22 junio 2011
Segunda edición del taller: temario, objetivos e invitados actualizados
Si se quedaron con las ganas y ya no alcanzaron lugar, o si les pica la curiosidad, inscríbanse a la segunda edición del taller “Introducción a la Edición de Libros”. El cupo es limitado. (Que lo digan los alumnos del curso que acaba de concluir, quienes yacieron apiñados, aunque en apariencia felices, en un salón diseñado para 15 personas.)
Taller Arteluz me ha pedido, no sin razón, que actualice aquí cómo se adaptará la segunda edición del curso, ya que en vez de cuatro sesiones de tres horas, este segundo taller consistirá de tres sesiones de cuatro horas cada una. Valga aclarar que se cubrirán los mismos temas, ya que tenemos el mismo tiempo, y que en cada sesión habrá, también, un invitado estrella que refresque el choro que yo les aviento durante las primeras tres horas. Antes de cada sábado les enviaré lecturas que les servirán muchísimo para prepararse y digerir mejor lo que durante la clase abordemos. Les advierto que el taller es muy intenso y suele uno salir muy atolondrado de ahí. Las lecturas para el próximo sábado las enviaré este jueves 7 de julio a todos aquellos que ya estén inscritos.
Una vez habiendo dicho esto, procedo a detallar el nuevo temario, ajustado y mejorado con base en la experiencia del primer taller, así como los nombres y las semblanzas de los invitados para esta segunda aventura.
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Primera sesión: 9 de julio
La importancia de leer
Tipos de edición
Los grandes grupos y las editoriales independientes
Las peculiaridades de la industria del libro: características que hacen del libro un bien único
Derrumbando prejuicios: por qué la edición comercial es necesaria y cuáles son las reglas del arte
- ¿Sobre qué bases es posible diferenciar los bestsellers de la alta literatura?
Una reflexión sobre los premios literarios
Un vistazo a los hábitos de lectura de los mexicanos
Un poema
Objetivos: Dimensionar el impacto, cultural y económico, de la industria del libro en términos reales. Discernir entre los tipos de edición que existen y las distintas líneas editoriales en el mercado. Explicar la diferencia entre la edición literaria y la edición comercial, y desmantelar ideas preconcebidas y prejuicios en torno a esta dialéctica. Entender las peculiaridades del libro como un bien único sin igual en el mercado. Comprender las reglas del arte con base en las valiosísimas aportaciones de Pierre Bourdieu y reflexionar sobre la importancia (o no) de los premios literarios.
Invitado especial:
Héctor Suárez Gomís (ciudad de México, 1968). En 2009 atormentó a la comunidad intelectual y se coló en el mundo de la edición con su primer libro, El Pelón en sus tiempos de cólera. Tuvo tanto éxito que hasta el mismísimo Gabriel García Márquez se lo aplaudió… pero en la cara. El Pelón de los anillos será su segundo libro y, sin duda, debería ser el último. Desafortunadamente para el público, ha participado en más de 20 telenovelas, 15 películas y 16 obras de teatro. Grabó sin pena ni gloria dos discos e hizo el ridículo en el Festival OTI de 1989. Desde el 20 de septiembre de 2008 se presenta con gran éxito (según él) en la ciudad de México con un monólogo en el que se burla de las familias disfuncionales.
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Segunda sesión: 16 de julio
Derechos de autor
- ¿Qué son las regalías?
- ¿Qué es un anticipo?
- ¿Qué es un agente literario?
- ¿Qué es una subasta?
- ¿Cómo se negocia?
¿Cómo nace un libro?
- ¿Qué tipo de proyectos editoriales existen?
- ¿Qué es un plan editorial?
- ¿Qué es un escandallo?
- ¿Qué es un dictamen?
- ¿Qué es un briefing?
- ¿Qué cláusulas contempla un contrato de edición?
El proceso editorial: del manuscrito a la librería
- Procesos y costos aproximados
- Signos de corrección ortotipográfica
Objetivos: Abordar, paso a paso, todas las etapas del proceso editorial, tomando como punto de partida la compra de derechos y las herramientas de las que se valen todos aquellos involucrados en el diagnóstico, la contratación, la edición, la publicación y la distribución de un libro.
Invitada especial:
Mariana Mendía (ciudad de México, 1976). Egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UNAM. De 2001 a 2005 fue asistente editorial en el Fondo de Cultura Económica. A partir de 2005 fungió como editora júnior de Aguilar, el sello comercial de no ficción de Grupo Santillana. En 2007 se reencontró con su alma máter al convertirse en editora de la colección Conocimientos Fundamentales: libros de texto dirigidos a la enseñanza media superior. En 2007 se reincorporó al Fondo de Cultura Económica, esta vez como editora del área de traducciones de la Subgerencia de Literatura y Arte, hasta que en 2009 fue nombrada editora de ficción de la Coordinación de Obras para Niños y Jóvenes del Fondo de Cultura Económica, donde ha permanecido desde entonces.
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Tercera sesión: 23 de julio
“En México, todo está organizado para acabar con las librerías”, Gabriel Zaid
- El recuento de cómo fue distorsionándose el mercado de los libros en México
- ¿Cómo se venden los libros?
- La Ley de Fomento para la Lectura y el Libro
El precio fijo
- El modelo europeo: aquel en el cual se inspiraron los ideólogos mexicanos
- Argumentos a favor
- Argumentos en contra
El panorama de la edición en el México de hoy
- Editoriales y sellos
- Librerías y puntos de venta
- Breve análisis del mercado en México
Y después de este curso… ¿qué?
Bibliografía imprescindible
Objetivos: esta sesión pretende echar un vistazo a la forma en que el mercado editorial mexicano ha ido distorsionándose a lo largo de los años, para de este modo aterrizar en la situación actual y explicar la forma en la que hoy día se comercializan los libros. Se abordará la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro y explicaremos la cuestión del precio fijo tomando como modelo el esquema europeo, poniendo sobre la mesa los pilares sobre los cuales fue construido y los pros y los contras a los que aluden defensores y detractores del mecanismo, respectivamente. Además de ofrecer un panorama actual sobre las editoriales y los canales de venta principales en el país, se presentará un breve análisis del mercado a partir de números (muy) desalentadores. Para rematar, se mencionarán otros cursos en el mercado sobre el universo de los libros, y se comentará la bibliografía imprescindible para atar los muchos cabos que luego del curso puedan quedar sueltos.
Invitada especial:
Abigaíl Garrido (ciudad de México, 1971). Egresada de la licenciatura en Periodismo y Comunicación Colectiva de la UNAM. Su primera incursión en el medio editorial ocurrió en 1996, como jefa de prensa de la editorial Paidós; en esa misma casa editorial, a partir de 2004 y hasta 2008 fungió como directora comercial. En octubre de 2008 se incorporó a las filas de Random House Mondadori como gerente de librerías, hasta que en julio de 2009 fue contratada por Ediciones Urano, donde desde entonces tiene a su cargo la dirección comercial.
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Sobre la expositora…
Wendolín Perla nació en México D.F. el 27 de agosto de 1984. En 1996, a la edad de 12 años, le fue otorgado por la SEP el primer lugar de ortografía a nivel nacional [les juro por todos los santos que es cierto]. Egresó de la licenciatura en Periodismo y Medios de Información del ITESM CCM, y durante el último año de la carrera cursó un diplomado de Traducción en Berlitz, titulándose como traductora certificada inglés-español-inglés.
Puso pie por vez primera en el mundo de los libros en Editorial Santillana en enero de 2007, específicamente en el sello Alfaguara, donde Ramón Córdoba, el editor de Alfaguara, la enseñó, entre muchas otras cosas, a redactar cuartas de forros, a escribir dictámenes y a corregir pruebas. Desde que se inició en el medio de los libros, Wendolín ha tomado infinidad de cursos sobre edición, corrección de estilo y ortografía; de igual modo, cursó en 2009 la Especialización Editorial del Centro Editorial Versal, dirigida por Miguel Ángel Guzmán, otro de sus grandes referentes. Desde 2007 y de forma ininterrumpida, ha ejercido como traductora, correctora y dictaminadora para diversas publicaciones, casas editoriales e instituciones educativas.
