6 enero 2013

La lápida de papá

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 11:11 PM por wenperla

Ni siquiera fui antes de irme a Polonia, a sabiendas de que mi ausencia se prolongaría casi por dos años. Es más: a sabiendas de que quién sabe si regresaría. (Pero cómo no regresar a mi México tan querido.) Tampoco fui cuando volví. Esto quiere decir que hacía, más o menos, cinco años que no iba a ver a papá.

Tengo a papá colgado en la pared. Tengo a papá en el rostro de mi hermano Isaac. Tengo a papá todos los fines de semana, cuando me reúno con mis hermanos. Tengo a papá en mamá, quien lo extraña a pesar de todo. Tengo a papá en la curiosidad ajena, que se dispara ni bien cuelo un detalle sobre su vida, por mínimo que sea. Tengo a papá en los ojos, que (dicen) son idénticos a los de mi abuelo, su padre. Tengo a papá en los boleros, en José José, en el cine mexicano, en los clásicos de la MGM. Tengo a papá en los libros de Oliver Sacks, que me ayudan a entenderlo mejor. Tengo a papá en mis sueños, donde una y otra vez se hace presente para susurrarme palabras de amor. Tengo a papá taladrado en el alma y en el corazón. Lo tengo aquí, a mi derecha, acompañándome mientras escribo y asintiendo cada vez que llego al punto y aparte.

Y hoy fui a ver a papá al panteón. “No tenemos ahora para flores”, le dije a H, “pero papá sabrá entender. Escapémonosle a la señora que me cobra cada vez que me ve, seguro se acuerda de mí. Ya la encararé en la quincena, cuando esté en condiciones de ponerme al día con lo que sea que cobren”. Quería dejar una piedra en su lápida y presentarle a H, mi compañero desde hace dos años, el hombre que me hace tan feliz. Quería contarle cómo me fue. Quería darle las gracias por todo lo que me da. Llegamos a Constituyentes y dimos la vuelta en ese retorno que queda al final del mundo. Odio esa avenida. Dejamos el coche frente a la entrada principal.

Recorrimos los laberínticos pasillos a grandes zancadas. Las menorás y las estrellas de David se sucedían junto con las inscripciones en hebreo y las fotos de quien ahí descansa. No me detuve en ninguna. Solía hacerlo al principio, hace dieciséis años. Ahora no me interesa. Sentía una urgencia poco habitual. Quería llegar a la tumba de papá.

Hay que pisar varias tumbas en ese panteón tan saturado y tan mal planeado. Hay que llenarse los labios de disculpas para pasar por encima de los mausoleos que componen el perímetro de la tumba objetivo. Y así, pisando tumbas ajenas, llegué a la tan ansiada tumba de papá. No hubo tiempo siquiera de buscar la foto, como siempre hacía. Esa foto que tanto odiaba, donde solía verse un señor que nada tiene que ver con el hombre maduro y amoroso a quien yo tuve la bendición de decirle papá. Antes de mirar a mi alrededor, quedé congelada ante una de las visiones que más hondo han calado en mí: la lápida de papá estaba deshecha. Si me pidieran que describiera lo que vi, sólo se me ocurre pensar que aquello sólo lo provocaría un terremoto terrible capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso. La lápida de papá se precipitó en añicos hasta lo más recóndito de esa tumba hueca. ¿Todas las tumbas son huecas? ¿Había algo ahí y lo sacaron? ¿Hay necesidad de dejar un vacío así de grande entre el ataúd y la superficie a pesar del vacío tan indeciblemente doloroso que queda entre el que un día está y al día siguiente dice para siempre adiós? ¿Qué le pasó a la lápida de papá?

El llanto brotó de mis ojos sin siquiera darme cuenta. Lo que más me dolió fue la idea de que esa lápida lleva años deshecha y papá todos los días, al ser testigo de un espectáculo tan terrible, se nos vuelve a morir. Me llené de rabia contra mí y contra todos mis hermanos: “A nadie le importa, nadie viene, nadie se ha dado cuenta”. ¿Y si es una llamada de atención? ¿Y si lo que hay que leer entre líneas es que papá nos extraña, que nos quiere ahí de vez en cuando, que no lo descuidemos, que no lo volvamos a abandonar? La gente suele decir que uno debe demostrarle a quien ama lo que siente cuando ese alguien está vivo: “Muerto, ¿para qué?” Yo no creo que la tumba de papá sea sólo una piedra impuesta por el rigor de la tradición judía. Para mí, ese lugar siempre ha sido sagrado. Un lugar lleno de silencio que me permite entrar a lo más insondable de mi alma. Un lugar de profundo respeto. Un lugar donde papá nos espera. Un punto de encuentro donde papá jamás se cansará de esperar.

Se me rompió el corazón un poco.

Lo vamos a arreglar.

Quizás sea la oportunidad para ponerle una lápida bella, esa de mármol oscuro que tanto me gusta. Que tanto le va.

Quizás sea la oportunidad para sembrarle flores alrededor, si es que la complejísima posición que le fue asignada nos lo permite.

Quizás sea momento de reconocer que las citas con los muertos no pueden postergarse, aunque no estén muertos del todo porque perviven en el corazón.

Quizás sea el momento de reconocer que no me perdono haber abandonado a papá por tantos años. Él nunca me ha abandonado a mí.

Se me rompió un poco el corazón. Se me fue de las manos. Cayó de golpe en los más recóndito del sepulcro: justo ahí donde aún yacen los restos de la lápida destrozada.

5 junio 2011

Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir

Publicado en autobiografía, para incultos cultivables, vicisitudes a 11:42 PM por wenperla

He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.

Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.

Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.

Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.

Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.

Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.

Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.

Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.

Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.

Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.

Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.

Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010

1 noviembre 2010

La ruta de la miseria

Publicado en una ventana al mundo, vicisitudes a 8:38 PM por wenperla

Vivo en la calle Ferlandina esquina con Joaquín Costa, en el Raval. Es un barrio con mucho encanto: sin ostentación de ningún tipo; lleno de museos, bibliotecas y librerías; rebosa fiesta, colores y sabores. Sin embargo, todo aquel que conoce Barcelona sabe que el Raval también es un barrio de prostitutas, de drogas, de mendigos, de rateros que hacen del robo una honorable profesión. Es un barrio de inmigrantes: así, en cursivas, con ese tonito despectivo que utilizan aquí a modo de eufemismo para referirse a todo extranjero proveniente del tercer mundo. Hace dos semanas, camino al gimnasio a eso de las diez de la noche, fui víctima de un “atraco”: un chico me arrebató mi ipod desde una bicicleta cuya velocidad me hizo pensar en un alma que lleva el diablo. He de confesar, también, que nunca me he caracterizado por ser una persona de reacción rápida: a mí las reacciones me llegan trimestralmente, como los recibos del gas. No corrí, no grité, no lloré. Me quedé ahí: congelada, meditabunda, sumida en las más profundas cavilaciones.

Pero ése no es el tema de este post. Esta mañana salí de casa rumbo a alguna cafetería donde pudiera trabajar en la tesis. Al pasar por el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, tuve que bordear la colonia de vagabundos —en su mayoría extranjeros— que se han asentado en el lugar. Ahí pernoctan, ahí socializan, ahí transcurre su monótona existencia. A mí no me dan miedo. Me hablan, pero nunca me tocan. Y créanme si les digo que en el Raval eso ya es ganancia.

Ni bien cruzar la plaza del MACBA me topé con un chico triste de ropas raídas que me tendió la mano con ojos desesperados: no sé qué quería. No sé si quería preguntarme algo, si sólo quería tocarme, si quería dinero, si me pedía indicaciones para llegar al metro Cataluña, a la Rambla del Raval, a la Plaza Universidad, de vuelta a su casa, de vuelta a su mundo, de vuelta a su país. No sé si sólo buscaba un hombro para llorar, un alguien sin nombre para desahogarse, para dejar constancia de lo dificilísimo que debe ser vivir en un país como inmigrante, como apestado, como aquel a quien nadie quiere, a quien todos tienen miedo: como yo, que nomás de verlo acercárseme me vi inconscientemente acelerando el paso para que no me alcanzara nunca, para no volver a verlo jamás. He pagado cara mi ingenuidad en ocasiones anteriores: me han intimidado, me han sonrojado hasta el infinito, me han inducido al llanto que deriva del bochorno mal avenido. Pero hoy —como tantas otras veces— fui ruin, fui miserable: ¿Por qué huir de este muchachito sin darle siquiera la oportunidad de decirme algo? ¿Por qué apretar el paso si no me he visto aún amenazada? ¿Será que estoy cayendo en la repugnante espiral de la intransigencia y el racismo? Qué horror.

Ni bien llegar a las Ramblas y doblar a la izquierda me topé con aquel pobre hombre en muñones, sin brazos y sin piernas, que espera siempre en las Ramblas al lado de un triste vasito de unicel. ¿Qué espera? ¿A quién? ¿Tendrá a dónde ir? ¿Y cómo irá, si no puede moverse? Él no dice nada, ni te mira, ni la cabeza levanta: está demasiado cansado de la vida, demasiado hasta la madre de todo y de todos como para hablar, como para mirar, como para apelar a la generosidad de la gente. El pobre hombrecillo a medias se ha convertido en parte del escenario: una atracción más al lado de la cual la torpe multitud de turistas quiere una foto. Ya no se sabe por qué razón caen las escasas monedas de bajísima denominación en el fondo de aquel vasito de unicel: si por lástima, por generosidad, o como retribución por sus servicios al dejarse fotografiar. La escena es triste, es patética, es digna de que retumbe en sus centros la Tierra y se sacudan las fibras del alma de cualquiera. Pero no pasa, no: esta sociedad automatizada ni siquiera se da cuenta de que el hombre tiene la vida jodida, de que está ahí y a nadie le importa, de que hemos perdido la capacidad de conmovernos, de que somos egoístas, mecánicos e insensibles. La imagen de aquel pobre hombre perturba, inquieta: por eso lo evitamos, por eso miramos hacia otro lado, por eso buscamos con urgencia otro punto de fuga en el horizonte. Diez metros más allá ya se nos habrá olvidado.

No acababa de pasar al hombre en muñones cuando tropecé con una mujer que estaba de rodillas sobre el asfalto. Era una gitana, una rumana: una mujer como yo, pero cuya imagen ha sido satanizada por los medios, razón por la cual ha aprendido a vivir perennemente azotada por la indiferencia y el rechazo de una sociedad que no es la suya, que no la quiere y a la que tampoco quiere pertenecer. Una mujer que no tiene adónde ir, que paga las facturas de la xenofobia y los prejuicios. Valga remitirnos a las heroicas deportaciones que Sarkozy, sin preguntar a nadie y faltando a las normas de la comunidad europea, ejecutó hace apenas unos meses. De rodillas y sin rostro, la gitana estiraba la mano. No cayó en su palma ninguna moneda durante los segundos que permaneció dentro de mi espectro visual. Yo le ofrecí un “lo siento” al rozarla involuntariamente. Los otros ni cuenta se dieron de que la pisaron, de que la lastimaron, de que invadieron su espacio vital. Lo más triste es que probablemente ni siquiera ella se haya percatado de que —otra vez— la pisaron, la lastimaron, le hicieron daño.

Ya para entonces caminaba a paso no tan firme y con un nudo en la garganta. Es éste el espectáculo diario que observo camino al trabajo, pero por alguna razón hoy fui más receptiva. Hoy me sentí más miserable. Pensaba entonces en la necesidad de plasmar todo esto en palabras, de pedir perdón por ignorarlos a todos, por apretar el paso cuando el chico me tendió la mano, por no detenerme ante el hombrecillo de los muñones y la rumana en el piso, pero al cruzar la Ronda Universidad la visión de un anciano que rebuscaba en los enormes botes de basura irrumpió en mis desordenados pensamientos. Extraía del bote amarillo un plátano a medio comer, y del bote verde una Coca Cola a medio terminar. Me detuve involuntariamente y me le quedé viendo para que me mirara: para que me doliera, para concienciarme, para que se diera cuenta de que lo veía, para ver la miseria de cerca, para dejar de huir, para decirle con los ojos que quería ayudarlo aunque no supiera cómo. Pero no sirvió de nada: el hombre era ciego. Era ciego y no pudo verme. Era ciego y partió satisfecho con aquel botín entre las manos. Era ciego y no me vio que lo veía, que lo sentía. No pudo ver que a veces, si nos detenemos a mirarlo, a nosotros también nos duele su dolor.

De vuelta a casa me he topado con otro mendigo en silla de ruedas. Pero éste tenía su gracia: junto al puesto de castañas para guarecerse del frío, el elegante anciano posaba con saco y corbata, y tendía un botecillo donde tampoco escuché que cayera ninguna moneda. Al llegar a mi portal, una pareja me ha cedido el paso: un anciano lleva de la cintura a una negra de proporciones descomunales. Está embarazada, y sigue trabajando.

30 octubre 2010

Artillería pesada

Publicado en vicisitudes a 5:55 PM por wenperla

También los compré hoy.

Joyas del oficio.

Ingenuidad enternecedora

Publicado en vicisitudes a 5:46 PM por wenperla

Sí… yo lo compré. Hoy, ahora, hace diez minutos.

Es conmovedor.

15 septiembre 2010

Obsesiones destructivas

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 8:01 PM por wenperla

No hay obsesiones sanas. Todos aquellos que nos jactamos de tener alguna nos regodeamos en el hecho de saber que algo está mal, que no somos como los otros, que por más indicios de normalidad que nos habiten, siempre seremos diferentes. Yo, desde la más tierna edad, he sido siempre proclive a las obsesiones.

Cuando niña, a los siete u ocho años, estaba obsesionada con Telehit. No sé si todavía existe, pero yo era esclava del televisor. En las noches, en vez de rezar el rosario como lo hago ahora todas las noches antes de dormir, prendía la tele y le ponía en Telehit. (Yo nunca dije que las obsesiones fueran algo que a la larga nos enorgullecerían: hay de obsesiones a obsesiones y ésta, a decir verdad, no es precisamente una ex obsesión digna de presumir.) Luego me obsesioné con las consolas de nintendo. Ésta era una fijación que, como tantas otras, compartía con mi hermano. Todo empezó con los patos aquellos a los que les disparabas haciendo gala de una brutalidad y una crueldad infinitas; alguna vez, incluso, mi hermano y yo descompusimos el televisor a punta de escopetazos: como muchos otros niños, pensábamos que si le pegábamos a la tele con la pistola los patos morirían mejor. Luego apareció Street Fighter.  Mi hermano siempre escogía a Ryu y yo siempre escogía a Ken. No recuerdo quién era mejor jugando, lo único cierto es que siempre terminábamos a abukets él y yo. Y mientras mi hermano y yo acabábamos a oriugets todas las noches luego de jugar Street Fighter (o Mario Bros, o Donkey Kong, o Pac Man, o Ninja Turtles, o, o, o), por las mañanas mi única ilusión era llegar a la escuela a intercambiar calcomanías. Todavía guardo mis álbumes de calcomanías, por cuyas páginas aún desfilan Mickey Mouse y todo el equipo Disney, así como Hello Kitty y todos sus amigos, en todas las modalidades imaginables: transparentes, infladas, tornasoladas, de terciopelo (estas últimas siempre fueron las más codiciadas: para conseguir una de terciopelo tenías que dar a cambio, si bien te iba, tres normales), etc. Pero aquellas obsesiones (gracias a la Santísima Trinidad y a Todos los Santos) se esfumaron: se erosionaron, me aburrieron, crecí… qué sé yo. Es una pena que mi hermano siga coleccionando tazos y jugando a las barbies. En fin.

El hecho es que el vacío que aquellas fijaciones dejaron en mí fue de inmediato ocupado por otras nuevas: corregidas y aumentadas. Las obsesiones características de la adultez son mucho más dañinas que aquellas propias de la infancia. Las obsesiones hoy día nos hacen daño, nos lo roban todo: el sueño, el hambre, el sosiego, la seguridad en nosotros mismos. Creo recordar que hace algunos años me obsesioné con alguien de quien creí estar enamorada (¿o me enamoré de alguien con quien después me obsesioné? ¿o se obsesionó conmigo aquel de quien yo me enamoré? ¿o nos obsesionamos los dos y por eso todo acabó en tragedia?) y el saldo, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, fue simple y sencillamente catastrófico. Menos mal que he alcanzado un grado de madurez suficiente (sic) como para distinguir entre el amor y la obsesión (y, desde luego, para no enamorarme nunca más).

