Amores en fuga

2 Noviembre 2009 por wenperla

amores en fuga

A mí El lector me cambió la vida. En esas páginas aprendí que por la literatura no sólo se vive sino que también se muere. De su autor me encantaron su sencillez y su conocimiento profundo de los escenarios a los que alude. No podía parar de leerlo, necesitaba saber qué iba a pasar, qué vendría después. Como tantos otros libros, el final me sorprendió con un par de lágrimas cuesta abajo en mis mejillas.

Ya sabrán a estas alturas que no tengo remedio y que ni bien tuve frente mío otro de sus libros lo tuve que comprar. Bastaron dos trayectos en tren para devorar este nuevo volumen que, de nueva cuenta, me ha conmovido profundamente. Aquí, por el contrario, Schlink no me ha sorprendido con vueltas de tuerca inesperadas. No. En esta ocasión el autor se valió de siete relatos para desmitificar el amor, para desenmascararlo, para ponerlo en su lugar.

Siete historias de amor a menudo protagonizadas por más de tres. Incontables perfiles sicológicos extraordinariamente bien expuestos de entre los cuales con más de uno podemos identificarnos. Relaciones nuevas; relaciones en la incubadora y en terapia intensiva; relaciones desgastadas, podridas, viciadas. Relaciones imposibles y relaciones inexistentes. Culpa, negación, sumisión, costumbre, hartazgo, lujuria, descaro, onanismo. Historias plagadas de realidad donde la constante es siempre nuestra incapacidad para abrazar nuestra soledad y librarnos de la omnisciente quimera del amor.

La idea del amor nos trastorna. En esa obsesión nuestra por encontrar el amor siempre acabamos perdiéndonos a nosotros mismos. 

Las relaciones descritas por Schlink son totalmente distintas entre sí y a la vez iguales a todas las que conozco en mi vida. Yo creo en el cinismo de las amantes que un buen día deciden tomarse un café y averiguar con quién es mejor aquél en la cama. Creo en el arrepentimiento profundo de quien nunca se dio tiempo para atender las cosas verdaderamente importantes y que sólo se percata de ello al final de la cuesta de la vida. Creo también en la inseguridad del que sabe que no lo dio todo y que es incapaz de ver en la dirección correcta para recobrar la confianza en sí mismo. Creo en las distancias gracias a las cuales los puentes pueden construirse y también soy consciente de que sin buenos cimientos cualquier puente se viene abajo. Creo en la farsa, en la resignación, en la tristeza. Creo en la supeditación del alma a la voluntad del sexo. Creo en la fuerza de las palabras y en las heridas que nunca cicatrizan.

Descreo de las idealizaciones, de las expectativas, de los parámetros. Descreo de los roles, de las premisas, de los planes. Creo en la espontaneidad, en el hastío, en un corazón hecho pedazos. Creo que la única forma de mantener viva una relación es destronando al amor y colocando en su lugar la libertad, la honestidad y la congruencia.

Creo, quizás, que la idea de la garantía es la que se lleva todo entre las patas. Creo que cuando queremos asirnos al compromiso y a la exclusividad perdemos de vista los verdaderos motores de la vida: la pasión y la libertad. Ya no creo en los acuerdos. (Y Schlink tampoco.)

Yo también me voy de shopping

29 Octubre 2009 por wenperla

Pululaba por la Gran Vía y se me ocurrió comprar un diccionario de inglés avanzado. “El inglés que sé no me alcanza ni para el epígrafe”. Ingresé en la Fnac, bello almacén de libros, discos e informática…

Y luego… no sé ni cómo… ahora tengo dos libros nuevos:

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Y es que… ¿cómo diablos me resisto con esta portada? ¿Con esta historia? ¿Con esta fajilla?

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Y luego… ¿Schlink?!?!?!?!?! Después de arrodillarme, tenía que comprarlo.

***

No tengo remedio. (Ni dinero, ni diccionario.)

Lo bueno del descenso…

21 Octubre 2009 por wenperla

Sadness

Y ahí estás otra vez. En cualquier lado. Tienes a flor de piel el don de la ubicuidad: físicamente estás ahí, pero tu alma ya flota en alguna otra parte. Seguro rebusca en tu memoria los recuerdos, los más bellos y los más terribles. Parece que de lo que se trata en este momento es de hacerte daño. De darle vueltas y vueltas y vueltas a la órbita de tu dolor. No llegas a ningún lado, claro. No hay tangentes ni aristas. La única forma de ponerle fin a esa dinámica es mandando la elipse al carajo y regresando a la vida real. Pero no. Así qué chiste.

Ya sabes que cuando el corazón se hace pedazos tú puedes ser tu mejor amiga o tu peor enemiga. Sólo tú decides cuándo enterrar esa historia y comenzar otra sobre la hoja en blanco. Puta madre. ¿Otra vez? ¿Otra vez estás llorando por eso? Ajá. ¿Qué no habías hecho un trato? ¿Un trato contigo? “Nunca te vuelve a pasar esto. Nunca llorarás de esta forma por nadie porque quien te quiere no te hace llorar”. Pues ya ves que esta vida no es terreno seguro. Aquí las estacas se clavan en lo más hondo del alma sin poder esgrimirlas. ¿Los culpables? Básicamente el azar y aquel al que llaman “Amor”.