En enero de 2008 se incorporó a la editorial Random House Mondadori como editora júnior del sello Grijalbo y coordinadora editorial, y ahí se mantuvo hasta agosto de 2009, cuando le fue otorgada una beca por la Comisión Europea para cursar estudios de posgrado en Cracovia y Bilbao. Durante su estancia en Europa tuvo la oportunidad de infiltrarse por 4 meses en las filas de la Editorial Anagrama y por otros 4 meses en Random House Mondadori España, ambas casas ubicadas en Barcelona. Finalmente, se tituló con honores gracias a una tesis sobre los mecanismos de apoyo gubernamental a la industria del libro en la Unión Europea.
Wendolín volvió a México en enero de 2011, y en marzo se reincorporó a Random House Mondadori México, contentísima ante la posibilidad de trabajar, nuevamente, codo a codo con tres grandes de la edición en el país: Cristóbal Pera, Ariel Rosales y Andrés Ramírez. Desde 2007 es autora del blog Puras letras: Para incultos cultivables, un espacio (según ella) para perderle el miedo a la literatura, para abordar minucias lingüísticas, para derrochar vicisitudes y para compartir la pasión y el amor por las letras.
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Finalmente, ya lo dije en Facebook: y pa’ que el show funcione (y pa’ probar mi destreza literaria), ora me haré pasar por los alumnos del taller recién concluido y comentaré aquí, a partir de distintas voces narrativas, que el curso es una verdadera chingonería.
5 junio 2011
Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir
He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.
Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.
Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.
Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.
Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.
Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.
Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.
Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.
Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.
Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.
Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.
Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010
16 mayo 2011
Se buscan paleros
Se preguntarán ustedes, queridos lectores, y yo qué me siento para venir a dar cátedra no sólo sobre este tema sino sobre el que sea. Con toda franqueza, les respondo: lo mismo me pregunto yo. Sin embargo, no hay nada ya que pueda hacer para frenar esta situación: la invitación fue hecha y —con infinita gratitud— aceptada, y hemos echado a andar esta convocatoria para todo aquel que, al igual que yo hace varios años, trata por todos los medios de averiguar qué es lo que hay detrás del mundo de los libros: tan envuelto en clichés y tan acorazado. El post más visitado en este blog es uno publicado ya hace tiempo, intitulado “Escribí un libro… ¿ahora qué hago con él?!?!?!”, que en realidad, viéndolo a distancia, tampoco ofrece directrices claras para aquel que quiera tomarse en serio el oficio escritural.
Yo siempre supe que quería hacer libros: de lo contrario, enloquecería —de todos modos estoy loca, da igual—. Lo que nunca imaginé fue que la industria editorial fuera tan infinitamente distinta a lo que yo vislumbraba cuando recién terminaba la universidad. En este curso, creo, he tratado de condensar lo poco que a base de muchísimo esfuerzo y dedicación he podido aprender gracias a los grandes maestros que me he topado en el camino: editores, libreros, correctores, traductores y escritores que han compartido conmigo, desinteresadamente —y muy probablemente sin darse cuenta—, lo muchísimo que saben sobre este oficio tan ingrato y a la vez tan reconfortante. Esto de hacer libros es un vicio del que resulta imposible deshacerse: aquel que, como yo, ha elegido este camino, es incapaz de conciliar la felicidad de ningún otro modo.
Poco saben aquí sobre mi “formación profesional”: me la paso dando circunloquios que a ningún lado nos llevan: nomás por entretenerme, nomás por entretenerlos. Qué voy yo a andar tomándome en serio las formalidades de la vida: sigo batiéndome a duelo todos los días, en el trabajo y en todas partes, por mi arraigadísima afección al huipil y a los guaraches. No obstante, creo que sí resulta imprescindible, al menos, resumir al máximo las peripecias de mi vida académica y laboral pa’ que se animen a tomar el curso. Dejo aquí, entonces, la última semblanza “seria” que escribí (en tercera persona pa’ darme los aires de importancia que, a todas luces, no tengo; y cebollazo tras cebollazo porque, de veras, así me la pidieron):
Wendolín Perla nació en México D.F. el 27 de agosto de 1984. En 1996, a la edad de 12 años, le fue otorgado por la SEP el primer lugar de ortografía a nivel nacional [les juro por Todos los Santos que es cierto]. Egresó de la licenciatura en Periodismo y Medios de Información del ITESM CCM, y durante el último año de la carrera cursó un diplomado de Traducción en Berlitz, titulándose como traductora certificada inglés-español-inglés.
Puso pie por vez primera en el mundo de los libros en Editorial Santillana en enero de 2007, específicamente en el sello Alfaguara, donde Ramón Córdoba [editor de Alfaguara y, cómo no, invitado especial al taller] la enseñó, entre muchas otras cosas, a redactar cuartas de forros, a escribir dictámenes y a corregir pruebas. Desde que se inició en el medio de los libros, Wendolín ha tomado infinidad de cursos sobre edición, corrección de estilo y ortografía; de igual modo, cursó en 2009 la Especialización Editorial del Centro Editorial Versal, dirigida por Miguel Ángel Guzmán, otro de sus grandes referentes. Desde 2007 y de forma ininterrumpida, ha ejercido como traductora, correctora y dictaminadora para diversas publicaciones, casas editoriales e instituciones educativas.
En enero de 2008 se incorporó a la editorial Random House Mondadori como editora junior del sello Grijalbo y coordinadora editorial, y ahí se mantuvo hasta agosto de 2009, cuando le fue otorgada una beca por la Comisión Europea para cursar estudios de posgrado en Cracovia y Bilbao. Durante su estancia en Europa tuvo la oportunidad de infiltrarse por 4 meses en las filas de la Editorial Anagrama y por otros 4 meses en Random House Mondadori España, ambas casas ubicadas en Barcelona. Finalmente, se tituló con honores gracias a una tesis sobre los mecanismos de apoyo gubernamental a la industria del libro en la Unión Europea.
Wendolín volvió a México en enero de 2011, y en marzo se reincorporó a Random House Mondadori México, contentísima ante la posibilidad de trabajar, nuevamente, codo a codo con tres grandes de la edición en el país: Cristóbal Pera, Ariel Rosales y Andrés Ramírez [¡otro invitado al curso!]. Desde 2007, es autora del blog Puras letras: Para incultos cultivables, un espacio (según ella) para perderle el miedo a la literatura, para abordar minucias lingüísticas, para derrochar vicisitudes y para compartir la pasión y el amor por las letras.
Quizás esta semblanza itinerante les aclare por qué a veces se espacian tanto los posts en este blog que, como pueden ver, es importantísimo para mí. (Sobre todo, evidentemente, para engatusar a los empleadores potenciales.)
Éste será un taller muy básico, dirigido a todos aquellos con sed de saberlo todo pero que aún no logran desentrañar nada. Lo natural, desde mi perspectiva, sería que fueran ustedes, los lectores de este blog, quienes se echaran el clavado conmigo. Yo he de decir que no tengo nada bajo control, que me cago de miedo y que, a pesar de todo, sé que todo saldrá bien. Más allá de las supuestas ”credenciales” que me otorgan cierta ”autoridad moral” para impartir un taller introductorio al mundo de la edición de los libros, yo creo que lo que verdaderamente me ”legitima” es lo que a su vez legitima a todos aquellos que osen inscribirse: un amor desmedido y una pasión incontenible por el libro, las letras y sus avatares.
Gracias al Taller Arteluz, desde luego, por confiar en mí y brindarme esta oportunidad. Quién quita y pega, se alborota la banda, se arman otros cursos, y así liquidamos entre todos mi deuda con el Infonavit.
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Temario y objetivos por sesión
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Primera sesión: 11 de junio
Introducción: La importancia de leer
1. La edición de libros: ¿Cultura o negocio?
• Los grandes grupos y las editoriales independientes
• Tipos de edición: literaria, no ficción, infantil y juvenil, libro de texto, bolsillo, cómic y novela gráfica, quiosco, libros de arte
• La satanización de la edición comercial
• Las peculiaridades de la industria del libro: características que hacen del libro un bien único
Objetivos: Dimensionar el impacto, cultural y económico, de la industria del libro en términos reales. Discernir entre los tipos de edición que existen y las distintas líneas editoriales en el mercado. Explicar la diferencia entre la edición literaria y la edición comercial, y desmantelar ideas preconcebidas y prejuicios en torno a esta dialéctica. Entender las peculiaridades del libro como un bien único sin igual en el mercado.