Comencé a escribir este post motivada por una obsesión particular relacionada con aquello que nos tiene a todos aquí reunidos: las letras. Rebusco en mis cajones una obsesión contemporánea, algo que hoy día, a mis veintiséis años, me mantenga en vilo, inquieta, suspendida en la caja negra del insomnio. Ya no tengo obsesiones múltiples, no. Hoy día, es verdad, todo ha quedado reducido a una díada del terror: un fetiche y una obsesión. ¿Mi fetiche? Los libros. ¿Mi obsesión? La ortografía.

Cuando releo algún texto mío (que ya ha sido enviado, que ya ha sido publicado) y me topo con una falta de ortografía: ¡coño! Me retuerzo de coraje, pienso en aquellos lectores que, prudentes, me evitan el ridículo, que no me evidencian, que guardan el secreto y callan para siempre, y me sonrojo hasta el infinito. Me lleno de vergüenza, me reprocho mis impulsos. Ya había explicado antes que a veces, cuando aún estoy a tiempo, reenvío un mail corregido con la esperanza de que el destinatario abra sólo el último y se olvide del primero, pensando que se trata de un error en el servidor que duplicó el mensaje. La mayoría de las veces, no obstante, eso no sucede. Los correos se van sin revisar, o revisados y con errores, desde luego. Los estatus de Facebook son publicados y retomados varias horas después: cuando enmendarlos ya no es una opción factible, pues a ellos se han sumado comentarios de las más diversas índoles que me impiden arrancarlo todo de raíz. Los posts en Purasletras, como éste, son escritos en infracondiciones: en la madrugada, en la penumbra, muerta de sueño, con más miopía y más astigmatismo de lo normal. Y no me aguanto las ganas de decir lo que quiero decir, no: lo suelto. “Publicar”, “Enviar”, “Actualizar”: mis botones favoritos. Mis puertas al mundo. Mi modo de sentirme poderosa, capaz de comunicar, de generar algo en algún lector incauto que caiga en las redes de mis malogradas palabras. Y las erratas siempre ahí: acechándome, echándome en cara mi perfeccionismo tan imperfecto, mi ego mal sustentado, mi uso primitivo del lenguaje.

Hace poco cometí dos errores garrafales por los cuales mi vida interior se ha convertido en un vía crucis. En ninguno de los casos fue posible hacer enmienda alguna.

1. Presa de la desesperación ante la reputísima burocracia que me impide legalizar mi situación en este país, publiqué lo que a ojos de cualquiera sería un chascarrillo burdo y poco ingenioso. Pedía la colaboración de algún ciudadano español para, por favor, esposarme, de modo que así pudiera regulizar mi situación en España. Regulizar, regulizar, regulizar. Escribí regulizar y no me di cuenta sino hasta que se habían acumulado ya más de diez reacciones. Y no pude eliminarlo. Y sufro desde entonces. Me atormento. No puedo borrarlo, y está ahí, en mi muro, y todos pueden darse cuenta de que yo, uy, “correctora de estilo”, “traductora”, “editora”… yo, que me las doy de Yo Soy Aquélla, me equivoco en algo tan banal, tan absurdo, tan simple, tan aburrido. Regulizar, regulizar, ¡reguliPUTIzar!!!

2. El lunes me quedé varada en Bilbao y no pude llegar a mi trabajo en la mañana. Envié un mail desde una de esas máquinas horrorosas que a cambio de dos euros te hacen acreedor a cinco minutos de internet. A la máquina le encontré los acentos: las mayúsculas se me resistieron. El mail explicaba que habían cancelado mi vuelo y que llegaría más tarde. Me disculpaba por el retraso. Cosa de niños. Sólo tenía cinco minutos para maniobrar con ese robot de aeropuerto y quería hacer las cosas bien. Brevemente, pero bien. Escribí un mail para el personal de aquella empresa que tantísimo admiro y que tanto respeto: la casa editorial que desde siempre se ha caracterizado no sólo por la calidad de su catálogo sino por la impecabilidad de su cuidado editorial. Y al final, oh tragedia, al final, el mail quedó marcado por un error imperdonable:

“un abrazo, gracias y hasta pronto,

wendolin”

Así fue. Escribí mi propio nombre sin acento. El colmo del corrector. El colmo de todos los colmos. Una debilidad que bajo ninguna circunstancia puedo volver a permitirme. Un crimen imperdonable. Una hecatombe. Pero lo intuí, lo vi venir. Lo vislumbré con antelación. Cuando me subí al avión, seis horas después de lo previsto, una angustia me oprimía el corazón: “¿estaba bien escrito el mail?”,  “¿no me habrá faltado alguna coma, algún punto, algún acento?”. Y mis predicciones fatalistas se volvieron realidad, y hoy día estos dos errores rondan mi conciencia incesantemente: me los reprocho, intento olvidarlos sin éxito, me revuelco en la cama pensando en todos aquellos errores que he dejado al descubierto y que aún están por venir, y padezco los efectos secundarios de esta obsesión como cualquier adicto a quien privan de aquello que lo mantiene felizmente enganchado.

Ésta es la vida del corrector. Ésta es la obsesión que no puedo sacudirme. Éste es el miedo que cargo a cuestas: equivocarme y que todos se den cuenta de que no soy perfecta en lo único que creo saber hacer.

Y luego me recrimino todo este absurdo: qué arrogante, qué ridícula soy. Pero se trata de una obsesión en su estado más puro, una obsesión de a de veras, y muy poco o nada puedo hacer para remediarlo.

28 agosto 2010

Mi regalo de cumpleaños

Publicado en vicisitudes a 3:53 AM por wenperla

Hace un año dejé mi casa, mi trabajo, mi país. Hace un año crucé el mundo con un saco a cuestas lleno de ilusiones. Hace un año cumplí veinticinco años de cumplir años el veintisiete de agosto de todos los años, y nunca había recibido un regalo tan grande como el que he recibido hoy: [Casi] Todas las personas importantes de mi vida, congregadas detrás de esta pantalla, desafiando la distancia y haciéndose presentes con una fuerza inusitada. Mis amigos y mis hermanos, mis amigos que son mis hermanos, regalándome unas palabras ante una cámara que nadie sabe usar. Y es ese tono precisamente, ese nulo expertise, lo que hace de este regalo una sorpresa de proporciones monumentales.

Y cómo se ganará el amor, me pregunto. En qué consistirá la ecuación aquella en la que alguien, por el simple hecho de existir, puede hacerse acreedor a un cariño tan grande. El amor de pareja y la amistad adolecen de dos males opuestos: mientras que el primero está sobrevaluado, la segunda está subestimada. Trazamos sobre el pavimento, colectiva y obsesivamente, trayectorias encaminadas al encuentro de aquella mitad que le dará a nuestra vida la circularidad que, aparentemente, resulta indispensable. Nos precipitamos los seres humanos con desesperación aberrante, unos sobre otros, para apropriarnos de alguien a quien llamar nuestro, al lado de quien despertar todos los días y por medio de quien podemos pagar las cuotas que nos impone la sociedad. Es como si tuviéramos que rendirle cuentas a alguien al final del camino, como si la entrada al cielo consistiera en habernos casado, en haber tenido una pareja. Y de los amigos… ¿alguien se acuerda?

He visto, con mis propios ojos, que el amor de pareja existe. Lo veo en Kevin y Laura, en Marco y Jeannine, en Mariana y Christophe, en Alma Delia y Luis, en Giselle y Goran. Sé de hombres y mujeres que han hallado el equilibrio, que le han ganado la batalla al hartazgo, a la rutina, a los malos hábitos y al silencio. Sé de hombres y mujeres que sólo nacieron para estar juntos, para completarse, para resignificarse al lado del otro. Pero sé también de otros amores de proporciones descomunales. Sé de la familia que escogemos, de la que vamos construyendo con el paso de los años. Sé del amigo incondicional, que siempre está ahí para llorar, para reír, para emborracharse contigo. Sé de aquél capaz de cruzar el mundo para pasar navidad a tu lado. Sé de aquel que nunca exige nada y lo entrega todo. Sé de aquel que, intermitente, tarde o temprano vuelve a perfilarse en el horizonte. Sé de aquel lacónico, que poco dice pero que tanto te demuestra. Sé de aquel que nunca miente, que te engrandece con su honestidad aterradora. Sé de aquel que irrumpe en un velorio y te roba una sonrisa. Sé de aquel que nunca llora y sin embargo seca siempre tus lágrimas. Sé de aquel que no cuestiona, que nunca juzga, que te respeta y saca lo mejor de ti. Sé de aquel que nunca duerme, que no envejece, que nació para estrenar las madrugadas. Sé de aquel que encuentra lo bello donde no lo ve nadie más, que ve luz en la más contundente de las oscuridades. Sé de aquel conversador incansable, de aquel que desmenuza la realidad a su antojo. Sé de aquel que te habla de libros, que te habla de música, que te habla de amor. Sé de aquellas amistades que nunca se desgastan, que no se opacan, que permanecen intactas sin importar el tiempo que se posa sobre ellas.

Los amigos de verdad son la forma humana que ante mis ojos adquiere el amor en su estado más puro. Con amigos como los que yo tengo, es imposible sentirse presa de la tan temida soledad. En estricto orden de aparición, gracias a Abdullah, a Alma Delia, a Luis, a Gabi, a Karly, a Lore, a Mariana, a Christophe, a Ale, a Dani, a Andrés, a York, a Diego, a Laura, a Kevin, a Monse, a Mundo, a Xabi, a Asier, a Angie, a ambas Elizandras, a Christopher, a Mau, a Lilí y a Tomasz, que se prestaron a un experimento tan poco habitual y desplegaron sus mejores dotes frente a una cámara con la única finalidad de hacerme llegar un feliz cumpleaños. Gracias también a aquellos que, aunque ausentes en el video, siempre han estado ahí. Pero, sobre todo, gracias a Alma, a Cris y a Wil: es increíble lo que hicieron posible. Nadie pudo haberlo hecho mejor, nunca dejan de sorprenderme. Gracias de verdad.

16 agosto 2010

Crónica del ventilador

Publicado en vicisitudes a 1:39 PM por wenperla

Joyce Carol Oates es una de las escritoras más prolíficas del mundo: más de cien obras y casi veinte premios de talla internacional lo acreditan. Sin importar cuán saturado se vislumbre el buró donde descansan los libros por leer, es imprescindible hacernos un espacio para probar una rebanada de un pastel que se antoja interesante. Yo ya lo hice, y la experiencia resultó muy satisfactoria.

Entré a la librería nomás por entrar. Ya no sé yo si mi mente es consciente de los pasos que me dicta. Cada vez que paso por la librería, entro. Así nomás: entro. Aunque no tenga un centavo, entro. Aunque tenga hambre, entro. Aunque tenga calor, entro. Aunque esté impresentable presentable, entro. Aunque traiga otro libro entre las manos, entro. Aunque haya salido para comprar el periódico, entro. Aunque venga cargada con las bolsas del súper, entro. Es una locura. El policía de La Central me mira ya con un dejo de lástima. ¿Qué pensará de mí? “Esta niña: sin nada que hacer y sin un solo amigo…” Él tampoco se ve muy dispuesto a ser mi amigo, hay que decirlo.

Y así venía yo en una de ésas, con mi ventilador recién comprado entre las manos. Necesitaba darme un respiro: me lo vendieron sin caja, sin desarmar. La verdad es que aquella escena era más bien propia de una comedia: yo, perdida en el Raval, sudando como luchador (welcome to my life), maniobrando torpemente con un ventilador más grande que yo… cualquiera diría que en vez de haberlo comprado (porque sí señor:  lo compré), me lo acababa de robar del Carrefour. Y entonces, luego de andar varias cuadras con el ventilador entre las manos, entré a La Central. Bonita fue la expresión de la gente al verme entrar con un ventilador. No los culpo. 

Coloqué, con toda la desfachatez imaginable, el ventilador en una esquina. Nadie iba a hacerle daño, claramente. Y no, jamás cruzó por mi mente la idea de que alguien pudiera robárselo: ese ventilador, se los garantizo, estaba más desgastado que yo. Ahora que lo pienso, la verdad es que no entiendo por qué compré precisamente ese ventilador: tan de mal ver, tan grande y tan pesado, tan ruidoso. En fin. Mejor nos olvidamos de una buena vez por todas del ventilador.

Así entonces, me dispuse a pulular por la librería. Ni bien comenzó mi expedición, en la mesa de novedades me encontré con un libro que lleva en la portada una de las imágenes más alucinantes de la historia del arte y de la humanidad: La pesadilla, del suizo Johann Heinrich Füssli. Esa pintura, donde una mujer yace dormida mientras un demonio erótico se posa sobre ella, es deliciosa. Qué ganas de toparme yo también con un íncubo en la más distorsionada de mis fantasías; qué ganas de sorprender al caballo que observa, atónito, desde la penumbra. El libro es Bestias, precisamente de Joyce Carol Oates.

Bastó con ver esa imagen en la portada para cautivarme. Por otra parte, me parece prudente aplaudir el hecho de que los agentes de la autora cedan los derechos de algunas obras a editoriales independientes como ésta: papel de liar.

Extraje el libro del exhibidor y leí al reverso una cita de la autora. Esta frase, de cuya inserción en el margen derecho de este humilde blog los lectores atentos se habrán percatado, reza lo siguiente: «Creo que el arte no debe servir de consuelo: para consolarnos ya tenemos al prójimo y la distracción masiva. El arte debe provocar, perturbar, inflamar las emociones, llevar nuestro entendimiento a lugares no previstos e incluso no deseados».

Y me acordé entonces de cuando me enamoré de aquel artista, y recordé —no sin cierto estremecimiento— la ilusión que en su momento me produjeron las promesas implícitas: esa provocación, esa perturbación, esa inflamación de las emociones y de la conciencia, esos viajes a los lugares más oscuros, esa podredumbre.

Y, desde luego, lo compré.

¿Y qué creen que hice después de comprarlo?

Coger mi ventilador, faltaba más, y subir los cinco pisos que me conducen hasta mi humilde hogar con libro y ventilador en mano.

14 agosto 2010

Breaking news

Publicado en vicisitudes a 4:17 PM por wenperla

Quiero hacer del conocimiento de los distinguidos lectores de este blog que escribiré un libro (modestísimo, pero libro al fin). Será no ficción (es lo único que me sale medianamente bien). Será una edición de autor y lo regalaré personalmente a los lectores de este blog, faltaba más.

Los mantendré informados.

25 julio 2010

Diálogo malogrado

Publicado en vicisitudes a 11:00 PM por wenperla

Digamos que este post me mantuvo inquieta. No duermo igual, no me concentro. Ha sido horrible. Debí resolver esta retórica de otra forma: tan sencillo que hubiera sido explicar, a modo de una entrada cualquiera, por qué creo en la soledad como uno de los pilares insoslayables de la felicidad humana. Pero no: vine aquí a desdoblarme como los grandes. Y en este desdoblamiento hice, irremediablemente, el ridículo.

Había también otro elemento perturbador: el nombre de uno de los personajes. Si bien es algo que a los lectores desconocidos les resultaba indiferente, es verdad también que a todos aquellos que además de lectores son amigos les generaba muchísima disonancia: ¿y a qué viene mentarlo? ¿Y por qué seguir aludiendo a aquel que ya forma parte del pasado? ¿Fue éste un diálogo que ustedes dos sostuvieron en algún momento? Por supuesto que no.

Quede entonces constancia de que aquí hubo un diálogo que pudo ser bueno pero que resultó catastrófico. Quien esto escribe seguirá trabajando en su prosa, que no en su ficción, para tener pronto algo que ofrecerles en este espacio.

Gracias.