Pero pasa algo, claro. Hoy no duele como ayer. No es que duela más o que duela menos, no. Pasa que duele diferente. A dos personas has amado en tu vida. Con dos hombres es que te has visualizado a futuro. ERROR. Primer gran error. ¿El futuro? Neee. Lo único que tienes es el presente. Lo demás, si no llega aún, a nadie debe importarle. (Y es que esa maña de construir castillos en el aire parece tu pasatiempo. Joder.) La primera vez eras ingenua, eras joven, eras muy poco perspicaz (por decir lo menos). Hoy todo se siente diferente. Hoy también te duele el alma pero te sientes más tranquila y más estúpida que la vez pasada. ¿Cómo que otra vez? Hace años estabas devastada. Hoy estás enojada contigo. Hoy, además, tienes conciencia de que cuando las relaciones terminan, por una ley aritmética que el buen Pitágoras no quiso explicar (porque segurito que la descubrió), resulta que te quedas lleno de mierda. Pero no es la mierda del otro, ni la de los dos, no. Es la tuya. Son tus miedos los que se agolpan incesantemente cada vez que asomas al espejo. Se acabó el insomnio: ya llegaron las pesadillas. Es el infierno.

Bajar al infierno, empero, tiene sus ventajas. (Sobre todo cuando ya has pasado ahí algunas vacaciones. La primera vez sí que es avasallador.) En primer lugar, ya sabes que se trata de una estancia transitoria. En segundo lugar, tú sabes cómo salir de ahí: nomás queriendo. (El tema de la querencia ya es más complicado: luego se vicia uno con la tormenta, se nubla el entendimiento y se te olvida que, de veras, quieres salir.) En tercer lugar (y lo más importante), resulta que es durante el descenso que aparecen los ángeles que vienen a rescatarte. ¿Y qué crees? En Bilbao, ajá, a tan sólo 3 semanas de haber llegado, ya tienes un par de buenos ángeles que no te dejaron comer en la mesa de Satanás.

¿Y cuál es, entonces, el hallazgo más revelador? Es sencillo: que la segunda persona no la inventó Carlos Fuentes. No. La segunda persona es el último recurso de los desesperados que, como tú, son incapaces de desnudarse frente a la audiencia para narrar su tragedia. Lamento decirte que tu hecatombe emocional no es lo suficientemente atractiva para tus respetables lectores, así que aquí deberás cerrar este episodio que, te lo aseguro, será más corto de lo que imaginas.

Ánimo wera.

La Rayuela de Cortázar

13 Octubre 2009 por wenperla

rayuela

He de reconocer que pretender hablar sobre Cortázar es todo menos una operación sencilla. Para empezar yo, melómana hasta la médula, he de apagar toda fuente de sonido sin importar la naturaleza del mismo (desde la lavadora hasta el audiolibro de El principito en francés). Luego, conviene dejar todo listo para no sentir presión alguna (recoger el cuarto, ponerse guapo, dizque hacer de comer e ingerir lo que buenamente uno ha pretendido preparar —rogándole a Dios que hoy tampoco nos haga daño eso que con nuestras torpes manos elaboramos en la cocina—, fumarse un buen cigarro y tomarse un buen té) y, finalmente, reconocer públicamente que lo que pueda uno escribir jamás estará a la altura del texto que aquí se pretende comentar: Rayuela. Perdón. RAYUELA.

Desde aquel primer contacto con sus cronopios y sus famas, el lector reconoce que leer a Cortázar es sobre todo una forma de vida. “Leer”, cuando de Cortázar se trata, es más bien un eufemismo que empleamos para no reconocer abiertamente que ofrecemos nuestras almas al más elevado de los sacrificios. Basta comenzar con “¿Encontraría a la Maga?” para firmar el acuerdo tácito mediante el cual ponemos nuestro espíritu a los pies de la fascinante aventura francoargentina que Cortázar nos regala con cada una de sus letras.

Lo primero que hay que hacer cuando nos paramos el cuello contándole a la banda que ya leímos Rayuela es, sin duda, confesar en qué modalidad la leímos: en el orden acostumbrado o siguiendo el gran invento al que nuestro autor tuvo a bien llamar “tablero de dirección”. Entramos aquí en una dialéctica bastante complicada:

1. Por una parte, los cultos asumen que uno no ha leído Rayuela hasta que se ha leído de ambos modos, al derecho y al revés, y varias veces en ambas secuencias, dicho sea de paso.

2. Los incultos sabemos que, por lo pronto, vamos a leerla una vez. La segunda vez quedará reservada para el futuro. Un futuro incierto que, conscientes somos, quizás no llegará. (¡Con tantísimo más que leer en tan poco tiempo de vida!)

3. Si sólo vamos a leerla una vez, lo “lógico” (y ya verán por qué las comillas) es pensar que se lea con base en el tablero de dirección. ¡Pos ése es el chiste!, ¿qué no? Pos no. Ya con el libro en las manos, luego de una disertación prolongada sobre el camino que debería tomar para entregarme a los brazos de Cortázar, el miedo a la incomprensión y al sinsentido me orilló a optar por la cronología tradicional.

4. Y ya cuando uno se acaba la novela en el orden tradicional, por supuesto, dan unas ganas tremendas de leerla al revés. (Y segura estoy de que de haber hecho lo contrario me sentiría igual.)

5. Finalmente, uno entiende que Cortázar es Cortázar al derecho y al revés y que la experiencia mística es igual de fuerte independientemente del método por el que hayamos optado.

Así entonces, comparto emocionada con ustedes lo que para mí implicó esta entrega, este desprendimiento.