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Segunda sesión: 18 de junio
2. Conceptos clave: editor, escritor, manuscrito, libro por encargo, agente literario, scout, informe de lectura, anticipo, regalías, escandallo, plan editorial.
3. Del manuscrito a la librería: El proceso editorial
• Negociación y contratación de derechos
• El cuidado de la edición: jerga, procesos y tarifas
• Distribución y venta
Objetivos: Abordar, paso a paso, todas las etapas del proceso editorial, tomando como punto de partida los agentes y las herramientas de las que se valen todos aquellos involucrados en el diagnóstico, la contratación, la edición, la publicación y la distribución de un libro.
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Tercera sesión: 25 de junio
4. El panorama de la edición en el México de hoy
• Editoriales y sellos
• Librerías y puntos de venta
5. El precio fijo del libro
• ¿Qué es el precio fijo?
• Argumentos a favor
• Argumentos en contra
• Ley de Fomento para el Libro y la Lectura
Objetivos: esta sesión pretende ofrecer un panorama actual sobre la realidad editorial de nuestros días en México. Además de brindar una perspectiva sobre las editoriales, los sellos y los puntos de venta, abordaremos la cuestión del precio fijo tomando como modelo el esquema europeo —en el cual se han inspirado los ideólogos mexicanos—.
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Cuarta sesión: 2 de julio
6. Quiero ser escritor: ¿qué tengo que hacer?
7. Quiero ser editor: ¿qué tengo que hacer?
8. Discusión abierta, preguntas y respuestas.
Objetivos: esta sesión pretende disipar todas las dudas que hayan podido anidar en los alumnos y que no hayan quedado resueltas a lo largo del curso. Aquí se darán directrices claras para todos aquellos que quieran incorporarse o participar del medio de la edición, y discutiremos los principales retos de la industria de cara a un futuro digital.
24 abril 2011
Los enamoramientos
Sé de boca de varios lectores asiduos que Javier Marías suele tener los más variopintos efectos entre aquellos que se animan a infiltrarse entre sus páginas, a seguir al pie de la letra sus historias. Hay quienes consideran que se trata de un escritor inflado por la crítica, cuya producción literaria no empata con la valoración que en términos generales de él se tiene. Y hay otros lectores, como yo, que hemos perdido ante sus textos toda objetividad: sus letras me engolosinan, me vuelven adicta, me impelen a dar vuelta a las hojas incesantemente hasta llegar al colofón.
Sin haber leído aún la que para él ha sido su novela más ambiciosa, Tu rostro mañana, dudo que haya entre su obra piezas que superen su Mañana en la batalla piensa en mí ni, mucho menos, su Corazón tan blanco. En el primer caso, una mujer, casada y madre de un niño pequeño, muere inesperadamente al lado de su amante en el lecho que comparte con su esposo; en el segundo, a la vuelta de su luna de miel, una mujer se busca el corazón frente al espejo para despedirse de este mundo dos balazos mediante. Ambas historias, extraordinariamente bien logradas, permanecen por siempre en la memoria del lector, que vuelve a ellas una y otra vez como si de clásicos se tratara (¿y quién dice que no lo serán?).
Los enamoramientos es, por mucho, una novela diferente. En primer lugar, es una novela narrada por una mujer: reto al que, según yo, se enfrenta el autor por vez primera. Miguel, Luisa y María coinciden todos los días por la mañana, en el mismo restaurante, y María se regodea en la visión de esta pareja que parece perfecta: ambos ligeros, tranquilos, naturales. María ni siquiera se acerca, se conforma con la visión de aquel que contempla en silencio, desde el rincón, atisbando cada detalle. La narradora existe porque Luisa y Miguel existen: María no es sino un testigo anónimo de la armonía que la pareja desprende a su paso. Hasta que un día todo terminó.
Cuando los finales se adelantan abruptamente, cuando no tienen vuelta atrás, es difícil impedir que nos carcoma la violencia de un adiós absurdo, fuera de tiempo, fuera de lugar. Un buen día, María se topa en el periódico con el rostro ensangrentado de Miguel, quien ha sido asesinado por un indigente: no sé cuántas puñaladas en no sé cuántos órganos vitales dejaron como saldo el cadáver de aquel padre de familia de quien Luisa y los niños se ven forzados a despedirse antes de tiempo. Es entonces cuando, por vez primera, la Joven Prudente se acerca hasta Luisa y le ofrece sus condolencias. Quizás rebasada por la pesadumbre de la cotidianidad, harta de abrumar a los más cercanos con su duelo insoportable, Luisa decide llevarse a la Joven Prudente a su casa, donde tiene lugar el primer encuentro entre María y Javier, el mejor amigo del difunto, de quien María se enamorará estúpidamente (¿hay, acaso, otra forma de enamorarse?) aun a sabiendas de que éste está, a su vez, profundamente enamorado de Luisa.
Y he aquí el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta historia que corre, como todas las historias de Marías, lenta y plena en detalles. Ésta no es una novela sobre el amor, no caigamos ante la provocación del título: una cosa es el amor y otra cosa es el enamoramiento: este último es inquietante, apremiante, adrenalínico. El enamoramiento es, en el fondo, a lo que todos aspiramos, aunque haya veces que tengamos que conformarnos con el amor cotidiano, apasible, monótono. El enamoramiento es irrefrenable, es envolvente, es irracional. Pero tampoco… tampoco se trata de una novela sobre el enamoramiento. Me parece a mí, a pesar de todo, que estamos ante una novela sobre la muerte y (como reza la cuarta de forros) las inconveniencias de que los muertos vuelvan a perturbar la realidad a la que nos hemos acomodado ya sin ellos.
Los enamoramientos es una novela donde se entretejen la intriga, la falta de escrúpulos, la ingenuidad, la mentira y la fluidez narrativa de uno de los escritores contemporáneos más prolíficos en lengua castellana. Si abriésemos cualquier página al azar, sin ver siquiera la portada, cualquier lector mínimamente experimentado sabría que se trata de la pluma de Javier Marías. Es una mujer, sí, un álter ego del propio escritor, que permite entrever que detrás de todo ello hubo un esfuerzo monumental por ponerse del otro lado, por explicar al género femenino desde su propia perspectiva, para llegar a la conclusión (o no) de que, en el fondo, hombres y mujeres somos sumamente predecibles: parecemos impulsados por los engranajes de la misma maquinaria, consecuencia de la sociedad del consumo donde nos tocó vivir, que dibuja sobre el piso las directrices de nuestros pasos a seguir. “Prohibido enamorarse”, es una de las consignas de este mundo. “El que se enamora, pierde”, es otra de ellas.
No sé si ya lo he dicho antes, pero Marías es un escritor para el que se requiere de muchísima paciencia. En ninguna de sus novelas, mucho menos en ésta, se suceden los hechos uno tras otro para no perder ni por un segundo la atención del lector sediento de acción. Javier Marías trabaja como el mejor de los orfebres cada una de sus líneas, y el amor que profesa el autor por las palabras es el mejor aliciente para seguirle la pista y llegar hasta el final.
2 febrero 2011
Breve diccionario clínico del alma
Yo tengo mi propia historia con este libro. He estrechado lazos con él a un grado tal que ahora, mientras yace aquí a mi lado, cerrado y con las marcas que dan fe de que ya hubo quien recorriera una a una todas las páginas que lo componen, siento una nostalgia dispersa, una tristeza incontenible, un vacío que deja mi pecho al descubierto. No sé a ciencia cierta por qué me siento así, aunque tengo un par hipótesis que no necesariamente son mutuamente excluyentes. La primera es que padezco el pesar del lector aturdido por haber llegado al final, por haber concluido lo que hubiésemos deseado prolongar indefinidamente, por atestiguar la muerte de un texto que, paradójicamente, es inmortal. La otra hipótesis, igual de factible, es que me acongoja lo que ahí he leído; que me ha embriagado la zozobra de las historias y los cuentos, de las metáforas y los versos que el autor en sus páginas nos ofrece.
