28 diciembre 2012
Oliver Sacks y Dostoievski (O de ese instante que precede al ataque)
La verdad es que sólo de pensar en escribir aquí nuevamente me tiemblan las manos. La escritura, como todas las artes, va pudriéndose si no se le alimenta. Más aún: es tan difícil, tan compleja, tan indomable, que en muy pocos casos puede decirse que uno sabe escribir. Luego entonces, interrumpir el flujo de la escritura implica un haraquiri en este proceso de aprendizaje. Aunque me avergüenza profundamente descuidar este rincón, también he de reconocer que a lo que verdaderamente aspiro es a saber leer… con mucho más ahínco de lo que me interesa dominar el imposible arte de la escritura.
Habiendo dicho esto, a lo que nos truje…

Existe un género en la literatura que a mí me trastorna de lo muchísimo que me gusta, que me atrapa, que me intriga. Este género, cuyo nombre desconozco (si es que existe), es aquel donde se intersecan medicina y literatura. Hace algunos meses, el suplemento Cafeína del Reforma estuvo dedicado justo a esas mentes brillantes que se han dedicado a cultivar “La medicina y la literatura”. No lo tengo a la mano, así que no recuerdo todos los nombres que desfilaban por esas páginas. Los nombres que retuve, porque tengo el honor de conocerlos (personalmente a los dos primeros, a través de su literatura al tercero y al cuarto), son el de Jesús Ramírez-Bermúdez, el de Arnoldo Kraus, el de Cristóbal Pera y el del gran maestro de maestros, aquel que se ha coronado como el rey del género en cuestión: Oliver Sacks. Sacks es un neurólogo inglés radicado en Nueva York, que ejerce como profesor, escritor y médico, y que es gran cultivador de las “anécdotas clínicas”. En Anagrama podemos encontrar bellas ediciones de su obra fundamental: Los ojos de la mente, Musicofilia, Despertares, Veo una voz, El tío Tungsteno, La isla de los ciegos al color, Con una sola pierna, Migraña, Un antropólogo en Marte y, finalmente, el libro que aquí nos ocupa: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.
Las anécdotas clínicas, como nos imaginamos, no hacen sino retratar el lado humano de aquellos a quienes aqueja una enfermedad (en este caso, neurológica). Oliver Sacks, con profundo respeto y amor por sus pacientes, nos adentra en la crudeza del mundo de aquel que ha sido privado de las facultades más elementales y que a su vez compensa el déficit (involuntariamente, claro está) a través de dones fuera de este mundo. Uno de los hilos conductores detrás de todos los casos que nos ofrece el autor es precisamente la incapacidad de la ciencia para explicar los prodigios detrás de una mente que, a la vez que atrofiada, es capaz de los portentos más impresionantes. El lenguaje del autor es asequible para todo público; las referencias clínicas son sólo las indispensables: en ningún momento queda el lector neófito fuera de la jugada.
Como mucho se ha escrito ya sobre Oliver Sacks, quiero sólo concentrarme en una anécdota que me ha impactado profundamente: el instante de felicidad que precede los ataques epilépticos. Cuando leí los casos de aquellos que padecen epilepsia, quienes suelen ahondar en este fugaz frenesí, quedé profundamente impactada. El caso, además, cobra especial notoriedad cuando resulta ser que el gran Fiódor Dostoievski le atribuía su (escasa) felicidad (y su genialidad, valga decirlo) a estos instantes que preceden el ataque:
“Todos ustedes, los individuos sanos, no pueden imaginar la felicidad que sentimos los epilépticos durante el segundo que precede al ataque… No sé si esta felicidad dura segundos, horas o meses, pero créanme, no lo cambiaría por todos los gozos que pueda aportar la vida.”
Dostoievski se refiere a este “arrebato extático” como un clímax a cambio del cual merece la pena dar la vida:
“Hay momentos, y es sólo cuestión de cinco o seis segundos, en que sientes la presencia de la armonía eterna. Es una cosa terrible la claridad aterradora con que se manifiesta y el arrebato extático que te invade. Si este estado durase más de cinco segundos, el alma no podría soportarlo y tendría que desaparecer. Durante esos cinco segundos yo vivo una existencia humana completa y por eso podría dar mi vida entera sin pensar que estuviese pagando demasiado…”
No hay palabras para describir las palabras de Dostoievski. Me sabe mal, incluso, que líneas del gran maestro ruso se combinen con las mías (¡cómo me atrevo!), pero no hay forma de trasladarles el mensaje sino citándolo textualmente.
¿Qué nos depara a todos aquellos que nos deleitamos con la lectura de un buen libro, con la cercanía de los seres amados o con el mejor de los orgasmos, si somos incapaces de experimentar esta “armonía eterna” de la que habla Dostoievski y gracias a la cual, en gran medida, pudo componer sus monumentos literarios, sus radiografías del alma humana? ¿Será, acaso, que las mentes atormentadas son las únicas que tienen acceso al paraíso auténtico (aquel tangible en vida, que puede sentirse sin necesidad de cruzar el umbral que nos separa de la muerte? ¿Será que este paréntesis de luz es la compensación para una vida siempre expuesta a los asaltos de una enfermedad tan severa como la epilepsia?
Yo tengo mucho que agradecerle a grandes como Oliver Sacks, como Jesús Ramírez-Bermúdez, como Dostoievsky. A través de estas anécdotas clínicas trato de entender la mente atormentada de un padre amoroso, lleno, brillante, que dijo adiós antes de tiempo. No sé si papá era consciente de que no era enteramente dueño de sus decisiones, de sus miedos, de sus deseos. Yo sí lo sé y a muchos años de extrañarlo sigo pensando que para mí, el sosiego está en la literatura. En la literatura de este tipo: tan sentida, tan humana, tan implacable, tan llena de pistas. Yo no puedo sino agradecerles a estos médicos que amen la literatura quizás tanto como aman su profesión, y que aterricen su día a día en páginas que para mí son como agua de mayo. Tengo mucho, también, que agradecerle a Dostoievski. No sólo por la obviedad de su legado literario y sus frescos sobre la naturaleza del alma humana. A raíz de la lectura de Oliver Sacks y a este par de citas que hasta acá han llegado, he podido ir más allá en la existencia de un genio que se debía, enormemente, a estos instantes que se antojan irresistibles. Fuera de este mundo.
6 junio 2012
The Sense of an Ending, de Julian Barnes
La tapa blanda de esta novela yacía en una especie de botadero en una de las tantas librerías del aeropuerto de Ámsterdam: era una de esas promociones en las que pagas 2 libros y te llevas 3. La edición no era cara y hacía un par de meses que había encargado la novela por Amazon: una pena que, para variar, me quedara yo sin fondos y a la mera hora Amazon tuviera a bien avisarme que mi pedido no podía enviarse porque mi tarjeta didn’t go through. Yo nunca he tenido dinero, pero todo lo que he tenido lo he invertido en libros, en tenis, en vagabundeos, en amigos, en tragos y en comida. Esta vez, a diferencia de lo que hubiera hecho hace un año, sólo compré The Sense of an Ending. ¿Por qué? No, ni siquiera me percaté de que había ganado el Man Booker Prize. Me lo llevé porque era Julian Barnes, uno de los escritores contemporáneos que lo convencen a uno de que hoy día hay varios escritores que tienen mucho… muchísimo que ofrecer. Trato de entender a la banda que vive obsesionada con los clásicos, pero he de decir abiertamente que da pena la arrogancia que les cierra las puertas a la producción literaria de grandes escritores contemporáneos como Coetzee, Lessing, Barnes, Updike, Toni Morrison, Philip Roth, Achebe, Javier Marías o R. R. Martin.
[Sé que este mosaico de nombres propios le dará al lector motivos suficientes para despotricar en mi contra y dejar comentarios que wordpress, no sin cierta ingenuidad automatizada, califica como "spam"... pero da igual. Martin escribe fantasy y ciencia ficción, jamás ganará un Nobel pero tiene el talento y la madera de los grandes de la literatura artúrica —para rebatir mi punto de vista, léanse su Canción de hielo y fuego y luego hablamos—. A Marías muchos lo odian casi en automático —no revelo identidades, pero conozco varios que se resisten a leerlo por el simple hecho de ser gachupín—, pero su Corazón tan blanco y su Mañana en la batalla piensa en mí son obras que dejan huella en cualquiera, por más escéptico que se sea. Coetzee, Lessing y Morrison son todos ganadores del Nobel: si bien los premios no dicen nada, hay que reconocer en sus letras un talento fuera de serie. Roth, según tengo entendido, es siempre candidato —con todas las de la ley—: nomás pa' darnos un quemón, acaba de concedérsele el Príncipe de Asturias. Finalmente, Updike y Achebe son capaces de trastocar las fibras más sensibles del lector; Achebe se erige, además, como el portavoz de un pueblo y de una generación. El punto es que todos ellos son escritores contemporáneos, como lo es Barnes, y es una lástima que haya aún quien se deje intimidar por el hecho de saber al autor vivo: es como si esto fuera motivo suficiente para no leerlos. Ya lo sabemos, cómo no... Incluso ahora, cuando la industria de los agentes está más boyante que nunca y los autores más populares cobran anticipos millonarios por cada una de sus novedades —y vemos a Salman Rushdie en la prensa amarillista, por todo lo alto, posando en los lugares más sofisticados de Nueva York y rodeado de las mujeres más bellas—, el lugar común del encumbramiento póstumo del escritor sigue siendo una constante. En fin, para variar: me enredo en mis disquisiciones —que también suelen ser lugares comunes—.]
The Sense of an Ending ha sido —y que quede claro que me doy cuenta hasta ahora: no lo supe antes— una novela muy elogiada por la crítica. Barnes es un escritor muy versátil que no sucumbe ante la tentación de acomodarse en un género determinado: es un hombre divertido, sin duda… aquellos que se apoltronan, segurito se aburren de vez en cuando —esto sin mencionar su agudísimo sentido del humor—. En paralelo, como los grandes, ya encontró el tono: cuando lees a Barnes, sabes que es él.
Esta novela es un recuento y una introspección. Narrada en primera persona —¡como me gusta!—, de estas páginas surge la voz de un hombre jubilado, en la recta seudofinal de la vida —tema que, por cierto, está muy en boga—, quien ve su monotonía interrumpida a raíz de la llegada de un sobre cuyo remitente comenzaba a desdibujarse de los más alejados rincones de su memoria. ¿Y qué incluye el sobre? Un bonche de recuerdos, un cheque y, sobre todo, la incógnita que justifica la existencia de este libro. La voz del hombre es lúcida y atinada. Este hombre, acomodado en la meseta de su existencia, ve trastocada su supuestamente satisfactoria monotonía al recibir este sobre y, con ello, hacer un examen a conciencia de aquel acontecimiento que hace más de cuarenta años le cambió la vida y que en algún punto dejó de importarle: el suicidio de su mejor amigo.
No, no voy a contarles más sobre la trama. La historia es tan breve y tan rica que, ciertamente, amerita que la lean de principio a fin. Lo que sí he de decirles es que por momentos se convierte éste en el típico libro que llega a desesperar a los más impacientes ante tanta reflexión y diálogo interno —no es mi caso, definitivamente—, pero no cabe la menor duda de que las últimas… digamos… quince páginas del libro, dejan al lector colgado de la lámpara: “¿Qué?!?!?!? ¿Era E-S-O?!?!?! ¿Y luego?!?!?!?! ¡No la vi venir!!!!!!!!” Barnes tenía la trayectoria de la historia perfectamente planeada, geométricamente concebida, de modo que nada ni nadie se desviara un solo ápice del camino que desde un principio debía seguir.
Barnes nos regala una hermosa reflexión sobre el sentido de la muerte y el abatimiento. Barnes se pone en los zapatos de un hombre que asume su mediocridad y la felicidad que ésta conlleva. Barnes demuestra que la vida jamás agotará su capacidad de sorprendernos: nunca es demasiado tarde para brincar de alegría, para llorar de rabia y exorcizar nuestros demonios, para urdir el más infantil de los planes con tal de alcanzar nuestros objetivos. Barnes, como siempre, nos habla del amor: ¿existe?, ¿es sólo una convención?, ¿de veras puede durar?, ¿es sinónimo de tragedia? Y el sexo. El sexo como un elemento tangencial que siempre gira en torno al verdadero meollo del asunto: ¿se puede ser algo legítimamente? ¿Se puede abrazar una opinión y tener convicciones inamovibles? ¿Se es quien se cree que es sin que de pronto llegue el viento y arrase con todo a su paso? ¿Y con qué nos quedamos, pues, al final del camino? ¿Y esos amigos? ¿Aquellos con quienes compartimos los que atesoramos como los momentos más valiosos de nuestra juventud? Sí somos conscientes, ¿verdad?, de que a la larga todos aquellos vínculos que en la tierna adolescencia jurábamos eternos se esfuman, prácticamente sin darnos cuenta, al cruzar el umbral de la adultez —del compromiso, de la vida oficinesca, de las deudas y las responsabilidades, de los pagos y la inseguridad que acarrea consigo el paso del tiempo—.
A Tony Webster no le falta absolutamente nada; al contrario: le sobra humanidad. Da la sensación de que al no esperar más nada de la vida, agradece cualquier evento que irrumpa en el silencio de la maldita cotidianidad. ¿Para qué? Para darle un motivo. ¿Un motivo para qué? Para indagar. Para atar cabos. Para invocar fantasmas. Para recordar. Para llorar. Para sentir que se acelera el ritmo cardiaco. Para darse cuenta de que fue un imbécil y regodearse en el gran hallazgo de asumir que lo fue. Un motivo, básicamente, para morir con una buena historia a cuestas.
Creo que no está publicado aún en español. Búsquenlo en la lengua que más les convenga… pero no dejen de hacerlo.
5 junio 2011
Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir
He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.
Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.
Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.
Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.
Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.
Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.
Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.
Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.
Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.
Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.
Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.
Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010
24 abril 2011
Los enamoramientos
Sé de boca de varios lectores asiduos que Javier Marías suele tener los más variopintos efectos entre aquellos que se animan a infiltrarse entre sus páginas, a seguir al pie de la letra sus historias. Hay quienes consideran que se trata de un escritor inflado por la crítica, cuya producción literaria no empata con la valoración que en términos generales de él se tiene. Y hay otros lectores, como yo, que hemos perdido ante sus textos toda objetividad: sus letras me engolosinan, me vuelven adicta, me impelen a dar vuelta a las hojas incesantemente hasta llegar al colofón.
Sin haber leído aún la que para él ha sido su novela más ambiciosa, Tu rostro mañana, dudo que haya entre su obra piezas que superen su Mañana en la batalla piensa en mí ni, mucho menos, su Corazón tan blanco. En el primer caso, una mujer, casada y madre de un niño pequeño, muere inesperadamente al lado de su amante en el lecho que comparte con su esposo; en el segundo, a la vuelta de su luna de miel, una mujer se busca el corazón frente al espejo para despedirse de este mundo dos balazos mediante. Ambas historias, extraordinariamente bien logradas, permanecen por siempre en la memoria del lector, que vuelve a ellas una y otra vez como si de clásicos se tratara (¿y quién dice que no lo serán?).
Los enamoramientos es, por mucho, una novela diferente. En primer lugar, es una novela narrada por una mujer: reto al que, según yo, se enfrenta el autor por vez primera. Miguel, Luisa y María coinciden todos los días por la mañana, en el mismo restaurante, y María se regodea en la visión de esta pareja que parece perfecta: ambos ligeros, tranquilos, naturales. María ni siquiera se acerca, se conforma con la visión de aquel que contempla en silencio, desde el rincón, atisbando cada detalle. La narradora existe porque Luisa y Miguel existen: María no es sino un testigo anónimo de la armonía que la pareja desprende a su paso. Hasta que un día todo terminó.
Cuando los finales se adelantan abruptamente, cuando no tienen vuelta atrás, es difícil impedir que nos carcoma la violencia de un adiós absurdo, fuera de tiempo, fuera de lugar. Un buen día, María se topa en el periódico con el rostro ensangrentado de Miguel, quien ha sido asesinado por un indigente: no sé cuántas puñaladas en no sé cuántos órganos vitales dejaron como saldo el cadáver de aquel padre de familia de quien Luisa y los niños se ven forzados a despedirse antes de tiempo. Es entonces cuando, por vez primera, la Joven Prudente se acerca hasta Luisa y le ofrece sus condolencias. Quizás rebasada por la pesadumbre de la cotidianidad, harta de abrumar a los más cercanos con su duelo insoportable, Luisa decide llevarse a la Joven Prudente a su casa, donde tiene lugar el primer encuentro entre María y Javier, el mejor amigo del difunto, de quien María se enamorará estúpidamente (¿hay, acaso, otra forma de enamorarse?) aun a sabiendas de que éste está, a su vez, profundamente enamorado de Luisa.
Y he aquí el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta historia que corre, como todas las historias de Marías, lenta y plena en detalles. Ésta no es una novela sobre el amor, no caigamos ante la provocación del título: una cosa es el amor y otra cosa es el enamoramiento: este último es inquietante, apremiante, adrenalínico. El enamoramiento es, en el fondo, a lo que todos aspiramos, aunque haya veces que tengamos que conformarnos con el amor cotidiano, apasible, monótono. El enamoramiento es irrefrenable, es envolvente, es irracional. Pero tampoco… tampoco se trata de una novela sobre el enamoramiento. Me parece a mí, a pesar de todo, que estamos ante una novela sobre la muerte y (como reza la cuarta de forros) las inconveniencias de que los muertos vuelvan a perturbar la realidad a la que nos hemos acomodado ya sin ellos.
Los enamoramientos es una novela donde se entretejen la intriga, la falta de escrúpulos, la ingenuidad, la mentira y la fluidez narrativa de uno de los escritores contemporáneos más prolíficos en lengua castellana. Si abriésemos cualquier página al azar, sin ver siquiera la portada, cualquier lector mínimamente experimentado sabría que se trata de la pluma de Javier Marías. Es una mujer, sí, un álter ego del propio escritor, que permite entrever que detrás de todo ello hubo un esfuerzo monumental por ponerse del otro lado, por explicar al género femenino desde su propia perspectiva, para llegar a la conclusión (o no) de que, en el fondo, hombres y mujeres somos sumamente predecibles: parecemos impulsados por los engranajes de la misma maquinaria, consecuencia de la sociedad del consumo donde nos tocó vivir, que dibuja sobre el piso las directrices de nuestros pasos a seguir. “Prohibido enamorarse”, es una de las consignas de este mundo. “El que se enamora, pierde”, es otra de ellas.
No sé si ya lo he dicho antes, pero Marías es un escritor para el que se requiere de muchísima paciencia. En ninguna de sus novelas, mucho menos en ésta, se suceden los hechos uno tras otro para no perder ni por un segundo la atención del lector sediento de acción. Javier Marías trabaja como el mejor de los orfebres cada una de sus líneas, y el amor que profesa el autor por las palabras es el mejor aliciente para seguirle la pista y llegar hasta el final.
2 febrero 2011
Breve diccionario clínico del alma
Yo tengo mi propia historia con este libro. He estrechado lazos con él a un grado tal que ahora, mientras yace aquí a mi lado, cerrado y con las marcas que dan fe de que ya hubo quien recorriera una a una todas las páginas que lo componen, siento una nostalgia dispersa, una tristeza incontenible, un vacío que deja mi pecho al descubierto. No sé a ciencia cierta por qué me siento así, aunque tengo un par hipótesis que no necesariamente son mutuamente excluyentes. La primera es que padezco el pesar del lector aturdido por haber llegado al final, por haber concluido lo que hubiésemos deseado prolongar indefinidamente, por atestiguar la muerte de un texto que, paradójicamente, es inmortal. La otra hipótesis, igual de factible, es que me acongoja lo que ahí he leído; que me ha embriagado la zozobra de las historias y los cuentos, de las metáforas y los versos que el autor en sus páginas nos ofrece.
Supe de él hace un par de años, cuando Andrés llegó a la editorial entusiasmado con la idea del Diccionario. Ahí me enteré, asimismo, de que Jesús Ramírez-Bermúdez es un gran neuropsiquiatra, cuya brillante trayectoria contrasta con su juventud. Hoy, al terminar de leer el libro, me queda clara la magnitud de su sensibilidad y su extraordinaria curiosidad por comprender el inabarcable espectro del alma humana. Para cuando todo esto ocurrió, el libro todavía no estaba terminado y en el horizonte, para mí, se perfilaban infinidad de planes que fueron desdibujando la expectativa y el interés por este texto.
Volví a México luego de una breve estancia en el extranjero, y me topé con que el libro ya estaba publicado. “Ah, míralo… Qué bonita la portada… Habrá que leerlo…” Y mientras tanto, lo reconozco, la lectura de otros libros, la férrea intención de leer, de una buena vez por todas, Drácula y Las mil y una noches, me mantuvo al margen de la consecución de un plan tan interesante. Recibí la invitación a la presentación del libro el pasado jueves, y sin dudarlo ni un instante decidí asistir. No sé, insisto: hay algo… algo en este libro… que genera en mí una atracción fatal, una curiosidad extraordinaria.
Todos aquellos que asistieron al evento sabrán que el encuentro fue totalmente sui géneris, único en su especie. La bella introducción a cargo de Pérez Gay y Roger Bartra fungió como el preámbulo perfecto para las palabras sencillas, descomplicadas, sensatas, amorosas de Jesús Ramírez, a quien no sé por qué me dirijo con una familiaridad inusitada. Confieso aquí que tanto su pasión por la medicina como el punto en que ese mismo fervor se interseca con la literatura me dejaron atónita y absorta en un universo paralelo.
El público se pronunció también, poniendo sobre la mesa cuestiones tan interesantes como la forma en la que la locura se ha romantizado a lo largo de la historia, y de eso dejan constancia grandes obras de la literatura universal. En palabras del autor, en realidad, la única constante irrefutable de la locura, del tipo que sea, es un dolor contundente producto de la incomprensión. [Sí, duele. Cala en lo más hondo. La locura hiere de muerte. La incomprensión destruye.] La audiencia intervino una y otra vez con aportaciones interesantísimas, como el tema, por ejemplo, de la esquizofrenia hereditaria: “Varios de los grandes genios de la historia han tenido hijos esquizofrénicos, tal es el caso de James Joyce y de Albert Einstein, por sólo citar un par…” El debate que se generó luego de la presentación pudo haberse prolongado, horas y horas, y sin lugar a dudas todos hubiésemos escuchado atentos hasta el final.
Hoy terminé de leer el libro. Lo comencé ayer. Pude valerme de las vides del desempleo para ganar ventaja sobre el apremio del tiempo, siempre implacable. No sabría bien cómo definir un libro que se encuentra a medio camino entre el ensayo y la reseña literaria, entre las memorias de un médico excepcional y el testimonio clínico de un doctor que a través de la literatura quiere acercarse a sus pacientes. No hay una sola historia en este libro que no sea conmovedora, emotiva, bella, ante la cual el lector pueda permanecer indiferente. Estas páginas, sobre todo, traslucen la terrible aflicción en los ojos de aquel que atestigua cómo poco a poco un ser querido va hundiéndose, irreversiblemente, en la inclemente espiral de las enfermedades mentales y sus trágicos… siempre trágicos… desenlaces.
El Breve diccionario clínico del alma es, también, una extraordinaria guía de lectura para todo aquel que quiera acercarse a la psique humana a través de la literatura. Y como para muestra sobra un botón, aquí les dejo este fragmento, bellísimo, que además funge como la prueba irrefutable de que estamos ante un libro cuya lectura no es recomendada, sino obligatoria:
En la mitología griega, en la fábula de Arreola y Monterroso, en la fabulación de Borges o Italo Calvino, de Paul Auster y Robert Graves, en la fantasía creyente de Tolkien y en la ironía de Carroll, aprendemos verdades inesperadas sobre la naturaleza del mundo y sus habitantes, a partir del hechizo puro de la ficción; de la mentira al absurdo, de la parábola al invento arbitrario, el lector condescendiente, pero también el adusto y el escéptico, experimentan la inquietud de una revelación incómoda en las lecciones del gólem, el mago vencido, el universo ficticio, el futuro improbable [...]
No sé si ya lo he dicho antes sobre otros libros: este libro es mucho libros. Es, por un lado, una tierna y respetuosa aproximación a los padecimientos del alma, en cuyos matices tarde o temprano nos vemos involuntariamente reflejados; es un diccionario clínico al alcance de todos, donde podemos disipar infinidad de dudas gracias al lenguaje conciso y accesible de su ilustrado autor; es, desde luego, un poema al amor por la lectura; y es, finalmente, una válvula de escape. “¿Y una válvula de escape por qué?”, se preguntarán. Es sencillo: todos los que padecemos la ausencia de un ser amado, incomprendido, podemos evocarlo, y perdonarnos, a través de este exquisito anecdotario.
31 enero 2011
La virgen y el gitano
Pensando en la mejor manera de comenzar un post sobre este libro, se me ocurrió que ningún mercado está más saturado que el de las emociones. Las emociones puras, aquellas de las cuales se derivan todas las demás, pierden protagonismo en un mundo donde sólo puede tildarse de verdadero aquello que se exacerba hasta el cansancio, que se manipula, que se ejecuta. Las imágenes cotidianas pasan desapercibidas a menos que estén atiborradas de violencia, de sexo, de euforia, del dramatismo propio de un mundo en el que sólo se escucha la voz de aquel que alza la voz con más fuerza. Las metáforas y las ideas, al parecer, se eclipsan frente a todo aquello que puede expresarse en términos concretos y tangibles. Aquí, sólo lo que pasa importa. De lo que se siente ya no hay quien se ocupe.
La virgen y el gitano, desde la portada, promete un derroche de sensualidad y un grito sofocado por el peso de la censura. La cuarta de forros, además, reza que se trata de ”una de las más provocativas y escandalosas novellas del inglés D.H. Laurence”. Grande es la sorpresa del lector al encontrarse entre las páginas de una historia donde la pasión y el erotismo existen en la más sublime, la más primigenia de sus manifestaciones: la insinuación. En este libro no pasa nada, y es ése exactamente el tesoro más grande que a través de estas líneas nos ofrece el autor. ¿Es imposible entablar una relación con alguien a quien nunca se ha tocado? ¿No se desea más aquello que sólo poseemos en un plano onírico, sin nunca transgredir el umbral de lo terrenal? Yo confieso que sigo agitándome de vez en cuando ante la visión perturbadora de aquello que… ay, cómo quisiera, pero que no es ni será.
Esta novelita, breve como este post, es un gran legado. No hablo, en absoluto, de las ideas del autor sobre la moralidad y la sexualidad, que permean el texto a muchos niveles y desde diversas tesituras. Me refiero al regalo de la alusión, a la fuerza de la incitación. Hay universos que no se rozan nunca y, sin embargo, es la tensión entre ellos lo que permite que los mundos sigan girando.
Que vivan los mensajes no codificados. Que viva la pasión inacabada.
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Por cierto: grandiosa la labor de la Editorial Impedimenta. Compren estos libros: bellos, artesanales, cuidadosamente seleccionados; hechos con amor del bueno que, por cierto, sí se puede tocar.
26 diciembre 2010
El amor en los tiempos del cólera
Hoy, el mundo adolece de una terrible falta de amor. Una aseveración así, tan arriesgada y tan dolorosa, se constata en cada uno de los titulares que los diarios arrojan día tras día. Estamos cubiertos de muertos, de asaltos repentinos, de xenofobia y de racismo, de incertidumbre y de desconfianza, de atropellos y desigualdades, de catástrofes naturales y de epidemias que azotan a los más pobres e indefensos. En México, en este país por el que sigo deshaciéndome en halagos, la violencia sigue in crescendo con un saldo devastador para una población que hoy vive, más que nunca, a la sombra del pánico y la histeria colectiva. En un mundo como hoy, el paraíso de Borges fácilmente palidece ante una tremenda falta de amor. Hoy más que nunca, por lo tanto, tenemos que asirnos con fuerza a todo aquello por lo que vale la pena vivir; a todo aquello que sigue insuflando las ilusiones perdidas.
Y es en este contexto, precisamente, que decido sumergirme en la que muchos consideran la obra maestra de Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera. Buscaba en el reverso de cada página una historia desgarradora, intensa, que me expulsara de mi aletargamiento emocional. Una crónica del amor entre dos personas que sí supieron amarse, que legaron sus vicisitudes al mundo entero para devolvernos la fe en aquello que para algunos de nosotros está perdido. Un testimonio de que sí se puede, de que aun plagado de claroscuros, el amor puede manifestarse en su estado idílico, prometido, irreal.
Y resulta, nada más y nada menos, que El amor en los tiempos del cólera no es sino el recuento de un amor que no se pudo; de un amor imposible; de un amor que raya en lo patético, en lo cansino, en lo inverosímil. El amor que Florentino Ariza profesa por Fermina Daza hasta el último día de su vida es un amor que amedrenta, que impacienta, que nadie desearía para sí. Al hallarnos al par de ancianos retozando en la nave de aquel buque que no va a ningún lado, en la recta final de sus vidas, es imposible no reparar en cuán estereotipado tenemos al amor: el amor es una idea exclusiva de aquel que es joven, de aquel que tiene la vida por delante, de aquel cuya lozanía y cuyo brillo en los ojos lo vuelven digno de ser amado por otra persona. El amor en la senectud lo interpretamos como costumbre, como los resquicios del fuego que antaño ardió y del que hoy no quedan sino las cenizas de la gratitud y las costumbres inamovibles.
Hablemos entonces de la novela al margen de la idea escurridiza del amor. La primera escena es, para mí, la más impactante y la más bella de todas. El suicidio de Jeremiah de Saint Amour y la forma en que el doctor Juvenal Urbino constata palmo a palmo la inercia de aquel cuerpo tieso y sin vida es alucinante. Es esta escena inicial la que engancha al lector de forma contundente y absoluta. Es más: si no les apetece leer las 500 páginas de El amor en los tiempos del cólera, yo recomiendo, al menos, leer este primer capítulo que da fe del oficio del renombrado colombiano. Una chulada, sí señor.
Estamos ante una novela impecablemente escrita cuyos personajes nos resultan tan cercanos como aquellas personas al lado de las cuales transcurre nuestra cotidianidad. Es maravilloso seguir de cerca la gestación del amor entre los jóvenes Florentino y Fermina: aquella tenacidad, aquella ingenuidad, aquella audacia, aquel tesón. Imposible mirarlo todo tan de cerca sin sentir nostalgia por aquello que algún día fuimos y que a veces, cuando nos vemos repentinamente embriagados por la promesa renovada del amor, volvemos a ser. Florentino y Fermina aprenden a amarse más por curiosidad que por necesidad, y García Márquez arrastra al lector al grado de convertirlo en cómplice y testigo de ese amor desenfrenado.
Luego de alimentar con creces la ofrenda de aquel amor, Fermina descubre el desencanto en los ojos grises de aquel hombre invisible al que creía amar profundamente. Y he ahí otro de los momentos más emotivos de la historia: no sólo porque el rechazo constituye un elemento dramático de grandes proporciones, no, sino porque todas hemos alimentado (sí: es ésta una reacción propia del género femenino) la promesa de un amor que somos incapaces de cumplir. A veces, no sé, nos da por sentirnos amadas, deseadas, admiradas, añoradas. Nos gusta pensar que en aquellas noches frías e insomnes es nuestra imagen la que acompaña al pretendiente al desahogo y la liberación. Optamos por avivar las brasas de un amor que no estamos dispuestas a asumir, y que con profunda insensatez exacerbamos hasta el cansancio. Eso mismo le pasó a Fermina Daza, y eso mismo nos ha pasado a varias: “Aléjese, no puedo quererlo, no me busque más”.
El amor en los tiempos del cólera es, por lo tanto, un recuento del amor inquebrantable que Florentino Ariza le dedicó a Fermina Daza hasta el último día de su vida, sobre el telón de fondo de una Haití desangrada por varios flancos: los excesos del colonialismo y las repetidas epidemias de cólera que siguen azotando a la nación más pobre y más marginada de Latinoamérica.
Me pregunto cuántos Florentinos Ariza existen en el mundo. Cuántos hombres de todas las edades siguen atrapados en la espiral de un amor que no los deja morir en paz. Cuántos hombres cargan en los bolsillos con el rostro de aquella mujer que no los ama y que los ha expulsado abruptamente de su vida, para poner esa careta sobre el rostro de la mujer sin nombre que yace bajo suyo henchida de placer. Florentino Ariza le hizo el amor a todas las mujeres de la comarca, y fueron ésas las veces en que le hizo el amor a Fermina Daza sin jamás haberla tocado. Este mal, sin embargo, no es propio de los hombres: hombres y mujeres obcecados vamos por la vida aferrándonos al recuerdo de aquel que hoy ha olvidado nuestro nombre y nuestra voz, y nosotros seguimos evocándolo, incansablemente, cada vez que un nuevo extraño penetra en los intrincados parajes de nuestra insondable intimidad.
En fin… el amor y su cólera irrefrenable.
27 octubre 2010
La vida privada de los árboles
Lo que pasa con Alejandro Zambra es que, simplemente, no puedes parar de leer.
Comencé anoche, en la madrugada, a la luz de la lámpara pequeña y bocabajo sin almohada. Después de mis escasas cinco o seis horas de sueño, en el camión de ida, en el camión de vuelta, en los intersticios que sin ningún pudor le robo a mi jornada laboral so pretexto de salir a fumar, de tratar de encontrar algo que no busco, de atender amigos inexistentes, de arreglar problemas inventados, de acudir al llamado de quien nunca me ha dirigido la palabra, y un larguísimo listado de etcéteras. Así entonces, a cuentagotas, como si de una obligación se tratara, como si al volver a casa alguien fuese a aplicarme un examen al respecto, como si cerrar el libro antes de acabarlo fuera un sacrilegio, como si no pudiera conciliar la tranquilidad a menos de haber repasado concienzudamente todas y cada una de las líneas que conforman el texto brevísimo, la nouvelle, la otra mitad de Bonsái sin que tengan absolutamente nada que ver la una con la otra.
La vida privada de los árboles es una serie de historias que Julián ha inventado para hacer dormir a Daniela, la hija de Verónica, quien hoy es su esposa, quien deja de serlo porque no llega, quien tampoco lo fue de Fernando porque huyeron de la lápida del matrimonio, porque nadie quiere en realidad un matrimonio; como Karla, que no lo quería para nada, que mentía, que pintó en la pared con sangre (o con tinta, pero era tinta de sangre) Ándate de mi casa conchatumadre, y entonces Julián se fue, y no le importó mucho porque con Karla sólo estaba para refugiarse de una vida anodina, de una familia promedio, de una historia vacía, sin cataclismos, sin historias interesantes, sin literatura. O no, sí, literatura sí que tenía: una caja llena de libros populares que su padre alguna vez puso ante sus ojos.
En fin. Entonces, les decía, que La vida privada de los árboles es una serie de historias que Julián ha inventado para hacer dormir a Daniela. Daniela no lo quería, la verdad es que ni siquiera entendía por qué Julián de pronto pasó a formar parte de aquella familia de dos, Daniela y Verónica, que acabaron siendo cuatro porque llegó Julián y porque Fernando nunca se fue, que la final acaban siendo tres porque ella se va y Julián tiene que reinventar la historia sin ella. Entonces, así visto, Julián hereda una historia. Hereda una historia y nos la cuenta Alejandro Zambra, quien con un lenguaje no exento de humor vuelve a engancharnos con un texto que fluye, que se va; que de tan rápido que se va, hasta ganas dan de perseguirlo.
Alejandro Zambra, queridos lectores, tiene en mí un efecto perturbador. Alejandro Zambra me hace sentir que soy capaz de escribir. Pero no aquí, no en este blog, no. Probablemente obedezca a la brevedad de sus novelas, pero cada vez que cierro un libro suyo me tientan las ganas de mandarlo todo al diablo y ponerme a escribir. A escribir ficción. Ganas de ponerme a inventar otra vida privada de los árboles, que no podría ser esta misma, que tendría que prescindir de todo bonsái, pero que estaría inextricablemente ligada al deseo de todo aquel que tantísimo amor profesa por las letras: poder, aunque sea, legar al mundo un epígrafe digno de recordarse.
21 octubre 2010
La ecuación de la “buena” literatura
Literatura “de calidad” y libros “basura” son dos conceptos que viven con nosotros. La crítica literaria, la pluma de los cultos, se ensaña con la literatura comercial y la sataniza. Las editoriales pequeñas, las independientes, entronizan su labor mirando con desdén a los grupos grandes. L@s agentes literari@s declaran que existen para “proteger” a los autores de los grandes grupos que quieren “aprovecharse” de ellos. Los bestsellers, mientras tanto, siguen vendiéndose. Los autores de verdadera vocación literaria acaban siempre traicionando al editor independiente que lo ayudó a crecer en pos de un anticipo más generoso y un par más de puntos porcentuales en las regalías (esto, desde luego, agente literario mediante). Total que esto de la edición es un zoológico y la pulsión editorial jamás descansa.
Ya tendremos tiempo para hablar absolutamente de todo esto. La verdad es que ya debí haberlo hecho: es interesantísimo y la gente siempre quiere saber más. No es que yo sepa mucho, nada más lejano: lo único que legitima mis comentarios en este blog es mi desmedida pasión por los libros, por las letras y por la industria en general. Quizás también convenga mencionar mis incursiones en un par de editoriales de las más variopintas naturalezas. Total que aquí ando, entre libros, como pez en el agua. Muy “maestría de estudios europeos” y no sé qué, pero lo único que tengo en la cabeza son libros: libros que hay que hacer, libros que hay que corregir, libros que hay que escribir, libros que hay que reeditar, libros que hay que rescatar, libros que hay que descubrir, en fin. Y como todo esto da para mucho, he elegido aquí un tema particular para escribir al respecto: ¿Y qué coño es la “buena” literatura? ¿Cómo se diferencia de lo que la banda intelectual llama literatura “basura”? Éste es el punto de partida.
