estrada dice: “Esta entrada fue publicada el a las 2 Octubre 2009 y está archivada bajo las categorías….” yo la contesto el 1ro de octubre a las 13:30. (jaja lo siento a un no me toca cambiarme de lado del mundo…)

    Pues cada persona concibe el amor de diferentes formas, quiza algunos prefieran entregarlo todo aun sin correspondencia a tener una relacion con una correspondencia buena pero escasa de emociones. Igual habra quien simplemente quiere los apapachos aunque no le den ganas de devolverlos…

    Creo qeu el amor va por etapas y quiza a algunos les guste repetir una y otra vez la aventura de la conquista, otros prefieren la etapa estable y ahorrarse “la hueva del ligue” o porque bien sus habilidades de ese tipo no son como las mejores. Otras personas son mas individualistas y/o egocentricas y prefieren tener el amor solo como parte de la receta, pero no como ingrediente principal de la vida, prefieren “comer incipido” para verse bien en la sociedad… no se si me explico, jaja… siempre es confuso escribir sobre el amor… pero yo creo que como dice Sabina, “lo peor del amor es cuando termina”…

  2. La niña Fonema said,

    En Dostoievski existen muchas historias de amor meramente contemplativo, de “te amo tanto que te ayudo a ser feliz con otro”. Muy tristes y conmovedoras, a decir verdad. Dostoievski es un genio.
    Acerca del amor… supongo que es un momento de coincidencia que se puede prolongar tanto como uno esté dispuesto a dar lo que sea necesario para conservarlo. Lo que es cierto es que, sin importar lo que uno crea (motor de vida o quimera), el amor nos cambia la vida sin previo aviso -tanto cuando llega como cuando se va-.
    Entiendo a tu compañera, la chica con la mejor beca del mundo en una ciudad hermosa que llora por don Patán. El problema es que a ella esa alegría le sobra si no la puede compartir con él y ésa es, creo, la peor de las suertes.

  3. ceyusa said,

    Hay una frase dolorosa pero no por ello menos válida: “La única constante en tus relaciones disfuncionales eres tu mismo”.

    Sí, como diría Rilke, amar es la última tarea del ser humano, todo lo demás es aprendizaje, entonces estos golpes al corazón son parte de las enseñanzas del maestro Zen que sólo nos azota con una vara cuando hacemos algo mal y es nuestra responsabilidad saber qué hicimos *nosotros* mal para así encontrar la revelación de la verdad.


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