Supe de él hace un par de años, cuando Andrés llegó a la editorial entusiasmado con la idea del Diccionario. Ahí me enteré, asimismo, de que Jesús Ramírez-Bermúdez es un gran neuropsiquiatra, cuya brillante trayectoria contrasta con su juventud. Hoy, al terminar de leer el libro, me queda clara, por antonomasia, la magnitud de su sensibilidad y su extraordinaria curiosidad por comprender el inabarcable espectro del alma humana. Para cuando todo esto ocurrió, el libro todavía no estaba terminado y en el horizonte, para mí, se perfilaban infinidad de planes que fueron desdibujando la expectativa y el interés por este texto.
Volví a México luego de una breve estancia en el extranjero, y me topé con que el libro ya estaba publicado. “Ah, míralo… Qué bonita la portada… Habrá que leerlo…” Y mientras tanto, lo reconozco, la lectura de otros libros, la férrea intención de leer, de una buena vez por todas, Drácula y Las mil y una noches, me mantuvo al margen de la consecución de un plan tan interesante. Recibí la invitación a la presentación del libro el pasado jueves, y sin dudarlo ni un instante decidí asistir. No sé, insisto: hay algo… algo en este libro… que genera en mí una atracción fatal, una curiosidad extraordinaria.
Todos aquellos que asistieron al evento sabrán que el encuentro fue totalmente sui géneris, único en su especie. La bella introducción a cargo de Pérez Gay y Roger Bartra fungió como el preámbulo perfecto para las palabras sencillas, descomplicadas, sensatas, amorosas de Jesús Ramírez, a quien no sé por qué me dirijo con una familiaridad inusitada. Confieso aquí que tanto su pasión por la medicina como el punto en que ese mismo fervor se interseca con la literatura me dejaron atónita y absorta en un universo paralelo.
El público se pronunció también, poniendo sobre la mesa cuestiones tan interesantes como la forma en la que la locura se ha romantizado a lo largo de la historia, y de eso dejan constancia grandes obras de la literatura universal. En palabras del autor, en realidad, la única constante irrefutable de la locura, del tipo que sea, es un dolor contundente producto de la incomprensión. [Sí, duele. Cala en lo más hondo. La locura hiere de muerte. La incomprensión destruye.] La audiencia intervino una y otra vez con aportaciones interesantísimas, como el tema, por ejemplo, de la esquizofrenia hereditaria: “Varios de los grandes genios de la historia han tenido hijos esquizofrénicos, tal es el caso de James Joyce y de Albert Einstein, por sólo citar un par…” El debate que se generó luego de la presentación pudo haberse prolongado, horas y horas, y sin lugar a dudas todos hubiésemos escuchado atentos hasta el final.
Hoy terminé de leer el libro. Lo comencé ayer. Pude valerme de las vides del desempleo para ganar ventaja sobre el apremio del tiempo, siempre implacable. No sabría bien cómo definir un libro que se encuentra a medio camino entre el ensayo y la reseña literaria, entre las memorias de un médico excepcional y el testimonio clínico de un doctor que a través de la literatura quiere acercarse a sus pacientes. No hay una sola historia en este libro que no sea conmovedora, emotiva, bella, ante la cual el lector pueda permanecer indiferente. Estas páginas, sobre todo, traslucen la terrible aflicción en los ojos de aquel que atestigua cómo poco a poco un ser querido va hundiéndose, irreversiblemente, en la inclemente espiral de las enfermedades mentales y sus trágicos… siempre trágicos… desenlaces.
El Breve diccionario clínico del alma es, también, una extraordinaria guía de lectura para todo aquel que quiera acercarse a la psique humana a través de la literatura. Y como para muestra sobra un botón, aquí les dejo este fragmento, bellísimo, que además funge como la prueba irrefutable de que estamos ante un libro cuya lectura no es recomendada, sino obligatoria:
En la mitología griega, en la fábula de Arreola y Monterroso, en la fabulación de Borges o Italo Calvino, de Paul Auster y Robert Graves, en la fantasía creyente de Tolkien y en la ironía de Carroll, aprendemos verdades inesperadas sobre la naturaleza del mundo y sus habitantes, a partir del hechizo puro de la ficción; de la mentira al absurdo, de la parábola al invento arbitrario, el lector condescendiente, pero también el adusto y el escéptico, experimentan la inquietud de una revelación incómoda en las lecciones del gólem, el mago vencido, el universo ficticio, el futuro improbable [...]
No sé si ya lo he dicho antes sobre otros libros: este libro es mucho libros. Es, por un lado, una tierna y respetuosa aproximación a los padecimientos del alma, en cuyos matices tarde o temprano nos vemos involuntariamente reflejados; es un diccionario clínico al alcance de todos, donde podemos disipar infinidad de dudas gracias al lenguaje conciso y accesible de su ilustrado autor; es, desde luego, un poema al amor por la lectura; y es, finalmente, una válvula de escape. “¿Y una válvula de escape por qué?”, se preguntarán. Es sencillo: todos los que padecemos la ausencia de un ser amado, incomprendido, podemos evocarlo, y perdonarnos, a través de este exquisito anecdotario.
31 enero 2011
La virgen y el gitano
Pensando en la mejor manera de comenzar un post sobre este libro, se me ocurrió que ningún mercado está más saturado que el de las emociones. Las emociones puras, aquellas de las cuales se derivan todas las demás, pierden protagonismo en un mundo donde sólo puede tildarse de verdadero aquello que se exacerba hasta el cansancio, que se manipula, que se ejecuta. Las imágenes cotidianas pasan desapercibidas a menos que estén atiborradas de violencia, de sexo, de euforia, del dramatismo propio de un mundo en el que sólo se escucha la voz de aquel que alza la voz con más fuerza. Las metáforas y las ideas, al parecer, se eclipsan frente a todo aquello que puede expresarse en términos concretos y tangibles. Aquí, sólo lo que pasa importa. De lo que se siente ya no hay quien se ocupe.
La virgen y el gitano, desde la portada, promete un derroche de sensualidad y un grito sofocado por el peso de la censura. La cuarta de forros, además, reza que se trata de ”una de las más provocativas y escandalosas novellas del inglés D.H. Laurence”. Grande es la sorpresa del lector al encontrarse entre las páginas de una historia donde la pasión y el erotismo existen en la más sublime, la más primigenia de sus manifestaciones: la insinuación. En este libro no pasa nada, y es ése exactamente el tesoro más grande que a través de estas líneas nos ofrece el autor. ¿Es imposible entablar una relación con alguien a quien nunca se ha tocado? ¿No se desea más aquello que sólo poseemos en un plano onírico, sin nunca transgredir el umbral de lo terrenal? Yo confieso que sigo agitándome de vez en cuando ante la visión perturbadora de aquello que… ay, cómo quisiera, pero que no es ni será.
Esta novelita, breve como este post, es un gran legado. No hablo, en absoluto, de las ideas del autor sobre la moralidad y la sexualidad, que permean el texto a muchos niveles y desde diversas tesituras. Me refiero al regalo de la alusión, a la fuerza de la incitación. Hay universos que no se rozan nunca y, sin embargo, es la tensión entre ellos lo que permite que los mundos sigan girando.
Que vivan los mensajes no codificados. Que viva la pasión inacabada.
***
Por cierto: grandiosa la labor de la Editorial Impedimenta. Compren estos libros: bellos, artesanales, cuidadosamente seleccionados; hechos con amor del bueno que, por cierto, sí se puede tocar.
26 diciembre 2010
El amor en los tiempos del cólera
Hoy, el mundo adolece de una terrible falta de amor. Una aseveración así, tan arriesgada y tan dolorosa, se constata en cada uno de los titulares que los diarios arrojan día tras día. Estamos cubiertos de muertos, de asaltos repentinos, de xenofobia y de racismo, de incertidumbre y de desconfianza, de atropellos y desigualdades, de catástrofes naturales y de epidemias que azotan a los más pobres e indefensos. En México, en este país por el que sigo deshaciéndome en halagos, la violencia sigue in crescendo con un saldo devastador para una población que hoy vive, más que nunca, a la sombra del pánico y la histeria colectiva. En un mundo como hoy, el paraíso de Borges fácilmente palidece ante una tremenda falta de amor. Hoy más que nunca, por lo tanto, tenemos que asirnos con fuerza a todo aquello por lo que vale la pena vivir; a todo aquello que sigue insuflando las ilusiones perdidas.