11 junio 2010

Música bendita

Publicado en vicisitudes a 11:50 PM por wenperla

Cómo esa mujer se posa ahí, sobre un taburete minúsculo, dirigiendo esta orquesta como si dirigiera el mundo. Si presidentes y primeros ministros llevaran las riendas de sus países con la entrega, la pasión y la energía del director de orquesta, viviríamos en un mundo infinitamente mejor.

Cómo se escuchan las violas, los chelos, los contrabajos, el arpa, la flauta, los clarinetes y los trombones como si fuera a acabarse el mundo. Como si no hubiera mañana. Cómo violinistas, trompetistas y pianistas lo dejan todo en el escenario mientras allá afuera, ni bien cruzar el umbral que divide la sala del mundo real, se libran batallas clandestinas, se lucha por la supervivencia, mueren inocentes, se declara la guerra.

Cómo la música, tan noble, tan inmensa, es capaz de llenarlo todo.

El músico y el instrumento representan un todo casi homogéneo, un híbrido comparable al del escritor y la palabra, al del pintor y el lienzo en el caballete. Músico e instrumento se aman más que nadie: hacen el amor todo el tiempo, todos los días. Y sobre el escenario, al unísono y henchidos de emoción, nos llevan al clímax junto con ellos. La música es la materia prima de la que está compuesto el universo.

En este espectáculo, las piezas individuales de nada sirven. Al compás de la batuta, cuerdas, viento y percusiones levantan de la nada un monumento de proporciones descomunales. Y mientras suben el arpa y los violines, da la sensación de querer morir en ese instante. Morir en ese instante y elevarnos junto con ellos al edén imaginado.

Música bendita, que nos recuerdas que estamos vivos. Y que la vida es bella, y que vale la pena vivirla.

***

Gracias, Cracovia. Qué manera de regalarnos un adiós.

26 mayo 2010

Contra la mojigatería

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 12:43 AM por wenperla

Es verdad que hacerme enojar es dificilísimo, por no decir imposible. Si hago memoria, si me esfuerzo por rebuscar entre mis recuerdos, pocas son las veces en las que me he llenado de ira, de rabia, de coraje. Dejando de lado aquellas ocasiones en las que la vida te azota con el látigo de la tragedia y del horror —en las que he blasfemado hasta el infinito— , casi podría afirmar que para hacerme enojar hay que esforzarse bastante. Sin embargo, hay algo que, invariablemente, me enfurece. Y de eso vamos a hablar aquí.

No entiendo la obsesión de ciertas personas, hombres y mujeres, por la “propiedad”. No entiendo a aquellas mujeres que trabajan una vida entera para cubrirse con un manto inmaculado. En pocas palabras: no tolero a aquellas personas que vituperan las groserías, que reprueban el uso de las “malas palabras”, que se valen de eufemismos baratos que ni por asomo expresan lo que se quiere decir, que juzgan a quienes se valen de vocablos ”altisonantes”, “vulgares”, que generan disonancia en esas mentes puritanas que, lejos de “proteger el lenguaje”, dejan al descubierto que desconocen la verdadera fuerza de las palabras.

Hoy leía una reseña que rezaba lo siguiente: “El libro vale la pena porque transmite imágenes muy fuertes sin necesidad de emplear palabras vulgares”. No son pocas las veces en que leo cosas así. Una de mis mejores amigas, una amiga del alma, dejó de decir groserías “porque a su novio no le gusta”. Y más allá de que, en teoría, amar a alguien reside en aceptarlo y no querer cambiarlo, también es cierto que aquello de “no le gusta que diga groserías” suele ser lugar común en las pláticas entre amigas. ¿Es decir, entonces, que el uso de las majaderías es exclusivo de los hombres, en cuya boca todo suena “bien”?

Error.

No pretendo aquí dar pie a un debate sexista: aborrezco el machismo y el feminismo por igual. Lo que quiero es darles a las majaderías el papel que juegan en el mosaico lingüístico, y pronunciarme a favor de ellas y en contra de toda la mojigatería que vive entre nosotros y que sigue sobresaltándose ante el uso de las mismas, que muchas veces no sólo están justificadas sino que son imprescindibles.

Como para muestra sobra un botón, procedamos a mencionar algunos ejemplos:

  • No es lo mismo que algo te dé “flojera” —qué palabra más sosa— a que te dé güeva, por supuesto que no.
  • Los genocidas y los pederastas, entre tantos otros personajes ilustres, no son “malas personas”: son sicópatas hijos de puta, con todas sus letras.
  • No es lo mismo que la injusticia social “te moleste” a que te empute.
  • El que te partió el corazón con alevosía y ventaja, el que te hizo llorar tanto sin merecértelo —porque tú sólo le ofreciste amor—, no es un “maldito”: es un ojete.
  • No es lo mismo que algo esté buenísimo, a que algo sea una chingonería. Una chingonería es el non plus ultra de lo buenísimo.
  • No es lo mismo “déjame en paz” que no me estés chingando.
  • Nada que exprese tantísima desazón, tantísima estupefacción, tantísima rabia, como un puta madre bien dicho.
  • No es lo mismo estar “que no te calienta ni el sol” que estar que te lleva la chingada.
  • No es lo mismo que algo “no te importe” a que te valga madres.
  • No es lo mismo “no me gusta” que me caga —y aquí sí podemos ahorrarnos aquello de “la madre”—.
  • No es lo mismo ser “muy tonto” que ser pendejo. Y como bien dice mi hermano, “nunca subestimes el poder de un pendejo”.

No entiendo por qué buscamos obsesivamente reemplazar con eufemismos, siempre débiles e insípidos, lo que sólo puede revelarse por medio de las “malas” palabras, que de malas no tienen nada. Las majaderías no le restan “clase” a nadie, en caso de que haya alguien a quien “la clase” de verdad le importe.

Yo soy una pelada. Yo nunca me aguanto un “no mames” ni un “me caga”. A mí, si me lastiman, los llamo por su nombre y no me lo pienso dos veces. Si un libro me gusta, para mí es una verdadera obra de arte, una chingonería. Odio que me digan “ay, no digas esas palabras, se oyen fatal en una niña”. A mí déjenme expresarme como se me dé la gana. Y también, por cierto: “los niños” y “las niñas” somos iguales.

A todos extrañará que, a pesar de todo lo aquí expuesto, me atreva a afirmar que soy una dama. Y lo soy. Soy una dama educada, sin ataduras de ningún tipo, que sabe conducirse “a la altura”, que respeta a todo mundo y que, sobre todo, conoce el valor de las palabras y se regodea en la posibilidad de valerse de majaderías de vez en cuando, para comunicar de este modo lo que de otra forma es, simple y sencillamente, inexpresable.

Eso: la beatería, el puritanismo, la hipocresía… eso sí que me emputa. Seamos libres y dejémonos de tanta santurronería.

***

Octavio Paz escribió en “Los hijos de la Malinche” (El laberinto de la soledad):

En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.

¡Gracias, CarMartínezF!

Y los timoratos… ¡que se chinguen!

15 mayo 2010

Esta mañana

Publicado en vicisitudes a 6:07 AM por wenperla

Esta mañana

mientras me duchaba

se dibujó, sobre el espejo

el gato negro de Allan Poe.

Acto seguido de estremecerme

sonreí.

11 abril 2010

Cracovia dice adiós

Publicado en una ventana al mundo, vicisitudes a 10:53 PM por wenperla

Las calles de la ciudad se cubren de lluvia, de banderas rojiblancas coronadas por listones negros.

 

10 abril 2010

Polonia llora otra vez

Publicado en una ventana al mundo, vicisitudes a 5:22 PM por wenperla

La idea de Europa para nosotros, los latinoamericanos, está inextricablemente ligada a la idea de progreso, de “primer mundo”, de prosperidad, de seguridad, de futuro. Europa es otra modalidad de la Tierra Prometida.

¿Qué puede haber de este otro lado del mundo sino la Torre Eiffel, el Big Ben, el Coliseo y el Parque del Retiro?

Europa también es heterogénea. Es cierto que su parte occidental no sólo corresponde a la idea que de Europa nos hemos hecho, sino que supera todas nuestras expectativas: Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, España… todos estos nombres de países cuyo nivel de vida es extraordinario. Todos se quejan, todo el tiempo se quejan, comparándose, por ejemplo, con los países escandinavos. Que si la seguridad social, que si les pagan por estudiar, que si el tranvía llega tarde… Y yo los observo, pasiva, con el rabillo del ojo, regodéandome en la oportunidad de constatar que el ser humano nunca está satisfecho. El ser humano siempre quiere más. Pero sí, es verdad, en aquel lado de Europa se cristaliza lo que asalta nuestra mente cada vez que nos remitimos al Viejo Continente.

Pero no toda Europa es Europa. Primero habría que definir qué entendemos por Europa: Europa como el continente europeo, o bien Europa cobijada bajo el manto de la Unión Europea, esa comunidad política a la que han tenido que asirse estos países para sobreponerse luego de ver cómo en sus propios campos de batalla la guerra iba poco a poco despojándolos de lo que a través de los años habían logrado erigir. Y sí, eso es Europa, el continente todopoderoso que antaño se repartiera el mundo haciéndolo suyo a costa de lo que fuera, saqueando todo lo que hallara a su paso, cristianizando a los indios, obligándolos a tragarse su basura y, paradójicamente, llevando con esto a aquellas tierras la promesa de la modernidad, de una raza mestiza, de guiñarle un ojo a las facilidades de la tecnología. Europa es, sin duda, el continente más sanguinario de todos: es en estas tierras donde más sangre se ha derramado jamás. El continente más pequeño y el continente más poderoso. El continente que todo lo tiene y el que de todo se queja. El continente por el que tantos extranjeros lo dejan todo, lo arriesgan todo. El continente que a veces sigue sacudiéndose hasta las entrañas, como hoy, ante los virajes inesperados del destino.

Muchas naciones, europeas y no, siguen hoy día coqueteando descaradamente con dicho organismo supranacional: todas quieren entrar al partido: Turquía, Ucrania, Armenia, Croacia… todos estos candidatos hacen gala de sus mejores destrezas amatorias para recibir el “sí” tan deseado. Polonia es, desde hace varios años, miembro de la Unión Europea. Y sí, se nota: todos los días, cuando abro la ventana, cuando paseo a pie o en tranvía, cuando tomo uno de sus (lentísimos) trenes, me doy cuenta de que Polonia se despereza, de que Polonia tiene ganas de crecer, de que poco a poco se perfila como el país que logrará encumbrarse, que logrará sobreponerse al dolorosísimo pasado que lleva a cuestas. Y hoy, luego de la inesperada muerte de su presidente, Lech Kaczynski, la incertidumbre vuelve a tocar la puerta de este país del que ya me siento parte.

He recorrido las calles de este país con una atención extraordinaria, especialmente tratándose de mí, que por lo general no sé nunca ni de dónde vengo ni hacia dónde voy. Adoro la energía de Cracovia, su gente, sus claroscuros, sus edificios grises, mutilados, testigos mudos de tanta catástrofe.

Hace un par de días fui a Auschwitz. No quería ir. No sabía si quería ir. El dilema moral. (Y no, no sé si tengo moral, pero un dilema sí que tenía.) ¿A qué diablos voy a Auschwitz? ¿Es por morbo? ¿Sí? De ser así, me doy un poco de pena. Me reprendo anticipadamente. Me decepciono un poco de mí misma. Y lo peor es que lo sé: el morbo es inevitable, es casi inherente al ser humano. ¿Y por qué no habría de ir? ¿Tengo miedo? ¿No te gusta llorar? ¿No quieres regalarte un viaje todo pagado al País de las Pesadillas? Sé valiente. Enfréntalo. Analízalo. Y fui.

No pretendo en este post hacer un recuento de todo lo que vi en esa visita. Sí merece un post, mucho más que eso: no para revelar verdades insólitas, no: sólo para canalizar lo que desde aquella visita oprime mi corazón. No voy aquí a desvelar el hilo negro: voy a explicar lo que vi, lo que sentí. Pero ésa es otra historia.

Polonia ha sufrido lo indecible. Un país atacado incesantemente desde tiempos inmemoriales. Cuando la gran guerra, la guerra tan sonada, Polonia se vio atacada por ambos flancos: los dos depredadores, los rusos y los alemanes, invadieron a la par. Luego, se repartieron el país. Cuando los nazis cayeron el panorama no fue menos desolador: una libertad ficticia cuya única función fue encubrir la esclavitud: el comunismo, la nulificación del ser humano y su individualidad, la negación de la libertad que deriva del ser diferente.

Y hoy este país, el país de papá, llora otra vez. Y aquí estoy, sin poder hacer nada, sin entender un carajo de polaco, pero solidarizándome con el dolor producto de la incertidumbre. Porque nada duele más que la incertidumbre, eso dice mi corazón.

Mi vecino, desde que fue anunciada la noticia, se despide desde su ventana.

Vayan estas palabras, este texto sin pies ni cabeza, a modo de pésame sincero. Mis condolencias para este país que en tan poco tiempo tanto ha sabido darme.

25 marzo 2010

Mi búsqueda fallida

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 9:56 PM por wenperla

El viernes de la semana pasada fui arrastrada hasta las instalaciones del Jewish Community Centre de Cracovia (una “expedición” escolar). Nos sentaron en una amplia sala de grandes ventanas por donde se colaba muchísima luz (¡ya salió el sol!). Lo menos que puede decirse de ese lugar es que es muy acogedor.

La encargada de la plática abordó todas y cada una de las actividades que se llevan a cabo en el centro: clases de idiomas, yoga, cursos de verano, talleres genealógicos, en fin. Llamó muchísimo mi atención el hecho de que los judíos senior pidieran clases de alemán. Uf. En el centro se celebran todas las festividades judías: Jánuca, Tu Bisevat, Purim, Lag Ba’ómer, Tu Be’av, Pésaj, Sucot y Shavuot.

Cuando escuché aquello de “talleres genealógicos” me entusiasmé. ¿Y por qué no?

“Aquí llega la gente con ascendencia judío-polaca tratando de reconstruir su árbol genealógico, de trazar sus raíces”.

Dicen las malas lenguas que mi papá era polaco y, además, que era judío. Invoco ahora mismo imágenes de la casa en la que transcurrió mi infancia: aparecen, nebulosas, ante  mis ojos. Sé que me ponía de puntillas siempre para alcanzar la mezuzá: veía cómo la tocaba papá y lo imitaba sin saber por qué. Esparcidas a lo largo de la casa estaban, en vitrinas o sobre las mesas, varias menorás. En aquellos años no comprendía que las mezuzás, las menorás y la kipá que de vez en cuando asomaba por el escritorio de papá dejaban al descubierto una identidad encubierta, empolvada, olvidada en los rincones de aquella casa que mis hermanos, mi mamá y yo compartimos con papá.

Yo no sé lo que el judaísmo representaba para papá. No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero tampoco me parece que renegara de ello. Su religión era simplemente algo con lo que había aprendido a vivir. A diferencia mía, que no tengo religión, creo que papá sí estaba en cierta medida definido por su condición de judío no practicante. Aunque de ascendencia polaca, papá era mucho más mexicano que cualquiera de nosotros: comía chile, carne, frijoles y tortillas. Pocas cosas más necesitaba en la vida para ser feliz.

En fin. No pretendo aquí hacer un recorrido autobiográfico ni atar los cabos que desde mi infancia quedaron sueltos.

A mí me dijeron “taller genealógico” y yo me apunté.

Ayer fui al encuentro de lo que pensé sería el primer paso rumbo a mis raíces. Sólo sé cómo se llamaba papá y cómo se llamaban mis abuelos. No sé más. Supe que la operación Encuentra a la Banda tenía más posibilidades de fracasar que de tener éxito, pero… ¿qué más da? Ya estoy aquí, ¿no?

Y bueno.

Lo que ayer pasó ahí es totalmente prescindible para los efectos de esta narración. En realidad no pasó nada, puro cotilleo. Lo que sí ocurrió fue un cambio en mi percepción, un choque inesperado.