A mí, leer a Cortázar me ha cambiado la vida. Cortázar me hace llorar de recordar cosas que ni siquiera he vivido. Se me olvidaba que las letras pueden llevarte de la mano hasta los deliquios más inesperados, que las letras se deslizan como el cuchillo sobre la mantequilla fresca sin dejar un solo grumo a su paso. Me hace revivir el amor desde un enfoque realista y desgarrador. Cortázar me lleva de la mano al orgasmo callejero, al de los clochards, a aquellos que prosiguen a la ingestión de una botella de un vodka cualquiera, mientras más corriente mejor, y nos penetra entonces un extraño cualquiera, hasta lo más hondo de nuestras entrañas. Por medio de artilugios literarios indescriptibles e inigualables, Cortázar me hace sentir francesa, argentina, mexicana y extranjera al mismo tiempo. Y, como si todo esto fuera poco, Rayuela evoca los escenarios más seductores del mundo: un París tremendo y elitista, un circo, un manicomio, el cosmos del inconsciente.

Me cansa un poco, hay que decirlo, el aire tan erudito de la novela. Tantos intercambios tan cargados de nombres propios, de fechas, de corrientes artísticas, de encabezados de acontecimientos ininteligibles, en fin, a mí me agotan muchísimo. Pero comprendo, sin duda, que la obra de Cortázar sin esas alusiones estaría manca, incompleta. (Ya lo dijo Búnbury: “no tengo remedio ni lo quiero tener”.)

Aprendí, entre otras cosas…

…que escandir es descomponer un verso en sus elementos constitutivos

…que el fautor es que le agarra la pata a la vaca

…que un plañidero es un quejica

…que la soteriología es la parte de la teología que estudia la salvación de las almas por la intervención de Jesucristo

…que una curda es una borrachera

…que una taranta es un arrebato pasajero

…que un pacato es un mojigato

…que parapetarse es atrincherarse

…que hacer algo motu proprio es hacerlo voluntariamente

…que un piscolabis es un tentempié

…que la tratativa es la etapa preliminar de una negociación

…que el último estertor es exclusivo de los moribundos

…que las batas también son guardapolvos

…que contemporizarse es avenirse

…que el deliquio es el éxtasis

…que un ectoplasma es un fantasma

…que la aquiescencia es beneplácito

…que un libro incunable es aquel que fue editado antes del año 1500

…que un penelopista es aquel que hace y deshace muchas veces una cosa

…que proemio es sinónimo de prólogo

…que el fastigio de una historia es su momento culminante

…que un gilipuertas es un estúpido

…que áulico es sinónimo de palaciego

Y lo más importante:

…que toda mi vida he estado equivocada. Cuando yo jugaba rayuela pintaba una línea en el piso y lanzaba mis tazos. El que quedaba más cerca de la línea se ganaba los tazos de los demás. Pero la verdadera rayuela, la de Cortázar, es lo que yo llamaba “el avioncito”.

Y me quedo feliz porque ya hice una de las tantísimas cosas que tengo que hacer antes de morir.

Vamos por el resto.

Apuntes de la primera clase

3 Octubre 2009 por wenperla

Hoy tuve mi primera clase. Soy oficialmente alumna del Master of Arts in Euroculture en la Universidad de Deusto. Pasaré el segundo semestre en Cracovia y el tercer semestre tendré que hacerme de un trabajo y de una tesis. Estoy feliz.

Tomé nota. 

Somos dieciséis alumnos. Por orden alfabético, van las nacionalidades:

 

  • Armenia
  • Azerbaiyán
  • Cabo Verde
  • Camerún
  • España
  • Irán
  • Kazajistán
  • México (¡ésa soy yo!)
  • Ruanda
  • Rusia
  • Ucrania

 

También en orden alfabético, nuestras profesiones:

 

  • Filólogos (aquí debiera estar yo)
  • Historiadores
  • Internacionalistas
  • Pedagogos
  • Periodistas (pero aquí es donde me ubico)
  • Politólogos
  • Publicistas

 

Y la foto se ve más o menos así:

 

euroculture

 

Estudiar ni siquiera será necesario. Bastará convivir con toda esta banda y conocer el mundo a través de sus ojos.

Increíble que en un salón quepan tantas historias, tantos sueños, tantas batallas perdidas y ganadas.

Allá vamos.

Las noches blancas

2 Octubre 2009 por wenperla

fyodor

El amor. El “amor”. Esa palabra a la que nos asimos o de la que nos alejamos tanto como nos sea posible dependiendo de nuestro estado de ánimo y de nuestra coyuntura. Esa palabra que, como dice Arjona, para algunos es verbo y no sustantivo. Ese premio mayor en la lotería de la vida; esa llama que no permite que se extinga la hoguera.

El amor es, para muchos, un modus vivendi y un motor de vida. Para otros no es más que una quimera, válgame la redundancia, inasequible. Yo creo que, con toda certeza, nunca se llega al segundo estado sin haber antes transitado por el primero.

No sé ustedes, pero a mí me parece que la reacción primera del ser humano es creer. Creer que el amor lo puede todo. Durante la tierna adolescencia y los pininos rumbo a la adultez tal pareciera que el trofeo al llegar a la meta es el enamoramiento. Parece, entonces, que es eso para lo que vinimos a poblar el mundo. Si te enamoras lo puedes todo: si no te pela, lucharás por conseguirlo; si te corresponde, es momento de blandir las armas y abrirse paso en el escabroso bosque de la vida.

Para todos los que hemos protagonizado uno o más desencantos amorosos, el amor representa sólo uno de los ingredientes necesarios para ser felices. Con el tiempo aprendes que aquello de “el amor todo lo puede” no es más que una patraña publicitaria acuñada por Walt Disney para vender. (Pero hasta los más incrédulos agradecemos la metáfora ya que, con cierta periodicidad, hemos de correr a refugiarnos bajo de ese techo para reconfortar un poco al corazón.)