Todos sabemos diferenciar entre “alta” y “mala” literatura. Al menos todos aquellos que de vez en cuando pasamos por este blog. ¿Javier Marías? Alta. ¿Kafka? Alta. ¿Stephenie Meier? Mala. ¿Borges? Alta. ¿Libros de autoayuda? Ni clasificación alcanzan. ¿Vargas Llosa? Alta. Y así ad infinítum. Podemos hacerlo también por sellos editoriales: ¿Anagrama? Alta. ¿Mondadori? Alta. ¿Acantilado? Alta. ¿Siruela? Alta. ¿Almadía? Alta. En fin. ¿Y cómo es posible que, pudiendo hacer estas diferenciaciones, no sepamos expresar concretamente de qué depende que un libro sea “bueno” o “malo”? Mejor dicho: ¿Cómo se define concretamente la “alta” literatura?
Pos bueno. Hace poco me puse a investigarlo. Es verdad que cualquiera adivina el calibre de una obra con tan sólo leer las primeras páginas, pero a mí me intrigaban los términos concretos en los que era posible explicarlo. Finalmente, para no hacerles el cuento largo, fui a dar con un estudio* hecho en Holanda en la década de los noventa donde explican que el grado de placer que nos genera una obra de arte está directamente relacionado con la complejidad de la pieza y nuestra capacidad para desentreñar sus intrincados laberintos. El mismo estudio da un paso más allá para explicar por qué las clases sociales más favorecidas son aquellas con gustos más refinados, pues sus miembros han contado con los medios necesarios para nutrir su intelecto y entrar en contacto con el arte de forma más regular.
Es decir entonces, de acuerdo con esta teoría, que al entrar en contacto con el arte tenemos que hallar el punto de equilibrio entre nuestro entendimiento y el grado de complejidad de la pieza. En la medida en la que seamos capaces de comprender algo a cabalidad, a sabiendas de que ese algo entraña en sí mismo cierta complejidad, es que haremos del contacto con el arte (en este caso, de la literatura) una experiencia placentera a la que volveremos una y otra vez. Aquellos que tengan más desarrollado el entendimiento y que consuman bienes artísticos más a menudo tendrán más herramientas para adentrarse en las páginas de la “buena” literatura, que para muchos sigue siendo inaccesible.
Quise compartir esta reflexión con ustedes porque me pareció interesante. Ora, aquí entre nos, hay grandes episodios de la “alta” literatura que siguen estando totalmente fuera de mi alcance. Baste mencionar el Ulises de Joyce y El ruido y la furia de Faulkner: hace algún tiempo lo intenté y no pude. Me rompí la cabeza y me declaré incapaz de comprender lo que estaba leyendo. Han pasado ya algunos años desde eso, pero tampoco estoy segura de volver a intentarlo. Muy probablemente necesitaría mucho entrenamiento intelectual, pero con tanto trabajo tan mal remunerado, tanta tesis tan mal escrita, tanto viaje tan improvisado y tantas ganas de cambiar el mundo, la verdad es que queda muy poco tiempo para tareas tan “elevadas”.
Al fin y al cabo, a mí los cultos qué.
***
*”Preferences in leisure time book reading: A study on the social differentiation in book reading for the Netherlands”, de Gerbert Kraaykamp y Katinka Dijkstra. Publicado en Poetics en mayo de 1999.
12 octubre 2010
Audiopost: Los cuentos del subcomandante Marcos
[Si el subcomandante Marcos supiera que acabo de pagar para poder subir los audios de su libro a mi blog, me nombraba guerrillera oficial hoy mismo. Ora que quién sabe: si se enterara de que pagué en dólares, igual me exige que lo desmonte todo. O peor aún: nomás de escuchar mi voz, segurito vuelve a levantarse en armas. En fin, qué más da. Ni que fuera yo tan popular. Ya quisiera yo que el sexy encapuchado se paseara por aquí. Pero no me quejo, no me quejo: a mí me hacen feliz los distinguidísimos lectores de Purasletras. Habiendo dicho tanta insensatez, me arranco con lo que tenía planeado escribir.]
Como algunos de ustedes saben, ahora mismo vivo en Barcelona. Y como también habrán de saber algunos, en Barcelona no tengo amigos. (No: ni se sientan mal… yo la paso bomba. En todo caso, debiera estar preocupada por mi misantropía…) Así que, digamos, vivo una vida bastante sui géneris. Ni por asomo pretendo describir aquí los vericuetos de mis andanzas por la ciudad… ¡ustedes qué culpa tienen! Nada de eso. Esto venía a colación porque el 16 de septiembre, como es de esperarse, me entró lo patriótico así nomás, bien de repente. Así que sin amigos, decidí buscarme un festejo “alternativo”. Me topé por ahí con un anuncio que rezaba ”Lectura dramatizada de escritores mexicanos”, y me dije a mí misma “Órale, ya estás”. Así que me presenté en la Galería CMTV y con un regocijo que se me salía del pecho presencié, por casi dos horas, la lectura dramatizada de los cuentos del subcomandante Marcos.
Las historias que el mítico personaje nos regala en Relatos de El viejo Antonio están llenas de música y de poesía. No sólo están colmadas de una mexicanidad insuperable sino que encierran moralejas dignas de la mejor fábula de Esopo. Estos cuentos, estas historias bellísimas, descomplicadas, han sido por muchos años el motor de una guerra que nunca duerme. Aquí están plasmados los valores y los ideales de los hombres y mujeres de maíz, de los campesinos mexicanos. Los cuentos que el subcomandante Marcos nos ofrece en este volumen debieran ser tan indispensables como El laberinto de la soledad o Los rituales del caos. O quizás más. Éstas son historias del pueblo para el pueblo, relatos que dan a conocer la cosmovisión de todos aquellos que, silenciados por el sistema, se valen de la tradición oral para hacerle llegar al mundo su mensaje.
Yo, luego de aquella lectura, fui a comprar el libro para refugiarme en estas historias cuando lo necesitara. Me di cuenta, producto de las secuelas del placer que me generó la lectura dramatizada en su momento, de que disfrutaba mucho más de estos cuentos si los leía en voz alta. Así que, como La Loca, me puse a leer en voz alta esta antología de casi 200 páginas. No pocas veces mi voz tembló: cantidad de emociones se encaramaban en mi pecho interrumpiendo la torpe cadencia de mi voz. Y por esto, por las palpitaciones in crescendo y la cortina de vapor que no pocas veces cubrió mis ojos, me di cuenta de la necesidad de compartir este libro, de darlo a conocer, de leerlo siempre en voz alta (para mí, para los demás).
Se me ocurrió entonces que podría grabar yo misma un cuento y subirlo al blog. “Al fin y al cabo, estamos en confianza”, me dije. Total que me puse a grabar un par de cuentos y acabé grabándolos todos. “Qué atascada”, pensé. Luego vine aquí con la intención de postear y subir mi propia lectura de un relato, como para ”acercarme” a ustedes, como para que se dejaran envolver por la magia de estas historias como en su momento, por medio de una voz desconocida, me hechizaron a mí.
A la mera hora, no voy a agobiarlos con todo lo que ocurrió en el ínter, tuve que pagarle a wordpress para que me permitiera subir archivos de audio. Van a disculpar ustedes lo poco literario que se está poniendo esto, pero de algún modo tengo que justificar que subo cuatro archivos en vez de uno, como era el plan inicial: ¡ora desquito lo que pagué! (¡Aunque nadie vaya a escucharlos todos!) El servicio, cabe mencionar, tampoco está muy bien. Yo pensaba que por 20 dólares me hacía acreedora, incluso, a que me los musicalizaran, pero nah. Imposible que los escuchen aquí mismo, nomás dando un clic. Si están interesados, si no tienen miedo, tendrán que descargarlos a su compu. De estar del otro lado de la pantalla, yo intentaría con el primero: descarguen el primero, y si les gusta, síganse con los demás. De lo contrario, sepan que están en su casa y que se acepta todo tipo de reclamaciones, mentadas de madre y todos esos detallitos que fomentan la interacción.
En fin, queridos lectores: franqueamos hoy, así, una barrera más. Si no quieren arriesgarse a escucharlos en mi voz, no los culpo. No obstante: búsquenlos de cualquier modo. Estos cuentos les llenarán el alma y regocijarán su corazón.
Disculpas anticipadas por los tartamudeos, las interferencias, la falta de ritmo y (sobre todo) la nula sensualidad.
7 octubre 2010
¡Enhorabuena, querido Mario!
Ya es del dominio popular: Mario Vargas Llosa se convierte hoy, 7 de octubre de 2010, en Premio Nobel de Literatura. Ya lo dábamos por perdido, ya ni siquiera pensábamos en ello. Esta sensación nos la transmitió él mismo, ya que siempre, al ser cuestionado al respecto, reconocía que había tirado la toalla.
Hoy le es concedido, y desde aquí lo celebramos ampliamente. Mario Vargas Llosa es un prodigio de la humanidad. Es un hombre que nació para escribir, para leer: es él en sí mismo lectura y escritura. Mario Vargas Llosa es literatura. Escritor como pocos en la historia, este reconocimiento, el más poderoso de todos, le correspondía ya desde hace tiempo.
Hoy Purasletras está de fiesta, porque al fin se ha hecho justicia. ( Aunque el Nobel no le hacía falta. Él es quien es con o sin los premios que ha recibido: sus novelas y sus artículos hablan por sí mismos.)
Cuentos de Perrault: Léanse con urgencia
Yo, proclive a las obsesiones como siempre lo he sido, no he podido parar. Luego del primer tomo completo de los hermanos Grimm, mi mente no tuvo tregua y tuve que salir corriendo a buscar más: Perrault Wendolín… búscate a Perrault… a Andersen también. Eso: consigue todos los tomos de los Grimm, los cuentos completos de Perrault y lo que encuentres de Andersen. Tuve la gratísima sorpresa de hallarlo todo en Alianza Editorial, una de las mejores casas editoriales del mundo iberoamericano. Y así, sencillamente, me atasqué:
Una vez habiéndome hecho de los ejemplares únicos de los libros en cuestión, decidí sentarme en uno de esos sillones acolchados de la librería Bertrand de Barcelona —un pedacito de paraíso— y comenzar a leer. Cuál fue mi sorpresa, lo digo de corazón, al hallarme con tres primeros cuentos hermosísimos, deliciosos, ¡EN VERSO! Sí, sí, sí, así como lo leen: no son sólo ricos en aventuras, en personajes extraordinariamente redondeados, en escenarios palaciegos y esplendorosos, en historias fantásticas y apasionantes, no. Eso no le bastó a Charles Perrault quien, allá en el siglo XVII cuando escribió sus cuentos, firmara como ¡su hijo! Acota el editor en la página 108 del ejemplar que tengo entre mis manos que la razón por la que Perrault no firmó estos cuentos, haciéndolo en lugar su hijo, obedece a su intención de no comprometer su prestigio como escritor con un género considerado, en el momento de su publicación, ingenuo. ¡Háganme el favor! O sea que a la usanza de ahora —donde quien escribe un bestseller se oculta bajo un seudónimo—, allá en el siglo XVII el extraordinario escritor de cuentos inmortales expone a su hijo al escarnio público producto de la escritura de unos cuentos como jamás se hayan escrito otros… Caramba.
En fin.
Pensarán que exagero si les digo que no comprendo cómo es posible vivir sin haber leído los cuentos de Perrault. En cualquier otro caso admitiría que están en lo correcto, que a mí créaseme la mitad de lo que digo, que mi vida consiste en inflamar la cruda realidad para llenar de color lo que sin ser intervenido es grisáceo, oscuro. Pero esta vez no estoy exagerando. Esta vez digo la verdad.
Si Alianza no nos miente y si este pequeño tomo de tan sólo 175 páginas reúne en efecto los cuentos completos de Perrault, no hallo una sola razón para no ir inmediatamente a la librería, comprar el volumen y leerlo con toda urgencia. No sólo los primeros cuentos están escritos en verso, sino que el trasfondo de cada uno de estos episodios están llenos de luz. Cada cuento tiene una moraleja. O dos. Y al final, para que el lector no venga conque a Chuchita la bolsearon, el autor las hace explícitas: siempre en verso, siempre con su cadencia particular. Es verdad que Perrault no es tan sanguinario como los hermanos Grimm, pero tampoco estamos ante el precursor del Y vivieron felices para siempre que ya a nadie convence. Estamos frente al primer escritor que a cabalidad recuperó las historias populares de las que se nutría su entorno, quien no sólo puso por escrito lo que era del dominio popular gracias a una tradición oral heredada de generación en generación, sino que lo embelleció hasta el hartazgo, heredándonos un volumen exquisito, maravilloso, entrañable.
¿Cuánto habrá cambiado la sociedad en los últimos seis siglos? No mucho, ciertamente. Y como para muestra sobra un botón, remitámonos a los bellos cuentos de Perrault, donde además de echar a volar la imaginación con personajes entrañables, podremos constatar que los seres humanos adolecemos de lo mismo desde que la Bella Durmiente fuera condenada a un sueño de 100 años y desde que el Gato con Botas rescatara de la miseria al mismísimo Marqués de Carabás.
Hay dos cosas particularmente interesantes, adonde quisiera yo atraer su atención, queridos lectores. En primer lugar, no tengo palabras para expresarles cuantísimo me han conmovido la musicalidad de sus versos y la hermosura de sus palabras. Conviene aquí abrir un paréntesis para reconocer la extraordinaria labor de Jöelle Eyheramonno y de Emilio Pascual como traductores: los traductores, casi siempre, se lo curran —como dicen acá— más que el propio autor. Así que ahí lo tienen: la belleza de los versos y la extraordinaria traducción de los mismos. En segundo lugar, permítaseme un segundo de debilidad: una historia, poco conocida entre nosotros, que el autor intituló “Riquete el del Copete”. Esta historia es tan vigente hoy día como lo fue hace 300 años. Todos aquellos que a menudo nos sentimos violentados por un mundo que se rige por convencionalismos absurdos hallaremos en las páginas de este cuento un rincón para agazaparnos.
Es ésta una historia donde un príncipe deforme es dotado de una inteligencia extraordinaria, mientras que a una princesa muy estúpida se le otorga el don de la belleza extrema. Y he aquí que ambos tienen el don de conceder inteligencia y de belleza, respectivamente, a aquel a quien más se ama. Esto basta, sin duda, para que adivinemos el final, pero no puedo irme sin citar aquí un último párrafo de esta historia:
[...] Hay quien asegura que no intervinieron para nada los encantamientos del hada, sino que sólo el amor realizó aquella metamorfosis. Dicen que la Princesa, después de haber meditado sobre la perseverancia de su amante, sobre su discreción y sobre todas las buenas cualidades de su alma y de su espíritu, dejó de ver la deformidad de su cuerpo y la fealdad de su rostro; que la joroba sólo le pareció el porte de un hombre con aires de imporancia y que, así como hasta entonces lo había visto cojear horriblemente, no le encontró más que cierto andar inclinado que la encantaba; también dicen que sus ojos, que eran bizcos, le parecieron por ello más brillantes, que su defecto pasó en su mente por la marca de un violento exceso de amor, y finalmente que su gruesa nariz roja tuvo para ella algo de heroico y marcial.
Cuentos de niños o no, son cuentos indispensables. Invierte en los cuentos de Perrault una tarde de tu vida y reconforta tu alma y tu espíritu como hace mucho no lo hacías.
Es en serio: corre. Son imprescindibles. Es bueno para su salud.
***
Un par de acotaciones:
1. Van a perdonar el francés, pero qué la Caperucita Roja es un cuento erótico ni qué mis chingadas madres. Es lo que es: no te fíes de los extraños. ¡Punto!
2. Si yo hiciera con mi tesis lo que los hermanos Grimm hicieron con los cuentos de Perrault, ¡voy al tambo por plagio! Un ejemplo: la primera mitad del cuento “Hansel y Gretel” de los hermanos Grimm no es sino la reproducción de la primera mitad del cuento “Pulgarcito” de Perrault. Los hermanos Grimm, eso sí, decidieron escribir un cuento totalmente distinto de Pulgarcito, para con ello resarcirse un poco. O quizás nomás porque les dio la gana.
3. Si alguien por aquí, como Bibliobulímica, ha leído ya estos cuentos, me gustaría conocer su opinión.
3 octubre 2010
Al fin y al cabo, seguimos rodeados de brujas
[Una crítica más a las adaptaciones de Disney.]
Mientras leía el primer tomo de los Cuentos completos de los hermanos Grimm en Alianza Editorial, se me ocurrió el primer borrador de lo que deberá ser —si la banda tiene a bien seguir mis instrucciones— mi epitafio:
Quien aquí yace intentó leer todos los cuentos populares jamás escritos. Leyó los de los hermanos Grimm y los de Hans Christian Andersen; los de Charles Perrault y los de Guy de Maupassant; los de Juan José Arreola y los de Juan Rulfo; los de Antón Chejóv y los de Fiódor Dostoyevsky; los de Edgar Allan Poe, los de H.P. Lovecraft y los de Henry James. Pero como se adivina, nunca pudo abarcarlo todo. Se esforzó, eso que ni qué.
Como todos sabemos, nada es más nocivo en la vida de un niño que las películas de Disney. Comienzo a pensar que el nintendo, el Youtube y hasta el Youporn son menos dañinos para un niño que las películas de Disney. Mis hijos, sí señor, podrán tener las de vaqueros en el buró, pero eso sí: ¡jamás una película de Disney!
Ya, puede que exagere. En realidad, sí: yo fui niña Disney. Durante un año, todos los días, vi La sirenita al volver de la escuela. Me sabía los diálogos, gesticulaba como los personajes, me aprendí las coreografías. Hoy mismo, así es, puedo cantar de memoria aquello de ¿Qué debo dar para vivir fuera del agua? ¿Qué hay que pagar para un día completo estar? Pienso que allá, lo entenderán, puesto que… no prohíben nada… ¿Por qué habrían de impedirme ir a jugar? También me sé la de Bajo el mar (¿quién no se la sabe?!) y la de Pooobres almas en desgracia. Así es: qué peliculón.
En fin. Reencaucémonos. Les decía yo que las películas de Disney hacen mucho daño. Y lo reitero. ¿Por qué? Simple y sencillamente, porque la vida no está llena de finales felices, como los de Disney. Basta con echarle un vistazo a las versiones originales de cuentos como La cenicienta, La sirenita, El sastrecillo valiente o Pulgarcito para darnos cuenta de que, si bien algunos de ellos ciertamente tuvieron un final feliz, esto no fue sino a base de librar infinidad de combates tal y como los seres humanos de verdad lo hacemos todos los días.
Cuando las hermanastras de la Cenicienta quisieron engañar al príncipe poniéndose ellas mismas la zapatilla —que, quepa acotar, no era de cristal sino de oro, y no hubo jamás hada madrina sino tumba milagrosa—, la primera se re-ba-nó el dedo pulgar y la segunda se re-ba-nó el talón con tal de que el diminuto zapato cupiera en sus pies infames (es verdad: ¡qué cabecita la de los Grimm!). Por otro lado, sí señor, en la versión de los hermanos Grimm (la de Perrault vino antes, pero ésa aún no la he leído), a la Caperucita Roja sí la salvó el leñador pero sólo después de abrir la barriga del lobo para rescatar tanto a Caperucita como a su abuela. Hänsel y Gretel, asimismo, fueron abandonados en medio del bosque por su propio padre —débil, ¡cobarde!— quien cedió ante las presiones de una madrasta manipuladora y cruel, quien es castigada con la muerte hacia el final de la historia. Finalmente, Rapunzel no se llama Rapunzel, sino Rapónchigo, al ser éstas las flores que su madre, embarazada, ansiaba del jardín de la bruja (aquí la neta sí se entiende por qué hubo que rebautizarla).
Al comparar los textos originales con las versiones contemporáneas, no queda sino elevar nuestras voces: ¡Cuánta manipulación! ¡Cuánta mentira!
Aquí entre nos, a mí francamente me da lo mismo que hagan adaptaciones de los cuentos. Es más: creo que hasta me da gusto, ya que así garantizan la inmortalidad de los mismos. Sin embargo, hay que mostrarles a los niños —y a los adultos, sobre todo a los adultos que se conducen como niños— que el mundo real, tal como los cuentos originales, está lleno de dificultades. Es verdad que hay ciertos valores que todos debemos observar, incluso sin olla de oro al final del arco iris: no tiene por qué haber recompensa de por medio, es sentido común. Hay que ser compartidos, hay que ser honestos, hay que ser humildes. Existen también actitudes deplorables por las cuales tarde o temprano hay que pagar un precio: la mentira, la ambición, la arrogancia, la crueldad. Esto no se discute.
Lo que sí discuto, lo que sí alego, es que el mundo está lleno de claroscuros y que entre el blanco y el negro hay una gama infinita de grises. Los personajes de estos cuentos, en apariencia dirigidos a un público infantil, pagan caro tanto sus errores como los errores de los demás, y en varias ocasiones son castigados por pecados que no cometieron. A imagen y semejanza de la realidad, pocas son las historias con final feliz. En estos cuentos hay pobres que sufren por no tener nada que llevarse a la boca y princesas hermosas por las cuales todos están dispuestos a batirse en un duelo que desde el principio se sabe perdido. La envidia, la hipocresía, la severidad y la holgazanería recorren las páginas de estos cuentos dejando al descubierto las debilidades de todos los seres humanos. En estas líneas hay sangre, hay muchas batallas perdidas, hay muchas lecciones de vida. Hay diálogos ingeniosos y narradores todopoderosos. Estos cuentos, breves, más breves que todo, son de una riqueza inabarcable, de una verdad incuestionable. Después de todo, las cosas no han cambiado mucho: seguimos rodeados de brujas.
No fueron ni los hermanos Grimm, ni Charles Perrault, ni Hans Christian Andersen, ni mucho menos Antón Chejóv quienes acuñaran aquello de Y vivieron felices para siempre. Esta frase fue una invención de la modernidad, de las grandes industrias, del capitalismo, para envolvernos con sus patrañas surreales que nada tienen que ver con la vida, dura, que es esta que nos tocó vivir.
¡Que vivan las versiones originales! ¡Que viva la cruda realidad!
***
Continuará…
2 octubre 2010
La destrucción de Kreshev
A mí me queda muy claro por qué quise comprar este libro. El primer lugar se lo disputan el sello y la ilustración de la portada. Ya sabrán ustedes cuánto me seduce a mí este óleo. En realidad, me pregunto cuántas obras de la literatura tienen esta imagen de Johann Heinrich Füssli a modo de cubierta. Supongo que él nunca vio venir la sensación en la que devendría su Pesadilla. He visto más esta pintura en tapas de libros que El beso de Klimt o El nacimiento de Venus de Botticelli en libros de historia del arte. [Bueno, la mera verdad, tampoco es que abra yo muchos libros de historia del arte. Dejémoslo ahí.] En fin. Luego vino el sello, Acantilado, y el atractivo formato de esta colección. Una vez habiéndome atrapado estos elementos aparentemente superfluos, me di cuenta de que 1. era una historia contada por el mismísimo demonio y de que 2. el autor era el mismísimo Isaac Bashevis Singer, el muy celebrado y ya extinto autor polaco-judío.
Gaby, mi amiga del alma, se había empeñado en regalarme un libro por mi cumpleaños. Aquí entre nos, la pobre acabó regalándome dos. Y al final, así fue, los títulos elegidos no sólo no eran de su agrado sino que se oponía terminantemente a pagar por DOS libros cuyo narrador fuera Satanás (el otro fue El maestro y Margarita del ruso Mijaíl Bulgákov). Pero era mi cumpleaños y nada pudo hacer.
La destrucción de Kreshev, para ser exactos, tiene 117 páginas. “Esto me lo leo en un día”, pensé. Y he ahí que escribo esto a casi un mes de que aquello sucediera. ¿Qué pasó? ¿Por qué tardé tanto? Eso mismo me dispongo a desentrañar aquí.
En este libro, el diablo nos cuenta cómo se encargó de destruir un shtetl, una especie de aldea polaca poblada por judíos cuya vida gira en torno a la sinagoga, el mercadillo y los pueblos de los alrededores. Es verdad que en muy poco tiempo Bashevis Singer logra acercarnos a los personajes principales y con ello nos sitúa ahí, en el lugar de los hechos. Es verdad también que el tono del narrador es bastante verosímil: ese sentido del humor es justamente el que a mí va a conducirme sin escalas al infierno. Sin embargo, el libro es más rico en anécdotas locales que en cuanto a la historia en sí. Para aquel que, como yo, no se entera de que hay un glosario a modo de epílogo, la historia transcurre pesada ante los ojos de un lector que, totalmente ajeno a la terminología judaica, se atora a cada tres o cuatro renglones con una palabra nunca antes vista. En este libro, también hay que decirlo, esas complicaciones lingüísticas pueden bien librarse gracias al contexto, a diferencia del libro aquel que compré hace ya un año, La familia Moskat, de cuya página 50 no pude pasar dado que a esas alturas ya estaba yo convencida de que el libro estaba escrito en yídish y de que yo acababa de darme cuenta.
Así que… veamos. El maligno deja claro que los pobres lo aburren, ya que aquellos proclives al pecado son siempre los ricos. (Esto me hace recordar las muy sabias palabras de Dorothy Parker, quien sentenció: “If you want to know what God thinks of money, just look at the people he gave it to“.) Así que es justamente a ellos a quien ha decidido pervertir para extender su diabólico dominio. En una aldea como Kreshev, donde todo es santurronería, no resultó muy difícil esparcir el horror entre la población que, mojigata, se dejó destruir a raíz del adulterio de la hija del hombre más rico y más próspero del pueblo.
La verdad es que lo que ocurre en Kreshev por obra del demonio no dista mucho de lo que hoy día sigue ocurriendo por obra y gracia del hombre en cualquier lugar del mundo: gente ociosa husmeando en la vida de los demás, prejuzgando, enarbolando la cultura del tabú, entrometiéndose en las vidas ajenas y poniéndolas bajo los reflectores. Esto que aquí describo, aquello que ocurrió en Kreshev, es para mí muy parecido al infierno, a la demolición de la individualidad, a la degradación de la sociedad. Para intentar observar los diez mandamientos entregados a Moisés, primero debiéramos entender lo que dicta el sentido común: vivir la vida propia es mucho más sano, mucho más provechoso, mucho más divertido, mucho más interesante que tratar de buscar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.
Quizás por eso me resultó pesado el libro: porque son justamente el fanatismo, la gazmoñería y las habladurías lo que me sacan ronchas. Y para cerrar, una cita de mi sabia y hermosa madre: “Vive y deja vivir”.
23 septiembre 2010
Querido Alejandro Zambra:
Querido Alejandro Zambra:
No puedo resignarme a no entrar en contacto contigo en esta era del clic de la inmediatez. De indagar, lo sé, podría dar hasta con la puerta de tu casa, pero no quisiera yo retomar a estas alturas una costumbre que opté por desechar luego de una serie de incidentes espantosos que se desencadenaron a raíz de mis averiguaciones adolescentes. Tales pesquisas de antaño, valga la acotación, fueron impulsadas siempre por la búsqueda del amor. Hoy, como ves, ya no espío a nadie [sic] y —sobre todo— ya no busco el amor [sic a medias]. En fin.
Te comentaba que tengo algunas cosas que decirte, y lo haré, cómo no, pero no sé cómo, ni sé a dónde podría yo hacerte llegar unas cuantas letras. Se me ocurre entonces que puedo postearlo todo aquí, sin saber si algún día tus ojos recorrerán estas líneas, pero, dime tú, ¿qué más puedo hacer? Después de todo, no está mal. Los distinguidos lectores de este blog podrán entretenerse con estas letras porque, habrás de saberlo, lo que aquí nos ocupa son los libros, y yo a ti quiero hablarte sobre el tuyo propio, ¿de qué otra cosa si no?
Veintidós minutos exactos me tomó leer Bonsái. Me pregunté también, no lo niego, si a un texto que puede leerse en veintidós minutos exactos puede denominársele “novela”, y la respuesta la encontré en la cuarta de forros: “más que una novela corta o un relato largo”, dice, “es una novela-resumen o, justamente, una novela-bonsái”. Ahora lo entiendo: es una novela-bonsái, qué tonta, cómo no se me ocurrió antes. Por lo demás, permíteme que te lo diga, el breve preámbulo de la contraportada está envuelto de una severidad que no le hace justicia a tan entretenida y encantadora novela-bonsái.
Habrás de saber que yo sólo soy una aprendiz de lectora, nada más que eso, por lo que sería peligrosísimo te tomaras muy en serio mi opinión. No obstante, no puedo acallar esto que cargo en el pecho y a lo que tengo que darle salida a la brevedad porque, de lo contrario, moriré intoxicada por cuatro palabras que desde anoche se agolpan en mi cabeza como pelotas de frontón: Alejandro Zambra: ¡no dejes de escribir!!!
Fue una pena que haya durado tan poco. Esta misma tarde, así como lo lees, leeré tu segundo libro: La vida privada de los árboles. Calculó que este otro me tomará alrededor de treinta minutos. Es normal: son novelas bonsái. Espero disfrutarla tanto como disfruté la primera; aunque, en el remotísimo caso de que no fuera así, me quedo con la primera y seguiré atenta a tus próximas publicaciones, a tus novelitas bonsái, cargadas de buen humor y de amor al oficio.
Qué fuerte me parece que te hayan bastando noventa y cinco páginas y veintidós minutos para hacernos reír de esa manera. ¡Gracias por tu pluma y por tu ingenio!
¡Y que viva Bonsái! ¡Y que vivan las novelas-bonsái!
20 septiembre 2010
De escritores mexicanos contemporáneos
Piensa rápido. Enlista diez escritores mexicanos contemporáneos —vivos—, no importa si los has leído o no, si te gustan o no. No hagas trampa, nada de googlear “escritores mexicanos contemporáneos”.
A mi cabeza vienen, sin orden alguno, sin ningún criterio de enunciación, los siguientes: Carlos Fuentes, Juan Villoro, Sergio Pitol, Daniel Sada, José Emilio Pacheco, Mario Bellatin, Álvaro Enrigue, Alberto Chimal, Eduardo Antonio Parra, Guillermo Fadanelli, Luis Humerto Crosthwaite, Ramón Córdoba, Vicente Leñero, Felipe Soto Viterbo, Emiliano Monge, Pedro Ángel Palou, Francisco Martín Moreno y Jorge Volpi. (Ruego a quienes no aparecen en este listado no me lo tomen a mal: al fin y al cabo esto no es Letras Libres; éste es tan sólo un humilde blog con nula repercusión a su alrededor. Además, justamente, lo que trataba de probar con este ejercicio es el reducidísimo conocimiento que tenemos sobre la realidad literaria de nuestro país.)
Como todavía no leo Cómo hablar de los libros que no se han leído, me limitaré entonces a decirles que de los escritores aquí enunciados, estoy familiarizada con algunos cuantos, pudiendo sólo comentar lo siguiente: Carlos Fuentes is too much for me, no siendo éste el caso de grandes como Pitol, Villoro y Pacheco, cuyas ficciones son siempre mágicas y reconfortantes. Los cuentos de Alberto Chimal son maravillosos, Ramón Córdoba es de una versatilidad arrolladora y de una pluma elegante y descarada, y Felipe Soto Viterbo tiene un oficio digno de quitarse el sombrero. Hace poco comencé Hipotermia, de Enrigue, y el libro se me cayó de las manos antes de llegar a la mitad. Y, finalmente, Emiliano Monge está en mi lista de “Leer ya, con muchísima urgencia”. Los últimos tres de la lista, Palou, Martín Moreno y Volpi, son más una garantía de ventas que una apuesta literaria: son autores que han hallado su lugar entre el público, cuya presencia en un catálogo determinado garantiza ventas seguras en el intrincado horizonte de la narrativa mexicana. Más allá de un intento fallido por leer a Martín Moreno, y un par de artículos de Volpi, tampoco puedo pronunciarme sobre la prosa de estos tres escritores. A los demás sólo los conozco, sé de ellos y me reprocho nunca haberlos leído.
“¿Y a qué viene todo esto?”, se preguntarán.
Algunos estamos más preocupados por leer lo que se escribe fuera que dentro del país. A mí no me extraña que, por ejemplo, los libros que menos vende Anagrama en México sean justamente aquellos de escritores mexicanos. Es necesario que nos comprometamos con nuestra propia narrativa, que les abramos paso a las nuevas voces que, osadas, se lanzan al escenario a sabiendas de lo difícil que será hacerse de un lugar en las saturadas agendas de los lectores quienes, como quien esto escribe, creen tener muy claras sus prioridades y cometen un pecado imperdonable: cerrarle las puertas a los clásicos del futuro.
Si leemos, tenemos un compromiso con las generaciones venideras. Estamos obligados, en primer lugar, a pavimentar el camino para que puedan surgir nuevas y plurales voces para pronunciarse libremente sobre lo que quieran, dotándonos a los lectores de las herramientas necesarias para nutrir nuestro criterio y poder pronunciarnos a favor o en contra del sistema y así ubicarnos con fundamento en el espectro infinito de posibilidades ideológicas. En segundo lugar, es imprescindible que nos involucremos con los nuevos narradores y poetas mexicanos: cada quien que riegue y cuide su literatura. A nosotros, los mexicanos, nos corresponde velar por la nuestra. Mientras contribuimos a inflar los índices de ventas de libros como Crepúsculo, El secreto o El alquimista, dejamos que se pudran nuestras propias voces en las estanterías de aquellas librerías que, arrastradas en esta espiral sin salida, tarde o temprano se ven también condenadas a la guillotina ante la falta de interés del público por incursionar en la nueva narrativa mexicana. Si nosotros no hacemos algo por cambiar esta realidad, nadie va a hacerlo. El Estado está demasiado ocupado perpetrando atrocidades como para reparar en la industria editorial mexicana: Señor Calderón: los cárteles siguen dándose en su madre, y, ah, los libros de los jóvenes escritores mexicanos no se venden. No quiero pensar cuál sería la respuesta de nuestro h presidente ante una disyuntiva tan compleja y metafísica.
Gracias a Paula, he descubierto un libro maravilloso: Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera. Es éste el segundo libro de un joven autor mexicano publicado en España por Editorial Periférica. Su primera novela, Trabajos del reino, fue ganadora el año pasado del I Premio Otras voces, otros ámbitos, por ser la mejor novela publicada en España en 2008 que no llegó a vender 3,000 ejemplares.
Ésta es una de esas notas que le dejan a uno un doble sabor de boca. Porque, veamos: qué bonito, ¿no? Que le den una escultura de Jaime Martínez y que le reediten y le redistribuyan su libro en las librerías de El Corte Inglés. Suena chulo. Pero qué triste, qué tristísimo, que 1. el libro haya sido publicado por una editorial española y no por una editorial mexicana y que 2. las letras de un autor como éste no rebasen los 3,000 ejemplares vendidos —como pasa con la mayoría de autores estrictamente literarios—. Sobre lo primero, tendríamos dos opciones: podríamos cuestionar al autor sobre las razones por las que lo publica Periférica y no, digamos, Almadía, o podríamos especular sobre los motivos que lo han llevado a publicar sus dos libros con una editorial española. Ahora mismo optaremos por una tercera vía, que consiste en no hacer ni una ni otra, sino simplemente lamentarnos por el hecho en sí. El que estos libros estén publicados en España no implica que sean inconseguibles en México, no: sólo implica que la distribución en México esté a cargo de un tercero —que, desde luego, no velará por Periférica como vela por los libros propios— y que el precio sea elevado en comparación con los libros publicados en el país.
A mí me gustaron el ritmo y el manejo de los diálogos. Me encantan los mexicanismos que palpitan a lo largo del texto y la modestia que podemos adivinar en el autor. Me fascina, sobre todo, la posibilidad de descubrir letras como las de Yuri, cuya permanencia en el mercado nos corresponde garantizar a nosotros, los lectores. Estamos ante un texto con un estilo personalísimo y eso, sin duda, es lo más difícil de lograr. Un libro que explora, como tantos otros, las desavenencias de aquellos que cruzan la frontera para hallarse ante el más inhóspito de los escenarios. Un libro brevísimo, de escasas ciento veintitantas páginas, que se siente como la ráfaga de viento que hace volar en mil pedazos la ventana: aquella que mantenemos cerrada para aislarnos de lo que nos duele, de todo aquello que preferiríamos ignorar.
La literatura no sólo se ama a través de Borges, de Vargas Llosa, de Marías, de Joyce o de Nabokov. Las letras se aman en el punto donde se intersecan los clásicos y los jóvenes, los consagrados y los desconocidos, los extranjeros y los nacionales: amar la literatura, me parece, es sobre todo luchar por que hoy puedan publicar aquellos que inspirarán a las generaciones venideras y así alimentar debidamente la espiral infinita de la imaginación.
8 septiembre 2010
El halago más grande del mundo
Reza la cuarta de forros de esta novela que los personajes destilan una humanidad palpitante. Las virtudes, los defectos, las frustraciones, los deseos, las alegrías, los infortunios, las debilidades y las pretensiones de aquellos que desfilan por las páginas de Anna Karenina se nos vuelven inmediatos, nos invaden, nos asfixian, nos trasladan al lugar de los hechos: allí donde el confidente, donde el amante, donde el enemigo. Y he ahí que el lector ávido de devorar la historia, de llegar hasta el final, se sorprende de pronto vertiendo un par de lágrimas sobre sus páginas, sonriendo ante el regocijo de aquel con quien irremediablemente se ha encariñado, poniendo la mano sobre el corazón para ver si de verdad palpita con tanta agitación.
Tolstoi nos regala en esta entrega el retrato de una sociedad que no envejece, que no pierde vigencia, que sigue nutriéndose de los mismos miedos, de las mismas pasiones, de los mismos delitos. La Rusia del siglo XIX desfila ante nosotros como un espejo donde de uno u otro modo podemos todos vernos reflejados. Los personajes son de una profundidad indescriptible: el texto de cuarta no miente: basta con extender el brazo para tocarlos, para andar de su mano el camino. Las mil páginas de Anna Karenina son un verdadero deleite para todos aquellos sedientos del mágico elixir de la buena literatura.
Como yo apenas voy en la página 600, permítanme desviar esta entrada hacia otros cauces no menos intrincados. Decididamente, a mí lo que más me sorprende de esta novela es su vigencia arrolladora. ¿Ha cambiado en algo la sociedad desde entonces? ¿No seguimos todos luchando a capa y espada por hacernos de un hueco en el saturado espectro social de un mundo por naturaleza excluyente? ¿No seguimos jugando a ser felices, a observar las normas aburridas impuestas por quién sabe quién desde el principio de los tiempos? Insistimos en repetirnos, en revolcarnos en el pasado, en imitar los hábitos cansinos de nuestros predecesores. Tolstoi nos obsequia un óleo maravilloso de todo aquello que comparten todas las colectividades humanas, y deja al deja al descubierto el alma de una serie de personajes exquisitos e irrepetibles.
Tolstoi escribe con una objetividad imperturbable. Todos los personajes son distintos, profundamente distintos, y resulta imposible saber con cuál se identifica el autor. ¿De qué lado está Tolstoi cuando describe el adulterio de Anna Karenina? ¿Se identifica con Stepán Arkádich o con Alekséi Aleksándrovich? ¿Le parece a él Kitty tan bella como se lo parece a Lyovin? Es imposible saberlo. Tolstoi jamás toma partido, jamás entorpece la historia: el papel de Tolstoi en Anna Karenina es por antonomasia aquel al que todo escritor que se precie de tomar su oficio con seriedad debe aspirar: el del autor invisible, el que se mantiene lejos de los reflectores, aquel que codicia el anonimato y se agazapa cuando descorremos el telón.
Pero yo sí tomo partido. Yo sí tengo mis favoritos. Yo sí sé qué compañías procuraría de estar allí, en el lugar de los hechos. Quedémonos hoy con que es nada más y nada menos Vronski, el amante de Anna Karenina, aquel que me arrebató el corazón desde el primer momento. ¿Y por qué? Por su visión de la vida, con la que tan resueltamente me identifico.