Cuando se abrieron las puertas del elevador me hallé frente a la Estrella de David más grande que he visto en mi vida. Di un paso fuera del ascensor y el escenario era impactante: un colorido alucinante. Símbolos por todos lados: Israel, el tetragrámaton, la Cábala y el Árbol de la Vida, el tefilín, el talit y la Torá. Una galería tapizada de alegorías judaicas imposible de esquivar.

Y me sentí incómoda. No me gustó.

No entiendo por qué el afán de la gente de seguir cobijándose bajo los símbolos que le han hecho tanto daño a la humanidad. Y no, no me refiero sólo a la consabida persecución de la que los judíos han sido víctimas desde sus más remotos orígenes o a la degeneración del Holocausto. Me refiero a todo aquello que diferencia, que aleja, que separa a los seres humanos.

Me refiero al Medio Oriente: aquella región aparentemente remota donde todos los días se pierden vidas so pretexto de un dios que, a todas luces, a nadie escucha. Se debaten una tierra santa que todos reclaman como propia y, en el camino, mueren y mueren civiles inocentes saturados de religión y sin nada que comer.

Los palestinos en la Franja de Gaza no saben cómo es la paz. La paz para ellos es un concepto abstracto sacado de alguna utopía. Nosotros en México tenemos miedo de salir a la calle, de que nos secuestren, de que nos asalten. Ellos tienen miedo de que caiga un misil, de que explote una bomba, de que sus hijos queden mutilados. Todos libramos batallas todos los días, y pocas tan cruentas como aquellas motivadas por una fe religiosa.

Reniego de los símbolos y de las estructuras religiosas. La religión ha sido siempre el combustible más eficaz para enardecer las almas, para desmembrar la sociedad, para matar “en el nombre de dios”. La religión es la enemiga número uno de la aceptación y la tolerancia. ¿Es tan difícil vivir sin religión?

No me gustan los símbolos, los símbolos que dividen y fragmentan. Judíos, musulmanes, cristianos, protestantes, ateos… qué más da, sólo son caretas. En el fondo todos somos iguales.

Mis “raíces” pueden esperar. Por ahora no quiero volver.

***

Para ilustrar este post, luego de esta descarga tan tremenda, les dejo aquí algunas fotos del barrio judío de Cracovia.

Enjoy!

17 marzo 2010

Mi ego violentado

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 9:35 PM por wenperla

Desde hace ya varios días reviso compulsivamente el “tablero” de este blog para ver si, de casualidad, el viento vuelve a estar a mi favor. Hace ya bastante tiempo que los lectores se mantienen en silencio: muy pocos comentan ya.

No hay mayor ilusión del blogger que regresar al blog y hallarse un comentario nuevo. Javier Marías, entre muchos otros, se ha pronunciado contra la cultura del blog. La interactividad con el lector le parece nociva, venenosa, infame. Yo, contándolo entre mis escritores favoritos, discrepo con él hasta el infinito. Para el blogger lo verdaderamente importante son los comentarios. Los que aquí escribimos sólo lo hacemos por eso: por el placer de escribir. Mentiría si les dijera que lo que pretendo con esto es ampliar mi red social y “conocer gente”. Mentira. Escribo aquí, por un lado, porque cada post es un nuevo reto: porque cada vez que pongo algo aquí hago un esfuerzo extraordinario por ejercitar mi escritura. Creo que a escribir sólo se aprende escribiendo y he ahí entonces una de las razones de sostener este espacio en pie.

No obstante, no es sólo eso. Es el ego de todo aquel que juega a ser escritor. Es la necesidad de llegar hasta otros, y no sólo por casualidad. El verdadero goce del escritor se experimenta cuando son los demás quienes llegan hasta su texto: cuando lo procuran, cuando lo esperan, cuando están dispuestos a pagar por él. Aunque en el caso del blog —al menos en el caso de este blog— el último inciso no aplique —¡nada más lejano!—, los bloggers tenemos la obligación de darnos por bien servidos con el hecho de que los lectores le roben unos minutos a su itinerante realidad para recorrer las líneas aquí plasmadas.

No sé yo si juego a ser escritora. Creo que negarlo es jactarme de una modestia que, de tan falsa, se disuelve tan sólo al decir que no. En mi cabeza hay demasiadas ideas que corren vertiginosamente de un lado a otro y que son, constantemente, crispadas por la intempestiva realidad del mundo de hoy. ¿Qué voy a hacer con tantos argumentos, con tantas historias inconexas, con tantos retazos de nada, si no es vertirlos en éste, el espacio que con esfuerzo y —tan poca y mal administrada— disciplina he ido construyendo?

Vaya, que no puedo negar la importancia de este blog en mi vida. Estos días han sido de muchísima inventiva. Este, este, este, este, este, este y este post han sido creados en menos de un mes. La respuesta de los lectores ha sido muy pobre, por decir lo menos. Y entonces añoro, de verdad, aquellos días donde con un solo post lograba desafiar la pasividad de quien me lee desde la comodidad de su monitor, invitándolo a exponer su opinión, a pronunciarse al respecto, a contribuir a un debate para mí muy significativo.

Si me preguntan a qué obedece esta —permítanme el sustantivo— “crisis”, creo que tengo varias hipótesis. He de decir, aunque me escuche fatal, que no creo que se deba a que la “calidad” —si es que puede hablarse de tal cosa— se haya ido deteriorando progresivamente. Si acaso, me parece, la escritura de estos días es menos rudimentaria que la de antes. Creo que si este espacio ha perdido lectores —o ha inhibido la interacción con los mismos— se debe, en este orden, a los siguientes factores:

1. A la inconstancia de quien esto escribe. A que soy un desastre. A mi indisciplina. A que desaparezco por dos meses y de pronto reaparezco con bríos renovados y casi asfixiantes —sirva el último mes como prueba irrefutable—.

2. A mi silencio, a mi falta de respuestas. A que también me conformo yo con ser un observador impasible que acecha desde el rincón, sin dar pie a un intercambio más interesante.

3. A mi nula presencia en otros blogs. ¿Cómo diablos puede dolerme que no lean lo que aquí se escribe si quien esto escribe no es lectora de blog alguno? A mi favor, la siguiente —e inútil— excusa: el combustible de este espacio es la literatura en el sentido más literal de la palabra, y cuando he de decidir entre bloggear o leer novelas, yo confieso: leo novelas.

4. Finalmente, a medida que los tiempos han evolucionado y el mundo se capitaliza, se globaliza, se satura… la lectura ha ido convirtiéndose en un lujo prácticamente inasequible. ¿En qué momento vamos a leer —blogs— si tenemos que manejar hasta el trabajo, cocinar, trabajar ocho horas, salir de paseo, asistir a tertulias, ejercitarnos, procurar a los seres queridos, etcétera?

Ahora que lo pongo en palabras, francamente, no me extraña lo que aquí ocurre. He de levantar la voz desde aquí para agradecer a todos aquellos que no han claudicado en el camino y siguen visitando Purasletras. La verdad es que un solo lector fiel vale más que todos los lectores ocasionales del mundo.

Qué horror… ¡Soy una egocéntrica!

16 marzo 2010

Ania, la equilibrista

Publicado en para incultos cultivables, vicisitudes a 1:14 AM por wenperla

Sé de antemano lo diminuto que es este texto. No me refiero a la extensión (¿eso a quién le importa?), me refiero sus nulos alcances. Es un texto muy “menor”, por así decirlo (y por decir lo menos). No obstante, es mi primer esfuerzo por construir una ficción. Una ficción por encargo, hay que decirlo.

Por azares del destino entablé, al parecer, la conversación adecuada con la persona indicada. Este editor me dijo lo que tramaba: una novela colectiva, detrás de la cual descansaran muchas manos y muchas mentes, que al final resultaría en una pieza literaria que se escribe, simplemente, para divertir a los autores.

— ¿Quieres entrarle?

— Órale.

Me asignaron un personaje —sin nombre— y un momento histórico —la Segunda Guerra Mundial—. Mi personaje huyó de su país —el país lo elijo yo— y trabaja en un circo de Lituania: es la equilibrista. Una cosita más: está enamorada de Camilongo, el bailarín negro del circo quien, como dicen los españoles, “pasa de ella”. 

Previa autorización del editor, he aquí el texto.

***

Ania, la equilibrista

Por: Wendolín Perla [Yes!!!]

Aunque por lo general lo evito, tarde o temprano tropiezo con el espejo. “Colócate bien ese tocado, Ania”, “Ajústate bien el tutú”. Lo que veo es una chica asustada, muy espigada, de ojos azules. Bajo estos dos ojos claros se abren dos cuencos muy profundos que dan testimonio de mis noches de insomnio. El maquillaje disfraza la tristeza y el desasosiego por quince minutos: mis quince minutos de gloria, los quince minutos durante los cuales atravieso el escenario sobre la cuerda floja, en perfecto equilibrio, mientras el público me contempla estático desde las gradas. Me visto como bailarina de ballet porque la bailarina murió poco antes de que yo llegara. Murió de tifus. A mí el tifus no me da miedo: en el gueto morían más de 5,000 personas al mes. A los alemanes no les importa: nos dejan morir. Por eso huí.

Aunque no soy muy guapa, mi delgada complexión me ha abierto las cortinas corredizas de esta carpa de circo ambulante que me salvó la vida. Este patético espectáculo a domicilio cuyos improvisados protagonistas nos hallamos suspendidos en el umbral que divide la vida de la muerte. Todos escapamos de la Europa que nos arrebató la guerra, del Continente de las Maravillas que se doblega ante la voluntad del Hijo de Puta, Rey de Multitudes.

Cuando llegué a Vilna conocí a Camilongo. Era imposible no mirarlo: alto, fuerte, más negro que el carbón. La verdad es que yo nunca antes había visto un negro. Tampoco había escuchado a nadie hablar portugués. Camilongo estaba sentado a un lado de la carpa, bebiendo cerveza. Cuando levantó la mirada y me vio, me ofreció un trago. Bebí un poco y luego la escupí: llevaba dos días sin probar bocado. No recuerdo lo que pasó después.

Cuando desperté, Andrzej y Simza me observaban con lástima y desesperación. No había tiempo para cuidar de un enfermo. El circo debía seguir, avanzar hacia el este.

— ¿Sabes bailar?

— ¿Bailar?

— Sí. Bailar ballet.

— Ah. No. Bueno, nunca lo he intentado.

— Bueno, pues aquí lo intentarás y bailarás a no ser que quieras morir de hipotermia. O de inanición, o de tifus. Aquí la muerte está a la orden del día.

Andrzej, Simza y yo teníamos para entonces muchas cosas en común: éramos polacos y huíamos del régimen nazi. Los tres formábamos parte de dos de los grupos más vulnerables en la guerra: ellos, gitanos; yo, judía. Aquí en Vilna, sin embargo, éramos iguales. De hecho, yo sé que si pudiéramos nos sacudiríamos de encima el rostro, el color, el olor, la religión. Nos camuflaríamos entre los demás para pasar desapercibidos, para no ser apuntados en el ojo de un rifle, para no ser transportados a campos de trabajo. Yo reniego de lo que soy y de lo que creo. La guerra transforma los corazones, los vuelve de piedra. A mis padres se los llevaron en la madrugada. Los soldados irrumpieron en el gueto pisoteando cadáveres a su paso, tirando puertas, arrojando granadas. Todavía no sé de dónde saqué la fuerza para salir corriendo y montarme a ese autobús que llevaba mercancía barata hasta la frontera con Lituania.

Como al principio estaba muy débil, pensaron que era normal que no pudiera bailar. Hoy creo que fueron muy pacientes conmigo. Varios días pasaron y yo no conseguía levantarme sobre las puntas de los pies; cuando lo conseguía, mis movimientos eran torpísimos y Simza se enfurecía.

— ¿Pero qué diablos sabes hacer entonces? Algo tienes que hacer para ganarte la vida. Aquí gratis no puedes estar.

— Dame un día más. Un día más para aprender. Por favor.

— Tienes un día.

Y antes de salir por completo de mi espectro visual, se dio la vuelta:

— Verás que puedes, Ania. Si para mañana no estás bailando, Andrzej me pedirá que te eche.

Me quedé sentada con la cara entre las manos, llorando.

De pronto, con el rabillo del ojo, presentí una mirada desde el fondo: era Camilongo. Bastaba con sentirlo cerca para temblar, para llenarme de emoción. Lo que Camilongo me hacía sentir era lo único que me conectaba con la vida: lo que impedía que jalara el gatillo.

O que você precisa é experimentar a corda bamba.

— ¿Qué?

Camilongo es de Angola y tiene 30 años. Habla portugués. No habla polaco pero con Andrzej se entiende en inglés. Simza me contó que solía dar shows por la calle, bailando y cantando. Él es la mayor atracción del lugar.

Luego de que me enseñara a mantener el equilibrio para, finalmente, andar por la cuerda floja, no me ha vuelto a hablar. Desde eso han pasado ya cuatro o cinco meses. Siempre que me ve me sonríe, pero no da la impresión de estar sonriéndome a mí. Parece que le sonríe al horizonte, al pasado, al futuro… rebuscando en su memoria algún recuerdo que pueda explicarle qué fue lo que lo condujo hasta aquí.  

A veces lo entiendo. ¿Por qué habría de fijarse en mí si no soy más que un puñado de miedos, de inseguridades, de recuerdos sombríos que invaden mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas?

***

A base de esfuerzo, quizás, puedo ejercitar la escritura y cristalizar aquella ilusión.

¡Gracias por leerme!

16 febrero 2010

Desde la penumbra (y sin acentos)

Publicado en vicisitudes a 11:34 PM por wenperla

RecogI con muchIsima ilusiOn el cupOn que por dos euros me da derecho a una hora de internet. “Hace tantIsimo que no posteo nada, quE bien”. Me topo con un teclado que tiene la Y donde va la Z y asI no puedo escribir. En vano he intentado configurar el teclado en mexicano: quE va, imposible.

Las luces estAn apagadas, asI que los internautas presentes nos vemos obligados a escribir a la luz de lo que nos dicta la memoria. A mi espalda hay 20, 30, 40 chicos de entre 18 y 20 aNos que hacen que el peso de la edad se precipite de pronto sobre mi espalda: ya no tengo 20 aNos.

Frente mIo dos chicas se besan: ni cOmo olvidar que estoy en BerlIn.

QuerIa contarles de Cometas en el cielo: de las lAgrimas que me robO, de lo mucho que la disfrutE, de lo que aprendI, de lo que no me gustO. No puedo escribir un post asI en la penumbra, sin acentos.

QuerIa contarles que en los intersticios de esta vida itinerante leo The Bookseller of Kabul: una periodista sueca viviO 3 meses con la familia de un librero afgano. Es muy interesante, estA muy bien escrito. EnriquecedorsIsimo.

QuerIa contarles que mi fascinaciOn por el mundo Arabe no es gratuita: creo que me enamorE. Me enamorE de aquel del que algUn dIa les hablE, aquel que amO a su mujer por el simple hecho de saberla suya, porque en ese mundo donde el destino estA escrito desde mucho antes de nacer, hay gente bellIsima que sin cuestionar lo que tiene sabe ser feliz.

QuerIa contarles que las ganas de escribir comienzan a quemar las yemas de mis dedos, que sE que llegarA el momento en que no pueda parar.

Y sobre los amores pasados, los fantasmas aquellos que algUn dIa se amaron y que siguen asomAndose a la ventana, querIa decirles que pasan los aNos sin conciliar el olvido. Como consuelo, al menos, se ha extinguido el amor.

Ya tendrA acentos mi teclado y volverE para contarles. Ya estarAn en su lugar las letras que no opondrAn resistencia alguna: bailarAn al son que yo les toque, se subyugarAn ante mis deseos.

4 febrero 2010

La tierra de Shakespeare

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 11:16 PM por wenperla

15 enero 2010

Hábitos nocturnos

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 11:04 PM por wenperla

El día traza, segundo a segundo, la trayectoria que hemos de recorrer. De tan sencillo, pareciera cuestión de intuición.

Cuando el sol asoma por la ventana, aparentemente, es momento de despertar. De llenarte de aire los pulmones y salir a la calle, a “conquistar” el mundo, a completar las tareas previamente iniciadas. Así, lo indicado es aprovechar la luz del sol que nunca dura lo suficiente.