A mí el amor nunca me ha dado la cara del príncipe ni (¡mucho menos!) me ha puesto en las zapatillas de la princesa. A mí los encuentros (y sobre todo los desencuentros) amorosos me han dado las lecciones más grandes de mi vida. A mí lo que he vivido me ha bastado para descubrir que el amor es, de todos, el tesoro más preciado del mundo: todo pueden encontrarlo pero nadie parece ser capaz de conservarlo, intacto, para siempre.

Desde que llegué a Bilbao vivo con una rusa, una inglesa y una armenia. Menuda combinación. Pura pieza exótica. La armenia se ha convertido en una amiga cercana. Se sorprenderían si la conocieran en persona: es bellísima. Es políglota (armenio, ruso, español e inglés). Es sensible, inteligente, perseverante, tierna. Es una hermosa persona. Supongo que cualquier hombre se sentiría halagado de tener a su lado a una mujer como ella.

Pero resulta que Nari (ése es su nombre) no para de llorar. No para de llorar y de verla llorar ya me sequé yo. ¿Y por qué llora? ¿De dónde saca fuerzas para llorar todo el santo día? Pos justo de ahí, del corazón. Y llora por un Él que no sé quién sea. Acaba de recibir, al igual que yo, la mejor beca del mundo. Vive, al igual que yo, en Bilbao, una ciudad hermosísima con un clima extraordinario y gente siempre dispuesta a ayudarte. Es, por mucho, una de las mujeres más bonitas y talentosas que he conocido en mi vida. Y sin embargo, llora. Llora por Patán que le mintió, que la engañó, que tiene otra y que le rompió el corazón. Y yo, desde fuera, me enojo porque más allá de atestiguar su dolor, veo en ella el reflejo del propio.

Cuando cruzamos los límites del umbral de nuestro propio dolor, aprendemos innumerables lecciones. Entre otras cosas, supongo, comprendemos que quien bien nos ama no nos hace llorar (a menos que sea de alegría). Aprendemos, creo, que a medida que avanzamos por los senderos de la vida, no hay peores enemigos que los traumas y los miedos no superados. Aprendemos que el amor es ensayo y error. (Y que en una de ésas es chicle y pega.) Aprendemos, también, que a medida que vamos comprendiéndolo, el amor nos huele y se nos acerca, nos abraza y nos da de nueva cuenta la oportunidad de probar sus mieles y volver a tenderle un altar.

En “Las noches blancas”, Fiódor Dostoyevski aborda el amor desde una perspectiva que, aunque a primera vista podría parecer arcaica, no ha perdido en absoluto vigencia. Un joven solitario de 26 años se enamora de la primera mujer con la que entabla una conversación. El encuentro con esta mujer dota a su vida entera del sentido que nunca había tenido, de las ilusiones trémulas de las que siempre había carecido. Esta mujer no le corresponde y él ante sus pretensiones de mantener una amistad a pesar de que él la ve con ojos de amor. Ella, junto a otro hombre, no quisiera sacrificar todo aquello que nuestro protagonista aporta a su vida y él, para no empañar su inenarrable felicidad, accede.

No. Yo no creo que el amor pueda concebirse así. En el amor ambos aman y se entregan. En el amor no hay que cambiar la naturaleza del sentimiento. El amor debe ser aceptación, paciencia, trabajo y entendimiento.

Yo, por mi parte, he decidido que mis noches blancas están por comenzar.

Bilbao, día 3

27 Septiembre 2009 por wenperla

mi ventana, izquierda

Desde mi ventana, hacia la izquierda.

mi ventana, derecha

Desde mi ventana, hacia la derecha.

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Mi casa.

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Mi biblioteca móvil.

smacks

Mi mejor adquisición.

***

Soy muy afortunada.

Dolor

19 Septiembre 2009 por wenperla

Éste es un post de dolor. No, no hablo ni de Susan Sontag ni de los dolores que supuestamente a todos nos atañen y que afortunadamente (por ahora) nos son tan ajenos: las guerras, el hambre, las dictaduras, los genocidios.

Escribo aquí desde el fondo de mi alma, canalizando la pena tan profunda que a mí y a los míos se nos ha clavado, para siempre, en lo más hondo del corazón.

Situaciones como éstas nos confrontan con la vida, con la muerte, con nosotros. Nos orillan a cuestionarnos todo aquello en lo que creemos y en lo que no creemos.

Hay ciclos que deben cerrarse y como tal debemos asumirlos, aunque duelan. El amor termina. La pasión termina. La vida termina. Los hijos emprenden el vuelo y dejan el nido vacío.

La vida es una rueda de la fortuna. A veces estamos hasta arriba. A veces transitamos en un radio incierto. Otras veces estamos abajo. Pero sólo una vez en la vida puede uno estar en lo más profundo del pozo, sin luz, sin esperanza, buscando desesperadamente una resignación inconcebible, ansiando despertar de la peor de todas las pesadillas que acechan, que carcomen el alma.

La doctrina católica tiene buenas frases, frases vendedoras. Las almas desasosegadas se fuerzan a creerlas y a abrazarlas como ciertas para no perder el hilo de la cordura de una vida que de pronto se despedaza y que nunca podrá recuperar la paz ni la felicidad.

Hace 4 días era, sin duda, la mujer más feliz del mundo, la más afortunada. “Estoy en el mejor momento de mi vida” es una frase que no pocas veces repetí a infinidad de interlocutores.