Vronski escuchó satisfecho el parloteo alegre de una mujer bonita, aprobando lo que decía, dándole consejos medio en broma y, en general, empleando el tono habitual en su conducta con ese género de mujeres. En la sociedad de Petersburgo que frecuentaba, todo el mundo se repartía en dos clases diametralmente opuestas. Una, la inferior, compuesta de gente vulgar, estúpida y, sobre todo, ridícula, que estima necesario que un marido viva con su legítima esposa, que cree que las muchachas deben ser inocentes, las esposas púdicas, los maridos varoniles, moderados y fuertes, que es preciso educar a los hijos, ganarse el pan, pagar las deudas, y otras tantas sandeces por el estilo. Ésta era una clase de gente ridícula y chapada a la antigua. Pero había otra clase de gente, la auténtica, a la que todos ellos pertenecían, en la que lo principal era ser elegante, guapo, magnánimo, atrevido, alegre, entregarse sin bochorno a todo género de pasiones y reírse de todo lo demás.
Vronski, con este modo de ver la vida, personifica todo aquello en lo que creo, pone en palabras mi propia filosofía. Gracias a Tolstoi me siento acompañada, identificada, comprendida. Me siento a salvo de un mundo que a medida que transcurren los años me asfixia, me acorrala; que pretende someterme a su tedioso vaivén. Hoy, al irme a la cama, soñaré que en uno de aquellos bailes magnánimos me topo con Vronski y con Anna Karenina. Vronski me mirará de arriba abajo y me regalará una sonrisa. Yo me sonrojaré y mi corazón palpitará como nunca. Al cabo de unos segundos, Vronski dará la espalda a Anna y vendrá por mí. Y de pronto, mientras nos deslizamos ágiles sobre la pista, me dirá: “Tú no eres como ellos, los aburridos, los que quieren hacerlo todo bien. Tú eres de las mías, de las que pecan, de las que se divierten, de las que no se conforman, de las que desentonan, de las que son libres. Tú perteneces a ese género de mujeres“.
Y despertaré mañana con una sonrisa, porque será ése el mayor cumplido que me hayan hecho jamás, el halago más grande del mundo.
Gracias, Vronski, por este llamado contra la mojigatería.
8 agosto 2010
Leer puede salvar tu vida
No sé yo si la literatura sea un refugio o todo lo contrario. No sé si corremos a guarecernos entre sus páginas porque la realidad nos abruma, o si más bien llegamos a ellas ávidos de todas aquellas emociones de las que carece nuestra existencia. Si la primera premisa fuera cierta, la literatura debiera ser un lugar tranquilo, de aguas mansas y templadas. No lo es. Por el contrario, si la segunda aseveración fuera la correcta, leer sería un claro indicador de que vivimos vidas miserables, aburridas, incapaces de emular las anécdotas que nos ofrece la literatura. Tampoco es cierto.
[Como dijera Enrique,] Los maniqueísmos nunca han heredado nada bueno a la humanidad: sólo han repartido desgracias. Así entonces, la literatura no es ni la una ni la otra: es las dos. Los libros nos cubren de un manto impenetrable, debajo del cual respiramos tranquilos y en paz. Leer nos conduce a galaxias desconocidas que se parecen a la nuestra y con cuyos habitantes nos identificamos. Leer es poner en hold la vida entera y darle rienda suelta a la imaginación. Y si sabemos dejarnos llevar (y si tuvimos la suerte de hacer una buena elección), a lo largo de esas páginas tropezamos con la alegría, la tristeza, la frustración, la impotencia, la victoria, el orgasmo, la maldad, la ira, el deseo, las filias, el miedo, la burla, la gula, la lujuria, la venganza, la lucha, la rabia, el amor, el absurdo, la mentira, la injusticia, la derrota, la entrega, el odio, la conquista, la muerte y la vida.
Leer un libro es, indiscutiblemente, hacer el amor con él y asumir el rol del amante sometido. Y es él quien lleva la batuta. Es él quien nos dice cómo, es él quien nos da instrucciones, es él quien nos subyuga, es él quien nos conduce por los senderos ilimitados del placer. Un buen lector baila al ritmo que la literatura toca; un buen lector confía, cierra los ojos, se deja llevar. Un buen lector sabe que esa noche estará llena de sorpresas, de espasmos, de convulsiones, de sabores amargos a veces coronados por una cereza al final. Un buen lector se entrega. Y al igual que en las artes amatorias, a leer también se aprende. A leer se aprende a base de práctica, de perseverancia, de tenacidad, de paciencia, de voluntad y, sobre todo, a base de amor.
Resumiendo, entonces, los libros sí son la salida de emergencia de esta vida itinerante, que nos asfixia, que invade cada resquicio de nuestra intimidad. Corremos al libro, lo abrimos, nos echamos un clavado, y la vida se queda ahí, para después, para el día de mañana que amanezcamos con el libro, otra vez, entre las manos.
Pero también, hay que aceptarlo, en los libros buscamos la consumación de nuestros deseos más oscuros, jamás confesados. A mí al menos, he de aceptarlo, me faltan muchísimas agallas. Para muchas cosas. Y lo lamento profundamente. Y en vez de procurar una solución real, me sumerjo en la literatura: para ver qué aprendo, para ver si me enseña cómo alcanzar el punto al que sólo desde lo más negro de mi conciencia me he propuesto llegar. No es que mi vida sea aburrida: es que jamás podré ejecutar todo lo que mi nula moralidad me pide a gritos, y la literatura es la válvula de escape donde las más retorcidas de las fantasías hallan su cauce.
La literatura derriba muros, desvancece las distancias, nos permite revivir el pasado y nos deja asomarnos al futuro. La literatura rompe estereotipos, nos hace más humanos. Y quien alguna vez se ha enfrentado a la página en blanco para intentar construir un poco de ficción, sabe cuán difícil es escribir y cuán agradecidos hemos de estar con aquellos que, desprovistos de todo egoísmo, nos han legado sus letras, su capacidad para construir historias, su modo de ver la vida.
No importa si necesitas un respiro en medio de tu rutina sofocante. Tampoco importa si a tu vida le urgen impresiones fuertes. En cualquiera de los casos, leer puede salvar tu vida.
1 agosto 2010
Escribir y callar
Todas las entradas de este blog pretenden comunicar lo mismo: un amor inenarrable por las palabras, por la literatura. No sé si ha quedado claro o si en el camino me he desviado yéndome por las ramas, dando circunloquios innecesarios y empobrecedores. Seguramente. Sin embargo, lo que es un hecho es que la única constante en todas las notas que conforman este pentagrama es este apego que se me sale de las manos, que se me desborda del corazón, que se interpone entre el universo y yo como un filtro a través del cual estoy condenada a escrutar la realidad del mundo en el que vivo.
Afortunadamente, no han sido pocos los autores que se han dado a la tarea de desentrañar, milímetro a milímetro, el amor que profesan por su profesión, por la literatura, por las letras y el lenguaje, por el arte en general. Escritores y editores que han legado al mundo obras de valor inexpresable para todos aquellos que corremos a escondernos en los brazos de la literatura. (Cabe mencionar aquí, entre otros, Los demasiados libros de Gabriel Zaid: un imperdible para todos aquellos de un modo u otro estamos relacionados con este ingrato y bello oficio.)
Mi primer encuentro con Nuria Amat fue a través de un texto que se llama “La enfermedad de la novela”. No me cabe duda de que una de sus múltiples cualidades como escritora es la elección precisa de sus títulos. En este texto, Nuria se queja amargamente (como corresponde a los escritores de su estatura) sobre la banalización de la literatura, la comercialización de lo que por su esencia misma debiera ser sagrado e intocable, y lanza diatribas como la siguiente: “Casi da vergüenza llamarse escritor cuando reporteros, futbolistas, actores, políticos y demás famosos se ven travestidos de la noche a la mañana en autores de libros”. Es verdad.
Y me topo entonces con un librito casi imperceptible sobre la mesa de novedades de crítica, con un título espectacular: Escribir y callar. ¿Y no es eso a lo que se dedican los verdaderos escritores: a ser testigos silenciosos de su tiempo, a descargar por medio de las letras lo que difícilmente recordaríamos si optasen por la lengua hablada? Es éste un texto que nos conciencia sobre el respeto que merecen todos aquellos que han hecho de su vida lo que para tantos se perfila imposible: “vestir con palabras los silencios del lenguaje”.
Aquí encontramos, por ejemplo, una cita de Flaubert: “Siempre me he esforzado para llegar al alma de las cosas”. Al escritor de verdad poco le importa si su texto está construido con base en hechos que se suceden intempestivamente, dejando cautivo al lector que ninguna intención tiene de enfrentarse a un relato difícil de entender, un escrito que invite a la reflexión y al esclarecimiento de la realidad que sólo a través de la literatura es posible conocer. La noción de literatura también ha evolucionado con el tiempo, y esta evolución se entiende, definitivamente, como un retroceso esclavo del thriller y la autoayuda.
En estas páginas, Nuria Amat le pone nombre a todo aquello que siempre hemos querido mentar. Y que quede claro que el silencio de quien esto escribe no reside en la desidia, nada más erróneo. Mi silencio en este sentido se afinca en mi incapacidad para poner en palabras exactas lo que quiero comunicar. Eso sí: tengo la certeza, sin lugar a dudas, de que padezco enormemente la tergiversación de la que la literatura ha sido objeto y que antepongo mis letras y mis ficciones al resto de sustancias de las que está compuesto el universo.
Todos nosotros, los letrófagos del alma, somos personas incomprendidas. A diferencia de muchos otros incomprendidos, a nosotros no nos importa vivir permanente sumidos en esta incomprensión. Cada día con más fuerza voy agazapándome en mis libros, en mis letras, en mis refugios literarios. No me aburro nunca. Siempre me falta tiempo. Siento incluso que a veces voy prefiriendo un libro entre las manos que una compañía de carne y hueso (claro, depende de la compañía). No voy pendiente del mundo: como las monjas [sic], también obedezco a mi llamado interno: leer, leer, leer. Rebuscar entre las librerías, revolcarme entre tantos libros y festejar esta vida que, generosísima, me permite regodearme entre tanta tinta y tanto papel. Una duda sí que tengo: ¿encontraré, tarde o temprano, a aquel que comparta mi existencia melancólica, que no me cuestione, y con quien mi soledad haga un tregua para abrirle paso a aquel otro tipo de amor?
No me inquieta ninguna de las confesiones aquí expuestas. Todo lo contrario: me reafirmo en ellas. Sin esforzarme demasiado, trato de acomodarme en este mundo que tantísimo dolor irradia todos los días, por más ajenos que nos sintamos a la tragedia. Al igual que Nuria, yo también creo que el la literatura es tristeza y oscuridad. La literatura es un reto y una necesidad. La literatura es sublime y es elitista. Y ya sabrá cada quién dónde colocarse en este mosaico de posibilidades infinitas.
Si tuviera que extraer las frases que de este libro considero reveladoras, no tendría más remedio que copiar el libro entero en este espacio (lectora copista, diría la autora), así que me limitaré a extraer un solo fragmento en el que, creo, se reduce mi vida también. Y lo pongo aquí sin la intención de que me entiendan o se abstengan de juzgarme: mi única aspiración es, precisamente, escribir y callar.
[...] En una época como la nuestra, que repudia todo lo que no es gregario, mediático y comparable a algo experimental, tangible, ponerse a hablar de la espiritualidad y tristeza de la novela es visto como insólito y decadente. Desear estar solo, leyendo, pensando, escribiendo, bajo la falsa apariencia de un ermitaño confundido con la existencia humana, está considerado como una excentricidad.
Y nosotros, los letraheridos, felices de vivir cobijados por tantísima extravagancia e insensatez.
***
Motivada por el amable e implacable comentario de Lear (que mucho se agradece), he querido hacerle una adenda a esta entrada con la única finalidad de esclarecer algo que, aparentemente, no queda claro. Me disculpo por mi falta de lucidez.
No sabría reinterpretar las palabras de Nuria Amat, pero sí las propias. Cuando me refiero a la tristeza y a la oscuridad de la novela, me refiero a la fidelidad de las emociones humanas que ahí se reproducen: al hecho de aproximarnos a la realidad tal como es: sin finales felices, sin colorín colorado que lleva al protagonista a la compleción de todos sus sueños. La vida es imperfecta, y así han de reflejarlo las novelas que nos desgarran el alma, que nos arrancan una lágrima y una sonrisa. Esto no quiere decir (¡nada más lejano!) que la literatura no sea placer, que las vidas entregadas a la lectura (ergo, a la escritura) estén condenadas a la aflicción y a la amargura. Aquellos que optamos por este camino en apariencia plagado de espinas somos terriblemente felices. Los escritores de verdad, una vez más, se esmeran por llegar al alma de las cosas, y en esa medida son ellos quienes pueden desvelarnos una radiografía profunda de la condición humana.
Pero ataquen, siéntanse libres. Para eso estamos.
19 julio 2010
Un adúltero americano
Es verdad que no han sido pocas las celebridades que han legado a la humanidad una historia digna de ser reproducida en la literatura, en la pantalla, o en cualquier otro lugar donde nos sea posible emular vidas pasadas. Tantos políticos, tantas estrellas de Hollywood, tantos rockstars, tantos escritores en la París cortazariana, tantos impresionistas, tantos figurines que en su tiempo cambiaron el rumbo de la historia y que post mórtem han dotado a la ficción de recursos inagotables. Y todos estamos de acuerdo en que John F. Kennedy es uno de esos personajes.
Debido a algún patrón histórico difícil de desentrañar —pero hoy día tan vigente como hace quinientos años— hay que subrayar el factor tragedia como un imprescindible para catapultar el caché de aquellas estrellas a quienes las generaciones subsiguientes imitarán hasta el hartazgo. Sirva de muestra la muerte de la princesa Diana, de John Lennon, de Elvis Presley, de Kurt Cobain, de Freddie Mercury, de Jim Morrison, de Michael Jackson, de Van Gogh, de Virginia Woolf, de Ernest Hemingway, de Cesare Pavese, de Alfonsina Storni, de Yukio Mishima, de Horacio Quiroga, de John Kennedy Toole, de Primo Levi y de Alejandra Pizarnic, conformando así un mosaico heterogéneo en cuyas aristas confluyen talento y tragedia.
Para todos aquellos de mi generación, los nacidos en la década de los ochenta, el año de 1963 se perfila en el horizonte como un umbral lejanísimo al que sólo tenemos acceso a través de los libros, de los documentales, de la imaginación. Y bastan estos elementos para asegurar, sin lugar a dudas, que la muerte de John F. Kennedy aquel 22 de noviembre de 1963 convulsionó al mundo entero. Tanto o más que el asesinato de John Lennon, la muerte de la princesa Diana o el suicidio de Elvis. ¿Y cómo no llorar la muerte de un presidente que introdujo la igualdad de derechos civiles para los afroamericanos, que desactivó la crisis de los misiles, que logró la firma de un tratado de prohibición de armas nucleares? John F. Kennedy marcó un hito en la historia de los dirigentes de los Estados Unidos, y hoy día sigue siendo un punto de referencia.
Supongo que bastante se ha escrito ya sobre John F. Kennedy. Sospecho, no obstante, que los textos se han centrado en desentrañar su muerte, en resolver el enigma. Las autoridades señalaron un responsable que antes de ser enjuiciado fue ejecutado por un segundo asesino. Nadie dista más que yo de ser una experta en el tema, pero en vez de esclarecer su muerte me parece enriquecedor seguir de cerca los pasos que Kennedy dio a lo largo de su vida.
Jed Mercurio, el autor de este libro, es médico y, además, poseedor de un gran talento escritural. Cuando se le pregunta por qué eligió la vida de Kennedy como el eje en torno al cual giraría la novela que supondría su consagración internacional, su respuesta es contundente:
[…] Quería escribir sobre un hombre mujeriego. Tenía la idea de escribir sobre alguien con un oscuro secreto, virtuoso en apariencia. El personaje iba a ser un hombre cualquiera, un desconocido, pero al poner las cartas sobre la mesa me remitía constantemente a John F. Kennedy como modelo —“felizmente” casado, padre devoto, con una carrera exitosa, bueno en su trabajo—. Lo mencioné tantas veces que tuve que preguntarle a mi editor si podía escribir un libro sobre él.
Y así fue como surgió esta historia, que se desliza ágil y veloz entre los dedos del lector.
Si bien estamos ante una novela, es verdad que cuesta trabajo discernir entre realidad y ficción. Queda claro que los encuentros más cercanos y las conversaciones más íntimas son producto de la inventiva del autor, pero también es cierto que es difícil identificar el punto en que el recuento biográfico se diluye hasta la fantasía. Baste entonces entregarse a la lectura de Un adúltero americano a sabiendas de que, no obstante es producto de una investigación exhaustiva por parte del autor, el novelista acaba haciendo con el texto lo que quiere. —Como debe ser.—
El narrador toma la forma de un sicoanalista que se refiere a Kennedy como “nuestro hombre”. Este médico todo lo observa, todo lo escruta, todo lo narra. El trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos llega a parecernos familiar, cercano, casi predecible. A pesar de su poligamia incontenible, de su ninfomanía, la reacción inmediata del lector es encariñarse con él; agradecer su honestidad, su falta de hipocresía, su inteligencia, su convicción.
Es cierto que la crítica anglosajona ha sido bastante dura con el libro. Critican al autor por haberse tomado demasiado en serio su papel de doctor y haber trasladado el morbo y el detalle que la profesión conlleva al papel. Así, nos hallamos ante descripciones abundantes sobre la —precaria— condición física de John F. Kennedy, sus disquisiciones en el retrete, el desfile de médicos por la puerta trasera de la Casa Blanca para sedarlo, para aliviar sus múltiples dolencias. Es verdad, he de reconocerlo, que el texto llega a ser redundante y tantas descripciones innecesarias. Pero es verdad también que la psique y la personalidad de Kennedy, de la mano con la forma en la que resolvió tensiones de magnitud internacional y el amor que profesa por sus hijos, son suficiente para darle una oportunidad a este libro que —sin poder evitar caer en lugares comunes— engancha desde la primera página.
Un adúltero americano nos ofrece una visión sexual de un Kennedy irresistible, astuto, perseverante y humano. Este libro saldrá en septiembre, publicado por Anagrama. Yo les deseo que lo disfruten, ojalá tanto como lo disfruté yo.
4 julio 2010
Historia del ojo
Tengo unas ganas tremendas de leer una buena novela erótica. ¿Qué quiero decir con “buena”? Un texto que evoque las emociones más recónditas, que avive la promiscuidad, que despierte el deseo, que nos induzca a la búsqueda inmediata del placer. Confieso entonces que nunca he leído una novela que cubra estos requerimientos, y reconozco también mi ignorancia profunda: ¿es posible hallar eso en un texto? Si alguien aquí me sugiere que rente una película pornográfica y que me deje de búsquedas infructuosas, tampoco lo culpo. (Admito también que siempre he fracasado en mis intentos de concentrarme frente a una pantalla: a mí la imagen nunca me ha funcionado muy bien.)
Y entonces entro yo a La Central como con aires de grandeza. Es imposible entrar a una librería como ésa sin sentirse “importante”, me parece a mí. La vendedora me recomendó Historia del ojo, de Georges Bataille. Y heme ahí: obediente y veloz. Me pareció buena idea comenzar con un título que formara parte de la colección La Sonrisa Vertical de Tusquets.
Estamos ante una novela muy breve de apenas 143 páginas donde 50 corresponden al prólogo, erudito, de Mario Vargas Llosa. Yo me perdí un poco con los apuntes críticos de Vargas Llosa, un autor al que disfruto hasta el deleite y con quien políticamente estoy en profundo desacuerdo, así que llegada la página 30 decidí saltar hasta la novela.
Este libro ha sido, sin lugar a dudas, la experiencia más repugnante en mi incipiente vida como lectora. En este sentido he de aplaudirle al autor el hecho de no haberme dejado indiferente, en lo absoluto: la indiferencia es el sinónimo más contundente del aburrimiento. No, no me aburrí, sólo recorrí las páginas de este libro con un asco profundo y con muy pocas expectativas. Sí, es un texto audaz. Sí, es un libro que desafía, que va en contra de todo lo establecido. Sí, puede que sea un adelantado a su tiempo. Pero algo que genera en mí una repulsión tan rotunda es incapaz de remitirme a lo que esperaba, con tanto entusiasmo, al rebuscar en las páginas de una novela erótica.
Hay algo, es verdad, que fascina y que encanta en este libro: los seis aguafuertes que Hans Bellmer realizara para una edición francesa de lujo en 1944. He aquí uno de ellos, mi favorito:
¡Miren nomás qué chulada!
En fin. Fracasé en el intento. Habrá en este mundo quien disfrute de la urofilia, de la zoofilia, de la necrofilia y del renifleurismo, pero no soy yo. Seré quizás de miras reducidas, pero para mí la novela de Bataille no es sino un compendio de filias nauseabundas que no conducen al lector a ningún lado. Da la sensación de que la escuela del marqués de Sade no genera en mí ningún efecto. Creo que de nada vale rebelarse si no se tiene algo que decir.
Adiós para siempre, Bataille. Debut y despedida.
18 mayo 2010
El olvido que seremos
Para escribir hay que ser valiente. Cuando escribimos, cuando plasmamos lo que viene desde lo más profundo, nos arrancamos a jirones una parte del alma para exhibirla, para darle un antes y un después, para adornarla de cómos, para inmortalizarla. Escribir cuesta trabajo, cuesta mucho trabajo, y aquellos que de vez en cuando tratamos —por lo general, sin éxito— de ejercitarnos en estas artes escriturales lo sabemos muy bien.
¿Y para qué escribimos? Es verdad que todos tenemos motivaciones distintas, que los dedos que se mecen sobre el teclado no son sino los títeres de nuestra voluntad, de nuestro llanto, de nuestra impotencia, de nuestra alegría. Escribir, muchas veces, es entregarnos a los brazos del consuelo, es mitigar un dolor que penetra hasta lo más hondo, es procurar un poco de paz en medio del desasosiego. Es impedir que nuestra voz se estrelle en el eco del silencio. Es evitar que nuestra historia se haga añicos en el muro del olvido. Eso sí: para escribir hay que ser valiente.
La historia que cuenta Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos parece robada de la ficción, pero no lo es. Es la historia de una familia cualquiera, como la de ustedes, o como la mía. Una familia, a veces colmada de bendiciones, y otras veces azotada con el látigo de un dios inmisericorde, que castiga, que fulmina todo a su paso, capaz de sofocar la más inmensa de las alegrías en un instante por medio de un silencio sórdido, implacable.
Héctor Abad Gómez, médico colombiano, cae asesinado en el centro de Medellín a manos de un par de sicarios. En su bolsillo, dos papeles meticulosamente doblados: una lista de las personas amenazadas de muerte por la derecha iracunda (donde figuraba su nombre), y un poema, “Epitafio”, que el autor le atribuye a Borges:
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del Cielo
esta meditación es un consuelo.
Esta historia deja al descubierto, entre muchas otras cosas, la violencia desgarradora que se apoderó de Colombia durante la década de los ochenta. Una violencia irrefrenable, rapaz, que se adueñó de la cotidianidad de los colombianos de aquel entonces y que hoy nos remite, tristemente, a este México nuestro que se resquebraja ante nuestros ojos, que nos sume a todos los mexicanos en una tristeza profunda, en un gris espeso, en la más rotunda de las desesperanzas.
Héctor Abad Faciolince necesitaba escribir esta historia. Entendamos la diferencia entre querer escribir algo y tener que escribir algo. Héctor sintió durante 20 años una pulsión incontenible: la de plasmar por escrito la vida y la muerte de su padre. ¿Y para qué?, ¿por qué? “[Porque] los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito”. Porque los hay para quienes escribir es una cuestión de vida o muerte, para quienes en escribir radica la factibilidad de la existencia, la razón de ser y el combustible del futuro.
Hay todavía más en esta historia. El lector se enfrenta a un texto que, en apariencia, no tiene por qué sorprenderlo: desde el principio sabemos que es un tributo, un homenaje a un padre asesinado: un epitafio de 274 páginas con un retraso de dos décadas. Ya sabemos el qué… lo que no pocas veces nos deja estupefactos es el cómo.
Estamos entonces frente a un relato en retrospectiva que se desarrolla, como la mayoría de los relatos, de forma cronológica. Una familia feliz azotada en dos ocasiones por la vesania desmedida del destino. Y si bien es el asesinato de su padre lo que empuja a Abad Faciolince a contar esta historia, es imposible perder de vista la primera gran tragedia, el primer espaldarazo del azar: la muerte de Marta. Y sólo hasta que llegamos a ese punto, sólo cuando nos empapamos de la agonía sostenida de una niña condenada a la muerte —una muerte miserable, porque la muerte siempre es miserable, y la muerte de los niños no tiene nombre—, es cuando comprendemos el porqué de la foto de portada. Y el alma se nos estruja, remitiéndonos a aquellos instantes horrorosos, henchidos de congoja, cuando la tragedia ha venido a tocar nuestra propia puerta.
Gracias, Héctor, por esta entrega.
–
PD. Yo llegué a este libro gracias a esta reseña de Vargas Llosa en El País. Me pregunto cuántas personas más salieron corriendo a buscarlo ese mismo día, igual que yo.
21 abril 2010
“Amor al oficio”
“Amor al oficio”
Por: Víctor Sampayo
Me gusta observarte desde detrás de los árboles.
Ni siquiera lo sospechas, pero te contemplo, acecho cada uno de tus ángulos, los memorizo y más tarde los dibujo con agonía bajo la soledad de mis sábanas… No obstante, después del final, las preguntas de siempre retumban contra tu eterno mutismo: ¿qué eres? ¿Quién fuiste? ¿Acaso aquél que te creó pudo descansar sus manos sobre tus cúpulas y gozarlas hasta llegar a la saciedad, a la perfección? Lo maldigo y lo envidio, porque él consiguió imaginarte así: emergiendo para siempre de esa concha, sobre las olas de un mar inmóvil. Se deleitó con la promesa que ofrecías cuando aún estabas atrapada en la deformidad del mármol. Sin embargo, ahora él ya no importa. Sólo yo te gozo. Y por eso bendigo a las aves que se posan en tus hombros, en tu pelo, en tus manos, a pesar de que sé muy bien que te habrán de dejar inundada de mierda.
Mejor.
Mañana seré el primero en limpiarte, meticulosamente.
***
¿Les gustó?
19 abril 2010
Tres clases de mentira
“Hay tres clases de mentira: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas”.
+Mark Twain+
Ya basta con sus numeritos.
17 abril 2010
El pianista del gueto de Varsovia
Lo más duro, lo que me llena de vergüenza, lo que me estruja el alma, es cerrar este libro y leer claramente, al reverso, “Autobiografía”. Y es que por instantes, mientras recorremos estas páginas, nos obligamos a creer que estamos en brazos de la ficción para hacerlo más llevadero. Es como hacer el amor con alguien pensando en alguien más: lo que en estas páginas se escribe es realidad, es el recuento nítido y desgarrador de una vida azotada por la guerra, por la infamia, por el terror, por el hambre, por la desesperanza, por la impotencia, por la impunidad. La voz del pianista del gueto de Varsovia sólo reproduce, con alarmante fidelidad y unos recursos literarios impresionantes, lo que Wladyslaw Szpilman vivió en Varsovia de 1939 a 1945.
Es muy difícil escribir sobre este libro. En primer lugar, y todos lo sabemos, porque ya todo se ha dicho sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el Holocausto. Si queda algo aún por decirse, sin duda no soy yo quien tiene la última palabra. En segundo lugar, estamos hablando de un libro sobre el cual se filmó una película, y estoy segura de que a diferencia mía, muchos de ustedes la han visto ya. En tercer y último lugar, la palabra “Autobiografía” en la cuarta de forros cala en lo más profundo del lector. En lo más profundo.
He leído en este libro todos los detalles de la historia que creía conocer, y lo único que queda claro es que las barbaridades de la guerra nunca se conocen del todo. Siguen sorprendiéndonos, aterrándonos, a medida que damos vuelta a las páginas de la historia. A medida que repetimos los patrones que tarde o temprano nos llevarán al colapso, a la miseria, a la anarquía total.
No basta ni siquiera recorrer con avidez las calles de Varsovia, esa capital reconstruida sobre la nada, esa ciudad tan gris, de avenidas amplias y de rostros sombríos. No basta tampoco ir a Auschwitz-Birkenau y retorcernos de vergüenza, de terror, de tristeza, de impotencia, de incredulidad. La piedra de toque es un testimonio como éste, en primera persona, aterradoramente detallado, extraordinariamente bien escrito, para desvelar de una buena vez por todas la realidad de la guerra, las atrocidades del genocidio, el sinsentido del antisemitismo, la exacerbación de la masacre y de la aberración.
No voy a incursionar aquí en un debate sin final: aquel que gira en torno a la comunidad judía de nuestros días, a lo que pasa en la Franja de Gaza, al lobby judío de Estados Unidos. Sé también que hay quienes cuestionan la versión que tenemos de la historia, que hay quienes creen que los números de la masacre han sido inflados para sobre esas cifras justificar acciones opresoras en la actualidad. Queda claro que quien esto escribe repudia cualquier tipo de brechas y de divisiones, que lamento profundamente la realidad que los palestinos tienen que confrontar todos los días en aquellas tierras ya no tan remotas para mí, y que no creo ni en la religión, ni en la raza, y que me enfurezco también cada vez que alguien pretende minimizar los desgarradores alcances del nazismo y la ultraderecha.
El 7 de diciembre de 1970, el canciller alemán Willy Brandt viajó a Varsovia. Willy Brandt siempre fue un opositor del régimen nazi y durante los años de la ocupación se refugió en Noruega, donde trabajó como periodista y activista político. Al terminar la guerra volvió a Alemania y se unió a las filas del Partido Socialdemócrata de Alemania. El mundo entero recuerda su visita a Polonia, ya que al hallarse frente al Monumento del Levantamiento de Varsovia, no hizo sino arrodillarse y decirlo todo sin decir nada.
¿Sus palabras? “En ningún lado del mundo se ha sufrido tanto como en Polonia. La aniquilación de los judíos polacos fue lo más sanguinario que la historia haya atestiguado jamás”. Y basta leer El pianista del gueto de Varsovia para corroborarlo.
Varsovia ya no existe. Aquí les dejo unas imágenes que recolecté ahí hace poco, con la esperanza de que puedan sentirse parte de esta aventura que me ha cambiado la vida.
16 marzo 2010
Ania, la equilibrista
Sé de antemano lo diminuto que es este texto. No me refiero a la extensión (¿eso a quién le importa?), me refiero sus nulos alcances. Es un texto muy “menor”, por así decirlo (y por decir lo menos). No obstante, es mi primer esfuerzo por construir una ficción. Una ficción por encargo, hay que decirlo.
Por azares del destino entablé, al parecer, la conversación adecuada con la persona indicada. Este editor me dijo lo que tramaba: una novela colectiva, detrás de la cual descansaran muchas manos y muchas mentes, que al final resultaría en una pieza literaria que se escribe, simplemente, para divertir a los autores.
— ¿Quieres entrarle?
— Órale.
Me asignaron un personaje —sin nombre— y un momento histórico —la Segunda Guerra Mundial—. Mi personaje huyó de su país —el país lo elijo yo— y trabaja en un circo de Lituania: es la equilibrista. Una cosita más: está enamorada de Camilongo, el bailarín negro del circo quien, como dicen los españoles, “pasa de ella”.
Previa autorización del editor, he aquí el texto.
***
Ania, la equilibrista
Por: Wendolín Perla [Yes!!!]
Aunque por lo general lo evito, tarde o temprano tropiezo con el espejo. “Colócate bien ese tocado, Ania”, “Ajústate bien el tutú”. Lo que veo es una chica asustada, muy espigada, de ojos azules. Bajo estos dos ojos claros se abren dos cuencos muy profundos que dan testimonio de mis noches de insomnio. El maquillaje disfraza la tristeza y el desasosiego por quince minutos: mis quince minutos de gloria, los quince minutos durante los cuales atravieso el escenario sobre la cuerda floja, en perfecto equilibrio, mientras el público me contempla estático desde las gradas. Me visto como bailarina de ballet porque la bailarina murió poco antes de que yo llegara. Murió de tifus. A mí el tifus no me da miedo: en el gueto morían más de 5,000 personas al mes. A los alemanes no les importa: nos dejan morir. Por eso huí.
Aunque no soy muy guapa, mi delgada complexión me ha abierto las cortinas corredizas de esta carpa de circo ambulante que me salvó la vida. Este patético espectáculo a domicilio cuyos improvisados protagonistas nos hallamos suspendidos en el umbral que divide la vida de la muerte. Todos escapamos de la Europa que nos arrebató la guerra, del Continente de las Maravillas que se doblega ante la voluntad del Hijo de Puta, Rey de Multitudes.
Cuando llegué a Vilna conocí a Camilongo. Era imposible no mirarlo: alto, fuerte, más negro que el carbón. La verdad es que yo nunca antes había visto un negro. Tampoco había escuchado a nadie hablar portugués. Camilongo estaba sentado a un lado de la carpa, bebiendo cerveza. Cuando levantó la mirada y me vio, me ofreció un trago. Bebí un poco y luego la escupí: llevaba dos días sin probar bocado. No recuerdo lo que pasó después.
Cuando desperté, Andrzej y Simza me observaban con lástima y desesperación. No había tiempo para cuidar de un enfermo. El circo debía seguir, avanzar hacia el este.
— ¿Sabes bailar?
— ¿Bailar?
— Sí. Bailar ballet.
— Ah. No. Bueno, nunca lo he intentado.
— Bueno, pues aquí lo intentarás y bailarás a no ser que quieras morir de hipotermia. O de inanición, o de tifus. Aquí la muerte está a la orden del día.
Andrzej, Simza y yo teníamos para entonces muchas cosas en común: éramos polacos y huíamos del régimen nazi. Los tres formábamos parte de dos de los grupos más vulnerables en la guerra: ellos, gitanos; yo, judía. Aquí en Vilna, sin embargo, éramos iguales. De hecho, yo sé que si pudiéramos nos sacudiríamos de encima el rostro, el color, el olor, la religión. Nos camuflaríamos entre los demás para pasar desapercibidos, para no ser apuntados en el ojo de un rifle, para no ser transportados a campos de trabajo. Yo reniego de lo que soy y de lo que creo. La guerra transforma los corazones, los vuelve de piedra. A mis padres se los llevaron en la madrugada. Los soldados irrumpieron en el gueto pisoteando cadáveres a su paso, tirando puertas, arrojando granadas. Todavía no sé de dónde saqué la fuerza para salir corriendo y montarme a ese autobús que llevaba mercancía barata hasta la frontera con Lituania.
Como al principio estaba muy débil, pensaron que era normal que no pudiera bailar. Hoy creo que fueron muy pacientes conmigo. Varios días pasaron y yo no conseguía levantarme sobre las puntas de los pies; cuando lo conseguía, mis movimientos eran torpísimos y Simza se enfurecía.
— ¿Pero qué diablos sabes hacer entonces? Algo tienes que hacer para ganarte la vida. Aquí gratis no puedes estar.
— Dame un día más. Un día más para aprender. Por favor.
— Tienes un día.
Y antes de salir por completo de mi espectro visual, se dio la vuelta:
— Verás que puedes, Ania. Si para mañana no estás bailando, Andrzej me pedirá que te eche.
Me quedé sentada con la cara entre las manos, llorando.
De pronto, con el rabillo del ojo, presentí una mirada desde el fondo: era Camilongo. Bastaba con sentirlo cerca para temblar, para llenarme de emoción. Lo que Camilongo me hacía sentir era lo único que me conectaba con la vida: lo que impedía que jalara el gatillo.
— O que você precisa é experimentar a corda bamba.
— ¿Qué?
Camilongo es de Angola y tiene 30 años. Habla portugués. No habla polaco pero con Andrzej se entiende en inglés. Simza me contó que solía dar shows por la calle, bailando y cantando. Él es la mayor atracción del lugar.
Luego de que me enseñara a mantener el equilibrio para, finalmente, andar por la cuerda floja, no me ha vuelto a hablar. Desde eso han pasado ya cuatro o cinco meses. Siempre que me ve me sonríe, pero no da la impresión de estar sonriéndome a mí. Parece que le sonríe al horizonte, al pasado, al futuro… rebuscando en su memoria algún recuerdo que pueda explicarle qué fue lo que lo condujo hasta aquí.
A veces lo entiendo. ¿Por qué habría de fijarse en mí si no soy más que un puñado de miedos, de inseguridades, de recuerdos sombríos que invaden mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas?
***
A base de esfuerzo, quizás, puedo ejercitar la escritura y cristalizar aquella ilusión.
¡Gracias por leerme!
11 marzo 2010
La tienda de los suicidas
“¿Su vida ha sido un fracaso? ¡Con nosotros, su muerte será un éxito!”
Una familia se gana la vida vendiendo todo tipo de artículos suicidas. El inventario es interminable: sogas de todos los tipos; insectos venenosos; brevajes mortales; pistolas de todos los calibres; caramelos de cianuro; dagas de las más variopintas procedencias; bombas individuales; bloques de cemento que, una vez afianzados a los tobillos, garantizan un hundimiento contundente. En el patio trasero, incluso, hay un precipicio especialmente diseñado para garantizar una muerte instantánea.
No falta el cliente de bajo presupuesto. Algún vagabundo. No hay problema: la familia Tuvache podrá apoyarlo, incluso sin cobrarle. Le regalará una bolsa con cinta para cenírsela al cuello de modo que no haya modo de respirar. El vagabundo, en señal de agradecimiento, se asfixia en la banca que está justo frente a la Tienda de los Suicidas para hacerle publicidad al establecimiento (todos los productos llevan el nombre y el eslogan de la tienda).
La Tienda de los Suicidas también tiene promociones, de la mejor calidad. El día de los enamorados, por ejemplo, se puede morir al 2×1. Se venden paquetes para empresas enteras: barriles de gas que, una vez abiertos, conducirán a todos los —infelices— empleados hacia la luz al final del túnel.
En la casa de los Tuvache sólo se comen animales suicidas: si el carnicero no les asegura que el cordero se dejó morir de inanición, o que se precipitó hacia un barranco, no comen nada.
Los señores Tuvache tenían la vida perfecta: un negocio que dejaba grandes ganancias dedicándose a la noble empresa de garantizarle la muerte a todos aquellos que hubiesen perdido la ilusión de vivir, y dos hijos a quienes antes de dormir les leían las historias de los suicidas más famosos: Vincent —por Van Gogh— y Marilyn —por Monroe, evidentemente—. Pero… no todo es perfecto. Un día, algo falló. Nueve meses después de probar un preservativo agujereado —por aquellos que quieren morir por alguna enfermedad de transmisión sexual—, Alan nació.
Alan, el hijo más joven de los Tuvache, era un niño particularmente alegre e ingenuo. Yo diría que un tanto bobalicón. La vida le parece —exageradamente— bella y no halla razón alguna en para morir. Aun cuando Alan es el eje en torno al cual se desarrolla esta historia, valen muchísimo la pena las ocurrencias de este autor que, en sólo 155 páginas, nos regala un muy buen compendio de humor negro.
Muy recomendable esta historia con un final inesperado y un humor extraordinario.
10 marzo 2010
El librero de Kabul