A la luz del día todo se torna cálido, cercano, asequible. A la luz del día caminamos por las calles con relativa tranquilidad. A la luz del día es posible distinguir colores, leer advertencias, encontrar puertas abiertas. La luz del día se perfila como el mejor telón de fondo para concretar lo que los sueños nos prometen.

Bah.

Nada odio más que madrugar. Aborrezco la alarma del despertador. Siempre pongo tres o cuatro alarmas, de las cuales a veces no escucho ninguna. Por lo general, peor aún, se infiltran en mis sueños como horrenda música de fondo que irrumpe en la comodidad de mis devaneos oníricos.

Para mí, la buena vida es despertar hasta que uno quiera y quedarse dormido de madrugada, con una buena novela entre las manos, a la luz de la lamparita del buró.

Durante el día soy una máquina. En la noche soy libre.

En la noche me inspiro. En la noche leo. En la noche escribo. En la noche me tiro bocarriba y miro al techo, fantaseo. Es en la noche cuando lo busco al lado mío, cuando me hace falta, cuando me alegro de estar sola. Es en la noche cuando me invaden las ganas de buscarme, de explorarme, de hacerme llegar.  Es en la noche cuando sueño despierta, cuando me miro de frente sin necesidad del espejo, cuando lloro, cuando río. Es en la noche cuando me siento llena de energía, sedienta de emociones.

Es en la noche cuando cobra vida lo siniestro, lo macabro, lo innombrable. Es en la noche cuando asaltan las pesadillas, dejándonos desnudos, esquizofrénicos, paralizados. Es en la noche cuando somos vulnerables, cuando pueden clavarnos una estaca en lo más hondo del corazón. Es en la noche cuando nos envuelven nuestros miedos entre las mantas, cuando nos cubrimos con los recuerdos que duelen, con los vacíos que jamás podremos llenar.

Y a pesar de todo es entonces, cuando la vida descansa cobijada bajo el manto de la luna, que le hallo sentido a mi vida y comprendo que vale la pena despertar al día siguiente.

Yo no vivo mis días. Yo… yo vivo mis noches.

28 noviembre 2009

¿Cuándo fracasa el ser humano?

Publicado en vicisitudes a 4:44 PM por wenperla

Cuando no es feliz, ¿no?

Cuando declara la guerra.

Cuando miente.

Cuando no sabe amar.

25 noviembre 2009

“El islam le da sentido a mi vida”

Publicado en una ventana al mundo, vicisitudes a 11:03 PM por wenperla

Abdullah es mi compañero en el máster. Es de Yemen, tiene 26 años, es casado y tiene dos hijos. Ah, claro: es musulmán.

***

— Abdullah, ¿cómo conociste a tu esposa?

— La conocí el día que fui a pedir su mano.

— ¿Y entonces? ¿Cómo la elegiste?

— Mi madre la eligió para mí.

— ¡¿Cómo?! ¿Tú no la viste antes?

— No, pero no era necesario. Mi madre me platicó cómo era y me pareció buena mujer.

— ¿Y todos se casan así?

— Todos.

— ¿Y si te gusta alguien que ves por la calle?

— No ves a nadie. Todas se cubren, de los pies a la cabeza.

— ¡¿Todas?! Se cubren… ¿¡todo!?

— Todo.

— ¿Y qué pasa si no te gusta la mujer que ha escogido tu madre? ¿Si no te gusta una vez que la ves sin el velo?

— Eso no pasa. Te tiene que gustar. Va a ser tu esposa, la madre de tus hijos.

— ¿Y no hay un periodo como de “noviazgo”, donde antes de casarse se conocen, se besan?

— Ni siquiera la puedes tocar.

— ¿Ni un besito?

— Nada de nada.

— ¿Y luego? Ya me los imagino en la noche de bodas… ¡como tigres enjaulados!

— Oh sí, por supuesto.

***

— Oye… ¿esto quiere decir que tú no sabes lo que es “enamorarse”? O sea… bueno… ¿sabes?, cuando conoces a alguien, sientes algo y…

— Sé lo que quieres decir. Bueno… no, los musulmanes no nos enamoramos. Pero no hace falta: amas a tu esposa. La amas muchísimo. 

***

— Pero… bueno… la mujer en el islam es un poco…

— Los medios de comunicación hacen con el islam lo mismo que hacen con los países en vías de desarrollo y con los inmigrantes: sólo hablan de lo malo. Lo cambian todo, lo tergiversan, lo impregnan de sensacionalismo, y la gente se lo cree.

— ¿Por ejemplo?

— La gente cree que las mujeres musulmanas son maltratadas y sobajadas. ¡Qué mentira más grande! Las mujeres son lo más importante para nosotros. Nuestra prioridad, lo dicta el Corán, son las mujeres. A veces las mujeres occidentales me dan un poco de lástima.

— ¿Lástima?

— Sí, un poco. ¿Sabes por qué? Creen que lo pueden todo porque visten como quieren y hacen lo que quieren, porque son independientes. ¿Esto les da igualdad frente a los hombres? Quizás, pero he visto a muchísimas mujeres aquí llorar por un hombre. Aquí los hombres son infieles, son machos, mucho más de lo que podemos serlo nosotros. Aquí muchas mujeres crían solas a sus hijos, son madres solteras. Eso es tristísimo. Aquí las mujeres se matan de hambre para gustar a los hombres, se maquillan, se gastan todo su dinero en ropa. ¿Para qué? Para que algún hombre las escoja y no se queden solas. Eso es horrible. En mi país, un hombre ama y respeta a una mujer hasta el final. La infidelidad no existe. Nosotros nos casamos vírgenes, igual que las mujeres. Sería injusto si sólo fueran ellas quienes tuvieran que serlo, ¿no crees? Para nosotros no existe el “te estás poniendo gorda” o “ya no te vistes como antes”. No. Uno ama incondicionalmente, así lo dicta el Corán, a quien ha esposado para toda la vida.

—Pero… puedes tener muchas esposas, ¿no?

— Ja, todo mundo lo pregunta. Eso reflejan las películas. En teoría, sí. Puedes tener más de una esposa siempre y cuando las mantengas a todas y, más importante aún, si tienes una buena razón.

— ¿Una “buena razón”?

— Sí. Por ejemplo, la infertilidad. Si tu esposa no puede darte hijos ella misma te ayudará a encontrar una segunda esposa. Pero sin dejarla a ella, sería injusto. Aunque de cualquier modo casi todo mundo tiene una sola esposa. ¡Tener más es demasiado caro!

***

(Abdullah desaparece de repente, a lo largo del día. Va a rezar en dirección a La Meca.)

— ¿Rezas todos los días?

— ¡Claro! ¡Cinco veces al día!

— ¿Cuánto te tardas?

— De 2 a 5 minutos.

— Ah, ¡es rápido!

— Sí… ¡además es súper sano!

— ¿”Sano”?

— Claro. Mira. Hay que ponerte en varias posturas mientras rezas. Haciéndolas 5 veces al día te ejercitas y nunca padeces dolores de espalda ni de articulaciones.

— Sí que te gusta, ¿eh?

— Wen: yo no podría vivir sin el islam. Le da sentido a mi vida. La llena. Ser musulmán tiene muchísimas implicaciones. No sólo se trata de ir a la iglesia como lo hacen los católicos, no. Qué chiste, ¿no? Vas a la iglesia y se acabó. No. Acá todo tiene que ver con el islam. Y te llena de paz. Y te llena de amor.

— ¿Qué piensas del judaísmo, del cristianismo?

— Los respeto. Creo también en Jesús y en Moisés. Aparecen en el Corán.

— ¿Qué más dice el Corán?

— ¡Muchas cosas! Por ejemplo: la madre es lo más importante para nosotros. Para nosotros es inconcebible lo que hacen aquí, ¡aquí a los padres los mandan a un asilo o los dejan solos una vez que los hijos hacen su vida! Nosotros cuidamos a nuestros padres hasta el último día, con muchísimo amor, con devoción, ¡cómo vamos a dejarlos si sólo nos han dado amor!

— No conozco ningún católico que se exprese con tanto entusiasmo sobre su religión, ¿sabes?

— Voy a comprarte un Coran en español y te lo voy a regalar, ¿va?

— ¡Órale!

— Pero lo lees y me dices qué te parece, ¿ok?

— ¡Por supuesto! ¿Yo me puedo convertir al islam?

— De hecho… ¡deberías!

***

Abdullah es de las personas más bellas que he conocido en mi vida. Es súper respetuoso y abierto. Es un ser humano cálido y sincero. Sabe reír, sabe escuchar: sabe darse al mundo.

El entendimiento entre los seres humanos debiera comenzar en los medios de comunicación, donde la historia real pierde terreno ante la aparente necesidad de limitarse a satisfacer el morbo del televidente o del lector.

29 octubre 2009

Yo también me voy de shopping

Publicado en vicisitudes a 4:11 AM por wenperla

Pululaba por la Gran Vía y se me ocurrió comprar un diccionario de inglés avanzado. “El inglés que sé no me alcanza ni para el epígrafe”. Ingresé en la Fnac, bello almacén de libros, discos e informática…

Y luego… no sé ni cómo… ahora tengo dos libros nuevos:

DSCN0860

Y es que… ¿cómo diablos me resisto con esta portada? ¿Con esta historia? ¿Con esta fajilla?

DSCN0861

Y luego… ¿Schlink?!?!?!?!?! Después de arrodillarme, tenía que comprarlo.

***

No tengo remedio. (Ni dinero, ni diccionario.)

3 octubre 2009

Apuntes de la primera clase

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 1:56 AM por wenperla

Hoy tuve mi primera clase. Soy oficialmente alumna del Master of Arts in Euroculture en la Universidad de Deusto. Pasaré el segundo semestre en Cracovia y el tercer semestre tendré que hacerme de un trabajo y de una tesis. Estoy feliz.

Tomé nota. 

Somos dieciséis alumnos. Por orden alfabético, van las nacionalidades:

 

  • Armenia
  • Azerbaiyán
  • Cabo Verde
  • Camerún
  • España
  • Irán
  • Kazajistán
  • México (¡ésa soy yo!)
  • Ruanda
  • Rusia
  • Ucrania

 

También en orden alfabético, nuestras profesiones:

 

  • Filólogos (aquí debiera estar yo)
  • Historiadores
  • Internacionalistas
  • Pedagogos
  • Periodistas (pero aquí es donde me ubico)
  • Politólogos
  • Publicistas

 

Y la foto se ve más o menos así:

 

euroculture

 

Estudiar ni siquiera será necesario. Bastará convivir con toda esta banda y conocer el mundo a través de sus ojos.

Increíble que en un salón quepan tantas historias, tantos sueños, tantas batallas perdidas y ganadas.

Allá vamos.

27 septiembre 2009

Bilbao, día 3

Publicado en vicisitudes a 11:07 PM por wenperla

mi ventana, izquierda

Desde mi ventana, hacia la izquierda.

mi ventana, derecha

Desde mi ventana, hacia la derecha.

DSCN0651

Mi casa.

DSCN0653

Mi biblioteca móvil.

smacks

Mi mejor adquisición.

***

Soy muy afortunada.

28 julio 2009

Busco editor

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 10:27 PM por wenperla

Producto de un taller de redacción, ya tengo casi todo.

1. Texto de solapa

Wendolín Perla nació en la ciudad de México el 27 de agosto de 1984. Estudió periodismo, pero nunca le gustó. Lo suyo, lo suyo, siempre han sido los libros: hacerlos, deshacerlos, corregirlos, traducirlos, arruinarlos… eso sí: nunca antes se había atrevido a escribirlos.

Lectora compulsiva, habla tooodo el santo día y escribe más de lo que habla. Hiperactiva, entusiasta y bipolar socialmente responsable, es apasionada, impredecible y testaruda.

Cibernauta y bloguera desde el fondo de su corazón, Wendolín nos entrega en este libro lo que más ama en el mundo: todas las letras que conoce, acomodadas a su antojo y conveniencia.

2. Foto de solapa

para solapa

(Una cosa cachondona, pero discreta.)

3. Advertencia

Si te jactas de ser culto, piénsalo dos veces antes de recorrer las páginas de este libro. No hallarás nada que ensalce tu calidad de sabio, todo lo contrario. Te darás cuenta, al cabo de unas cuantas líneas, de que no hay nada más preciado para quien esto escribe que aquel que se asume inculto y lucha por conservar ese estatus.

***

Sólo me faltan el contenido y la cuarta de forros. Mmm… a ver: la cuarta le toca al editor, así que pensándolo bien, sólo me falta el contenido. Ah, por supuesto: un prólogo. ¿Quién me lo prologa?

Ya llegará el día en que algún misericordioso editor se apiade de mí. Pero soy realista: por el momento, quizás, el proyecto no sea lo suficientemente convincente. Así que volveré a la carga después. Creceré, maduraré y entonces sí… ¡ya verán!!!

22 julio 2009

Ardores que matan

Publicado en para incultos cultivables, vicisitudes a 4:59 AM por wenperla

Hoy, por primera vez en mi incipiente carrera editorial, presentaré un libro. Muy poco margen de maniobra y mucho echar mano de la improvisación. Comparto con ustedes este discurso que acabo de redactar a sabiendas de que este tipo de rollos funge, más que ningún otro, como una reseña detallada del libro en cuestión.

Ya les cuento luego si me apegué a estas líneas o si (para variar) se me fueron las cabras al monte y me quedé chiflando en la loma.

Desde luego: lean Ardores que matan (de ganas).

***

Ardores que matan

ardores que matan

Hace más o menos un año estaba yo en las mismas. Tenía frente mío a los verdugos: un comité editorial. Yo, así como ahora, tenía las letras de Ramón entre mis manos, y al menos en aquel entonces tenía muy claro qué tenía que hacer con ellas.

La industria de los libros, para mí, es lo más parecido a una fábrica de sueños. Santa en el Polo Norte hace muy bien su trabajo, pero en Random House nos rifamos mejor. Luego de leer el texto de Ramón me entraron unas ganas tremendas de ver este sueño concretado: en 15×23 con solapas y una portada tan maravillosa como ésta.

Conocí a Ramón en 2007, cuando me aferré a trabajar en Alfaguara en calidad de lo que fuera. Él, sin conocerme, me dio la oportunidad de trabajar con él y de él he aprendido lecciones infinitas. Durante mucho tiempo, de vez en vez, Ramón llamaba a mi número para entregarme, de nueva cuenta, otro libro: que si la primera, que si la segunda, que si las finas, en fin. Gratísima fue mi sorpresa cuando me dijo: “ahí te va este otro, nomás que éste no lo edito. Es de mi autoría y no quiero que lo corrijas, sólo quiero tu opinión”.

Incontables fueron las vicisitudes a las que me enfrenté mientras leía el libro. Luego de comenzar no podía detenerme: en la oficina, en la cola del súper, en más de un Starbucks (donde, por cierto, producto de la lectura tan apasionada del libro en cuestión, se me acercó un chico muy prometedor pero nada cumplidor). No podría decir que leí la novela. No. La devoré. No crean ustedes que presentar un libro es sinónimo de apologizarlo. No. Las presentaciones son para decir la verdad, y es eso lo que yo pretendo decir desde aquí.

Ramón tiene un estilo propio, inigualable, indiscutible. El gran secreto de su prosa reside en su propia personalidad: es irreverente, es apasionado, es un amante declarado y absoluto de las mujeres, de las pasiones humanas, de las letras y todos sus vericuetos. Ramón es uno de esos autores que puede tomarse ciertas licencias porque el resultado es contundente: hace y deshace el lenguaje, lo acomoda a conveniencia, juega con él a placer.

En este texto se hilvana una retacería de anécdotas que tienen una sola cosa en común: la eterna búsqueda amorosa y sexual de los hombres. A cualquier edad. La reticencia a enamorarse y el deseo sexual siempre latente. Al terminar el libro, el propio narrador reconoce que no hubo nunca hilo conductor alguno; que las historias más bien se presentaron de forma inconexa; que no importa de dónde partamos: siempre volvemos al mismo punto: los hombres nunca cambian independientemente de lo que ocurra a su alrededor.