Y, de pronto, un vuelco inesperado. De pronto, la muerte de una criatura de 9 años. La razón de ser de unos padres entregados y dedicados,  la cómplice eterna de un pequeño de apenas 12 años, se va. Se esfuma. Se despide de una vida que no le tocaba dejar. Se va la luz y nos deja a todos sumidos en la más tenebrosa de todas las oscuridades.

Los niños no deben morir. Los niños no pueden morir. Los niños son la alegría del mundo. Los niños, puta madre, no se pueden morir.

¿Y cómo hablar, entonces, de justicia terrenal? ¿Cómo sostener mi tesis aquella de que cada quien tiene lo que quiere y lo que se merece? ¿Cómo justificar que a tres seres humanos bellísimos se les castigue de este modo? ¿Por qué matar a alguien en vida? ¿Por qué?

No han sido pocos mis encuentros con la muerte. No. Seres queridísimos se han ido. Cuando debían irse.

Esto no tiene nombre. A mí nunca se me había roto el corazón en tantísimos pedazos. Ella, sin duda, está bien. ¿A dónde pueden ir los niños sino al paraíso? Pero… y ellos… los que se quedan… a quienes llamaba “papi”, “mami” y “hermanito”… ¿qué van a hacer? Si acaso, con la mejor de las suertes, sobrevivir. Vivir, eso sí, ya es imposible.

Yo me arrodillo ante todos los ángeles que sé me acompañan y les pido fuerza. Les pido valor. Les pido entereza y templanza. Para ellos. Para mi familia que amo y que nunca antes había sido golpeada con tantísima fuerza y sin piedad.

Uno alardea, por ignorancia, de muchas cosas. Yo pensaba que ya había llegado al umbral más profundo del dolor y ayer descubrí que estaba a años luz de distancia.

Nada, nunca, volverá a ser igual.

Tengo miedo.

Historia de un ¿odio? maravilloso

15 Septiembre 2009 por wenperla

hercule barfuss

Y este libro se acabó. Aquí les dejo la portada… ¿sueca?

Sorprendentemente, pude retomarlo en la página 236 sin sentir la necesidad de comenzar desde cero. Ahí, con lo que albergaba mi memoria, fui capaz de retomar el hilo conductor y estremecerme con cada uno de los pasajes descritos en este libro.

No entiendo por qué lo tradujeron como Historia de un amor maravilloso. De veras que no. Suscribiría, por el contrario, la idea de traducirlo al español como Historia de un odio increíble, pero no como Historia de un amor maravilloso.

Estamos ante la historia (por demás inverosímil) de una criatura deforme, lectora de mentes (más inverosímil aún), que bebe sorbo a sorbo el veneno del odio y del resentimiento. Estamos ante una incubadora de tragedias narrada con una destreza extraordinaria.

Más allá del lugar común del alma noble que deviene maldita por los maltratos y las vejaciones de los que es objeto a lo largo de su vida, la historia de Hercule Barfuss es alucinante, entre muchas otras cosas, porque es adictiva y porque, aun habiéndose apartado de lo real y lo palpable desde las primeras páginas, su ficción contiene una fuerte carga de realidad.

Nuestro jorobado no es más que una parábola de nosotros los humanos. En este mundo basta muy poco para discriminar y ser discriminados. Estamos en un mundo dual, donde los “ricos” discriminan a los “pobres” y los “pobres”, llenos de resentimiento, logran a cabalidad su cometido de cimbrar la vida de los “ricos” so pretexto de “la inseguridad” y “la injusticia social”.

La pugna eterna (y refinada, sin duda) en este mundo del neoliberalismo contra la socialdemocracia es tan sólo uno de los ángulos de nuestro caleidoscopio. He ahí que también tenemos un mundo donde los güeros tienen más “caché” para la banda y donde los gorilas de los antros siguen eligiendo, a discreción, quién entra y quién no. La anorexia y la bulimia si bien no son aceptadas, tampoco se condenan: el fin justifica los medios y en esta vida se vale todo con tal de aproximarnos al canon impuesto por Occidente. Un mundo donde tanto los grandes conflictos entre razas, religiones y naciones como (sobre todo) los conflictos inexistentes, los conflictos inventados, siguen dirimiéndose con bombas, pistolas y tanques de guerra.

Podría decirles que no vale la pena vivir en un mundo así. Podría decirles que nunca voy a entender a la humanidad, que soy de otro planeta y que más me valdría morir que formar parte de una dinámica tan podrida y tan superficial. Podría decirles que los que no somos putirricos y no pesamos 20 kg menos de lo que medimos estamos condenados a la segregación y a la injuria perenne.

Podría decirles estas y muchas cosas más, pero ya me aburrí. Yo nunca me expresaría así de este mundo que tiene posibilidades infinitas para quienes las buscan de corazón. Mi perspectiva de la vida se parece más a la última vuelta de tuerca de la vida de Hercule Barfuss quien, antes de acometer el último de los asesinatos que cerraría el ciclo de su venganza, fue iluminado por la voz de su amada y decidió claudicar. Porque la vida y el amor son la onda. Porque para eso estamos hechos.

En fin. Que me ha fascinado este libro y me siento feliz de haberlo concluido aun cuando eso haya ocurrido a 8 meses de haberlo comenzado. Nos dio para mucho en este espacio, ¿qué no? Lo estiramos lo suficiente como para hablar, precisamente, de la fealdad y del neoliberalismo editorial.

Gran libro. Gran trama. Gran escritor y, sobre todo, gran traductor.