Y es en este contexto, precisamente, que decido sumergirme en la que muchos consideran la obra maestra de Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera. Buscaba en el reverso de cada página una historia desgarradora, intensa, que me expulsara de mi aletargamiento emocional. Una crónica del amor entre dos personas que sí supieron amarse, que legaron sus vicisitudes al mundo entero para devolvernos la fe en aquello que para algunos de nosotros está perdido. Un testimonio de que sí se puede, de que aun plagado de claroscuros, el amor puede manifestarse en su estado idílico, prometido, irreal.
Y resulta, nada más y nada menos, que El amor en los tiempos del cólera no es sino el recuento de un amor que no se pudo; de un amor imposible; de un amor que raya en lo patético, en lo cansino, en lo inverosímil. El amor que Florentino Ariza profesa por Fermina Daza hasta el último día de su vida es un amor que amedrenta, que impacienta, que nadie desearía para sí. Al hallarnos al par de ancianos retozando en la nave de aquel buque que no va a ningún lado, en la recta final de sus vidas, es imposible no reparar en cuán estereotipado tenemos al amor: el amor es una idea exclusiva de aquel que es joven, de aquel que tiene la vida por delante, de aquel cuya lozanía y cuyo brillo en los ojos lo vuelven digno de ser amado por otra persona. El amor en la senectud lo interpretamos como costumbre, como los resquicios del fuego que antaño ardió y del que hoy no quedan sino las cenizas de la gratitud y las costumbres inamovibles.
Hablemos entonces de la novela al margen de la idea escurridiza del amor. La primera escena es, para mí, la más impactante y la más bella de todas. El suicidio de Jeremiah de Saint Amour y la forma en que el doctor Juvenal Urbino constata palmo a palmo la inercia de aquel cuerpo tieso y sin vida es alucinante. Es esta escena inicial la que engancha al lector de forma contundente y absoluta. Es más: si no les apetece leer las 500 páginas de El amor en los tiempos del cólera, yo recomiendo, al menos, leer este primer capítulo que da fe del oficio del renombrado colombiano. Una chulada, sí señor.
Estamos ante una novela impecablemente escrita cuyos personajes nos resultan tan cercanos como aquellas personas al lado de las cuales transcurre nuestra cotidianidad. Es maravilloso seguir de cerca la gestación del amor entre los jóvenes Florentino y Fermina: aquella tenacidad, aquella ingenuidad, aquella audacia, aquel tesón. Imposible mirarlo todo tan de cerca sin sentir nostalgia por aquello que algún día fuimos y que a veces, cuando nos vemos repentinamente embriagados por la promesa renovada del amor, volvemos a ser. Florentino y Fermina aprenden a amarse más por curiosidad que por necesidad, y García Márquez arrastra al lector al grado de convertirlo en cómplice y testigo de ese amor desenfrenado.
Luego de alimentar con creces la ofrenda de aquel amor, Fermina descubre el desencanto en los ojos grises de aquel hombre invisible al que creía amar profundamente. Y he ahí otro de los momentos más emotivos de la historia: no sólo porque el rechazo constituye un elemento dramático de grandes proporciones, no, sino porque todas hemos alimentado (sí: es ésta una reacción propia del género femenino) la promesa de un amor que somos incapaces de cumplir. A veces, no sé, nos da por sentirnos amadas, deseadas, admiradas, añoradas. Nos gusta pensar que en aquellas noches frías e insomnes es nuestra imagen la que acompaña al pretendiente al desahogo y la liberación. Optamos por avivar las brasas de un amor que no estamos dispuestas a asumir, y que con profunda insensatez exacerbamos hasta el cansancio. Eso mismo le pasó a Fermina Daza, y eso mismo nos ha pasado a varias: “Aléjese, no puedo quererlo, no me busque más”.
El amor en los tiempos del cólera es, por lo tanto, un recuento del amor inquebrantable que Florentino Ariza le dedicó a Fermina Daza hasta el último día de su vida, sobre el telón de fondo de una Haití desangrada por varios flancos: los excesos del colonialismo y las repetidas epidemias de cólera que siguen azotando a la nación más pobre y más marginada de Latinoamérica.
Me pregunto cuántos Florentinos Ariza existen en el mundo. Cuántos hombres de todas las edades siguen atrapados en la espiral de un amor que no los deja morir en paz. Cuántos hombres cargan en los bolsillos con el rostro de aquella mujer que no los ama y que los ha expulsado abruptamente de su vida, para poner esa careta sobre el rostro de la mujer sin nombre que yace bajo suyo henchida de placer. Florentino Ariza le hizo el amor a todas las mujeres de la comarca, y fueron ésas las veces en que le hizo el amor a Fermina Daza sin jamás haberla tocado. Este mal, sin embargo, no es propio de los hombres: hombres y mujeres obcecados vamos por la vida aferrándonos al recuerdo de aquel que hoy ha olvidado nuestro nombre y nuestra voz, y nosotros seguimos evocándolo, incansablemente, cada vez que un nuevo extraño penetra en los intrincados parajes de nuestra insondable intimidad.
En fin… el amor y su cólera irrefrenable.
5 noviembre 2010
Las insolencias de la RAE
Esta mañana ha sido publicado en El País un artículo bella y apropiadamente intitulado “La ‘i griega’ se llamará ‘ye’”. Aquí se enumeran algunos de los cambios en la nueva edición de la Ortografía de la Real Academia Española. Aquí nos enteramos, básicamente, de una serie de modificaciones en tres líneas paralelas.
1
En primer lugar, el nombre de ciertas letras queda formalmente estipulado. Esto a mí, básicamente, ni me va ni me viene; pero pa’ que consten aquí los cambios, respecto a los cuales no me pronuncio ni en contra ni a favor, ahí les van: la B se llamará be; la V se llamará uve; la W se llamará doble uve; y la Y se llamará ye. Cito a Javier Rodríguez al elegantemente rematar con la siguiente frase: “Por supuesto, la desaparición de la i griega afecta también a la i latina, que pasa a denominarse simplemente i”. No quisiera yo ser aguafiestas, pero ¿pa’ qué nos hacemos? La B para nosotros seguirá siendo be de burro; la V, ve de vaca; la W, dobleú (me encanta esta palabra que la RAE, por cierto, no recoge); y la Y, i de Yo soy Aquél.
2
Y ahora que mencionamos aquello de Yo soy Aquél, permítanme comentar otra de las puntadas de la RAE. Ésta es más bien una sugerencia y no una imposición, ya que ambas grafías son igualmente válidas. La sugerencia de la RAE es suprimir los acentos para diferenciar entre adjetivos y pronombres. ¿De qué hablamos? No es lo mismo Esta mesa me gusta que Ésta me gusta. Queda claro entonces que el acento nos ayuda para diferenciar entre un adjetivo demostrativo y una locución donde queda implícito el sujeto. Bueno, pues la RAE dice que nanai, que cuello a los acentos, que no son necesarios, que la gente entiende. Entonces, con base en lo que la RAE dice (y viene haciéndolo desde 1960 en sus publicaciones), es correcto escribir ”Aquel es muy grande”, “Ese no me gusta” o “Estas ya llegaron”. A mí, nomás de leerlo, me da urticaria.