En el prólogo a su libro (ya luego discutiremos la cuestión de prologarse a sí mismo), Åsne Seierstad escribe que decidió escribir sobre la familia de Sulthan Khan porque se sintió inspirada por ellos. No hubo ninguna otra razón. Si la intención de la autora hubiese sido retratar la cotidianidad de Kabul, hubiera tenido que optar por otra familia: una familia con hambre, analfabeta y conservadora. La familia del librero de Kabul, si bien nos permite echar un vistazo en el Afganistán de hoy, no es una familia común.
Sulthan Khan es un hombre de carne y hueso que bien pudimos haber importado de la ficción. Es un hombre trabajador, tenaz, duro, de convicciones claras, realista y entusiasta al mismo tiempo. Es un hombre que cuestiona, que se enfrenta, que somete, al que hay que temerle. Sulthan Khan tomó una segunda esposa muchos años después de haber tenido sólo una. Haciéndolo, hirió a su primera esposa e hizo feliz a la segunda quien, con menos de 20 años, gozaba ya del prestigio producto de ser la esposa del librero más importante de Kabul.
Afganistán está en todas partes. Y tan en todas partes está que, en realidad, no está en ningún lado. Todos los días le echamos un vistazo a los periódicos que por no dejar nos cuentan que, una vez más, “un ataque suicida ha dejado X muertos en Kabul”. Aquellos que hemos llegado a sentir un poco más de curiosidad por aquella región tan lejana (afortunadamente, pensaremos los más), sabemos que la historia de este país, un poco al estilo haitiano, es una historia de opresión, de pobreza, de saqueos, de regímenes dictatoriales, de fes mal encauzadas que han dado lugar al resquebrajamiento de una sociedad vulnerable, tan vulnerable como las mujeres a las que, desnudas, apedreaban públicamente so pretexto de adulterio cuando los talibanes tenían el control total del país. Entre Rusia, los talibanes y los norteamericanos, este país apenas tiene una rendija por la cual respirar.
Bajo las órdenes estrictas de Sulthan Khan, la familia del librero de Kabul incorpora a Åsne Seierstad en su dinámica diaria convirtiéndola en parte activa de este microcosmos árabe, medio-oriental, musulmán, diferente, sorprendente, humano. Åsne observa desde el umbral, indaga, documenta, pregunta, ata cabos. Sobre todo, escribe. Escribe no sólo lo que ocurre sino lo que los protagonistas de esta historia piensan y sienten, aquello de lo que se alegran y aquello por lo que se lamentan. Los tres meses de inmersión en la vida y los rituales de esta familia salen a relucir a cada vuelta de página.
A los más jóvenes la educación, que debiera ser un derecho inalienable de todo ser humano, les es arrancada sin previo aviso para incorporarse, abruptamente, a las filas de una realidad dura, incierta y despojada de toda ingenuidad. He aquí otro punto en común entre aquellos que se disputan la Tierra Santa: tanto para los judíos como para los musulmanes, no hay bien más preciado que la educación.
Las bodas, los alumbramientos, el escarnio público cuando se infringen las leyes que dicta el Corán, las estúpidas prohibiciones del talibán y la “liberación” norteamericana, las peregrinaciones hacia los recintos sagrados, los robos por hambre y la condena perpetua, el papel de la madre y la añoranza de otros tiempos, todos estos elementos se conjugan para ofrecerle a lector un escenario del cual no podemos sino aprender. ¿Nuestra obligación como testigos? Ahorrarnos los juicios y, sí que se puede, promover el entendimiento entre las culturas y las naciones. (Oh, mis profesores estarían tan orgullosos de mí.)
Hay una cosa que no podemos perder de vista: lo que diferencia a este libro de los demás, lo que lo vuelve único y para ciertas personas más atractivo, es que relata la lucha de un hombre para preservar uno de los poquísimos nichos de cultura escrita en el país. Un hombre que ha sido más de una vez encarcelado, que ha mentido para proteger sus libros (a los que más de una vez los talibanes han prendido fuego), que cruza fronteras infranqueables con tal de seguir vendiendo libros. En Afganistán, país donde los derechos de autor no son más que una quimera, donde cada quien reproduce y fotocopia lo que quiere, donde vender libros es aún más complejo de lo que lo es en otras zonas del mundo, la labor de Sulthan Khan es digna, como mínimo, de un libro como éste.
Este libro, de la mano con Cometas en el cielo, es una herramienta extraordinaria para comprender lo incomprensible, para identificarnos con aquellos, tan distintos a nosotros, pero más cercanos de lo que pudiéramos imaginarnos. Luego de leer este libro, cada bomba que caiga sobre Kabul calará hondo, muy hondo, en el corazón del lector que ha tenido la oportunidad de adentrarse, por medio de la literatura, en el día a día de una familia de Kabul.
No quiero pecar de ingenua, pero ojalá pronto llegue el día en que de las bombas que caen sobre Kabul sólo quede constancia en las páginas de la historia. Afganistán, al igual que Haití y como muchas otras naciones, necesita descansar. Sacudirse el miedo y reconstruirse desde 0. Y mientras tanto, ¿nosotros qué hacemos? Leer, entender, conversar, tocar puertas y abrir corazones por medio de historias como la de Sulthan Khan.
Leer no sirve de nada
Gabriel Zaid siempre es una sombra con la que todo editor mexicano arrastra en mayor o menor medida. Incluso cuando se trate de una sombra que ni siquiera se empalma con la propia, de un nombre suspendido en el aire del que se tiene conocimiento pero en el que no se ha indagado, me atrevo a asegurar que todo editor en México ha escuchado alguna vez nombrar a don Gabriel Zaid.
Yo de él sabía un par de cosas. Sabía, por ejemplo, que es una persona muy particular. Al estilo Salinger, es enemigo de los reflectores: nada de entrevistas, nada de presentaciones, nada de fotos de solapa. A él lo único que le interesa de los libros es publicarlos y editarlos. A mí esa actitud nunca me ha convencido del todo, siempre la he recibido con suma suspicacia. Empeñarse con tantísimo encono en ocultar el rostro es generar en torno propio una polémica que da lugar a más habladurías… ¿No convendría más conducirse con toda naturalidad? En fin.
También sé que es una persona sumamente disciplinada a la que no le gusta que irrumpan en su rutina. Un profesor queridísimo me contó una anécdota que hizo enfurecer al señor Zaid. Una vez habiendo colocado en la puerta un letrero que rezaba “No molestar”, Gabriel Zaid se dispuso a leer. Habiéndose ataviado para tan honorable ritual, sobre la puerta se escucharon los nudillos de una (impertinente) visita. Al abrir la puerta y descubrir frente sí a la vecina, lo único que atinó a hacer fue preguntarle que por qué había tocado si en la puerta había colocado un letrero, por demás visible, donde pedía que no le molestasen porque estaría ocupado. La vecina respondió: “Ah, señor Zaid, discúlpeme. Ya sé que está puesto el letrero pero me asomé por la ventana, lo vi leyendo, y pensé ‘bueno, no está haciendo nada’…”
Yo fui una de esas personas que sabían de la existencia de don Gabriel Zaid y aplaudí su ingenio para titular sus obras, por ejemplo: Cómo leer en bicicleta. Pero estamos aquí para hablar de [Sus] demasiados libros.
Me encantó tener entre mis manos un texto tan refrescante, tan accesible, tan depurado de erudiciones. Algo así es difícil de lograr entre la élite de aquellos que se precian de dominar la palabra: de leerla, de escribirla, de entenderla, de interpretarla. De tremendo personaje me esperé lo peor: una obra escrita en un español casi ininteligible, dejándole claro al lector dónde está parado.
Pues no.
Zaid nos regala en este libro reflexiones bellísimas sobre los libros. Nos cuenta cuánto despreciaba Sócrates la palabra escrita colocándola en un nivel infinitamente inferior al de la cultura oral. Nos platica de los muchísimos artilugios verbales de los que nos valemos para aparentar que somos poseedores de una cultura que no sólo no tenemos sino que difícilmente llegamos a comprender.
La preocupación por escribir un libro es un tema recurrente en este ensayo. Las personas hoy día, nos dice el autor, están más preocupadas por escribir un libro que por leer ninguno. So pretexto de que en esta vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, el valor del libro en el imaginario colectivo de los egresados universitarios ha perdido la fuerza que debiera tener. El libro, a la vez, lo es todo y no es nada. Valerse de un artefacto tan rudimentario como lo es el libro para emplearlo de escaparate, se teme el autor, no es la mejor de las estrategias.
Entre otras cosas, me encantó leer lo que él llama el eslogan menos comercial (y más cierto) del mundo: “¡Regala un libro! Es como regalar una obligación”. ¿Cómo evadir después las preguntas que pondrán en evidencia nuestra falta de compromiso con el obsequio recién adquirido? “¿Ya lo leíste?”, “¿Te gustó?” No tiene nada de malo tampoco. Al fin y al cabo (y esta frase guárdenla para la posteridad) “un libro sin leer es un proyecto por completar”. Más aún: “Cada lector es un mundo. No hay dos bibliotecas iguales”.
Con una elocuencia extraordinaria (y eso que yo, desgraciadamente, lo he leído en inglés) se pronuncia sobre el aburrimiento y sobre la ignorancia. Sobre lo primero nos dice que “la aburrición es la negación de la cultura”, y sobre lo segundo confiesa que “los libros se publican con tantísima rapidez que nos vuelven exponencialmente más ignorantes”.
Hoy Gabriel Zaid se ha ganado mi respeto y mi admiración. Por su forma de escribir, por sus ideas, por su sensatez. Pero sobre todo, hago hincapié, porque a leguas se le nota esa pasión, esa devoción, ese amor inenarrable por los libros.
Y cerramos con broche de oro:
“Leer no sirve de nada: es puro vicio, puro placer”. +G. Zaid+
3 marzo 2010
Entrada al cielo: DENEGADA
(Éste es un extracto del libro de Åsne Seierstad, en el que luego profundizaremos a conciencia.)
Cuando los talibanes tomaron control de Kabul en septiembre de 1996, dieciséis decretos fueron difundidos por Radio Sharia. Una nueva era había comenzado.
1. Se prohíbe la exposición femenina.
2. Se prohíbe la música.
3. Se prohíbe afeitarse.
4. La oración es obligatoria.
5. Se prohíben las peleas de aves.
6. Se erradican los narcóticos.
7. Se prohíbe volar cometas.
8. Se prohíben las fotografías y los retratos.
9. Se prohíben las apuestas.
10. Se prohíbe los cortes de pelo británico y norteamericano.
11. Se prohíben los intereses en los préstamos, así como los cargos por cualquier tipo de transacción.
12. Se prohíbe lavar ropa en ríos cercanos al terraplén.
13. Se prohíben la música y el baile durante las bodas.
14. Se prohíbe tocar tambores.
15. Se prohíbe a los sastres que tomen medidas o hagan ropa para mujer.
16. Se prohíbe la brujería.
Además de estos dieciséis decretos, se escuchó en Afganistán un mensaje para las mujeres:
Mujeres, no deben dejar sus hogares. Si lo hacen, no deben conducirse como aquellas mujeres que solían usar ropa de moda, que usaban maquillaje y que se exponían frente a los hombres antes de que el islam llegara al país.
El islam es una religión de liberación y ha decidido que a la mujer le corresponde cierta dignidad. Las mujeres deben evitar a toda costa las miradas lujuriosas. Es responsabilidad de la mujer mantener unida a la familia y proveer a sus miembros con ropa y comida. Si las mujeres tienen necesidad de salir de su casa deben cubrirse con base en la sharia. Si la mujer se viste con prendas ajustadas, seductoras y decoradas para llamar la atención, serán condenadas por la sharia y les será denegada la entrada al cielo. Serán amenazadas, investigadas y severamente castigadas por la policía religiosa, al igual que el cabeza de familia. La policía religiosa tiene la responsabilidad de combatir estos problemas sociales y no cesará en sus esfuerzos hasta que el mal se haya arrancado de raíz.
Allahu akbar.
***
Seguiré con esta entrega. Por ahora no puedo escribir más.
¡Un abrazo desde Cracovia!
17 febrero 2010
Cometas en el cielo
Llegué a Cometas en el cielo a través de otra novela del mismo autor: Mil soles espléndidos. Ocurrió en Barcelona, mientras trataba de desentrañar con un amigo el porqué de la inestabilidad, del dolor, del desangramiento de la sociedad afgana: socavada hasta las entrañas, debatiéndose día a día entre la vida y la muerte. Una sociedad que amanece cobijada no por el sol sino por las balas que deambulan sin un blanco fijo, que se dejan caer sobre la sociedad civil con la misma naturalidad con la que lo hacen los copos de nieve en Cracovia o en Berlín.
Kevin me dijo: “¿Quieres entender qué pasa en Afganistán? Ten, lee este libro. Te esclarecerá muchas dudas”. Se dio la vuelta y extrajo de su librero A Thousand Splendid Suns. Esa noche, bajo el sutil influjo de la absenta, no dormí. Devoraba las páginas de un libro que fluía como el agua, cuyas líneas desfilaban ante mis ojos en perfecta armonía. La primera mitad del libro me robó varias lágrimas y yo, como acostumbro, no opuse ninguna resistencia. Con un Afganistán profundamente herido como telón de fondo, el autor supo acercar al lector a las vicisitudes de una mujer a quien la vida jamás dio buena cara.
Ese libro no lo acabé. Sobrevinieron infinidad de deberes académicos, visitas de amigos entrañables, viajes impostergables (y añorados), en fin. Una mudanza tras otra y el libro tuve que devolverlo. No obstante, antes de tomar el primer vuelo de este que se perfila como uno de los viajes más increíbles de mi vida, decidí comprar Cometas en el cielo.
En el avión, en el tren, en el metro. A la luz de la lámpara del buró mientras mamá dormía imperturbable. En el camino al hostal. En el autobús. Cuando el guía se iba por las ramas y yo perdía el hilo de la conversación. Así fue como, en los intersticios del turismo itinerante, leí en tres días Cometas en el cielo.
A mí el mundo de lo desconocido me apasiona. Lo diferente, lo lejano, siempre ha tenido para mí un atractivo inexplicable que se incrementa día con día. He tenido la oportunidad de intimar con dos musulmanes maravillosos que me han abierto las puertas de su vida y de su corazón. Desde el Corán hasta la masturbación, han respondido pacientemente todas y cada una de mis preguntas. Han abierto ante mis ojos una ventana a un mundo que encuentro fascinante, increíble, injustamente contaminado por generalizaciones que, como siempre, sólo desgracias han traído consigo.
La relación entre Hassan y Amir acerca al lector no sólo a un Afganistán del que hoy día sólo quedan recuerdos, sino a las debilidades más rotundas de la psique humana. Una historia llena de altibajos, que sorprende, que genera en el lector unas ganas incontenibles de seguir leyendo hasta el final. Una historia que abarca más de 30 años, donde podemos atestiguar la evolución de los personajes a la vez que penetramos en una realidad que nos es completamente ajena: una realidad de la que sólo sabemos lo que los medios de comunicación nos quieren decir.
Khaled Hosseini, el autor, es afgano. Es médico y novelista. Vivió su infancia en Kabul y en Teherán. A los 11 años se fue a vivir a Francia y desde los 15 años reside en Estados Unidos. En 2006 fue nombrado embajador de buena voluntad del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Su talento como hacedor de historias es innegable. Es una persona sensible, y sus letras traslucen una añoranza inconmensurable. Aunque al final la historia se perfila un tanto inverosímil, se agradecen enormemente los esfuerzos del autor por hacer embonar en una misma historia elementos de las más variopintas naturalezas.
Encariñarte con los personajes de la novela no es nada complicado. Ocurre sin que te des cuenta, como en el diario transitar por esta vida. Desde la primeras páginas te enamoras de la bondad de Hassan y, aunque reconoces su sinceridad, detestas la mezquindad de Amir. Lloré por la muerte de Hassan. Me llené de rabia contra Amir. Entiendo al niño pero juzgo al adulto. No fui sino un elemento marginal que de un momento a otro se involucró en una historia que no era la suya, que no le correspondía, pero que gracias a la pluma del autor lo vivió todo en carne propia.
Quizás gracias a esta literatura soy más consciente de la cosmovisión afgana. Gracias a mis amigos musulmanes tengo un panorama mucho más claro de lo que es el islam. Entre otras cosas, son estos dos factores los que me han vuelto mucho más receptiva y mucho más sensible a lo que ocurre allí, en aquel país del opio y la piratería, sin reglas y sin instituciones, lleno de contrabando y de caminos intransitables, de niños sin padres y con un futuro incierto (si es que acaso hay algún futuro).
La OTAN hoy lucha en ese territorio una guerra que a todas luces es interminable. Las expresiones ”talibán”, “fundamentalista”, “civiles inocentes” y “restauración del orden” aderezan una de las realidades más desconsoladoras del mundo: un ejército occidental que pretende incorporar a sus filas a los hombres que sólo han creído lo que les ha sido impuesto, sin haber tenido jamás la oportunidad de tomar una decisión.
En Afganistán, después de todo, los niños ya no corren descalzos por las calles. Y este libro de Hosseini es una herramienta valiosísima para evocar aquellos cielos donde antes de la invasión soviética volaban las cometas de Afganistán.
11 enero 2010
Literature from the “Axis of Evil”
Cuando pensamos en la presidencia de George W. Bush, lo único que nos viene a la mente es la palabra “atrocidades”. La que yo más recuerdo es la renombrada “guerra contra el terrorismo” que a todas luces podemos traducir como genocidio. Impelido por quién sabe qué fuerzas (satánicas, sin duda), Bush se dio a la tarea de “liberar” al Medio Oriente de sus regímenes opresores. Desmanteló dictaduras, sumió regiones enteras en la más profunda de las oscuridades, capturó villanos sin cabeza y resquebrajó el orden mundial.
El ataque a las Torres Gemelas de aquel lejano 2001 dejó al descubierto nuestra vulnerabilidad y, sobre todo, nuestra ignorancia. Ignorancia de los atacantes, obliterando las vidas que destruyeron so pretexto de debilitar un país por medio de uno de sus símbolos, e ignorancia de los atacados, quienes se entregaron con todo a la tarea de vengar esas muertes desplegando un ejército que esparciera un suplicio agonizante y eterno.
¿Cómo luchar contra el terrorismo si no podemos siquiera ganarle la batalla a la ignorancia? Ella, quien siempre se perfila como el más sanguinario de los enemigos, dejando a su paso devastación y oscuridad. “Ignorancia” es un eufemismo de guerra. Y guerra es sinónimo de fracaso.
El 29 de enero de 2002, George Bush habló por vez primera del “Axis of evil”. Con esta expresión condenó a aquellos gobiernos que promovían el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva. Bajo esta sombrilla se cobijaron entonces países de las más variopintas naturalezas, haciéndolas parecer un todo homogéneo sin prestar atención ni a las particularidades de cada nación ni a la individualidad de sus habitantes. Cuando se acuñara el término, tres naciones fueron abiertamente señaladas: Irán, Iraq y Corea del Norte. Otros varios países han tenido apariciones intermitentes. A saber: Siria, Libia, Sudán y Cuba.
Los periódicos nos ofrecen día a día recuentos de las historias que hemos venido escuchando desde hace ya varios años. Sabemos de las prohibiciones del islam y del comunismo en Cuba. Sabemos que los iraquíes siguen muriendo y que en el nombre de un dios polifacético siguen inmolándose los más ortodoxos. Sabemos que de izquierda a derecha el capitalismo se expande y sabemos de aquellas lejanas regiones de Oriente donde se ha levantado una cortina de hierro que no sólo impide el paso sino que ataca en contrasentido. Sabemos de la dinámica de este mundo que a través de los diarios se nos antoja cruda, a veces intolerable, cruel y absurda.
Sólo la literatura puede ofrecernos otro diálogo. Sólo por medio de la ficción es que podemos acercarnos a la realidad de aquellos a quienes otro sol calienta y de cuya cotidianidad sólo sabemos lo que nos ofrecen los periódicos.
Words Without Borders llega de nueva cuenta para sorprendernos. Publicado en 2006, Literature from the “Axis of Evil” es uno de los esfuerzos más bellos y mejor cristalizados que he tenido jamás entre mis manos.
Estados Unidos siempre se ha jactado de ser el non plus ultra en materia de libertad de expresión. Allá, presume la banda, de todo puede hablarse y la esfera pública permea todos los rincones de la vida ciudadana. Pues la realidad es que allá en Estados Unidos, icono de la modernidad y del progreso, un editor encuentra muchísimas trabas para publicar escritores iraquíes o norcoreanos. Hasta hace muy poco, la OFAC (Office of Foreign Assets Control) debía autorizar la publicación de los textos de escritores provenientes del “eje del mal”. Sin permiso, chin chin.
He aquí una cita de la (afortunadísima) nota del editor:
Literature, at its best, should allow us to see the individual rather than the general; to participate in some intimate way in other lives rather than melding them into shapeless abstractions. How many Americans —even the most bookish— have ever read the work of a contemporary writer living in Iran, Iraq or North Korea? Newspapers give us accounts of tyrannical and corrupt leaders, and brave dissidents under trial —the heroes and villains of the story— yet rarely do we have any contact with the more subtle hopes and ambitions of unique individuals, the oddballs and misfits as well as the “ordinary citizens”.
Esta antología es una pieza bellísima que, a caballo entre la prosa y la poesía, disipa la niebla y nos ayuda a dar un paso más hacia el entendimiento y la tolerancia. Estos textos toman uno de dos caminos: aquel que se ciñe a las políticas gubernamentales y obliga al escritor a desenvolverse dentro de los márgenes establecidos por el régimen (y donde entre líneas puede leerse otra historia), o bien aquel que desde el exilio se da a la tarea de hacer un recuento de los recuerdos, de los miedos, de la nostalgia. Estos textos, todos, son hermosos por lo que representan. Son ellos quienes nos permiten dialogar con la historia, con el mundo entero, con una realidad que de otro modo seguiría resultándonos lejana, ajena.
Nada más triste que mirar con indiferencia cómo se agrieta el mundo ante nosotros. El diálogo es lo único que, de ser posible, podrá salvarnos. El intercambio literario es el más sano de todos. La literatura, lo sabemos, puede cambiar el curso de la historia con más fuerza de la que cualquiera se atreve a imaginar.
Para cerrar, esta estrofa de Baghdad My Beloved de Salah Al-Hamdani:
Baghdad, my beloved,
you did not stand shivering in the doorway of the ruined days,
a whole civilization geared to killing
has robbed you of your innocence.
Baghdad, you who never submitted to Saddam, the brute
you have no reason to groan
at the simple revelation of that iron fist
those who busy themselves about your agonizing body,
those “liberators”, become his henchmen.
… Wow.
17 diciembre 2009
Más allá del horizonte
Creo que me vale una introducción antes de abordar de lleno la cuestión. He pensado escribir una tesis sobre la publicación de autores no europeos en España (y lo que se publica en España, lo sabemos, se replica en Latinoamérica). Todavía no sé qué enfoque darle. A ver: todavía no sé ni de dónde vengo ni hacia dónde voy, así que dejemos de lado tanta duda existencial.
En clase, la profesora (quien a la vez es mi tutora de tesis, quien a la vez es un avión) nos ha pedido que asistamos a una conferencia este viernes, donde una autora africana viene a platicarnos sobre su experiencia de publicar en Europa. Para ser exactos, en Alemania. ¿Su nombre? Amma Darko.
La obra de esta autora es poco conocida en el medio castellano. Sólo una de sus novelas, Más allá del horizonte, ha sido vertida al idioma de Cervantes. Y es esa novela la que tengo entre mis manos y sobre la que pretendo comentar.
Desconozco las razones que llevaron a nuestra escritora a dejar su Ghana natal para instalarse, tampoco sé por cuánto tiempo, en la Alemania “prometida” (ya veremos por qué las comillas). La novela está escrita en primera persona, lo que invita al lector (al menos a mí) a leer, más que una historia ficticia, una anécdota de viva voz. Es gravísimo aventurarnos a aseverar tal cosa. A mí siempre me ha costado muchísimo trabajo identificar el umbral donde acaba la experiencia propia del autor y comienza el mundo imaginario de aquel (o aquella) en cuyas espaldas recae el rol protagónico de la historia.
Ni siquiera he comenzado a contarles un poco de la trama y ya me lleno de rabia y de impotencia. A la par que escribo esto, siento cómo un agente extraño, un filtro acuoso, se instala entre mis ojos y el mundo que me rodea. Me doy cuenta de lo limitada que está mi visión del mundo por haber nacido del lado occidental del mundo, por tener la piel blanca y los ojos azules. No me quejo, tampoco me regodeo en ello. Lo único que digo es que la vida también depende del color de ojos con que se mire.
Mara (qué bello nombre) es muy joven. No sé si en algún momento nos dice cuántos años tiene, pero uno siente que es joven. Su corta edad no es justificación para su ingenuidad, para su credulidad, para su incapacidad de rebelión. Quizás lo sea, más bien, el mundo en el que ha vivido. La educación que recibió de sus padres y la forma en la que la gente se desenvuelve en esa aldea africana con tan pocos habitantes.
La obligan a casarse siendo muy joven. A cambio de una cuantiosa dote (tela, joyas, vacas y cabras) su padre la entrega a su verdugo, a su dios, a un Satanás que responde al nombre de Akobi. Akobi es poco menos que una rata de alcantarilla. Pero no sorprende: a decir por las descripciones provistas por nuestra protagonista, todos los hombres de aquella aldea son ratas de alcantarilla. Luego entonces, Akobi debe ser de las más podrida de todas.
Entrar en detalles sobre la intimidad de la joven pareja no nos llevaría aquí a ningún lado. A Mara, Akobi la pisotea sin el menor escrúpulo, despiadadamente, atrozmente. Ella ni siquiera resiste porque, para ella (¡Dios mío!), no hay nada que resistir. “A un hombre hay que procurarlo y hay que gustarle”, es todo lo que ella sabe sobre el amor. Los golpes, la sangre, los abortos, la indiferencia, la crueldad… éstas son las cartas que desfilan en esta lotería. Como (y se me hace un nudo en la garganta) en muchas otras.
Ella nunca se revela. Vive presa del pánico, del terror. ¿A qué le tiene pánico? No creo que a los golpes. Tampoco creo que al abandono. Así de fácil: el miedo es para ella la condición natural de la existencia. Así como nosotros nos levantamos de buenas o de malas, ella despierta (si es que logra conciliar, en el metro cuadrado de cemento que le ha sido asignado, algunas horas de sueño) con miedo. Y a medida que avanza uno por las líneas que describen la trayectoria de su vida, las náuseas y la impotencia van apoderándose del lector. (Hay en este punto algo sorprendente: dos hijos que se mantienen en un plano meramente marginal. Dos hijos de los que no sabemos ni el nombre, ni el sexo: sólo el color.)
Europa se erige en el horizonte como la tierra prometida. El lugar donde la gente es rica, donde hay coches lujosos, donde uno no trabaja tanto, donde “hasta los negros son blancos”. Akobi persuade a su familia de vender absolutamente todo de modo que pueda pagar un pasaporte, un boleto de avión y un “acompañante” de esos que hacen “más grata” la entrada en un país todopoderoso donde no eres bienvenido pero a cuyas autoridades aún es posible driblar.
Desde Alemania, Akobi se las ingenia para trasladar a Mara a Alemania. Ésta, ingenua, tonta, se ilusiona con la idea. Cree que es por “amor” (aun cuando no sabe a ciencia cierta qué es eso). Las vicisitudes del viaje, aunque someramente descritas, son suficiente para darnos una idea de aquellos tejes y manejes. Un par de meses después de haber llegado (y de haberse topado con que “su esposo” tiene una esposa alemana “tan fea que su única alternativa era casarse con un inmigrante negro”), Mara se expresa de este modo:
He aprendido a dominar el maquillaje, así que nunca voy sin una capa de barra de labios roja. Y además me han penetrado los miembros rígidos de muchos hombres, con quienes he cabalgado en viajes de lujuria y placer por las puertas traseras del cielo, para luego devolverles a la Tierra exhaustos [...] Me he entregado a mi oficio, convirtiéndome en una prostituta hasta la médula. No hay vuelta atrás. Soy puta hasta tal punto que ya no sé lo que es vivir de modo diferente.
La historia, a decir verdad, tiene una deficiencia muy grave. ¿A qué me refiero? A la forma en la que evoluciona nuestra protagonista. La Mara de esta historia nunca fue a la escuela. Su ingenuindad la justificamos (un poco a la fuerza) enmarcada en su contexto, en su historia de vida. Hay conceptos muy básicos que desconoce por completo. No sabe, por ejemplo, qué es una computadora o qué es un semáforo. ¿Cómo es posible que esta Mara pueda comunicarse con la “esposa” de su “marido” en inglés (independientemente de cuán precario pueda ser)? ¿Cómo es posible??? Me pareció inadmisible.
A veces parece que la historia se desarrolla a marchas forzadas. De una línea a otra nuestra protagonista pasa del primer embarazo al segundo alumbramiento. Así también pasó de ser la “hermana” ilegal del que en realidad es su esposo para convertirse en la ”esposa” de un alemán homosexual que a cambio de una cuantiosa suma ha accedido a ”casarse” con ella.
¿Y qué hay detrás de todo esto? Mierda. Duele muchísimo acercarse a la realidad de los inmigrantes. ¿Cómo es posible que haya quien tenga que concebir la vida de este modo? Pocas cosas pueden ser tan tristes, tan duras, como la no-pertenencia. Como la alienación permanente. Aquellos africanos que viajan a Europa en busca del paraíso no sólo son discriminados por los blancos. Se discriminan entre ellos. Se someten al modus operandi de los blancos y se resignan. Esto no dista mucho de lo que pasa con los latinos en Estados Unidos. Ésta es la dolorosísima realidad de aquel que se ve forzado a dejar su país para buscar una mejor calidad de vida.
El racismo y la xenofobia son veneno. Veneno que nos mata lentamente. Y parece que se va a acabar el mundo, como dijo Nostradamus, y nunca entenderemos que todos somos iguales y que mientras sigamos categorizándonos en planos dicotómicos, nunca tocarán a nuestra puerta ni la paz ni el entendimiento.
3 diciembre 2009
El sueño de un hombre ridículo
Es que el título me encantó: “El sueño de un hombre ridículo”. Se antoja muchísimo. (Aunque, en realidad, el cuento de Dostoievski que quería leer era “El idiota”, pero nunca lo encontré.)
Y es que lo ridículo siempre es bienvenido, aunque juguemos a que no nos gusta, a que lo despreciamos, a que hacemos todo cuanto en nuestras manos está para alejarnos de ello. Si no existiera la idea de lo ridículo tampoco existiría la aburrida noción de lo “prudente”, de lo “adecuado”. Y aunque la banda se empeña en ceñirse a esto último, la verdad es que si de algo nos reímos en esta vida es de lo ridículo, de lo improvisado, de la espontaneidad. Válgame esta apología al ridículo como introducción a este humilde post.
Nuestro personaje es un Bartleby cualquiera. Bueno, quizás éste tiene un poco más encanto que aquél. Su antipatía y su indiferencia son justificadas: la verdad es que, francamente, a la vida no le encuentra mucho sentido. Nada lo hace feliz. El fin último de su vida es la muerte, rebautizada como la única alternativa para sobrellevar este duro transitar por un mundo que no satisface sus requerimientos.
¿Y cuál es, entonces, el paso a seguir? El suicidio, evidentemente. Ha decidido que terminará con su vida por la vía más segura y sin ninguna escala: un par de plomazos. Y mientras se encamina hacia su casa con los objetivos bien claros, una pequeña lo aborda en la calle suplicante, pidiéndole ayuda. Y nuestro amigo se la quita de encima como los demás alejaríamos un mosquito: con un manotazo. Repudiar a un niño: la peor de las vilezas, la ruindad más contundente.
Llega a su casa y se prepara. Pistola en mano, es presa de sus propias cavilaciones. Antes de que pueda acometer su tarea es sorprendido por Morfeo, quien lo toma entre sus brazos sin poder oponer resistencia alguna.
Y quien nos cuenta esta historia en primera persona es este mismo hombre, pero al despertar. Éste quien en sus sueños logró perpetrar el suicidio. Inmóvil y ciego, conservó la conciencia y el tacto. Sumido en esta inmovilidad, es consciente de su autopsia, de su entierro, de su propia descomposición. La muerte ha resultado ser mucho menos interesante de lo que pensó: en realidad, le parece bastante incómodo estar muerto en esas condiciones.
Y entonces es rescatado de ultratumba por una mano desconocida, oscura, innombrable. Es hasta entonces cuando el miedo corroe sus venas y le paraliza todos los rincones de su cuerpo inerte. De repente, la luz. El Paraíso. No un paraíso cualquiera, no. El Paraíso de Adán y Eva, el Paraíso sin la previa consumación del pecado original. El Paraíso perpetuado hasta el infinito, donde no tiene cabida ni la más remota de las perversiones. El túnel de la muerte ha conducido a este inconforme pasajero ahí donde nada se sabe y donde, por lo tanto, todo es amor.
Y nuestro personaje aprende a amar. Y, en efecto, recobra las ganas de vivir. Así que abre los ojos, despierta del sueño, y se da cuenta de que está vivo. Si todos los suicidas tuvieran esta oportunidad de replantearse su muerte, la tasa de suicidios descendería drásticamente. Sin duda.
Y si la historia se detuviera aquí no tendría ningún chiste haberla contado. Dostoievski no es de los que quedan satisfechos con el lugar común.
Nuestro soñador ridículo confiesa entonces que, antes de reincorporarse a la vida, pervirtió a las criaturas que con tanto amor lo acogieron en el Paraíso. Les enseñó a mentir, a envidiar, a discriminar. Diseminó entre ellos la lujuria, los celos, la inseguridad, la gula, la ambición y la traición. Lo que este Adán y esta Eva se evitaron sin morder la manzana, este soñador ridículo vino a escupírselos de frente, sin ningún escrúpulo, con toda naturalidad.
Y he ahí la razón de que este texto nos remita a la maravillosa Historia del mundo en diez capítulos y medio de Julian Barnes. Y he ahí que nuestro suicida devenga en ridículo, al convertirse en un predicador cualquiera de la fe: el típico prometedor de felicidades monótonas e inasequibles.
Pero qué buen texto, cómo no.
15 noviembre 2009
Palabras sin fronteras