Sputnik, mi amor

27 Agosto 2009 por wenperla

Haruki Murakami es un personaje interesantísimo: es traductor de grandes escritores norteamericanos al japonés: F. Scott Fitzgerald, Raymond Carver y John Irving, entre otros; en todos sus textos están presentes los gatos, “los perros no me interesan nada”; no da conferencias, no firma libros, no le interesa convertirse en una celebridad; el gremio japonés de escritores no lo acepta y él tampoco los reconoce; le tiene pánico a las alturas; antes de publicar un libro se lo da a leer a su mujer hasta que ésta da su visto bueno; su hilo conductor es la música y cada vez que escribe un libro, abre el word y se sienta ”a tocar el piano”. Interesante, ¿no?

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Estábamos en un avance de producción y yo robé del escritorio del director general Sputnik, mi amor. (Mmm… “Robar” es un término muy agresivo. Mejor dicho: cobré en especie.) Me encantó el título. Pensé que era una edición anticipada y que podría convertirme en la primera mexicana en leer esa novela. (Claro: no pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que el libro se publicó en 1999 y de que ésta es la trigesimoctava edición pero, afortunadamente, eso no minó mi entusiasmo.) Anoche, luego de una semana de lecturas intermitentes, lo terminé.

La historia se resume en un par de líneas: un triángulo amoroso que nunca se consuma, en ninguno de sus vértices. Un joven enamorado de su mejor amiga, Sumire, que a sus veinte años nunca ha tenido novio, nunca ha besado a nadie y nunca se ha sentido sexualmente atraída hacia ningún chico, se ve, de pronto, enamorada de una mujer de cuarenta y tantos, casada, quien la invita a trabajar con ella. Es un libro lleno de altibajos, muy emotivo, surreal, que deja al descubierto las debilidades y las fascinaciones de los seres humanos. Una novela impregnada de música, de literatura, de vino, de pasión. Un camino de sendas bifurcadas que desemboca en la escisión del ser humano, en el umbral que divide nuestra esencia. En el umbral traspasable que separa dos esferas irreconciliables.

Los tres protagonistas de esta historia, cuya narración es maravillosa, traspasan ese umbral y se pierden a sí mismos. Luego de cruzar esa línea, nunca más se reconocen en el espejo y viven como por antonomasia, ansiando recuperar, aunque sea por un instante, la magia que dejaron al otro lado. Un libro de pérdidas y de desencuentros. Un libro de entrega, de amor, de humanidad.

Haruki Murakami es adictivo (y yo que ando en mi periodo de adicciones). Ahora los tengo ahí, a todos, formados en el librero: Kafka en la orilla, Tokio blues, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Sauce ciego, mujer dormida, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y After Dark. Es una pena que el viaje a Cracovia se atraviese y no pueda llevármelos conmigo.

Finalmente, Murakami no sería lo que es para nosotros sin sus traductores al español: Lourdes Porta y Junichi Matsuura. Los traductores y los correctores nunca existen para el lector. Las odas y los aplausos son siempre para el escritor y el equipo de profesionales que hace el libro posible siempre es ignorado. Y, en mi experiencia, es muy común que sepan más ellos sobre la obra que el propio autor.

Comoquiera, hay que leer a Murakami. Sus textos son bellísimos. Su alma y su corazón se los agradecerán.

Los sueños en la casa de la bruja

12 Agosto 2009 por wenperla

Y en ésta, mi búsqueda irrefrenable (e inexplicable) del horror, me topé con Lovecraft. No fue nada fortuito, claro que no. Basta con hallar las vetas más primigenias de este género para encontrar incontables alusiones al autor, a su obra y a su círculo.

sueños en la casa de la bruja

Me entregué a Los sueños en la casa de la bruja, para qué negarlo, con cierto escepticismo: “¿a poco éste sí me va a espantar?” Y así fue.

El terror de Lovecraft está situado en lo más elevado del horizonte de la imaginación por una combinación de factores, todos en perfecta sincronía, que hacen de su literatura una referencia obligada. Yo los agruparía de este modo:

  1. Lovecraft, para empezar, tiene un manejo extraordinario de las palabras. El autor echa mano de su vastísimo dominio del lenguaje para darle a cada historia la ambientación y el narrador idóneos, y no son escasos los pasajes donde el lector se convierte en protagonista.
  2. Su pasión por lo oculto, lo esotérico y lo demoniaco está ampliamente sustentada en investigaciones propias, formales o informales, que dotaron al autor de los conocimientos necesarios para inyectar a todas sus historias una buena dosis de credibilidad.

A mí los textos de Lovecraft me dan miedo porque son reales. Las brujas, los vampiros, los espíritus y los demonios en cualquier otra pluma, no son más que tétricas fantasías que van emplastándose para trasladarnos, por un instante, a ese mundo subrepticio y fuera de nuestro alcance. Las letras de Lovecraft, en cambio, nos muestran que todo es al revés: que el terror metafísico y la locura progresiva viven entre nosotros con más latencia de la que suponemos.

¿Qué o quiénes forman parte de su universo? Brujas inmortales acompañadas de extrañas criaturas capaces de atraer a cualquiera a lo más oscuro, roedores que no cesan hasta lograr que los vivos crucen el umbral de los muertos; criptas encantadas que conducen a sus aficionados al manicomio; venganzas consumadas a manos de los muertos en detrimento de los vivos; arte oscuro de incógnitas y musas satánicas; ad infinítum.