No sólo adjetivos y pronombres son sujetos a la supresión de acentos a diestra y siniestra. La palabra solo (adjetivo) y sólo (adverbio) también tendrán que sufrir las devastadoras consecuencias de la (anti)cultura de la eliminación de tildes. ¿Y qué pasa entonces en los casos donde cabe la anfibología? Por ejemplo: Llegaré solo esta tarde y Llegaré sólo esta tarde. Es sólo (así, coño, con acento) gracias a la tilde que podemos inferir lo siguiente: en el primer caso, quien habla dice que llegará sin compañía, mientras que en el segundo caso nos dice que únicamente vendrá esta tarde. Otro ejemplo: Ese pálido se pondrá y Ése pálido se pondrá. En el primer caso sabemos que pálida es la pieza que alguien se pondrá (un vestido, un suéter), mientras que en el segundo ejemplo sabemos que el sujeto de quien se habla se pondrá pálido él mismo. Incluso en estos casos la RAE sugiere suprimir todo tipo de acentos: “El contexto es lo suficientemente claro como para que el lector entienda de qué o de quién se habla”. Ya ven ustedes que no lo es, y que los acentos siguen siendo necesarios.
3
El tercer cambio, y para no marearlos más, está igualmente relacionado con los acentos. Es verdad que los monosílabos no se acentúan a menos que tengan un homófono: por ejemplo, más y mas: más con acento hace alusión al exceso, al aumento o la superioridad, mientras que mas sin acento se emplea como sinónimo de pero o sin embargo: “Quiero más patatas, mas sé que no es bueno para mi salud”. Bueno. Pues en esta cadencia, la RAE ha optado por suprimir los acentos de todos los monosílabos que no tengan homófonos, rompiéndonos así a todos el esquema. Palabras como guión o truhán, consideradas monosílabas por la RAE, pero bisílabas si mantienen el acento, de ahora en adelante tendrán que ser guion y truhan. A mí nomás de escribirlas sin acento se me estruja el corazón.
Mientras en el apartado anterior es posible seguir aplicando el criterio propio para decidir si queremos o no usar acentos para diferenciar entre adjetivos y pronombres y entre solo y sólo, en este caso la eliminación del acento es obligatoria y quien se atreva a acentuar estos “monosílabos” de ahora en adelante cometerá una falta ortográfica digna de toda reprobación y exclusión de los círculos lingüísticos.
***
Bien dice el gran Miguel Ángel Guzmán que en la RAE son extraordinarios lingüistas pero pésimos editores.
Cada quien sabrá qué hacer con todo esto. Yo, por lo pronto, les adelanto que jamás dejaré de acentuar los pronombres que sin acento se travisten de adjetivos, que sólo y solo siempre habré de diferenciarlos con su tilde correspondiente, y que lo de guión y truhán me lo pensaré bien antes de tomar una decisión.
La próxima vez que busque un corrector, yo también voy a poner mis reglas:
“Se busca corrector que se pase a la RAE por el arco del triunfo”.
Sí señor.
***
Un hallazgo. Una palabra bellísima que me encontré en la RAE, que formará parte de la tercera edición: adrenalínico.
1 noviembre 2010
La ruta de la miseria
Vivo en la calle Ferlandina esquina con Joaquín Costa, en el Raval. Es un barrio con mucho encanto: sin ostentación de ningún tipo; lleno de museos, bibliotecas y librerías; rebosa fiesta, colores y sabores. Sin embargo, todo aquel que conoce Barcelona sabe que el Raval también es un barrio de prostitutas, de drogas, de mendigos, de rateros que hacen del robo una honorable profesión. Es un barrio de inmigrantes: así, en cursivas, con ese tonito despectivo que utilizan aquí a modo de eufemismo para referirse a todo extranjero proveniente del tercer mundo. Hace dos semanas, camino al gimnasio a eso de las diez de la noche, fui víctima de un “atraco”: un chico me arrebató mi ipod desde una bicicleta cuya velocidad me hizo pensar en un alma que lleva el diablo. He de confesar, también, que nunca me he caracterizado por ser una persona de reacción rápida: a mí las reacciones me llegan trimestralmente, como los recibos del gas. No corrí, no grité, no lloré. Me quedé ahí: congelada, meditabunda, sumida en las más profundas cavilaciones.
Pero ése no es el tema de este post. Esta mañana salí de casa rumbo a alguna cafetería donde pudiera trabajar en la tesis. Al pasar por el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, tuve que bordear la colonia de vagabundos —en su mayoría extranjeros— que se han asentado en el lugar. Ahí pernoctan, ahí socializan, ahí transcurre su monótona existencia. A mí no me dan miedo. Me hablan, pero nunca me tocan. Y créanme si les digo que en el Raval eso ya es ganancia.
Ni bien cruzar la plaza del MACBA me topé con un chico triste de ropas raídas que me tendió la mano con ojos desesperados: no sé qué quería. No sé si quería preguntarme algo, si sólo quería tocarme, si quería dinero, si me pedía indicaciones para llegar al metro Cataluña, a la Rambla del Raval, a la Plaza Universidad, de vuelta a su casa, de vuelta a su mundo, de vuelta a su país. No sé si sólo buscaba un hombro para llorar, un alguien sin nombre para desahogarse, para dejar constancia de lo dificilísimo que debe ser vivir en un país como inmigrante, como apestado, como aquel a quien nadie quiere, a quien todos tienen miedo: como yo, que nomás de verlo acercárseme me vi inconscientemente acelerando el paso para que no me alcanzara nunca, para no volver a verlo jamás. He pagado cara mi ingenuidad en ocasiones anteriores: me han intimidado, me han sonrojado hasta el infinito, me han inducido al llanto que deriva del bochorno mal avenido. Pero hoy —como tantas otras veces— fui ruin, fui miserable: ¿Por qué huir de este muchachito sin darle siquiera la oportunidad de decirme algo? ¿Por qué apretar el paso si no me he visto aún amenazada? ¿Será que estoy cayendo en la repugnante espiral de la intransigencia y el racismo? Qué horror.
Ni bien llegar a las Ramblas y doblar a la izquierda me topé con aquel pobre hombre en muñones, sin brazos y sin piernas, que espera siempre en las Ramblas al lado de un triste vasito de unicel. ¿Qué espera? ¿A quién? ¿Tendrá a dónde ir? ¿Y cómo irá, si no puede moverse? Él no dice nada, ni te mira, ni la cabeza levanta: está demasiado cansado de la vida, demasiado hasta la madre de todo y de todos como para hablar, como para mirar, como para apelar a la generosidad de la gente. El pobre hombrecillo a medias se ha convertido en parte del escenario: una atracción más al lado de la cual la torpe multitud de turistas quiere una foto. Ya no se sabe por qué razón caen las escasas monedas de bajísima denominación en el fondo de aquel vasito de unicel: si por lástima, por generosidad, o como retribución por sus servicios al dejarse fotografiar. La escena es triste, es patética, es digna de que retumbe en sus centros la Tierra y se sacudan las fibras del alma de cualquiera. Pero no pasa, no: esta sociedad automatizada ni siquiera se da cuenta de que el hombre tiene la vida jodida, de que está ahí y a nadie le importa, de que hemos perdido la capacidad de conmovernos, de que somos egoístas, mecánicos e insensibles. La imagen de aquel pobre hombre perturba, inquieta: por eso lo evitamos, por eso miramos hacia otro lado, por eso buscamos con urgencia otro punto de fuga en el horizonte. Diez metros más allá ya se nos habrá olvidado.
No acababa de pasar al hombre en muñones cuando tropecé con una mujer que estaba de rodillas sobre el asfalto. Era una gitana, una rumana: una mujer como yo, pero cuya imagen ha sido satanizada por los medios, razón por la cual ha aprendido a vivir perennemente azotada por la indiferencia y el rechazo de una sociedad que no es la suya, que no la quiere y a la que tampoco quiere pertenecer. Una mujer que no tiene adónde ir, que paga las facturas de la xenofobia y los prejuicios. Valga remitirnos a las heroicas deportaciones que Sarkozy, sin preguntar a nadie y faltando a las normas de la comunidad europea, ejecutó hace apenas unos meses. De rodillas y sin rostro, la gitana estiraba la mano. No cayó en su palma ninguna moneda durante los segundos que permaneció dentro de mi espectro visual. Yo le ofrecí un “lo siento” al rozarla involuntariamente. Los otros ni cuenta se dieron de que la pisaron, de que la lastimaron, de que invadieron su espacio vital. Lo más triste es que probablemente ni siquiera ella se haya percatado de que —otra vez— la pisaron, la lastimaron, le hicieron daño.