Estamos, sin temor a equivocarme, ante una radiografía sin tapujos de la psicología sexual de los hombres. El relato es extremadamente cómico. El lenguaje es prosaico y el autor se vale de la picardía idiomática del mexicano para explotar al máximo el doble sentido y el albur. Un libro como éste no tiene lectores. Tiene cómplices de ambos sexos que lo acompañan en su diario transitar por la vida.

Paralelo a esta introspección masculina, hallamos un profundo conocimiento del México de hace 30 o 40 años que el autor describe a la perfección: las anécdotas tienen como telón de fondo escenarios típicos del folclore chilango que se mantienen como estandartes de la mexicanidad. A esto, además, hay que agregarle las numerosas alusiones a obras y canciones que viven en el imaginario colectivo de nuestra sociedad: Octavio Paz, José Alfredo Jiménez, José José, por mencionar tan sólo a algunos —también se retoman citas y fragmentos de extranjeros como Truman Capote, Kundera o Arthur Schopenhauer—. 

Ardores que matan me sedujo a toda velocidad y no me sorprende. Una obra tan llena de humor, tan franca, tan irónica y tan desfachatada derrumba, sin previo aviso, todos los prejuicios y los tabúes que prevalecen en nuestra sociedad. Abrir un libro implica, ipso facto, dejar al desnudo el corazón. Espantar a los pájaros que revolotean nuestra cabeza y entregarnos a la lectura. De tan honesto, de tan cómico, de tan empático, de tan cachondo, Ramón atrapa al más escéptico de los lectores.

Ramón ha escrito una novela sincera, sin pretensiones de ningún tipo. Lo ha hecho para divertirse, para divertirnos, para compartirse. Yo confieso: a medida que leía el libro no paraba de reír, de carcajearme, de conmoverme: ¿saben por qué? Porque Ramón es lo que escribe. Porque su prosa es transparente. Porque cada una de las fobias, de las filias, de las fantasías, de las expresiones, de los ademanes imaginados de los personajes de esta historia no son más que el reflejo de su esencia deconstruida. En esta novela Ramón se desnuda, ajá, y quienes lo conocemos sabemos que no pudo haber sido más auténtico. Gracias, Ramón, por esta entrega.

15 julio 2009

El mundo en tus manos

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 5:20 AM por wenperla

mundo en tus manos

Estoy por irme a Bilbao y a Cracovia con una beca grandiosa. Una beca que puede dejar a cualquiera boquiabierto. Una beca de la que, desgraciadamente, poco sabemos en este país.

Les dejo aquí la página de las becas. Y aquí la lista de programas.

No sé si los links estén actualizados. Búsquenle y encontrarán. Y no descrean: yo tampoco pensé que podría hacerme acreedora a un sueño de este tamaño. Y ya ven.

¡Besos!

24 junio 2009

In-som-nio

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 8:42 AM por wenperla

insomnio

Son las 9 de la noche. Nadie podría decir que a esta hora el insomnio es padecible. Más aún: para la banda como yo, los noctámbulos, querer dormir antes de la medianoche es siniestro. Impensable. Habría que precisar el contexto: más de ocho días en los que el sueño es inconciliable; cuando conciliable, intermitente; añorado y perseguido.

Cuando se carga con una pena en el corazón, el día a día se trastorna. Los hábitos se alteran. Es entonces cuando podemos identificar nuestras rutinas: cuando se rompen y nos damos cuenta de que existían.

No me atrapan ni Edgar Allan Poe ni Lovecraft. De cualquier modo, mal haría en persistir: no necesito espantarme para inquietar mis noches. Mis noches, a mí, no me dejan dormir.

Estoy convencida, quizás debido a mi intensidad y testarudez, de que el desasosiego es una escala recurrente y necesaria en toda trayectoria existencial. Tristeza para después sosegarnos y recordar, con la satisfacción que deriva del sobreponernos , aquello que tanto daño nos hizo y que ya se conjuga en pasado.

El presente de lo que mañana será pasado es, sin embargo, lo que me estruja el alma. Ya lo intenté todo (para dormir). Imagínense si no lo he intentado todo, que de plano opté por venir a Purasletras para darle salida a lo que oprime al corazón.

En fin. Todo volverá a la normalidad y podré quedarme dormida en cualquier banqueta, a cualquier hora del día, sin proponérmelo siquiera.

(Pensándolo bien… creo que para los fines particulares de esta vida que es la mía, con tantas cosas que hacer y tanto trecho por andar, esta parada del insomnio es la más recomendable.)

20 mayo 2009

Blog à la mode

Publicado en vicisitudes a 12:59 AM por wenperla

Nomás avisándoles que este changarro ya tiene Twitter desde hace varios días y yo me acabo de enterar. (¡Se los dije! ¡Qué bien buza caperuza ni qué ocho cuartos!!!) Gracias, Alma, por el detallazo (no sólo de abrirlo sino de enseñarme a usarlo anoche). Si son modernos y están à la mode technologique, ¡pos suscríbanse al Twitter de Purasletras!

22 abril 2009

Post de la felicidad

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 10:13 PM por wenperla

erasmus1

Los sueños se hacen realidad.

23 marzo 2009

Los quiero…

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 11:41 PM por wenperla

…y no tengo dinero =(

borges

joyce

Los vi ayer en la Rosario Castellanos. Me quedé leyendo por más de una hora el que tiene a Joyce en la portada. Son semblanzas breves de 100 grandes escritores. Ediciones impecables en tapa dura. Cada uno cuesta $700.

Estoy punk. ¿Cómo que hago libros y no me alcanza para mis… libros?!?!?!

26 octubre 2008

Maravillas de la ciencia

Publicado en vicisitudes a 8:36 PM por wenperla

julio

Escuchar a Cortázar de viva voz pareciera una utopía… pero no lo es.

Nos toma 8:20 escucharlo hablar sobre el boom latinoamericano —su crítica aguda, sagaz, implacable, brillante, original.

En 1:56 nos lee, él mismo, el capítulo 7 de Rayuela —”Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca…”—

Le bastan 3 minutos con 28 segundos para disipar nuestras dudas sobre los cronopios: ¿cómo nacieron?

También con su voz como telón de fondo, en 5:35 apreciamos una adaptación extraordinaria de “Casa tomada”.

Es decir que, en menos de 20 minutos, conocí a uno de los hombres que más admiro en el mundo. Gracias a la tecnología.  Ahora sé que es el único argentino que no habla como argentino y que, además, no pronunciaba las erres.

No sé a quién tengamos que agradecerle por estos videos, sólo prometo no desaprovecharlos más. Baste decir, pa’ desnudarme entera, que mientras lo escucho leerse a sí mismo… no puedo contener las lágrimas de la emoción.

7 octubre 2008

Letras fúnebres

Publicado en vicisitudes a 7:31 PM por wenperla

(Este post me valdrá quedarme aquí hasta las diez de la noche. Ni hablar. Lo medité por dos minutos y la decisión está tomada. Son tan pocas las veces en que la inspiración toca nuestra puerta… ¿cómo cerrársela en la cara?)

epitafio

Me mandan un correo en calidad de “urgente” (tan socorrido el término que ya nadie dimensiona la urgencia de lo urgente): Hola Wen, ¿podrías por favor enviarme la semblanza del autor? El pan nuestro de cada día. Entre semblanzas para solapas y cuartas de forros te veas.

Si el autor vive, pídele su semblanza y edítala. Si no lo encuentras, invéntale una vida. Si está muerto, constrúyele una historia. Si es famoso, escribe lo que es del dominio popular y refuérzala con un par de datos duros. Si está en inglés, tradúcela. Si está en cualquier-otro-idioma-que-no-sea-ni-inglés-ni-francés, acércate a quien más confianza le tengas. Si ya publicó otros libros, sácala de ahí y actualízale las publicaciones. Y así nos vamos.

En el mundo editorial las semblanzas son vitales. Un libro con solapas no puede irse sin semblanza. Y con todo, siempre pasa: que dice la imprenta que el forro se fue sin texto de solapa. Y a correr. Y entonces, volvemos al párrafo anterior. Digamos entonces que la semblanza del autor es para un libro lo que el empaquetado al alto vacío es para Sabritas: todo.

Y bueno… ¿de qué sirve una semblanza de don Julio Scherer, de Mario Vargas Llosa, de Dostoievsky, de García Márquez? Las páginas hablan por sí mismas. La solapa está de sobra. Y aún así Javier Marías, Saramago y Nabokov necesitan semblanza. Háganme el favor.

El hecho es que de pronto me asaltó una reflexión interesante. Nadie puede hablar de nosotros mejor que nosotros mismos. Nuestra semblanza no es más que la perpetuación de uno o varios extractos de nuestra vida seleccionados a destajo. Es nuestro legado póstumo. Es nuestro epitafio.

¿Y a poco a ustedes les parece normal que alguien más escriba nuestro epitafio? ¿Qué no debiéramos ser más previsores y escribir nuestro epitafio a la par que firmamos nuestro testamento? Y luego, con más razón aún: ¿en qué podemos entretenernos antes de morir aquellos que no tenemos bienes que repartirle a nuestra estirpe (ah caray, ¿y qué pasa si no hay ni bienes ni estirpe?)? ¡Pues así, redactando nuestro epitafio!

Entonces, los conmino a todos a que redacten su epitafio para matar cien mil pájaros de un tiro. Por infinidad de razones. En primer lugar, serán ustedes quienes decidan qué se lea sobre ustedes luego de morir. Luego, si no se mueren pronto, pueden escribir un libro y ya es menos la chamba: ya tienen la semblanza de la solapa. En tercer lugar, reconstruirán su vida en un par de líneas… ¿a poco no se antoja? Todo un reto.

Y ahora que concluyo este post me viene otra cosa a la mente: ¿qué escribiría sobre mí? ¿Qué quiero que se diga? Depende para qué, ¿no? Yo daría tanto circunloquio que mi epitafio se quedaría en prólogo si mis allegados optan por una lápida normal (ah, ¿ya ven? He aquí otra ventaja de tener el epitafio listo: ir a cotizar los metros cuadrados de panteón necesarios para que quepa la lápida donde irá inscrito el epitafio)… En fin. De cualquier modo eso de escribir en vida como si estuviéramos muertos debe ser casi tan difícil como leer a James Joyce antes de los ochenta.

También podrían tener un blog y llenar su perfil. Podríamos circular la disposición por internet:

“Texto de solapa y/o epitafio, favor de extraerlos del perfil de blogger. Gracias.”

(Caramba. Mi perfil no serviría para un carajo. Prometo redactarlo a modo de epitafio. Pronto.)

6 octubre 2008

Pido la colaboración de los lectores foráneos

Publicado en vicisitudes a 1:58 AM por wenperla

mundo

El sitemeter dice que este blog lo visitan personas de España, de Argentina, de Chile, de Venezuela, de Perú, de Colombia, de Estados Unidos, de Canadá, de Inglaterra (¡!) y de Japón (¡¡¡!!!)… Compruébenlo ustedes mismos.

Y bien… ¿es cierto???????? Es la primera vez que me meto a esta pestaña en el sitemeter y no doy crédito. No puede ser. Deben estar tomándome el pelo.

Sé que hay muchos partidarios del silencio. No quiero incomodarlos. Les ruego que lo rompan a sabiendas de que, ahora sí, lo que escriban rebasará los alcances del mero hecho contemplativo.

¿Hay por aquí alguien de… Japón?!??!?

(No toleraré que me vengan a echar en cara la laxitud de este post. Creo que casi había olvidado que el blog es para incultos cultivables y a los incultos estas superficialidades nos vienen de maravilla de vez en cuando.)

29 septiembre 2008

Propuesta para libro de autoayuda

Publicado en para incultos cultivables, vicisitudes a 2:45 PM por wenperla

ninoaburrido

Tengo una idea para un gran libro de autoayuda. Todo mundo habla del amor y del desamor. De cómo ser un cabrón para que te amen. De cómo amarte a ti mismo antes de amar a los demás. De cómo hallar en ti mismo lo que buscas en los demás. De cómo la soltería nos conducirá hacia la felicidad eterna. De que hombres y mujeres pertenecemos a planetas diferentes y por eso no nos entendemos. Del macho alfa que todas queremos y de la mujer fatal que todos desean. De cómo superar una pérdida emocional para evitar caer en la depresión. Y así ad infinítum.

Tengo otro ángulo.

Hoy me desperté sintiendo que a mi vida le falta algo. Soy el típico caso de la persona que es feliz pero que podría ser cien mil millones de veces más feliz. Hace mucho no me enamoro. Pero en serio. No de reven. Hace muchísimo no siento mariposas en la panza cuando beso a alguien. Hace mucho no pienso en alguien antes de dormir. Hace mucho no traigo la sonrisa idiota todo el día. Hace mucho no me brillan los ojos con aquella intensidad. Hace mucho no me tomo nada en serio. Hace mucho que no me emociono cada vez que me llega un mensaje. Desde hace tiempo mi vida sólo es divertida y nada profunda. Desde hace mucho no lloro de emoción. Hace mucho no hago planes a futuro con nadie. Hace muchísimo que no me enamoro, y la vida ha dejado de ser lo que era cuando estuve enamorada.

Hay que amar de vez en cuando, ¿no? Esto de los encuentros infructuosos no puede perpetuarse. Qué aburrido. Qué sin chiste. Está bien impermeabilizar de a poco el corazón. Está bien darnos un tiempo para reflexionar qué estuvo mal. Está bien ser más fríos y anteponer la cabeza al corazón. Nada de esto es malo. Pero… no podemos vivir en neutral toda la vida. A nuestra existencia le urge que le metamos velocidades. A que no soy la única en estas condiciones.

Ése sería el título tentativo: Hay que amar de vez en cuando. Y el subtítulo: Las desventajas de no estar enamorado. Someto esta propuesta al escrutinio de los lectores aquí presentes para saber si le ven potencial en el mercado.

Y si lo aprueban, queridos, ¿quién lo va a escribir? Porque yo no puedo. La inspiración sólo mana de los enamorados*. Y, como pueden ver, no buen soy candidato.

(*Recuérdenme, algún día, platicarles esta historia. Un día sí que me inspiré… cómo no…)

9 julio 2008

Descaro

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 1:52 PM por wenperla

El año pasado hubo quien me reprendiera por no haberles avisado que era mi cumpleaños he de admitir que aunque el hecho de haberles avisado no hubiera cambiado en nada las cosas, ese tipo de detalles hace que uno se sienta ‘importante’. Pues bueno, esta vez no pasará inadvertido. No precisamente porque espero con avidez que me lluevan las felicitaciones ¿se han puesto a pensar que, neta, las felicitaciones no sirven de nada?, sino porque he identificado, con suficiente antelación, mi regalo meta: el Kindle

kindle

Increíble pero cierto. Un libro portátil. Un dispositivo más delgado que un libro cualquiera en el que puedes leer cómodamente tooodos los libros que quieras. No sólo puedes comprarlos online. Puedes también tú cargarle tus PDFs. Puedes hacer anotaciones. Tiene diccionario, por si algo se te atora. Es una maravilla. UNA MARAVILLA. Todo esto por la módica cantidad de 359 dólares.

 Ya sé que vendrán los conservadores a decirme: “No Wen, eso nunca será como el papel. La delicia de recorrer una a una las páginas de un libro que huele a viejo… bla bla bla”. Modernicémonos. El papel seguirá siendo papel siempre. No va a ser desplazado por este tipo de dispositivos jamás. Pero hay que ser prácticos también y hay que entrarle a todo.

Haré todo tipo de campañas para conseguirlo:

Intrafamiliar: si entre hermanos y cuñados sumamos más de 18… de algo deberán servirme, ¿no?

En la chamba: que aunque no me den un carajo, al menos se den cuenta de que el secretariado bilingüe me conducirá, irreversiblemente, a pedir mi renuncia (¿cómo diablos puede alguien trabajar de este modo y no poder comprarse su Kindle????????????????????)