***

Al relatar las circunstancias que han conducido a mi encierro en este asilo para dementes, me doy cuenta de que mi actual situación creará una duda lógica acerca de la autenticidad de mi narración. Es un hecho lamentable que la masa de la humanidad esté demasiado limitada en su visión mental para sopesar con paciencia e inteligencia aquellos fenómenos aislados, vistos y sentidos únicamente por una minoría de seres psicológicamente sensibles, que se apartan de las experiencias ordinarias. Los hombres de intelecto más amplio saben que no existe ninguna diferencia concreta entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen con su aspecto únicamente en virtud de los delicados medios físicos y mentales a través de los cuales adquirimos conciencia de ellas; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los relámpagos de la supervisión que penetran el velo ordinario de evidente empirismo…

“La tumba”, H.P. Lovecraft

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Gracias, Lovecraft, por estas lecturas colmadas de tanta adrenalina.

Busco editor

28 Julio 2009 por wenperla

Producto de un taller de redacción, ya tengo casi todo.

1. Texto de solapa

Wendolín Perla nació en la ciudad de México el 27 de agosto de 1984. Estudió periodismo, pero nunca le gustó. Lo suyo, lo suyo, siempre han sido los libros: hacerlos, deshacerlos, corregirlos, traducirlos, arruinarlos… eso sí: nunca antes se había atrevido a escribirlos.

Lectora compulsiva, habla tooodo el santo día y escribe más de lo que habla. Hiperactiva, entusiasta y bipolar socialmente responsable, es apasionada, impredecible y testaruda.

Cibernauta y bloguera desde el fondo de su corazón, Wendolín nos entrega en este libro lo que más ama en el mundo: todas las letras que conoce, acomodadas a su antojo y conveniencia.

2. Foto de solapa

para solapa

(Una cosa cachondona, pero discreta.)

3. Advertencia

Si te jactas de ser culto, piénsalo dos veces antes de recorrer las páginas de este libro. No hallarás nada que ensalce tu calidad de sabio, todo lo contrario. Te darás cuenta, al cabo de unas cuantas líneas, de que no hay nada más preciado para quien esto escribe que aquel que se asume inculto y lucha por conservar ese estatus.

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Sólo me faltan el contenido y la cuarta de forros. Mmm… a ver: la cuarta le toca al editor, así que pensándolo bien, sólo me falta el contenido. Ah, por supuesto: un prólogo. ¿Quién me lo prologa?

Ya llegará el día en que algún misericordioso editor se apiade de mí. Pero soy realista: por el momento, quizás, el proyecto no sea lo suficientemente convincente. Así que volveré a la carga después. Creceré, maduraré y entonces sí… ¡ya verán!!!

Ardores que matan

22 Julio 2009 por wenperla

Hoy, por primera vez en mi incipiente carrera editorial, presentaré un libro. Muy poco margen de maniobra y mucho echar mano de la improvisación. Comparto con ustedes este discurso que acabo de redactar a sabiendas de que este tipo de rollos funge, más que ningún otro, como una reseña detallada del libro en cuestión.

Ya les cuento luego si me apegué a estas líneas o si (para variar) se me fueron las cabras al monte y me quedé chiflando en la loma.

Desde luego: lean Ardores que matan (de ganas).

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Ardores que matan

ardores que matan

Hace más o menos un año estaba yo en las mismas. Tenía frente mío a los verdugos: un comité editorial. Yo, así como ahora, tenía las letras de Ramón entre mis manos, y al menos en aquel entonces tenía muy claro qué tenía que hacer con ellas.

La industria de los libros, para mí, es lo más parecido a una fábrica de sueños. Santa en el Polo Norte hace muy bien su trabajo, pero en Random House nos rifamos mejor. Luego de leer el texto de Ramón me entraron unas ganas tremendas de ver este sueño concretado: en 15×23 con solapas y una portada tan maravillosa como ésta.

Conocí a Ramón en 2007, cuando me aferré a trabajar en Alfaguara en calidad de lo que fuera. Él, sin conocerme, me dio la oportunidad de trabajar con él y de él he aprendido lecciones infinitas. Durante mucho tiempo, de vez en vez, Ramón llamaba a mi número para entregarme, de nueva cuenta, otro libro: que si la primera, que si la segunda, que si las finas, en fin. Gratísima fue mi sorpresa cuando me dijo: “ahí te va este otro, nomás que éste no lo edito. Es de mi autoría y no quiero que lo corrijas, sólo quiero tu opinión”.

Incontables fueron las vicisitudes a las que me enfrenté mientras leía el libro. Luego de comenzar no podía detenerme: en la oficina, en la cola del súper, en más de un Starbucks (donde, por cierto, producto de la lectura tan apasionada del libro en cuestión, se me acercó un chico muy prometedor pero nada cumplidor). No podría decir que leí la novela. No. La devoré. No crean ustedes que presentar un libro es sinónimo de apologizarlo. No. Las presentaciones son para decir la verdad, y es eso lo que yo pretendo decir desde aquí.

Ramón tiene un estilo propio, inigualable, indiscutible. El gran secreto de su prosa reside en su propia personalidad: es irreverente, es apasionado, es un amante declarado y absoluto de las mujeres, de las pasiones humanas, de las letras y todos sus vericuetos. Ramón es uno de esos autores que puede tomarse ciertas licencias porque el resultado es contundente: hace y deshace el lenguaje, lo acomoda a conveniencia, juega con él a placer.

En este texto se hilvana una retacería de anécdotas que tienen una sola cosa en común: la eterna búsqueda amorosa y sexual de los hombres. A cualquier edad. La reticencia a enamorarse y el deseo sexual siempre latente. Al terminar el libro, el propio narrador reconoce que no hubo nunca hilo conductor alguno; que las historias más bien se presentaron de forma inconexa; que no importa de dónde partamos: siempre volvemos al mismo punto: los hombres nunca cambian independientemente de lo que ocurra a su alrededor.