Ya para entonces caminaba a paso no tan firme y con un nudo en la garganta. Es éste el espectáculo diario que observo camino al trabajo, pero por alguna razón hoy fui más receptiva. Hoy me sentí más miserable. Pensaba entonces en la necesidad de plasmar todo esto en palabras, de pedir perdón por ignorarlos a todos, por apretar el paso cuando el chico me tendió la mano, por no detenerme ante el hombrecillo de los muñones y la rumana en el piso, pero al cruzar la Ronda Universidad la visión de un anciano que rebuscaba en los enormes botes de basura irrumpió en mis desordenados pensamientos. Extraía del bote amarillo un plátano a medio comer, y del bote verde una Coca Cola a medio terminar. Me detuve involuntariamente y me le quedé viendo para que me mirara: para que me doliera, para concienciarme, para que se diera cuenta de que lo veía, para ver la miseria de cerca, para dejar de huir, para decirle con los ojos que quería ayudarlo aunque no supiera cómo. Pero no sirvió de nada: el hombre era ciego. Era ciego y no pudo verme. Era ciego y partió satisfecho con aquel botín entre las manos. Era ciego y no me vio que lo veía, que lo sentía. No pudo ver que a veces, si nos detenemos a mirarlo, a nosotros también nos duele su dolor.
De vuelta a casa me he topado con otro mendigo en silla de ruedas. Pero éste tenía su gracia: junto al puesto de castañas para guarecerse del frío, el elegante anciano posaba con saco y corbata, y tendía un botecillo donde tampoco escuché que cayera ninguna moneda. Al llegar a mi portal, una pareja me ha cedido el paso: un anciano lleva de la cintura a una negra de proporciones descomunales. Está embarazada, y sigue trabajando.
28 octubre 2010
Tenemos que hacer algo
Hoy me desperté una hora antes para leer un correo que no llegó. Lo que a mí me tiene en vilo, queda claro, a mis interlocutores los tiene muy tranquilos.
Entonces procedí a leer el periódico: estaba lista para encontrarme un seguimiento completísimo e incluso exagerdo sobre la muerte de Néstor Kirchner. Todo aquel morbo se vio opacado al encontrarme con la nota de la nueva masacre perpetrada a manos del narco en un túnel de lavado en Nayarit. Cuando creemos que la violencia ha llegado a su punto más álgido, que ya no puede haber más, la crueldad arrecia, la guerra vuelve a despuntar.
Por vez primera desde aquel domingo, cuando me topé con la nota de la catástrofe en Haití, las lágrimas han nublado mis ojos sin siquiera terminar la nota. La nota está exenta de todo sentimentalismo, de toda emotividad, de toda intención. Es una nota plana, como todas, como cualquier otra. Pero ya me estoy cansando de ver a mi país sufrir de este modo. Ya me estoy cansando de tanta pinche guerra, de tanta maldita violencia, de tanto hijo de puta en todos lados, de tantas muertes inocentes, de tanto maldito miedo que incubamos al cruzar el umbral de la puerta. Ya me cansé de que no nos pongamos de acuerdo, de que no hagamos nada concreto para frenar esta guerra absurda, de que los reputísimos políticos tengan un pueblo en vilo a cambio de una cuota de permanencia, de poder, de que se mantengan en su posición desafiante frente a una fuerza con la que CLARAMENTE NO PUEDEN. Estoy hasta la madre de tanto líder sin escrúpulo (en todos los bandos) de tanta ignorancia mal combatida, de tanto muerto. Estoy profundamente triste por constatar que mi país se ha convertido en un ajedrez donde las piezas van cayendo y el tablero se va manchando de sangre.
Los franceses paralizan el país cada semana so pretexto de un par de reformas que retardan la edad de jubilación, que incrementan los impuestos, que reducen los días de vacaciones. Más de tres veces me he quedado varada en territorio francés porque a causa de la huelga es imposible volar. En España convocan al paro también muy a menudo: de tanto se quejan aquí que ya no recuerdo ni las causas. Grecia también vive paralizada por la huelga, amenazada por la movilización de una ciudadanía siempre inconforme. Aquí, como político, es imposible proponer: todo te cuestionan, todo te objetan. Aquí en Europa quizás exageran (en Francia es simplemente demasiado). Pero nosotros no hacemos NADA. ¡NADA! ¿Qué estamos haciendo para manifestar nuestra incomodidad? Los mexicanos no nos quejamos, sólo nos lamentamos. Y cómo no va a ser así si lo único que reina en nuestro país desde hace algunos años es la apatía, la incredulidad, la desesperanza, el desasosiego.
Habrá 135 muertos. CIENTO TREINTA Y CINCO. Y van a acabar pronto: no dejan pasar un solo día en blanco. Mueren jóvenes, niños, madres y padres inocentes. Voy a abrir El País todas las mañanas como todos los días, y voy a encontrarme diariamente, a razón de diez o quince muertos por día, notas que atestigüen que el narco va cobrándose una a una las 135 toneladas de mariguana decomisada por las autoridades hace un par de días. Ciento treinta y cinco muertos. Eso es diez veces trece punto cinco. Esto quiere decir que ciento treinta y cinco familias se van a quedar rotas, desesperadas, llenas de rabia, de ira, de tristeza. De ODIO. Ciento treinta y cinco familias van a llorar a sus muertos para siempre, y la prensa pronto va a olvidarse de todo, de las familias y de sus muertos. Y los demás, mientras no nos veamos directamente afectados por tanta masacre (suficiente violencia tenemos ya en el DF como para no hacernos de la vista gorda con el narco), también vamos a olvidarnos de todo.
Yo qué voy a saber de política. Yo qué voy a saber de seguridad nacional. Yo sólo soy una mexicana más, desesperada como todos, harta de ver cómo se retuerce mi país de tantísimo dolor. México se está desangrando, se muere poco a poco, a punto está de aparecer el último estertor. México se está cayendo a pedazos. Tenemos que hacer algo. TENEMOS QUE LEGALIZAR LAS DROGAS.
27 octubre 2010
La vida privada de los árboles
Lo que pasa con Alejandro Zambra es que, simplemente, no puedes parar de leer.
Comencé anoche, en la madrugada, a la luz de la lámpara pequeña y bocabajo sin almohada. Después de mis escasas cinco o seis horas de sueño, en el camión de ida, en el camión de vuelta, en los intersticios que sin ningún pudor le robo a mi jornada laboral so pretexto de salir a fumar, de tratar de encontrar algo que no busco, de atender amigos inexistentes, de arreglar problemas inventados, de acudir al llamado de quien nunca me ha dirigido la palabra, y un larguísimo listado de etcéteras. Así entonces, a cuentagotas, como si de una obligación se tratara, como si al volver a casa alguien fuese a aplicarme un examen al respecto, como si cerrar el libro antes de acabarlo fuera un sacrilegio, como si no pudiera conciliar la tranquilidad a menos de haber repasado concienzudamente todas y cada una de las líneas que conforman el texto brevísimo, la nouvelle, la otra mitad de Bonsái sin que tengan absolutamente nada que ver la una con la otra.
La vida privada de los árboles es una serie de historias que Julián ha inventado para hacer dormir a Daniela, la hija de Verónica, quien hoy es su esposa, quien deja de serlo porque no llega, quien tampoco lo fue de Fernando porque huyeron de la lápida del matrimonio, porque nadie quiere en realidad un matrimonio; como Karla, que no lo quería para nada, que mentía, que pintó en la pared con sangre (o con tinta, pero era tinta de sangre) Ándate de mi casa conchatumadre, y entonces Julián se fue, y no le importó mucho porque con Karla sólo estaba para refugiarse de una vida anodina, de una familia promedio, de una historia vacía, sin cataclismos, sin historias interesantes, sin literatura. O no, sí, literatura sí que tenía: una caja llena de libros populares que su padre alguna vez puso ante sus ojos.