Siempre he tenido la impresión de que, en general, los norteamericanos y los ingleses no se esfuerzan por aprender otras lenguas dada la primacía del inglés en el mundo. No los culpo: no importa dónde estés, la realidad es que basta con masticar el inglés para salir adelante de cualquier aprieto trasnacional.
Hoy día, 50% de los textos que se traducen alrededor del mundo provienen del inglés, mientras que sólo 3% de la producción literaria se traduce al inglés. Yo también me pregunto: si los anglófonos son lectores tan voraces, ¿por qué son tan cerrados? En Francia y en España, por ejemplo, más de 30% de lo que la banda lee proviene de voces extranjeras cuidadosamente traducidas al francés y al español.
Y en ésas andaba cuando me topé con algo maravilloso. Y vengo aquí a contárselos porque las cosas que valen la pena, si no se comparten, no sirven de nada: Words Without Borders. Nos hallamos ante una manifestación extraordinaria de amor al arte en la más amplia de las acepciones. He aquí una precaria traducción de lo que WWB es:
[Conscientes de la escasez de piezas literarias traducidas al inglés,] Words Without Borders (WWB) abre las puertas al intercambio internacional a través de la traducción, la publicación y la promoción de los mejores textos del mundo. WWB publica, por un lado, prosa y poesía selectas en la web y, por otro, antologías impresas; asimismo, organiza eventos especiales que conectan a los autores extranjeros con el público en general y los medios de comunicación, desarrolla materiales para los profesores de preparatoria de modo que puedan utilizar literatura extranjera en las clases y, finalmente, construye un centro bibliográfico online sin parangón para la escritura mundial contemporánea.
Lo que Words Without Borders pretende es increíble: erradicar la percepción de la literatura internacional como un fenómeno de élite y estático y concienciar al público en general de la función de la literatura extranjera como lo que es: una ventana de infinitas posibilidades a través de la cual se puede conocer el mundo. ¡Literatura para incultos cultivables!
Navegar por el sitio es una experiencia increíble. Si bien el diseño de la página es bastante precario, los contenidos valen oro. Los editores recopilan textos de todo el mundo y hacen una labor de selección muy ardua de modo que los textos que se traduzcan sean de la más elevada calidad literaria. Encontramos en sus archivos textos provenientes de las más variopintas naturalezas, tanto en lo que a nacionalidades como en lo que a temáticas respecta. Imagínense leer un cuento turco sobre la locura o una novela sueca sobre los sueños. La brujería en Polonia descrita por la pluma de un inmigrante o el amor en los ojos del Islam . En fin: aquí por temas, autores y talento no paramos.
El sitio es una chulada y desde aquí, simbólicamente, le doy gracias a aquellos que hacen posible que los incultos podamos acercarnos a textos que de otro modo hubieran quedado totalmente fuera de nuestro alcance. Habrá que hacerlo en México también, cómo no. A ver cómo, cuándo y con qué ojos (divino tuerto).
Mientras tanto, amantes de las letras, aprovechen este sitio y todo su fantástico contenido. Es, sin duda, de los mejores hallazgos de mi vida.
13 noviembre 2009
“¡El horror! ¡El horror!”