Estamos, sin temor a equivocarme, ante una radiografía sin tapujos de la psicología sexual de los hombres. El relato es extremadamente cómico. El lenguaje es prosaico y el autor se vale de la picardía idiomática del mexicano para explotar al máximo el doble sentido y el albur. Un libro como éste no tiene lectores. Tiene cómplices de ambos sexos que lo acompañan en su diario transitar por la vida.

Paralelo a esta introspección masculina, hallamos un profundo conocimiento del México de hace 30 o 40 años que el autor describe a la perfección: las anécdotas tienen como telón de fondo escenarios típicos del folclore chilango que se mantienen como estandartes de la mexicanidad. A esto, además, hay que agregarle las numerosas alusiones a obras y canciones que viven en el imaginario colectivo de nuestra sociedad: Octavio Paz, José Alfredo Jiménez, José José, por mencionar tan sólo a algunos —también se retoman citas y fragmentos de extranjeros como Truman Capote, Kundera o Arthur Schopenhauer—. 

Ardores que matan me sedujo a toda velocidad y no me sorprende. Una obra tan llena de humor, tan franca, tan irónica y tan desfachatada derrumba, sin previo aviso, todos los prejuicios y los tabúes que prevalecen en nuestra sociedad. Abrir un libro implica, ipso facto, dejar al desnudo el corazón. Espantar a los pájaros que revolotean nuestra cabeza y entregarnos a la lectura. De tan honesto, de tan cómico, de tan empático, de tan cachondo, Ramón atrapa al más escéptico de los lectores.

Ramón ha escrito una novela sincera, sin pretensiones de ningún tipo. Lo ha hecho para divertirse, para divertirnos, para compartirse. Yo confieso: a medida que leía el libro no paraba de reír, de carcajearme, de conmoverme: ¿saben por qué? Porque Ramón es lo que escribe. Porque su prosa es transparente. Porque cada una de las fobias, de las filias, de las fantasías, de las expresiones, de los ademanes imaginados de los personajes de esta historia no son más que el reflejo de su esencia deconstruida. En esta novela Ramón se desnuda, ajá, y quienes lo conocemos sabemos que no pudo haber sido más auténtico. Gracias, Ramón, por esta entrega.

El mundo en tus manos

15 Julio 2009 por wenperla

mundo en tus manos

Estoy por irme a Bilbao y a Cracovia con una beca grandiosa. Una beca que puede dejar a cualquiera boquiabierto. Una beca de la que, desgraciadamente, poco sabemos en este país.

Les dejo aquí la página de las becas. Y aquí la lista de programas.

No sé si los links estén actualizados. Búsquenle y encontrarán. Y no descrean: yo tampoco pensé que podría hacerme acreedora a un sueño de este tamaño. Y ya ven.

¡Besos!

Dos hallazgos

1 Julio 2009 por wenperla

allan poe

Luego de leer algunos cuentos de Allan Poe, me di cuenta de dos cosas.

Uno

Cuando a uno le da por sentirse “crítico literario” o “culto”, tiende a creer que identifica los lugares comunes de sus escritores favoritos. A mí me da hoy por sentirme “culta” y creer que identifico una arista recurrente en la prosa de Edgar Allan Poe.

Uno de los padres del horror, quien por antonomasia a nada puede temerle, permite entrever, a través de las persianas, un miedo que corroe cada una de sus líneas: el miedo aquel que se le tiene a la impredecibilidad de nuestra conducta. El pavor ese que deambula por nuestras venas a no reconocer en lo que de pronto somos aquel que algún día fuimos.

De ”El gato negro”, por ejemplo, reproduzco estas líneas:

Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser.

Finalmente, de “William Wilson”, va este fragmento:

Por lo general los hombres caen gradualmente en la bajeza. En mi caso, en un solo instante, toda virtud se desprendió de mi cuerpo como si fuera un manto. De una maldad comparativamente trivial pasé, con la zancada de un gigante, a enormidades peores que las de un Heliogábalo.

A pesar de que soy bipolar socialmente responsable (démosle a Andrés su crédito por acuñar tan acertado término), nunca me he visto protagonista de una metamorfosis que me abrasa sin poder oponer resistencia alguna. Entiendo el horror de estos hombres que, estupefactos ante el cambio tan abrupto, actuaron en consecuencia del demonio que poco a poco invadía cada uno de los rincones de su cuerpo.

Sin embargo, sé de sobra lo que es amar a alguien que, de vez en cuando, no es aquel a quien se ama. Sé lo que es estar frente a la persona más querida sin encontrar en sus ojos el brillo de aquel a quien en realidad amas. Sé lo que es escuchar, de boca de aquel que te ha dado tanto, las peores y más dolorosas injurias. Me han clavado en lo más hondo del alma puñales de esos que no matan, pero cuyas heridas nunca cicatrizan. He amado a un ángel y confrontado a un demonio. He comprobado que los seres humanos somos eso, una mezcla perfecta entre el bien y el mal, y que el secreto de la felicidad reside justo ahí: en cómo canalizamos lo bueno y lo malo que nos conforma.

Dos

Grave el error que cometí buscando la angustia, el terror y el desasosiego en estos textos. ¿Cómo me voy a asustar leyendo a Allan Poe si su pluma es tan prolífica y sus textos tan hermosos?

(Pero así somos. Vamos pa’ llá sin saber pa’ dónde vamos…)