Con el galán: que… pensándolo bien… no sé qué me hace pensar que no sería buena idea… todavía no lo tengo bien amarrado. Imagínense nomás. No acaba de decidirse y luego le lanzo una de aquéllas: “Oh… cuánto anhelo un Kindle…” Va pensar: “mmm… interesada… igual que todas…” Y corro el riesgo de que no me resanen, jajaja. A los 23 no está uno ya para esos lujos. Okay, con el galán no.

En facebook: nunca falta un alma llena de amor ($$$) dispuesta a hacer el bien

Entre amigos: que se vea ($$$) la amistad

En el blog: que se vea ($$$) quién sí es fan

Tandas: si no funcionan los métodos arriba expuestos, me lo regalaré yo plan “¡justo ahora puedo comprármelo!”

Podría también renunciar y dedicarme a la comedia. Segurito me alcanzaría para mi Kindle

5 julio 2008

Resanar

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 9:15 PM por wenperla

Ya a estas alturas todos hemos conocido al que nos dio en la madre. Por el que se nos partió el corazón. En el que creímos y nos enseñó que no es tan bueno confiar. Al que amamos como nunca volveremos a querer en la vida. Al que nos remitimos en los momentos cúspide de nuestra existencia. Al que buscamos en los ojos de otro sin encontrarlo nunca.

Ya todos estamos viciados. Ya nadie es virgen en ningún sentido. Ya vamos con fantasmas y demonios que nos sabotean a cada momento y en cada relación. Estamos a la defensiva. Ya no somos nosotros sino lo que quedó de nosotros después de aquél más lo que de aquél quedó en nosotros. Sí me explico, ¿verdad?

Entonces, a la luz de esta lógica… lo más sano sería buscar alguien que nos resane y a quien podamos resanar. Un mutuo acuerdo en el que ambos estemos conscientes de que nuestra función va a ser allanar un poco lo que tan accidentado está, nomás.

Yo, entonces, busco a alguien que me resane y a quien resanar.

Francamente hago todo mal. Si no logro entender cómo funcionan los seres humanos ‘en pareja’, me voy a morir sin saber lo que es una relación ‘sana’. Un resane mutuo, pues.

27 abril 2008

Cultura en Facebook

Publicado en una ventana al mundo, vicisitudes a 7:53 PM por wenperla

No sé qué sea más adictivo, si el blog o Facebook. Lo que es un hecho es que, definitivamente, ambos son impedimentos grandísimos para que mi vida transcurra de forma tradicional. A pesar de haber descuidado este blog por varios meses desde que comencé a trabajar mis 8 horas diarias, he sido adicta a él por mucho tiempo (por razones obvias). En lo tocante al Fb, tengo bloqueadas prácticamente todas las aplicaciones; supongo que lo que me ha convertido en fan es la sensación esa de que tarde o temprano a través de Fb recibiré la noticia que cambiará mi vida y me convertirá, de forma automática, en la protagonista de un cuento de hadas, jajaja.

El Fb tiene sus cosas malas, como todo. La peor, sin lugar a dudas, es que ya no puede uno salir a tomarse unas copas y bailar a gusto porque hay 7000 escuincles fresas por todo el lugar tomándose fotos una y otra y otra y otra vez. Como si lo más importante hoy en día fuera salir para llegar a casa, a las 5am, a subir esas fotos. ¿Qué importa si me divertí o no? No, de lo que se trata ahora es de “que todo Facebook se entere de que voy al Bull, al Clásico, al Rívoli, etcétera, etcétera, etcétera”. Wácala. La culpa la tengo yo por meterme en esos lugares. Pero bueno, se acabó, no más fresas ni flashazos por doquier los fines de semana. Así tenga que bailar en la avenida, no pienso padecer el síndrome Facebook nunca jamás.

Bueno, todo esto nada tiene que ver con este blog, pero de algún modo tenía que comenzar. Me pregunté  varias veces si debía o no hacer este post, y creo que la ponderación final dio como resultado un “por supuesto, postéalo”. Descubrí en Fb hace un par de semanas algo que se llama Visual Bookshelf. Está increíble. Se ve más o menos así:

 visual-bookshelf

Como podrán darse cuenta, aquí podemos poner qué libros hemos leído, qué libros queremos leer y qué estamos leyendo en este momento, entre otras cosas. Por supuesto, podemos escribir lo que queramos respecto a cada uno de los libros que agreguemos, en cualquiera de las categorías. Hay incluso foros de discusión, que yo no he estrenado y que todavía no sé ni usar.

Podemos ver qué están leyendo nuestros amigos y sus respectivas recomendaciones. Si somos ociosos y queremos perder el tiempo jugando en la computadora, por qué no entretenernos con los tests de esta aplicación, en vez de estar comparándote con tus cuates (“¿Soy más sexy que Adriana? ¡Vota por mí!”, jajaja) o marcando en un mapita cuántas ciudades hemos visitado (¡por el amor de Dios!!!). Yo no muy ociosa soy porque me explotan en la oficina, y el tiempo libre que tengo lo sigo empleando para el blog, pero en cuanto tenga tiempo haré uno de esos tests para tronar como palomita en microondas, jajaja.

Es importante tener en mente que habrá muchos para quienes esta aplicación sea, como muchas otras cosas, un medio para farolear y mostrarle al mundo lo “Cultísimos” que son (ándenle… digamos que mientras los fresas se toman fotos pa’l Facebook, los nerds consultarán sus cuadernos de literatura desde la preprimaria para poner en el Bookshelf toditititititos los libros que han tenido en sus manos desde que tienen 3 años), pero hasta eso es divertido, ¿no?

Me da mucho gusto, de verdad, que redes virtuales como el Fb contemplen entre sus aplicaciones algunas relativas a la lectura, que tengan de respaldo a un gigante como lo es Amazon (pos sí, ¿qué pensaban que no había intereses de por medio?), y que haya cada día más gente afiliada. A mí la verdad me ha encantado, y aunque sigo prefiriendo el blog, este rollo del Bookshelf me parece extraordinario.

La pregunta es… ¿es suplantable el blog por una aplicación así? Mejor dicho, ¿Puras Letras es catafixiable por el Bookshelf de Facebook? Podríamos pensar que  de nada sirve ya el blog si podemos simplemente integrarnos a esta dinámica perfectamente armada por genios de la informática, donde podemos hacer exactamente lo mismo que en el blog (subir libros, comentarles, recibir comentarios e interactuar con los usuarios).

Serán peras o manzanas, quién sabe, de todos modos no dejen de visitar éste su blog para incultos cultivables, y de cualquier manera agreguen esta aplicación a su Facebook. Abran su Facebook si es que no tienen. Ah, y de una vez agréguenme al Facebook, que entre blogueros y lectores mientras más fluya la comunicación mejor.

21 abril 2008

Acotaciones indispensables

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 2:35 PM por wenperla

Quieren posts de calidad… se los daré. Además, con eso de que cada día son más los detractores anónimos que vienen a menudo para manifestar lo fácil que es generar animadversión entre lectores, no puedo darme el lujo ya de venir a postear porquerías.

 Antes de comenzar, por supuesto, me permitiré un par de acotaciones.

 1. Definitivamente, a los 23 años, a un año de haber terminado la carrera, y cuando los vínculos familiares y amistosos no dan pa’l nepotismo (del que de veras, nunca he sido partidaria, pero a veces qué bien me haría llamarme Wendolín Slim), de lo único de lo que se es director es, por ejemplo, de un blog. Ése es mi caso. Imagínense cómo me siento de tener tan desatendido el único changarro que verdaderamente me pertenece. Terrible.

2. Se preguntarán ustedes que a qué obedece tanta falta de atención, si sólo “asisto”. En teoría sí, ¿no? Soy asistente editorial. Así me llamo. Eso dicen mis recibos de nómina y la tarjeta con la checo todos los días. Pero… MUCHO OJO: las denominaciones de las vacantes suelen ser meras formalidades, un gancho para incautos ávidos por hallar chamba (ajá, como yo), y dejándonos llevar por esto perdemos de vista un sinnúmero de asuntos importantes. Si mi puesto no se llamara “asistente EDITORIAL”, yo nunca hubiera aplicado. Y heme aquí, fungiendo como un híbrido perfecto, una mezcla homogénea entre asistente editorial, asistente de dirección, asistente personal, asistente de finanzas, coordinadora burocrática, gerente de trámites engorrosos pero necesarios (eso dicen), relacionista pública, editora cuando atiendo citas ajenas, agente de viajes cuando los jefes se van, traductora en caso de choque cultural, intérprete en caso de rispideces, en fin. Pero bueno, esta multifuncionalidad me convertirá, sin duda, en un bien preciadísimo en el mercado laboral… ¿verdad?!?!?!?!?!

3. Y ésta será, al menos por ahora, la última acotación. Ser una persona de letras no es cosa sencilla. Uno tiene que ir labrando su camino a cada paso. Y un ingrediente sin el cual no se puede hacer NADA, es la inspiración. Y me he hallado, a lo largo de estos meses, en una posición más bien contemplativa, sin inspiración ni valor para sentarme a escribir. He leído, eso sí, pero las veces que me he sentado frente a la compu con la firme intención de crear algo para ustedes, para mí… coño, no he podido. No sé cómo empezar, no sé qué decir, no soy capaz de idear un hilo conductor, no lo sé. Pero esto así es. Y ahora, por ejemplo, sólo quiero escribir. Sí, sobre todo aquí, pero también para mí, en mi diario (oh sí, qué ñoña), escribir mails, cartas, qué sé yo. Ojalá fuera un poco más valiente y me decidiera, de una vez por todas, a comenzar mi carrera de ridículos literarios, pero no sé ni cómo. No muy bien entiendo cómo puede disfrutarse lo que se lee si no se es capaz de escribir. Pero ahora estoy inspirada, y si bien no es justificación, podrán imaginarse que no es sólo la carga de trabajo la que me ha absorbido… si la combinamos con esta deserción ante la cual no queda más que ser paciente… la verdad es que muy difícil era venir aquí y verter algo de provecho.

 Uff… y bueno, de entrada tengo dos libros de los cuales postear. Geniales. No les adelanto ni el nombre. Si he de ser sincera, la verdad es que pensaba comenzar con uno de una buena vez, pero me he extendido ya demasiado y no quiero agobiarlos. Podría también considerar la posibilidad de borrar todo lo que hasta ahora he escrito e irme directo sobre la obra en cuestión, pero nada de lo que aquí he escrito es prescindible, así que dejaré pasar un par de días antes de hablar de dos libros que, de verdad, valen la pena.

Sólo a mí se me extienden tanto las acotaciones = (

28 febrero 2008

Metáfora del oficio

Publicado en vicisitudes a 3:58 PM por wenperla

Hace un par de días le decía a mi jefe que siento que puedo dar más, que el puesto no me exprime todo el jugo que sé podrían sacarme. Que a veces me desespero un poco. Que sí, estoy ocupada todo el día, pero eso no quiere decir que las tareas que desempeño implican un reto constante. Que disfruto más todo lo que hago al margen de lo que tengo que hacer.

Y, como es maravilloso como persona y como editor, y como todos los jefes son jefes por algo, me dio una gran lección.

—Mira, Wen. Toda vida es como una carrera literaria. Y te lo digo así porque es lo que mejor conozco. Piensa en un escritor que comienza. ¿Qué pasa? Hay de dos: existen aquellos que no se dan cuenta de la obra maestra que crearon, y difícilmente puedes convencerlos de que así es, y viven apocados, sin darse cuenta del verdadero talento que tienen. Y luego, por otro lado, tienes a aquellos que sienten que ningún editor los merece. Que quienes les han rechazado sus manuscritos son pendejos y no se dan cuenta de la maravilla que escribieron. Y luego, a la larga, parece ser que ni editorial necesitan porque ningún sello está a la altura de su obra. ¿Captaste el mensaje?

—Ajá… que no me crea demasiado buena, ¿no?

—Así es.

24 febrero 2008

Crónica de un deleite

Publicado en vicisitudes a 12:07 PM por wenperla

mineria

Los invito, de todo corazón, a la Feria del Libro del Palacio de Minería. Es exquisito. Es el ir y venir incandescente de lectores ávidos por hallar lo que no tienen en mente. Son un sinfín de editoriales que te sorprenden o bien con novedades inéditas, con reimpresiones recientes, con descuentos extraordinarios o con todo a la vez.

En el patio central destacan tres monstruos: Océano, Random House Mondadori, Santillana (Random House y Santillana se rifaron, llevaron buenos títulos y excelente exhibición). En el ala izquierda, el Fondo de Cultura Económica. En el ala derecha, las publicaciones de la UNAM. En línea recta, hacia el fondo, nos hallamos con la explanada de Planeta, que no muy buenos descuentos estuvo dispuesta a ofrecernos. Pero, el mejor rincón de todos lo tiene Colofón. Al fondo, en el rincón posterior izquierdo, nos hallamos Anagrama y Siruela, entre otros sellos editoriales de élite, con un fantástico 30% de descuento.

 Basta subir las escaleras para hallarnos un par de metros cuadrados correspondientes a Sexto Piso, editorial en la que mucha fe tengo y a la que considero debiéramos apoyar. Darle chance a ver si nos sorprende. Dándole la vuelta a la planta superior nos hallamos con publicaciones periódicas que no muy de mi agrado fueron, pero esto es porque soy ñoña y vivo atrapada en la ficción. A ustedes seguro les gustará.

De forma paralela, esta Feria excepcional está acompasada de presentaciones y de encuentros culturales. A pesar de que hice, en su momento, las relaciones públicas de Alfaguara, a mí no mucho me gustan. Ni se me antojan, pues. Me parece que las presentaciones de libros han caído, en más de un sentido, en la obsolescencia, y prefiero invertir mi tiempo quitando y poniendo libros de los anaqueles de Anagrama y Siruela. Contemplando todo aquello por lo que me muero y cuidando con férreos sistemas de seguridad aquellos libros que puedo hacer míos desde ya.

 Invertí ahí 6 horas ayer y no he tenido suficiente. Tendré que regresar el próximo fin de semana a mi rinconcito aquel, y a pulular otro par de horas para darle chance a la Feria de que siga haciéndome feliz.

Vayan.

22 enero 2008

Los blogs son para estudiantes, desempleados y CEOs

Publicado en vicisitudes a 11:17 PM por wenperla

O más bien los blogs “literarios”, porque eso de llegar a postear nomás lo que se nos ocurre (como esto, por ejemplo) no es nada complicado (pfff… no sé qué me dice que más de uno se me va a echar encima…).

Díganme de qué puedo postear si no me da tiempo de leer nada. ¡Díganmeeeeeeee!!!

Aprovecho el conducto para hacerles una atentísima invitación: si cada uno de ustedes me coopera con $50 diarios, renuncio y me dedico nomás a Puras Letras. ¿Sí??? ¿Sí??? (…) Mmm… ¿no que muy fans???

Una asalariada como yo no puede tener un blog literario. Si se rehúsan a pasarme mi mensualidad por el concepto anteriormente expuesto, sólo tenemos de dos sopas:

  1. Me aguantan un año en lo que me ascienden o me cambio de chamba de modo tal que una vez habiendo ascendido en la asquerosísima estructura burocrática del mundo laboral ya pueda yo darme el lujo de ir a trabajar en tenis y de leer y leer como antes para escribir en el blog, o
  2. Este blog desde hoy se convierte en un blog NO literario. Tendrá entonces cabida todo menos lo verdaderamente interesante, es decir: se convertirá éste de una buena vez por todas en el blog de las vicisitudes de la que sigue siendo (aunque usted se haya imaginado lo contrario) una editora frustrada.

Vote usted.

21 enero 2008

Post sinsustancia

Publicado en vicisitudes a 12:54 AM por wenperla

Nunca supe cuánto tiempo le invertía al blog hasta hoy que no tengo ni un minuto libre para invertirlo en él.

No puedo contarles de mi chamba porque firmé un pacto de confidencialidad con más cláusulas que aquel que firmé cuando le vendí mi alma al diablo para que alguien se enamorara de mí (no funcionó, no lo hagan, jajaja).