La idea, cómo no, es extraordinaria. La narración, en primera persona, de aquel que en los albores del siglo XX se introduce en el corazón del Congo para rescatar al magnate del marfil de su muerte. Una muerte inducida, a saber.
Una “obra maestra” según la crítica. El texto que encumbró a Conrad como “uno de los máximos exponentes de la literatura de todos los tiempos”. “La mejor de sus obras”, dicen.
Un título espectacular. Elementos circundantes: la locura, la depravación, la conquista, la hechicería, la barbarie. Conceptos clave para convertir cualquier historia en un manantial de infinitas posibilidades narrativas, en una aventura alucinante, en una gran novela sin parangón. En El corazón de las tinieblas.
¿Y bien?
Un texto lento. Si acaso bien escrito, pero más aburrido que el informe presidencial.
Muchos querrán lincharme, queridos lectores, pero para mí este texto se resume en las palabras de su propio personaje: “¡[Un] horror! ¡[Un] horror!”
2 noviembre 2009
Amores en fuga

A mí El lector me cambió la vida. En esas páginas aprendí que por la literatura no sólo se vive sino que también se muere. De su autor me encantaron su sencillez y su conocimiento profundo de los escenarios a los que alude. No podía parar de leerlo, necesitaba saber qué iba a pasar, qué vendría después. Como tantos otros libros, el final me sorprendió con un par de lágrimas cuesta abajo en mis mejillas.
Ya sabrán a estas alturas que no tengo remedio y que ni bien tuve frente mío otro de sus libros lo tuve que comprar. Bastaron dos trayectos en tren para devorar este nuevo volumen que, de nueva cuenta, me ha conmovido profundamente. Aquí, por el contrario, Schlink no me ha sorprendido con vueltas de tuerca inesperadas. No. En esta ocasión el autor se valió de siete relatos para desmitificar el amor, para desenmascararlo, para ponerlo en su lugar.
Siete historias de amor a menudo protagonizadas por más de tres. Incontables perfiles sicológicos extraordinariamente bien expuestos de entre los cuales con más de uno podemos identificarnos. Relaciones nuevas; relaciones en la incubadora y en terapia intensiva; relaciones desgastadas, podridas, viciadas. Relaciones imposibles y relaciones inexistentes. Culpa, negación, sumisión, costumbre, hartazgo, lujuria, descaro, onanismo. Historias plagadas de realidad donde la constante es siempre nuestra incapacidad para abrazar nuestra soledad y librarnos de la omnisciente quimera del amor.
La idea del amor nos trastorna. En esa obsesión nuestra por encontrar el amor siempre acabamos perdiéndonos a nosotros mismos.
Las relaciones descritas por Schlink son totalmente distintas entre sí y a la vez iguales a todas las que conozco en mi vida. Yo creo en el cinismo de las amantes que un buen día deciden tomarse un café y averiguar con quién es mejor aquél en la cama. Creo en el arrepentimiento profundo de quien nunca se dio tiempo para atender las cosas verdaderamente importantes y que sólo se percata de ello al final de la cuesta de la vida. Creo también en la inseguridad del que sabe que no lo dio todo y que es incapaz de ver en la dirección correcta para recobrar la confianza en sí mismo. Creo en las distancias gracias a las cuales los puentes pueden construirse y también soy consciente de que sin buenos cimientos cualquier puente se viene abajo. Creo en la farsa, en la resignación, en la tristeza. Creo en la supeditación del alma a la voluntad del sexo. Creo en la fuerza de las palabras y en las heridas que nunca cicatrizan.
Descreo de las idealizaciones, de las expectativas, de los parámetros. Descreo de los roles, de las premisas, de los planes. Creo en la espontaneidad, en el hastío, en un corazón hecho pedazos. Creo que la única forma de mantener viva una relación es destronando al amor y colocando en su lugar la libertad, la honestidad y la congruencia.
Creo, quizás, que la idea de la garantía es la que se lleva todo entre las patas. Creo que cuando queremos asirnos al compromiso y a la exclusividad perdemos de vista los verdaderos motores de la vida: la pasión y la libertad. Ya no creo en los acuerdos. (Y Schlink tampoco.)
13 octubre 2009
La Rayuela de Cortázar

He de reconocer que pretender hablar sobre Cortázar es todo menos una operación sencilla. Para empezar yo, melómana hasta la médula, he de apagar toda fuente de sonido sin importar la naturaleza del mismo (desde la lavadora hasta el audiolibro de El principito en francés). Luego, conviene dejar todo listo para no sentir presión alguna (recoger el cuarto, ponerse guapo, dizque hacer de comer e ingerir lo que buenamente uno ha pretendido preparar —rogándole a Dios que hoy tampoco nos haga daño eso que con nuestras torpes manos elaboramos en la cocina—, fumarse un buen cigarro y tomarse un buen té) y, finalmente, reconocer públicamente que lo que pueda uno escribir jamás estará a la altura del texto que aquí se pretende comentar: Rayuela. Perdón. RAYUELA.
Desde aquel primer contacto con sus cronopios y sus famas, el lector reconoce que leer a Cortázar es sobre todo una forma de vida. “Leer”, cuando de Cortázar se trata, es más bien un eufemismo que empleamos para no reconocer abiertamente que ofrecemos nuestras almas al más elevado de los sacrificios. Basta comenzar con “¿Encontraría a la Maga?” para firmar el acuerdo tácito mediante el cual ponemos nuestro espíritu a los pies de la fascinante aventura francoargentina que Cortázar nos regala con cada una de sus letras.
Lo primero que hay que hacer cuando nos paramos el cuello contándole a la banda que ya leímos Rayuela es, sin duda, confesar en qué modalidad la leímos: en el orden acostumbrado o siguiendo el gran invento al que nuestro autor tuvo a bien llamar “tablero de dirección”. Entramos aquí en una dialéctica bastante complicada:
1. Por una parte, los cultos asumen que uno no ha leído Rayuela hasta que se ha leído de ambos modos, al derecho y al revés, y varias veces en ambas secuencias, dicho sea de paso.
2. Los incultos sabemos que, por lo pronto, vamos a leerla una vez. La segunda vez quedará reservada para el futuro. Un futuro incierto que, conscientes somos, quizás no llegará. (¡Con tantísimo más que leer en tan poco tiempo de vida!)
3. Si sólo vamos a leerla una vez, lo “lógico” (y ya verán por qué las comillas) es pensar que se lea con base en el tablero de dirección. ¡Pos ése es el chiste!, ¿qué no? Pos no. Ya con el libro en las manos, luego de una disertación prolongada sobre el camino que debería tomar para entregarme a los brazos de Cortázar, el miedo a la incomprensión y al sinsentido me orilló a optar por la cronología tradicional.
4. Y ya cuando uno se acaba la novela en el orden tradicional, por supuesto, dan unas ganas tremendas de leerla al revés. (Y segura estoy de que de haber hecho lo contrario me sentiría igual.)
5. Finalmente, uno entiende que Cortázar es Cortázar al derecho y al revés y que la experiencia mística es igual de fuerte independientemente del método por el que hayamos optado.
Así entonces, comparto emocionada con ustedes lo que para mí implicó esta entrega, este desprendimiento.
A mí, leer a Cortázar me ha cambiado la vida. Cortázar me hace llorar de recordar cosas que ni siquiera he vivido. Se me olvidaba que las letras pueden llevarte de la mano hasta los deliquios más inesperados, que las letras se deslizan como el cuchillo sobre la mantequilla fresca sin dejar un solo grumo a su paso. Me hace revivir el amor desde un enfoque realista y desgarrador. Cortázar me lleva de la mano al orgasmo callejero, al de los clochards, a aquellos que prosiguen a la ingestión de una botella de un vodka cualquiera, mientras más corriente mejor, y nos penetra entonces un extraño cualquiera, hasta lo más hondo de nuestras entrañas. Por medio de artilugios literarios indescriptibles e inigualables, Cortázar me hace sentir francesa, argentina, mexicana y extranjera al mismo tiempo. Y, como si todo esto fuera poco, Rayuela evoca los escenarios más seductores del mundo: un París tremendo y elitista, un circo, un manicomio, el cosmos del inconsciente.
Me cansa un poco, hay que decirlo, el aire tan erudito de la novela. Tantos intercambios tan cargados de nombres propios, de fechas, de corrientes artísticas, de encabezados de acontecimientos ininteligibles, en fin, a mí me agotan muchísimo. Pero comprendo, sin duda, que la obra de Cortázar sin esas alusiones estaría manca, incompleta. (Ya lo dijo Búnbury: “no tengo remedio ni lo quiero tener”.)
Aprendí, entre otras cosas…
…que escandir es descomponer un verso en sus elementos constitutivos
…que el fautor es que le agarra la pata a la vaca
…que un plañidero es un quejica
…que la soteriología es la parte de la teología que estudia la salvación de las almas por la intervención de Jesucristo
…que una curda es una borrachera
…que una taranta es un arrebato pasajero
…que un pacato es un mojigato
…que parapetarse es atrincherarse
…que hacer algo motu proprio es hacerlo voluntariamente
…que un piscolabis es un tentempié
…que la tratativa es la etapa preliminar de una negociación
…que el último estertor es exclusivo de los moribundos
…que las batas también son guardapolvos
…que contemporizarse es avenirse
…que el deliquio es el éxtasis
…que un ectoplasma es un fantasma
…que la aquiescencia es beneplácito
…que un libro incunable es aquel que fue editado antes del año 1500
…que un penelopista es aquel que hace y deshace muchas veces una cosa
…que proemio es sinónimo de prólogo
…que el fastigio de una historia es su momento culminante
…que un gilipuertas es un estúpido
…que áulico es sinónimo de palaciego
Y lo más importante:
…que toda mi vida he estado equivocada. Cuando yo jugaba rayuela pintaba una línea en el piso y lanzaba mis tazos. El que quedaba más cerca de la línea se ganaba los tazos de los demás. Pero la verdadera rayuela, la de Cortázar, es lo que yo llamaba “el avioncito”.
Y me quedo feliz porque ya hice una de las tantísimas cosas que tengo que hacer antes de morir.
Vamos por el resto.
2 octubre 2009
Las noches blancas

El amor. El “amor”. Esa palabra a la que nos asimos o de la que nos alejamos tanto como nos sea posible dependiendo de nuestro estado de ánimo y de nuestra coyuntura. Esa palabra que, como dice Arjona, para algunos es verbo y no sustantivo. Ese premio mayor en la lotería de la vida; esa llama que no permite que se extinga la hoguera.
El amor es, para muchos, un modus vivendi y un motor de vida. Para otros no es más que una quimera, válgame la redundancia, inasequible. Yo creo que, con toda certeza, nunca se llega al segundo estado sin haber antes transitado por el primero.
No sé ustedes, pero a mí me parece que la reacción primera del ser humano es creer. Creer que el amor lo puede todo. Durante la tierna adolescencia y los pininos rumbo a la adultez tal pareciera que el trofeo al llegar a la meta es el enamoramiento. Parece, entonces, que es eso para lo que vinimos a poblar el mundo. Si te enamoras lo puedes todo: si no te pela, lucharás por conseguirlo; si te corresponde, es momento de blandir las armas y abrirse paso en el escabroso bosque de la vida.
Para todos los que hemos protagonizado uno o más desencantos amorosos, el amor representa sólo uno de los ingredientes necesarios para ser felices. Con el tiempo aprendes que aquello de “el amor todo lo puede” no es más que una patraña publicitaria acuñada por Walt Disney para vender. (Pero hasta los más incrédulos agradecemos la metáfora ya que, con cierta periodicidad, hemos de correr a refugiarnos bajo de ese techo para reconfortar un poco al corazón.)
A mí el amor nunca me ha dado la cara del príncipe ni (¡mucho menos!) me ha puesto en las zapatillas de la princesa. A mí los encuentros (y sobre todo los desencuentros) amorosos me han dado las lecciones más grandes de mi vida. A mí lo que he vivido me ha bastado para descubrir que el amor es, de todos, el tesoro más preciado del mundo: todo pueden encontrarlo pero nadie parece ser capaz de conservarlo, intacto, para siempre.
Cuando cruzamos los límites del umbral de nuestro propio dolor, aprendemos innumerables lecciones. Entre otras cosas, supongo, comprendemos que quien bien nos ama no nos hace llorar (a menos que sea de alegría). Aprendemos, creo, que a medida que avanzamos por los senderos de la vida, no hay peores enemigos que los traumas y los miedos no superados. Aprendemos que el amor es ensayo y error. (Y que en una de ésas es chicle y pega.) Aprendemos, también, que a medida que vamos comprendiéndolo, el amor nos huele y se nos acerca, nos abraza y nos da de nueva cuenta la oportunidad de probar sus mieles y volver a tenderle un altar.
En “Las noches blancas”, Fiódor Dostoyevski aborda el amor desde una perspectiva que, aunque a primera vista podría parecer arcaica, no ha perdido en absoluto vigencia. Un joven solitario de 26 años se enamora de la primera mujer con la que entabla una conversación. El encuentro con esta mujer dota a su vida entera del sentido que nunca había tenido, de las ilusiones trémulas de las que siempre había carecido. Esta mujer no le corresponde y él ante sus pretensiones de mantener una amistad a pesar de que él la ve con ojos de amor. Ella, junto a otro hombre, no quisiera sacrificar todo aquello que nuestro protagonista aporta a su vida y él, para no empañar su inenarrable felicidad, accede.
No. Yo no creo que el amor pueda concebirse así. En el amor ambos aman y se entregan. En el amor no hay que cambiar la naturaleza del sentimiento. El amor debe ser aceptación, paciencia, trabajo y entendimiento.
Yo, por mi parte, he decidido que mis noches blancas están por comenzar.
15 septiembre 2009
Historia de un ¿odio? maravilloso

Y este libro se acabó. Aquí les dejo la portada… ¿sueca?
Sorprendentemente, pude retomarlo en la página 236 sin sentir la necesidad de comenzar desde cero. Ahí, con lo que albergaba mi memoria, fui capaz de retomar el hilo conductor y estremecerme con cada uno de los pasajes descritos en este libro.
No entiendo por qué lo tradujeron como Historia de un amor maravilloso. De veras que no. Suscribiría, por el contrario, la idea de traducirlo al español como Historia de un odio increíble, pero no como Historia de un amor maravilloso.
Estamos ante la historia (por demás inverosímil) de una criatura deforme, lectora de mentes (más inverosímil aún), que bebe sorbo a sorbo el veneno del odio y del resentimiento. Estamos ante una incubadora de tragedias narrada con una destreza extraordinaria.
Más allá del lugar común del alma noble que deviene maldita por los maltratos y las vejaciones de los que es objeto a lo largo de su vida, la historia de Hercule Barfuss es alucinante, entre muchas otras cosas, porque es adictiva y porque, aun habiéndose apartado de lo real y lo palpable desde las primeras páginas, su ficción contiene una fuerte carga de realidad.
Nuestro jorobado no es más que una parábola de nosotros los humanos. En este mundo basta muy poco para discriminar y ser discriminados. Estamos en un mundo dual, donde los “ricos” discriminan a los “pobres” y los “pobres”, llenos de resentimiento, logran a cabalidad su cometido de cimbrar la vida de los “ricos” so pretexto de “la inseguridad” y “la injusticia social”.
La pugna eterna (y refinada, sin duda) en este mundo del neoliberalismo contra la socialdemocracia es tan sólo uno de los ángulos de nuestro caleidoscopio. He ahí que también tenemos un mundo donde los güeros tienen más “caché” para la banda y donde los gorilas de los antros siguen eligiendo, a discreción, quién entra y quién no. La anorexia y la bulimia si bien no son aceptadas, tampoco se condenan: el fin justifica los medios y en esta vida se vale todo con tal de aproximarnos al canon impuesto por Occidente. Un mundo donde tanto los grandes conflictos entre razas, religiones y naciones como (sobre todo) los conflictos inexistentes, los conflictos inventados, siguen dirimiéndose con bombas, pistolas y tanques de guerra.
Podría decirles que no vale la pena vivir en un mundo así. Podría decirles que nunca voy a entender a la humanidad, que soy de otro planeta y que más me valdría morir que formar parte de una dinámica tan podrida y tan superficial. Podría decirles que los que no somos putirricos y no pesamos 20 kg menos de lo que medimos estamos condenados a la segregación y a la injuria perenne.
Podría decirles estas y muchas cosas más, pero ya me aburrí. Yo nunca me expresaría así de este mundo que tiene posibilidades infinitas para quienes las buscan de corazón. Mi perspectiva de la vida se parece más a la última vuelta de tuerca de la vida de Hercule Barfuss quien, antes de acometer el último de los asesinatos que cerraría el ciclo de su venganza, fue iluminado por la voz de su amada y decidió claudicar. Porque la vida y el amor son la onda. Porque para eso estamos hechos.
En fin. Que me ha fascinado este libro y me siento feliz de haberlo concluido aun cuando eso haya ocurrido a 8 meses de haberlo comenzado. Nos dio para mucho en este espacio, ¿qué no? Lo estiramos lo suficiente como para hablar, precisamente, de la fealdad y del neoliberalismo editorial.
Gran libro. Gran trama. Gran escritor y, sobre todo, gran traductor.
27 agosto 2009
Sputnik, mi amor
Haruki Murakami es un personaje interesantísimo: es traductor de grandes escritores norteamericanos al japonés: F. Scott Fitzgerald, Raymond Carver y John Irving, entre otros; en todos sus textos están presentes los gatos, “los perros no me interesan nada”; no da conferencias, no firma libros, no le interesa convertirse en una celebridad; el gremio japonés de escritores no lo acepta y él tampoco los reconoce; le tiene pánico a las alturas; antes de publicar un libro se lo da a leer a su mujer hasta que ésta da su visto bueno; su hilo conductor es la música y cada vez que escribe un libro, abre el word y se sienta ”a tocar el piano”. Interesante, ¿no?

Estábamos en un avance de producción y yo robé del escritorio del director general Sputnik, mi amor. (Mmm… “Robar” es un término muy agresivo. Mejor dicho: cobré en especie.) Me encantó el título. Pensé que era una edición anticipada y que podría convertirme en la primera mexicana en leer esa novela. (Claro: no pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que el libro se publicó en 1999 y de que ésta es la trigesimoctava edición pero, afortunadamente, eso no minó mi entusiasmo.) Anoche, luego de una semana de lecturas intermitentes, lo terminé.
La historia se resume en un par de líneas: un triángulo amoroso que nunca se consuma, en ninguno de sus vértices. Un joven enamorado de su mejor amiga, Sumire, que a sus veinte años nunca ha tenido novio, nunca ha besado a nadie y nunca se ha sentido sexualmente atraída hacia ningún chico, se ve, de pronto, enamorada de una mujer de cuarenta y tantos, casada, quien la invita a trabajar con ella. Es un libro lleno de altibajos, muy emotivo, surreal, que deja al descubierto las debilidades y las fascinaciones de los seres humanos. Una novela impregnada de música, de literatura, de vino, de pasión. Un camino de sendas bifurcadas que desemboca en la escisión del ser humano, en el umbral que divide nuestra esencia. En el umbral traspasable que separa dos esferas irreconciliables.
Los tres protagonistas de esta historia, cuya narración es maravillosa, traspasan ese umbral y se pierden a sí mismos. Luego de cruzar esa línea, nunca más se reconocen en el espejo y viven como por antonomasia, ansiando recuperar, aunque sea por un instante, la magia que dejaron al otro lado. Un libro de pérdidas y de desencuentros. Un libro de entrega, de amor, de humanidad.
Haruki Murakami es adictivo (y yo que ando en mi periodo de adicciones). Ahora los tengo ahí, a todos, formados en el librero: Kafka en la orilla, Tokio blues, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Sauce ciego, mujer dormida, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y After Dark. Es una pena que el viaje a Cracovia se atraviese y no pueda llevármelos conmigo.
Finalmente, Murakami no sería lo que es para nosotros sin sus traductores al español: Lourdes Porta y Junichi Matsuura. Los traductores y los correctores nunca existen para el lector. Las odas y los aplausos son siempre para el escritor y el equipo de profesionales que hace el libro posible siempre es ignorado. Y, en mi experiencia, es muy común que sepan más ellos sobre la obra que el propio autor.
Comoquiera, hay que leer a Murakami. Sus textos son bellísimos. Su alma y su corazón se los agradecerán.
12 agosto 2009
Los sueños en la casa de la bruja
Y en ésta, mi búsqueda irrefrenable (e inexplicable) del horror, me topé con Lovecraft. No fue nada fortuito, claro que no. Basta con hallar las vetas más primigenias de este género para encontrar incontables alusiones al autor, a su obra y a su círculo.

Me entregué a Los sueños en la casa de la bruja, para qué negarlo, con cierto escepticismo: “¿a poco éste sí me va a espantar?” Y así fue.
El terror de Lovecraft está situado en lo más elevado del horizonte de la imaginación por una combinación de factores, todos en perfecta sincronía, que hacen de su literatura una referencia obligada. Yo los agruparía de este modo:
- Lovecraft, para empezar, tiene un manejo extraordinario de las palabras. El autor echa mano de su vastísimo dominio del lenguaje para darle a cada historia la ambientación y el narrador idóneos, y no son escasos los pasajes donde el lector se convierte en protagonista.
- Su pasión por lo oculto, lo esotérico y lo demoniaco está ampliamente sustentada en investigaciones propias, formales o informales, que dotaron al autor de los conocimientos necesarios para inyectar a todas sus historias una buena dosis de credibilidad.
A mí los textos de Lovecraft me dan miedo porque son reales. Las brujas, los vampiros, los espíritus y los demonios en cualquier otra pluma, no son más que tétricas fantasías que van emplastándose para trasladarnos, por un instante, a ese mundo subrepticio y fuera de nuestro alcance. Las letras de Lovecraft, en cambio, nos muestran que todo es al revés: que el terror metafísico y la locura progresiva viven entre nosotros con más latencia de la que suponemos.
¿Qué o quiénes forman parte de su universo? Brujas inmortales acompañadas de extrañas criaturas capaces de atraer a cualquiera a lo más oscuro, roedores que no cesan hasta lograr que los vivos crucen el umbral de los muertos; criptas encantadas que conducen a sus aficionados al manicomio; venganzas consumadas a manos de los muertos en detrimento de los vivos; arte oscuro de incógnitas y musas satánicas; ad infinítum.
***
Al relatar las circunstancias que han conducido a mi encierro en este asilo para dementes, me doy cuenta de que mi actual situación creará una duda lógica acerca de la autenticidad de mi narración. Es un hecho lamentable que la masa de la humanidad esté demasiado limitada en su visión mental para sopesar con paciencia e inteligencia aquellos fenómenos aislados, vistos y sentidos únicamente por una minoría de seres psicológicamente sensibles, que se apartan de las experiencias ordinarias. Los hombres de intelecto más amplio saben que no existe ninguna diferencia concreta entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen con su aspecto únicamente en virtud de los delicados medios físicos y mentales a través de los cuales adquirimos conciencia de ellas; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los relámpagos de la supervisión que penetran el velo ordinario de evidente empirismo…
“La tumba”, H.P. Lovecraft
***
Gracias, Lovecraft, por estas lecturas colmadas de tanta adrenalina.
22 julio 2009
Ardores que matan
Hoy, por primera vez en mi incipiente carrera editorial, presentaré un libro. Muy poco margen de maniobra y mucho echar mano de la improvisación. Comparto con ustedes este discurso que acabo de redactar a sabiendas de que este tipo de rollos funge, más que ningún otro, como una reseña detallada del libro en cuestión.
Ya les cuento luego si me apegué a estas líneas o si (para variar) se me fueron las cabras al monte y me quedé chiflando en la loma.
Desde luego: lean Ardores que matan (de ganas).
***
Ardores que matan