Les debo un post desde hace rato. Tampoco he respondido a sus comentarios, que muy interesantes han estado. Mi ausencia ha dado lugar a dos sucesos interesantes:

1. Ya hubo quien me pidiera que lo contactara para platicar, ¿cómo la ven?

2. Ya hubo aquí quien viniera a restregarme mi inconsciencia por un comentario que hice hace mucho tiempo en un blog amigo.

Si me ausento por más tiempo vayan ustedes a saber todo lo que pueda pasar. Se pone más interesante si desaparezco… ¿no?

8 enero 2008

Vicisitudes de una editora frustrada

Publicado en autobiografía, vicisitudes a 5:06 PM por wenperla

Así se titularía mi autobiografía. Me he resistido a escribirla. Pero si sigo sin chamba, amenazo con comenzarla. (¿Y dónde creen que la voy a publicar? Jajaja.)

Ya sé que ustedes no tienen la culpa, así que préndanle una vela a la deidad de su predilección pa’ que pronto tenga trabajo.

4 diciembre 2007

Sugestión

Publicado en vicisitudes a 3:28 AM por wenperla

mido

Bien. Éste podrá parecer un post tonto pero no lo es. No es un post literario, es más bien un post de los estragos que la literatura está causando en mi vida. Seré breve. Ahí les va.

Yo leo antes de dormir, todos los días, un ratito. Dejo el libro cuando se me cierran los ojos, no antes. Hoy me hallo ante un dilema.

Comencé A sangre fría hace una semana. Todo iba muy bien: las descripciones de Holcomb, las de los miembros de la familia Clutter, exquisitas todas. Leo antes de dormir, ¿recuerdan? Bueno. Hace como cuatro días llegué a LA parte. Ya saben, la parte aquella donde los asesinan… a sangre fría.

Ahora sí, repito: leo antes de dormir. Sigue el libro en mi buró. El punto es que me cuesta trabajo retomarlo porque me he sugestionado ya bastante. Y lo veo ahí, y se me antoja, y le tengo miedo a las pesadillas, y además duermo sola =:::(

 Así que… ¿qué tengo que hacer para terminar este libro? ¿Cambiar mis hábitos de lectura y leer en las mañanas (les adelanto: imposible)? ¿Claudicar y ponerme a leer Un jardín tan dentro de mí? ¿Reconocer que soy miedosa e ir al psicólogo para vencer mis miedos? ¿Darme un baño de lechuga para dormir profundamente independientemente de lo que haya leído antes? ¿Me retiro de la literatura (sin siquiera haber incursionado en ella, ja) y me dedico a la física cuántica? ¿Debo reconocer que soy tan fresa como todas las niñas fresas que no muy bien me caen y hacer algo al respecto? ¿Unirme a los optimistas para vencer mis miedos?

No sé si lo sepan, pero no puedo hacer lecturas paralelas. No soy de los que leen varios libros al mismo tiempo. Uno a la vez. Como llevo cuatro días estancada con esta lectura acudo a ustedes y les pido sugerencias. Si no hago algo al respecto me cierran este changarro por no actualizar.

Gracias.

1 diciembre 2007

Ahora resulta…

Publicado en vicisitudes a 4:00 AM por wenperla

…que le dedico posts a “materiales promocionales”. Háganme ustedes el favor.

La neta, si lo analizamos con detenimiento, el post anterior es de risa. En buena onda, no darse cuenta de que lo que se lee no es un libro sino un “material promocional”, es incluso peor que confundir un caballero con un patán, ja. ¿Qué diablos me pasa?

Cierto es, para sumar unos puntitos a mi favor, que el “material promocional” no dice “material promocional”. Claro, es evidente pensar que el “material promocional” por sí mismo es muestra clara de que NO se trata de un libro, ¿verdad? Jajaja.

Bien. Soy despistada. Soy hiperactiva. Se me van las cabras al monte antes de comer y después de ir al baño jajaja. Este año he sido un costal de emociones. Muchas transiciones, muchas enseñanzas, muchos tragos amargos (lo bueno es que el año ya casi se acaba :D ). No es que todo esto justifique que haya yo confundido un libro con un “material promocional”, jajaja, pero ténganme tantita compasión.

Ya sé que soy súper intensa. Le dediqué un post a la equivocación más absurda que una persona con dos neuronas puede tener en su vida, y es algo que difícilmente podré olvidar (espero que para ustedes sea más sencillo dejarlo atrás jajaja). Antes de irme, y dejarlos reventarse y descansar este fin de semana, tengo una reflexión.

¿Dónde comienza y dónde acaba un libro? Es decir, esto que me pasó a mí puede analogarse a la forma en la que leemos de forma consuetudinaria (ajá, Wen, ¿ahora me vas a decir que hasta nos diste una lección?). Para mí El búfalo de la noche “acabó” en la página 40. No me quedó nada precisamente claro, pero me satisfizo la forma en la que, según yo, el autor había llevado la historia. Es más, quizá no lea nunca el libro completo, pero de algún modo… yo YA lo leí.

¿Por qué? Porque uno toma de las cosas lo que le sirve. Lo demás, sabiamente, lo desechamos para que se recicle. ¿Y qué? ¿A poco leer una sola página de un libro no cuenta? ¿A poco no puede ser ésta incluso más significativa que el libro entero si se sabe leer? ¿No les parece que a veces el comienzo y el final están de más, porque lo único bueno es el desarrollo, o al revés? ¿A poco no hay planteamientos extraordinarios cuyo desarrollo es un albur? ¿A poco no hay ciertas páginas en las que se resumen cientos de historias? ¿A poco no es a veces suficiente el título de un libro para encariñarnos con él?

¿Quién decide dónde comienza y dónde termina un libro? Pues quien lo lee. Porque la magia de la lectura es justo ésa: que tú lo haces como quieres, al ritmo que quieres, donde quieres. Porque tú lees lo que quieres y a quien quieres. Porque tú decides cuál es tu comienzo y cuál es tu final.

Si lo vemos así, mi error aquel no estuvo tan criminal… ¿o sí?

9 noviembre 2007

Un post de entrevistas

Publicado en vicisitudes a 3:12 AM por wenperla

Plaqueta siempre ha dicho que el blog sí deja, que la escuela no. Pues es cierto. Yo que soy re-nueva en esto lo he comprobado ya.

Aunque piensen que la transcripción de un diálogo es un claro reflejo de un no-sé-qué-diablos-postear, pues les voy a demostrar que están re-equivocados. Ahí les va lo que pasó hoy:

(Wendolín manejando en Churubusco, suena el celular, Wendolín se emociona porque es la primera vez en su vida que usará un manos libres -¿y no soy ñoña?-)

—¿Bueno?

—Hola, ¿Wendolín?

—Sí… ¿quién habla?

—¿Cómo estás? Habla Yanet Aguilar de El Universal

—¡Hola Yanet! Muy bien, gracias, ¿y tú? Oye… ya hace tiempo que no estoy en Alfaguara… si quieres el teléfono de la chica que se quedó en mi lugar…

—¡Ya lo sé! Te hablo para entrevistarte

—…

—¿Wen?

—Ajá… ¿para… en-tre-vis-tar-me… a mí???

—Así es. El domingo se publica la entrevista en Cultura, es acerca de las nuevas formas de comunicación. Tu blog es muy famoso, te vi en el programa de la FILIJ. Me dieron tu teléfono en el Conaculta, ¿puedo entrevistarte ahora mismo?

—… (Mmm… ¿es neta???)

—¿Wen?

—Sí, claro, por supuesto… qué sorpresa, no lo esperaba (¿a poco?)

Y así entonces fui entrevistada para El Universal. Caramba, pude haber sido la primera mexicana en cruzar nadando el Triángulo de las Bermudas y nadie me hubiera echado un lazo, pero tengo un blog que amo y adoro y ahora hasta me llaman para entrevistarme… Oh Dios.

Y hubo una pregunta, permítanme comentarles, que me causó mucha gracia:

—Bueno Wen, supongo que el blog te ha abierto MUCHÍSIMAS puertas. ¿Puedes hablarnos un poco de eso?

—…

—¡¿Me puedes hablar de las puertas que te ha abierto el blog?!?!?!?! (Pobre mujer, estaba yo tan impactada con tanta cosa, que me quedaba pasmada a la menor provocación. Ahora que lo pienso, es todo un milagro que no me haya yo estampado con el muro de contención del Periférico...)

—Ah, bueno, mira… lo más bonito del blog son los lectores. La gente vuelve diario, a veces más de una vez al día, nunca pensé que un blog literario pudiese despertar en los lectores una reacción tan satisfactoria (Wendolín, te preguntaron respecto a las puertas, ¿te lo explico con manzanas?). ¿Puertas? Ejem… pues, me invitaron a la FILIJ, ¡¡¡eso me entusiasmó muchísimo!!!

—Sí Wen, claro, todo mundo lee tu blog (¿?), pero otro tipo de puertas… ¿te han ofrecido trabajo a través del blog? ¿Has pensado en escribir un libro?

—Mmm… no… pues no…

***

Es chistoso porque, permítanme platicarles, que si en parte he estado algo triste es porque no tengo trabajo. Hubo uno que me entusiasmó muchísimo, muchísimo: “Reforma solicita corrector”. Pfff, ¡ni mandado a hacer!!! Ni tarda ni perezosa envié mi currículum, y por supuesto que me volví la sombra de la chica de recursos humanos para ir a una entrevista. Lo conseguí, fui harto feliz. Me aplicaron un examen… 80% ortografía, y el 20% restante correspondía a puntuación: te daban oraciones sin puntuación y tú debías colocar puntos, comas, punto y comas, dos puntos, comillas, etcétera.

A mí el examen se me hizo facilísimo, me sentí súper segura, súper tranquila. Se llevaron mi examen y a los diez minutos regresaron:

—Sacaste 96

—¡Qué bien! A ver…

—Sólo un error de ortografía, felicidades, qué bien escribes (escribí visicitud en vez de vicisitud, ¡¡¡voy a odiar las vicisitudes toda mi vida!!!)

—Hombre, gracias

—Pero bueno, lamento decirte que no podemos contratarte porque quieren a alguien que tenga 99

—Pero pero…

—Lo siento mucho, pero muchas felicidades, qué bien escribes (¿?)

—Oye, dame una oportunidad, mira, la puntuación es cuestión de criterios editoriales… si tienen un manual de estilo yo podría acoplarme, finalmente estoy viendo que no les gusta mucho el manejo que hago de los dos puntos…

—Discúlpame, pero ENTIENDE, los correctores corrigen a los editores (ah, tú sí sabes…)

—Oye, pero éste es sólo un examen, nosotros nunca trabajamos sin un manual, sin mil diccionarios…

—Gracias…

Y sí, me desmoralicé. Y no escribo esto para que me echen porras ¿eh? Que el simple hecho de que estén aquí leyendo esto es más que suficiente. Las demás entrevistas a las que he ido ni siquiera son dignas de mencionarse, soy un fracaso: me negué a ser la editora de belleza de una de esas revistas frívolas (no, no les diré cuál es, pero qué más les da… todas son iguales… qué horror); en otro trabajo no quisieron ni conocerme por mi edad , “lo sentimos, tienes que tener mínimo 28 años para el puesto, pero qué buen currículum ¿eh?” (ja, los niños y los reclutadores siempre me dicen lo mismo, nomás que diferente… jajajaja); hace cuatro días estaba prácticamente contratada para ser correctora en una agencia de publicidad, el reclutador dijo estar “maravillado” conmigo, “mañana te llamo para decirte cuándo empiezas”… no llamó, y llamé yo, ¿no?, “hola, soy Wendolín… ¿qué pasó?”, “ah, disculpa. Que no podemos contratarte porque no te llegamos al sueldo”, “ah, ¿no? ¿Cuánto ofrecen?”, “todavía no sabemos si cinco o seis mil pesos mensuales”, “ah, no… pues no… mil gracias de todas formas”.

¿Ven a qué me refiero con aquello de tener EL caché? ¿Qué más da si no hallo trabajo? Jajajaja. Como infieren, éste está siendo un momento difícil para mí y para mi familia… y ciertamente hoy no tengo cabeza para mortificarme ya por el trabajo (ni por otras cuestiones… mejor ni me acuerdo porque ah, la nostalgia…). Además me parece que la época del año es complicada, ¿no?

Mientras tanto, ya el próximo año me reincorporaré a la búsqueda formal de trabajo. Al Reforma no regreso porque me partieron el corazoncito, ja, pero algo bueno hallaré. Hoy en día, y eso sí se lo dije a Yanet, este blog para mí es muchas cosas más que un blog: me distraigo, aprendo, pienso, canalizo.

Y bueno, sin ustedes que leen todo esto, esto no existiría. Ni me hubieran invitado a la FILIJ, ni saldría el domingo una entrevista en El Universal, ni tendría yo el caché que me cargo, jajaja. Razón suficiente para no dejar de sonreír.

Creo que me extendí. Los dejo, pero les dejo aquí los blogs de los otros tres bloggers que estarán en la Feria para que les echen un ojito (perdón por no poner los links como todos ustedes lo hacen, pero no… la tecnología es una de las muchísimas cosas que en este mundo no se me dieron…):

http://lumbre-culebra.blogspot.com/

http://www.plaqueta.blogspot.com/

http://elyomero.blogspot.com/

5 noviembre 2007

¿Eres ñoño? Ven y descúbrelo

Publicado en para incultos cultivables, vicisitudes a 2:48 AM por wenperla

Ya sé que los lunes son “de escritores”. Seamos sensatos: amo improvisar; no entiendo por qué me empeño en estipular agendas si eso no es lo mío, no en mi blog que lo único que representa para mí es una satisfacción tremenda. El día del escritor no morirá, sólo que ahora podrá sorprenderlos en cualquier momento: en lunes, en miércoles, en jueves, en fin… así le ponemos al blog un poquito de suspenso. que los tendré ansiosos hasta que aparezca, de pronto, el día del escritor.

Bueno. El tema de hoy es bastante hilarante. Y con tanto frío y con tanta crisis, se perfila irresistible algo que nos haga reír (las crisis son mías, el frío de todos).

***

Ésta fue mi conversación con Detective en apuros:

wen dice:

¿qué tal tu fin misterioso??

Detective en apuros dice:

¿misterioso?

wen dice:

¿y no???

wen dice:

¿me vas a decir que no eres misterioso?? jajaja

Detective en apuros dice:

ah

Detective en apuros dice:

pensé que calificabas al fin de semana

wen dice:

no, lo siento

wen dice:

esa figura tiene un nombre…

Detective en apuros dice:

¿?

wen dice:

esa figura en la que no queda claro a qué calificas

wen dice:

pero olvídalo, no importa, soy ñoña

Detective en apuros dice:

no eres TAN ñoña

wen dice:

no soy TAN ñoña??

wen dice:

jajajaja

wen dice:

es sólo que disfruto diciendo que lo soy

wen dice:

porque muy en el fondo no lo creo

Detective en apuros dice:

ya sé

Detective en apuros dice:

pero ah cómo te gusta decirlo

Detective en apuros dice:

jajajajaja

wen dice:

quizás sí lo sea…

Detective en apuros dice:

yo a ciencia cierta no sé qué es ñoña

wen dice:

mmm… ¿cómo definir a un ñoño??? 

***

  ñoño

Y fue así como me di a la tarea de averiguar cómo define la Real Academia de la Lengua la palabra “ñoño”, y esto fue lo que encontré:

ñoño, ña.

(Del lat. nonnus, anciano, preceptor, ayo). 

1. adj. Dicho de una cosa: Sosa, de poca sustancia.

2. adj. coloq. Dicho de una persona: Sumamente apocada y de corto ingenio.

3. adj. ant. Caduco, chocho.

***

Mi cosmovisión ha cambiado. Ahora sé a ciencia cierta qué significa ser ñoña. ¿Soy apocada y de corto ingenio? No lo creo… pero quién sabe… quizás para algunos sí esté algo chocha… quizás sí tenga yo muy poca sustancia

Cómo me he reído hoy. Gracias RAE, gracias Detective.

¿Y tú… eres ñoño???

(Pa’ los curiosos: la figura a la que me refiero se llama anfibología.)

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