Hace más o menos un año estaba yo en las mismas. Tenía frente mío a los verdugos: un comité editorial. Yo, así como ahora, tenía las letras de Ramón entre mis manos, y al menos en aquel entonces tenía muy claro qué tenía que hacer con ellas.
La industria de los libros, para mí, es lo más parecido a una fábrica de sueños. Santa en el Polo Norte hace muy bien su trabajo, pero en Random House nos rifamos mejor. Luego de leer el texto de Ramón me entraron unas ganas tremendas de ver este sueño concretado: en 15×23 con solapas y una portada tan maravillosa como ésta.
Conocí a Ramón en 2007, cuando me aferré a trabajar en Alfaguara en calidad de lo que fuera. Él, sin conocerme, me dio la oportunidad de trabajar con él y de él he aprendido lecciones infinitas. Durante mucho tiempo, de vez en vez, Ramón llamaba a mi número para entregarme, de nueva cuenta, otro libro: que si la primera, que si la segunda, que si las finas, en fin. Gratísima fue mi sorpresa cuando me dijo: “ahí te va este otro, nomás que éste no lo edito. Es de mi autoría y no quiero que lo corrijas, sólo quiero tu opinión”.
Incontables fueron las vicisitudes a las que me enfrenté mientras leía el libro. Luego de comenzar no podía detenerme: en la oficina, en la cola del súper, en más de un Starbucks (donde, por cierto, producto de la lectura tan apasionada del libro en cuestión, se me acercó un chico muy prometedor pero nada cumplidor). No podría decir que leí la novela. No. La devoré. No crean ustedes que presentar un libro es sinónimo de apologizarlo. No. Las presentaciones son para decir la verdad, y es eso lo que yo pretendo decir desde aquí.
Ramón tiene un estilo propio, inigualable, indiscutible. El gran secreto de su prosa reside en su propia personalidad: es irreverente, es apasionado, es un amante declarado y absoluto de las mujeres, de las pasiones humanas, de las letras y todos sus vericuetos. Ramón es uno de esos autores que puede tomarse ciertas licencias porque el resultado es contundente: hace y deshace el lenguaje, lo acomoda a conveniencia, juega con él a placer.
En este texto se hilvana una retacería de anécdotas que tienen una sola cosa en común: la eterna búsqueda amorosa y sexual de los hombres. A cualquier edad. La reticencia a enamorarse y el deseo sexual siempre latente. Al terminar el libro, el propio narrador reconoce que no hubo nunca hilo conductor alguno; que las historias más bien se presentaron de forma inconexa; que no importa de dónde partamos: siempre volvemos al mismo punto: los hombres nunca cambian independientemente de lo que ocurra a su alrededor.
Estamos, sin temor a equivocarme, ante una radiografía sin tapujos de la psicología sexual de los hombres. El relato es extremadamente cómico. El lenguaje es prosaico y el autor se vale de la picardía idiomática del mexicano para explotar al máximo el doble sentido y el albur. Un libro como éste no tiene lectores. Tiene cómplices de ambos sexos que lo acompañan en su diario transitar por la vida.
Paralelo a esta introspección masculina, hallamos un profundo conocimiento del México de hace 30 o 40 años que el autor describe a la perfección: las anécdotas tienen como telón de fondo escenarios típicos del folclore chilango que se mantienen como estandartes de la mexicanidad. A esto, además, hay que agregarle las numerosas alusiones a obras y canciones que viven en el imaginario colectivo de nuestra sociedad: Octavio Paz, José Alfredo Jiménez, José José, por mencionar tan sólo a algunos —también se retoman citas y fragmentos de extranjeros como Truman Capote, Kundera o Arthur Schopenhauer—.
Ardores que matan me sedujo a toda velocidad y no me sorprende. Una obra tan llena de humor, tan franca, tan irónica y tan desfachatada derrumba, sin previo aviso, todos los prejuicios y los tabúes que prevalecen en nuestra sociedad. Abrir un libro implica, ipso facto, dejar al desnudo el corazón. Espantar a los pájaros que revolotean nuestra cabeza y entregarnos a la lectura. De tan honesto, de tan cómico, de tan empático, de tan cachondo, Ramón atrapa al más escéptico de los lectores.
Ramón ha escrito una novela sincera, sin pretensiones de ningún tipo. Lo ha hecho para divertirse, para divertirnos, para compartirse. Yo confieso: a medida que leía el libro no paraba de reír, de carcajearme, de conmoverme: ¿saben por qué? Porque Ramón es lo que escribe. Porque su prosa es transparente. Porque cada una de las fobias, de las filias, de las fantasías, de las expresiones, de los ademanes imaginados de los personajes de esta historia no son más que el reflejo de su esencia deconstruida. En esta novela Ramón se desnuda, ajá, y quienes lo conocemos sabemos que no pudo haber sido más auténtico. Gracias, Ramón, por esta entrega.
1 julio 2009
Dos hallazgos

Luego de leer algunos cuentos de Allan Poe, me di cuenta de dos cosas.
Uno
Cuando a uno le da por sentirse “crítico literario” o “culto”, tiende a creer que identifica los lugares comunes de sus escritores favoritos. A mí me da hoy por sentirme “culta” y creer que identifico una arista recurrente en la prosa de Edgar Allan Poe.
Uno de los padres del horror, quien por antonomasia a nada puede temerle, permite entrever, a través de las persianas, un miedo que corroe cada una de sus líneas: el miedo aquel que se le tiene a la impredecibilidad de nuestra conducta. El pavor ese que deambula por nuestras venas a no reconocer en lo que de pronto somos aquel que algún día fuimos.
De ”El gato negro”, por ejemplo, reproduzco estas líneas:
Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser.
Finalmente, de “William Wilson”, va este fragmento:
Por lo general los hombres caen gradualmente en la bajeza. En mi caso, en un solo instante, toda virtud se desprendió de mi cuerpo como si fuera un manto. De una maldad comparativamente trivial pasé, con la zancada de un gigante, a enormidades peores que las de un Heliogábalo.
A pesar de que soy bipolar socialmente responsable (démosle a Andrés su crédito por acuñar tan acertado término), nunca me he visto protagonista de una metamorfosis que me abrasa sin poder oponer resistencia alguna. Entiendo el horror de estos hombres que, estupefactos ante el cambio tan abrupto, actuaron en consecuencia del demonio que poco a poco invadía cada uno de los rincones de su cuerpo.
Sin embargo, sé de sobra lo que es amar a alguien que, de vez en cuando, no es aquel a quien se ama. Sé lo que es estar frente a la persona más querida sin encontrar en sus ojos el brillo de aquel a quien en realidad amas. Sé lo que es escuchar, de boca de aquel que te ha dado tanto, las peores y más dolorosas injurias. Me han clavado en lo más hondo del alma puñales de esos que no matan, pero cuyas heridas nunca cicatrizan. He amado a un ángel y confrontado a un demonio. He comprobado que los seres humanos somos eso, una mezcla perfecta entre el bien y el mal, y que el secreto de la felicidad reside justo ahí: en cómo canalizamos lo bueno y lo malo que nos conforma.
Dos
Grave el error que cometí buscando la angustia, el terror y el desasosiego en estos textos. ¿Cómo me voy a asustar leyendo a Allan Poe si su pluma es tan prolífica y sus textos tan hermosos?
(Pero así somos. Vamos pa’ llá sin saber pa’ dónde vamos…)
15 junio 2009
Del sexo y otros demonios
Qué vanguardia ni qué ocho cuartos. No. Vivimos en un mundo lleno de tabúes, de discursos eufemísticos, de represión social. Ajá: hemos ganado muchísimo terreno pero aún nos falta muchísimo por andar. Aunque en apariencia este post gire en torno al sexo, ya veremos que el trasfondo del tema es MUCHO más complejo e interesante de lo que parece.
Antes no se hablaba de sexo. No. Ése siempre fue un tema que no se tocaba abiertamente en las casas de nuestros padres. Antes, las familias eran numerosas y, por decirlo de algún modo, se conducían sobre las pautas con las que iba proveyéndolas la sociedad en la que se desenvolvían, rara vez cuestionando u oponiéndose a lo ya establecido.
Las cosas han cambiado. Han cambiado muchísimo. Hoy el sexo es, aparentemente, el pan nuestro de cada día. Hoy todos estamos socialmente forzados a que nos guste el sexo, cuéstenos lo que nos cueste. Nos tiene que gustar y lo debemos practicar. ¿Cuántas veces no le achacan a la falta de sexo el mal humor de alguien? Ja, como si todo fuera tan sencillo como echarse a alguien y ya. Como si la vida no fuera un caleidoscopio de alternativas que debemos saber equilibrar para ser felices.
¿Cuántas chavitas no devienen inseguras porque siguen siendo vírgenes a los 18, a los 19, a los 20? ¿Cuántas?!?! ¡Muchísimas! Yo misma fui una de ellas. (No, ¡la edad no se las pienso revelar! ¿Y ustedes qué dijeron? ¿”¡Ora sí viene lo bueno!”? ¡Pues no!!!) ¿Cuántos chavitos no están en las mismas? ¿Cuántos no se ven obligados a mentir para seguir encajando en su círculo de cuates de la prepa o la universidad? Así entonces, por las vidas desaforadas de los jóvenes de hoy, corren pasiones desenfrenadas, obviamente imaginarias, que ponen al descubierto una de las debilidades más grandes del ser humano: la inclinación por la mentira frente a la exclusión.
Si se nos ocurriera pensar que este aterrador escenario se desdibuja al cruzar el umbral de la adultez, nos daríamos cuenta de lo equivocados que estamos. Muy equivocados. A medida que envejecemos, que van pasando los años, va cobrando más bríos el fantasma de la soledad, que nos orilla (o, al menos, así parece) a mentir con más enjundia, a fingir demencia, a pretender que todas las piezas del rompecabezas están en orden. A callar cuando lo que queremos es salir corriendo y mandar todo al diablo. A tener sexo cuando no se quiere, cuando no gusta, cuando duele, cuando empobrece, cuando vacía.

Todas estas ideas me brincaron mientras leía Sexo sin dolor, escrito por Mónica Braun y Alma Aldana (amanuense y terapeuta, respectivamente), que comparte con los lectores qué son el vaginismo (contracción involuntaria de los músculos de la vagina) y la dispareunia (dolor durante la penetración), dos de las disfunciones sexuales más acalladas en este país. (¡Enhorabuena por este libro sin parangón en las publicaciones mexicanas!)
Mientras leía los testimonios encubiertos de las pacientes con vaginismo y dispareunia, me di cuenta de la carga tan pesada y asfixiante de las mujeres de hoy. Mujeres que sufren al ser penetradas como si estuvieran siendo mutiladas, tolerando por el miedo a ser “distintas”, por no saber adónde acudir para pedir ayuda, por no contar con los medios ni la información necesaria para salir adelante. Mujeres que, gracias a uno de esos virajes afortunados del destino, pudieron ir a terapia y, finalmente, sanar.
Una cosa lleva a la otra. Luego de leer el libro, me di a la tarea de investigar. México es el primer consumidor de Viagra en América Latina. En México, 35% de las mujeres no llega al orgasmo durante sus encuentros sexuales y más de la mitad de los hombres padece algún grado de disfunción eréctil o eyaculación precoz. Yo creo, por lo poco que he podido hablar con algunos expertos, que las cifras se quedan cortas. Visiten esta nota del Milenio. Ah, esta otra también.
¿Cuántas de las personas que conocemos pueden hablar con apertura sobre su anorgasmia o su disfunción eréctil? Ninguna. ¿Por qué? Porque la televisión y la pornografía nos hacen mucho daño. Debemos gozarlo y querer más. Depredar y regodearnos en nuestra sexualidad. El problema es que más de la mitad de la población en México ni la disfruta ni la ejerce, y tampoco cuenta con las herramientas necesarias (información, dinero, voluntad, sensatez) para superar sus disfunciones.
¿Cómo es posible que la industria editorial mexicana tenga un vacío de este tamaño? ¿Cómo es posible que en un México donde una terapia sexual cuesta $900 a la semana no haya habido algún editor que pudiese dimensionar no sólo la fuerza sino la importancia de dotar al público de libros que lo ayuden a esclarecer su sexualidad? No se necesitan más de dos dedos de frente para imaginar lo dolorosas que son estas disfunciones, no sólo en el plano fisiológico sino (sobre todo) en el plano psicológico. Los orgasmos, además, no llegan con campanas y luces de Bengala desde la primera vez. Ajá. We wish!
Yo no soy machista ni (¡mucho menos!) feminista. No soy ni judía ni católica. Eso sí: no tengo pájaros en la cabeza. Si nuestra sexualidad no es plena, es INCONCEBIBLE pensar que nuestra vida en conjunto pueda serlo. Las disfunciones sexuales son, para la mayoría de los mexicanos, tan comunes como el tráfico o la contaminación. Algo debemos hacer para escribir al respecto. Para orientar a la banda. Si mejoramos el cociente sexual de nuestro país, la tasa de felicidad batirá récord. Y, entonces sí, vamos a ver a quién le preocupan el PIB y las (MALDITAS) campañas electorales.
5 junio 2009
De ateos y creyentes

Me cuesta muchísimo trabajo escribir sobre algo que, por dondequiera que se vea, se ha discutido hasta el cansancio. Que si la religión o no. Que si católicos o no. Que si los judíos son de lo peor y los palestinos, víctimas indefensas. Que si las atrocidades de la Santísima Inquisición. Que si la quema de brujas en Salem. Que si la vida comienza al final del túnel donde está la luz. Que si los curas son los pedófilos más repugnantes y atascados que hay. Que si a los niños debe imponérseles la religión desde pequeños o no (de cualquier modo, cuando crecemos mandamos al diablo todo lo que no nos parece aunque vaya “en consonancia con Dios”). Que si cobran millones de pesos por casarte por la iglesia (y, quepa mencionar, millones de libras por descasarte). En fin.
Yo pienso lo mismo que piensa la mayoría de los jóvenes de hoy: que la iglesia como institución es una basura. No vengo aquí a explicarles mi postura ante la religión porque odio hablar de lo que ya está choteadísimo y donde ya no tengo nada que aportar. Ajá, nada.
Todo esto viene a colación porque me aventé Las brujas de Salem y me encantó. Ufff. La disfruté enormemente. Una pieza que espero algún día tener la oportunidad de ver en escena (y si yo puedo ser una de las brujas… ¡mejor!). Si no la han leído se las recomiendo amplísimamente. Por si fuera poco, es brevísima. Hay algo de magia (¿de brujería?) en ella: encanta, envuelve, inhibe, congela. Yo nunca he visto la película pero no creo que sea necesario: cada escena está recreada con una precisión tal que la película va corriendo en nuestra cabeza sin un solo comercial.
He de decir, para ponerle punto final a este post que tan sencillo me ha resultado, que estoy convencida, como decía papá, de que los seres humanos necesitamos asirnos a alguna fuerza “superior” e intangible para salir adelante. Yo le llamo así, “Dios”, porque es lo que he escuchado toda mi vida. He de confesar también que luego de la partida de papá y de mi abuela, han sido ellos los que ocupan ese espacio exclusivo para las deidades: para lo invisible, para lo más amado, para el refugio tan socorrido.
No creo en aquellos que dicen no creer en nada. Por supuesto que nadie cree en monseñor Norberto Rivera Carrera, wácala, pero no me digan que ustedes son el único pilar de su existencia. Nah. Todo mana de nosotros mismos, es verdad, pero en los momentos más cruciales, en los momentos más determinantes, es a esa fuerza, es “a ellos”, llamémosles como queramos llamarles, a quienes acudimos para que nos regalen un destello de luz en medio de tanta oscuridad.
Las brujas no existen. La Inquisición fue un genocidio tan atroz como el de Camboya, el de Haití o el de Hitler. Las Cruzadas y las afrentas religiosas son pura ira mal canalizada. A nadie lo define su religión. Todo ser humano es mucho más que una religión. Todo lo que somos existe dentro de nosotros. Todo lo que vemos y todo lo que “vemos” nos pertenece. Ni Abel, ni Caín, ni Adán, ni Eva, ni las brujas de Salem, ni el mismísimo Juan Pablo II han venido a desvelarnos algo sobre la vida. No. Todos llegamos hasta donde queremos llegar. Todos apoyamos lo que en el fondo favorece nuestros intereses. Todos nos vendemos el cuento de la purgación de los pecados no por el miedo a ser excomulgado del Reino de los Cielos, no, sino por el pavor que tenemos a la autocrítica y al autosabotaje. Cada uno de nosotros es, para sí mismo, el más implacable de los verdugos o el más sensato de los mentores.
Qué proyección. Y todo esto para decirles: lean Las brujas de Salem.
13 mayo 2009
Un poeta que se cansaba de ser quien era

Arthur Rimbaud es el niño rebelde de la literatura. Luego de varios años de dejarlo en el cajón, no hace mucho que decidí desempolvar Una temporada en el infierno. Volví a leer algunos versos y comprobé que no le entiendo. Que no es para mí.
Supe de nuevo que el libro no es más que la forma en la que documenta la relación que sostuvo con Verlaine, y me dieron ganas de leer más. No más versos sino más acerca de su vida. Y al igual que con Maupassant, me clavé en su biografía. (Muy recomendables las páginas que Javier Marías le dedica en Vidas escritas… ¡excelsas!)
Paul Verlaine, poeta francés diez años mayor que Rimbaud, leyó un verso que nuestro poeta escribiera a los 17 años y decidió contactarlo. Desaliñado, sucio e impertinente, Rimbaud se presentó en casa de Verlaine, quien vivía con su esposa (de 17 años también) y un hijo. Ese triángulo pasional fue de una intensidad inenarrable. Ni las mejores historias modernas superan lo que Verlaine y Rimbaud protagonizaron entonces. En alguna ocasión, Rimbaud hendió varias veces una navaja en las palmas y el rostro de Verlaine. En otra, Verlaine le disparó a Rimbaud hasta que este último terminara en el hospital y Verlaine en la cárcel.
Dice Marías que Rimbaud se cansaba de ser quien era cada poco tiempo; así, emprendía una vida completamente distinta cada par de años. Dejó de escribir a los 19 años y se dedicó a los oficios más variopintos: fue soldado, empleado, mercader y traficante. Murió a los 37 años de edad de cáncer.
La obra de Arthur Rimbaud es todo un mito en la historia de la literatura. Lo que yo pienso, luego de lo poco que he leído, es que el mito no es su obra sino él mismo. Su obra no fue más que una herramienta a través de la cual catapultó su salida del anonimato. Una vez que logró captar la atención de uno de los poetas más sobresalientes de su tiempo, los reflectores de la historia cayeron sobre Arthur Rimbaud, quien se inscribiera para siempre en las páginas del transcurrir de esta vida como uno de los poetas más sórdidos que haya habido jamás.
A mí no me gusta su poesía*. Yo no la entiendo. Pero… ¡ah! ¡Cuánto he disfrutado sus vivencias y cuánta cuerda me ha dado con su ejemplo! Haber leído su biografía, al menos, ha hecho una gran diferencia: antes sólo no comprendía sus textos… hoy entiendo por qué son incomprensibles.
*No me gusta en español, pero en francés se lee divino:
Je ne puis plus, baigné de vos langueurs, ô lames,
Enlever leur sillage aux porteurs de cotons,
Ni traverser l’orgueil des drapeaux et des flammes,
Ni nager sous les yeux horribles des pontons.
A. Rimbaud, Le Bateau ivre
2 mayo 2009
Cuentos que sí dan miedo

Guy de Maupassant es célebre por sus relatos de terror. Gustave Flaubert lo apadrinó y fungió como su gurú (yo también tengo la mía). No pude evitar leer el prólogo que, como todos los prólogos (yo por eso me los salto, no sé por qué esta vez no pude), nos predisponen y filtran nuestra aproximación a la lectura. Así entonces, luego del prólogo corrí a la enciclopedia para enterarme de que la vida de Maupassant estuvo acompasada, entre otras cosas, por una sífilis terrible. Luego de diez años, Maupassant traspasó el umbral de la locura. Dejando atrás la lucidez, murió el 6 de julio de 1883, a los cuarenta y tres años de edad, luego de incontables intentos de suicidio, alucinaciones, miedos, incontinencia, malestares físicos y, finalmente, la locura total. Y como mi curiosidad (y mi morbo, pa’ qué negarlo) es irrefrenable, luego investigué qué es la sífilis. Es horrible. Si no se trata a tiempo puede ocasionar ulceraciones en la piel, daños en la médula espinal, problemas circulatorios, ceguera, parálisis, demencia, trastornos neurológicos… Ay Dios. ¿Ceguera? ¿Demencia? ¿Hay algo en esta vida, Wen, a lo que le temas más que a la ceguera o a la demencia? ¿No poder leer más? ¿No poder reflejarme en los ojos de la gente que amo (y de la que no amo también)? ¿No poder apreciar la belleza de la que están colmados todos los días, independientemente de que la gente se empeñe en quejarse? ¿Locura? Pero bueno… la medicina ha avanzado mucho y hoy el panorama es distinto. En fin.
El punto es (ando particularmente dispersa estos días) que El Horla es uno de los relatos de terror por excelencia en la historia de la literatura. El texto fue escrito en 1887 y, con tan sólo leer la cuarta, me dieron muchísimas ganas de infiltrarme en la concepción del terror de antaño. ¿Me asustaría? ¿Cómo lo manejaban? ¿A qué le temían?

El Horla es un relato famoso, brevísimo, escrito a modo de diario. El lector, metomentodo por excelencia, se apropia de la intimidad del narrador y se vuelve su cómplice, su confidente, su delator. Una presencia va apoderándose no sólo de la tranquilidad del narrador: también de su cuerpo, de su voluntad, de sus instintos. Consciente como nadie de esta presencia, el narrador le roba instantes a la posesión para documentar sus encuentros y sus desencuentros con el Horla, para describir en este diario cómo lo engañará, cómo lo atrapará, cómo lo aniquilará. En la última anotación en este diario del terror, el narrador describe cómo logra “atrapar” al Horla y cómo le prende fuego a su casa, condenando a la peor de las muertes a sus propios criados, a los que olvidó dentro presa de su terror y su obsesión. No extrañe a nadie que, por lo tanto, la última línea que se lee sea “No… no… Sin duda, no ha muerto… no ha muerto… Y entonces, en ese caso… lo más conveniente sea matarme yo”.
A mí la idea de la demencia me paraliza. Se los he dicho muchas veces. Luego de leer el prólogo y las distintas aproximaciones que se han hecho del texto, resulta difícil no concebir éste como un texto autobiográfico donde el Horla es la sífilis, padecimiento mucho más insufrible que la criatura invisible. El suicidio y la locura, dos temas recurrentes no sólo en su obra sino en su vida misma.
Yo no puedo hacer aproximaciones. A mí se me antoja esto como un llamado a la reflexión. Odio ver cómo se quejan y se quejan porque no podemos salir de casa estos días. Detesto ver cómo se mofan de las autoridades… me gustaría ver cómo se conducirían los que se pitorrean de ellas si estuvieran en su lugar. Me parece que lo que es verdaderamente de miedo, de horror, es sentirnos asfixiados en nuestra propia casa, es estar convencidos de que el único consuelo existe más allá de las puertas de ese lugar íntimo y sagrado que debe ser nuestro hogar. Odio tantas quejas y me quejo de ellas también. Las quejas son más contagiosas que la propia influenza. Odio que haya tantos libros en los libreros, cerrados todos ellos, y que no aprovechemos estos días para despojarlos del retractilado y entregarnos a la lectura de aquello que en algún momento compramos pero que nunca estuvimos convencidos de leer. Ésta es la triste realidad y a mí sí me acongoja ver cómo reaccionamos ante todo esto.
16 abril 2009
Ley de Fomento para la Lectura y el Libro para dummies

La Ley de Fomento para la Lectura y el Libro está por todas partes y nadie sabe a ciencia cierta de qué va. Leí un artículo publicado en El Financiero (muy mal escrito pero bien informador) donde, en resumidas cuentas, nadie en realidad comprende qué es eso de la Ley del precio único. Bien.
1. La Ley del precio único se desprende de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro. En realidad, así se le llama al artículo 22 de dicha ley, que decreta lo siguiente:
Artículo 22. Toda persona física o moral que edite o importe libros estará obligada a fijar un precio de venta al público para los libros que edite o importe. El editor o importador fijará libremente el precio de venta al público, que regirá como precio único.
Luego entonces, podemos deducir que la “Ley del precio único” no existe como tal. Lo que nosotros entendemos como “Ley del precio único” es, simple y llanamente, el artículo 22 de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro.
2. Esto quiere decir, en pocas palabras, que cada título debe costar lo mismo en todas partes, y el precio lo fija el editor. Es decir que ya no van a tener que ir a El Sótano de Miguel Ángel para encontrar un libro más barato: ya pueden ir a la librería de la esquina por el mismo título y les va a costar los mismos pesos con los mismos centavos. (Ojo: este criterio sólo aplica para las novedades. Luego de dieciocho meses de publicados los títulos, quedan éstos exentos de dicha regulación.)
3. ¿Y como para qué va a servir esto? Bueno. Es sencillo. La tirada es favorecer a las pequeñas librerías, de modo que al ofertar los mismos títulos al mismo precio que las grandes tengan las mismas oportunidades de atraer clientes. La pretensión no es sólo que se fortalezcan las pequeñas librerías, sino que se abran nuevas librerías independientes.
4. ¿Ya funciona? Pues ya entró en vigor, pero no hay regulación. ¿Que qué quiero decir? Que ya se aprobó, pero no hay sanciones para aquellos que la incumplan. Hoy en día, me parece, sigue habiendo diferencia de precios entre los libros ofertados en Gandhi, el FCE y El Sótano.
5. ¿Y sirve de algo? No en realidad. A simple vista pareciera ser una propuesta extraordinaria y de indudable empuje para el pequeño librero, pero el problema tiene un trasfondo mucho más complicado que ése: las editoriales son muy duras con las librerías pequeñas. No hay facilidades de pago y no les dan créditos. Las condiciones que les imponen son ridículas y esto, evidentemente, inhibe el desarrollo de las librerías independientes en nuestro país. Esto sin mencionar que el fomento para la lectura NO PUEDE COMENZAR EN LAS LIBRERÍAS: EL FOMENTO PARA LA LECTURA COMIENZA EN CASA, EN LA ESCUELA, EN LAS SUBVENCIONES GUBERNAMENTALES QUE FAVOREZCAN LA CULTURA EN EL PAÍS. Éste es el verdadero problema: que queremos tapar el sol con un dedo. Lo que este país necesita no son librerías sino lectores.
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Está de más decirles que éstas son mis impresiones. Ha habido infinidad de debates al respecto y hay muchas posturas encontradas. Yo no sé si esto de veras tenga un impacto positivo en la industria del libro o no. Tampoco sé si lleguen a imponerse sanciones reales para quienes la incumplen. Yo sólo vine a contarles lo poco que yo entiendo para sacudirnos el polvo.
14 abril 2009
Carlos Fuentes: CULPABLE

Ya terminé Los papeles de Aspern. Para quien no lo sepa, hay quienes aseguran que Carlos Fuentes se fusiló esta novela y escribió Aura. Nunca me pronuncié al respecto porque no tenía las herramientas para hacerlo, pero ora sí ya lo leí y he aquí mi veredicto:
Sí, Carlos Fuentes se fusiló Los papeles de Aspern para escribir Aura. Cambió de locación (pasó de Venecia al DF), suplantó a la primera persona con la segunda y se inventó (eso sí, reconozcámoslo) un final de película. De acuerdo: “la literatura recicla porque son pocos los temas universales”… pero, digan lo que digan, ¡Aura es Tina Bordereau reloaded!
Veamos cómo se pone el debate pa’ ver si vale la pena que me extienda yo con mis argumentos. Por lo pronto, sólo pienso en Cracovia.



