En fin. Entonces, les decía, que La vida privada de los árboles es una serie de historias que Julián ha inventado para hacer dormir a Daniela. Daniela no lo quería, la verdad es que ni siquiera entendía por qué Julián de pronto pasó a formar parte de aquella familia de dos, Daniela y Verónica, que acabaron siendo cuatro porque llegó Julián y porque Fernando nunca se fue, que la final acaban siendo tres porque ella se va y Julián tiene que reinventar la historia sin ella. Entonces, así visto, Julián hereda una historia. Hereda una historia y nos la cuenta Alejandro Zambra, quien con un lenguaje no exento de humor vuelve a engancharnos con un texto que fluye, que se va; que de tan rápido que se va, hasta ganas dan de perseguirlo.
Alejandro Zambra, queridos lectores, tiene en mí un efecto perturbador. Alejandro Zambra me hace sentir que soy capaz de escribir. Pero no aquí, no en este blog, no. Probablemente obedezca a la brevedad de sus novelas, pero cada vez que cierro un libro suyo me tientan las ganas de mandarlo todo al diablo y ponerme a escribir. A escribir ficción. Ganas de ponerme a inventar otra vida privada de los árboles, que no podría ser esta misma, que tendría que prescindir de todo bonsái, pero que estaría inextricablemente ligada al deseo de todo aquel que tantísimo amor profesa por las letras: poder, aunque sea, legar al mundo un epígrafe digno de recordarse.
21 octubre 2010
La ecuación de la “buena” literatura
Literatura “de calidad” y libros “basura” son dos conceptos que viven con nosotros. La crítica literaria, la pluma de los cultos, se ensaña con la literatura comercial y la sataniza. Las editoriales pequeñas, las independientes, entronizan su labor mirando con desdén a los grupos grandes. L@s agentes literari@s declaran que existen para “proteger” a los autores de los grandes grupos que quieren “aprovecharse” de ellos. Los bestsellers, mientras tanto, siguen vendiéndose. Los autores de verdadera vocación literaria acaban siempre traicionando al editor independiente que lo ayudó a crecer en pos de un anticipo más generoso y un par más de puntos porcentuales en las regalías (esto, desde luego, agente literario mediante). Total que esto de la edición es un zoológico y la pulsión editorial jamás descansa.
Ya tendremos tiempo para hablar absolutamente de todo esto. La verdad es que ya debí haberlo hecho: es interesantísimo y la gente siempre quiere saber más. No es que yo sepa mucho, nada más lejano: lo único que legitima mis comentarios en este blog es mi desmedida pasión por los libros, por las letras y por la industria en general. Quizás también convenga mencionar mis incursiones en un par de editoriales de las más variopintas naturalezas. Total que aquí ando, entre libros, como pez en el agua. Muy “maestría de estudios europeos” y no sé qué, pero lo único que tengo en la cabeza son libros: libros que hay que hacer, libros que hay que corregir, libros que hay que escribir, libros que hay que reeditar, libros que hay que rescatar, libros que hay que descubrir, en fin. Y como todo esto da para mucho, he elegido aquí un tema particular para escribir al respecto: ¿Y qué coño es la “buena” literatura? ¿Cómo se diferencia de lo que la banda intelectual llama literatura “basura”? Éste es el punto de partida.
Todos sabemos diferenciar entre “alta” y “mala” literatura. Al menos todos aquellos que de vez en cuando pasamos por este blog. ¿Javier Marías? Alta. ¿Kafka? Alta. ¿Stephenie Meier? Mala. ¿Borges? Alta. ¿Libros de autoayuda? Ni clasificación alcanzan. ¿Vargas Llosa? Alta. Y así ad infinítum. Podemos hacerlo también por sellos editoriales: ¿Anagrama? Alta. ¿Mondadori? Alta. ¿Acantilado? Alta. ¿Siruela? Alta. ¿Almadía? Alta. En fin. ¿Y cómo es posible que, pudiendo hacer estas diferenciaciones, no sepamos expresar concretamente de qué depende que un libro sea “bueno” o “malo”? Mejor dicho: ¿Cómo se define concretamente la “alta” literatura?
Pos bueno. Hace poco me puse a investigarlo. Es verdad que cualquiera adivina el calibre de una obra con tan sólo leer las primeras páginas, pero a mí me intrigaban los términos concretos en los que era posible explicarlo. Finalmente, para no hacerles el cuento largo, fui a dar con un estudio* hecho en Holanda en la década de los noventa donde explican que el grado de placer que nos genera una obra de arte está directamente relacionado con la complejidad de la pieza y nuestra capacidad para desentreñar sus intrincados laberintos. El mismo estudio da un paso más allá para explicar por qué las clases sociales más favorecidas son aquellas con gustos más refinados, pues sus miembros han contado con los medios necesarios para nutrir su intelecto y entrar en contacto con el arte de forma más regular.
Es decir entonces, de acuerdo con esta teoría, que al entrar en contacto con el arte tenemos que hallar el punto de equilibrio entre nuestro entendimiento y el grado de complejidad de la pieza. En la medida en la que seamos capaces de comprender algo a cabalidad, a sabiendas de que ese algo entraña en sí mismo cierta complejidad, es que haremos del contacto con el arte (en este caso, de la literatura) una experiencia placentera a la que volveremos una y otra vez. Aquellos que tengan más desarrollado el entendimiento y que consuman bienes artísticos más a menudo tendrán más herramientas para adentrarse en las páginas de la “buena” literatura, que para muchos sigue siendo inaccesible.
Quise compartir esta reflexión con ustedes porque me pareció interesante. Ora, aquí entre nos, hay grandes episodios de la “alta” literatura que siguen estando totalmente fuera de mi alcance. Baste mencionar el Ulises de Joyce y El ruido y la furia de Faulkner: hace algún tiempo lo intenté y no pude. Me rompí la cabeza y me declaré incapaz de comprender lo que estaba leyendo. Han pasado ya algunos años desde eso, pero tampoco estoy segura de volver a intentarlo. Muy probablemente necesitaría mucho entrenamiento intelectual, pero con tanto trabajo tan mal remunerado, tanta tesis tan mal escrita, tanto viaje tan improvisado y tantas ganas de cambiar el mundo, la verdad es que queda muy poco tiempo para tareas tan “elevadas”.
Al fin y al cabo, a mí los cultos qué.
***
*”Preferences in leisure time book reading: A study on the social differentiation in book reading for the Netherlands”, de Gerbert Kraaykamp y Katinka Dijkstra. Publicado en Poetics en mayo de 1999.
12 octubre 2010
Audiopost: Los cuentos del subcomandante Marcos
[Si el subcomandante Marcos supiera que acabo de pagar para poder subir los audios de su libro a mi blog, me nombraba guerrillera oficial hoy mismo. Ora que quién sabe: si se enterara de que pagué en dólares, igual me exige que lo desmonte todo. O peor aún: nomás de escuchar mi voz, segurito vuelve a levantarse en armas. En fin, qué más da. Ni que fuera yo tan popular. Ya quisiera yo que el sexy encapuchado se paseara por aquí. Pero no me quejo, no me quejo: a mí me hacen feliz los distinguidísimos lectores de Purasletras. Habiendo dicho tanta insensatez, me arranco con lo que tenía planeado escribir.]
Como algunos de ustedes saben, ahora mismo vivo en Barcelona. Y como también habrán de saber algunos, en Barcelona no tengo amigos. (No: ni se sientan mal… yo la paso bomba. En todo caso, debiera estar preocupada por mi misantropía…) Así que, digamos, vivo una vida bastante sui géneris. Ni por asomo pretendo describir aquí los vericuetos de mis andanzas por la ciudad… ¡ustedes qué culpa tienen! Nada de eso. Esto venía a colación porque el 16 de septiembre, como es de esperarse, me entró lo patriótico así nomás, bien de repente. Así que sin amigos, decidí buscarme un festejo “alternativo”. Me topé por ahí con un anuncio que rezaba ”Lectura dramatizada de escritores mexicanos”, y me dije a mí misma “Órale, ya estás”. Así que me presenté en la Galería CMTV y con un regocijo que se me salía del pecho presencié, por casi dos horas, la lectura dramatizada de los cuentos del subcomandante Marcos.
Las historias que el mítico personaje nos regala en Relatos de El viejo Antonio están llenas de música y de poesía. No sólo están colmadas de una mexicanidad insuperable sino que encierran moralejas dignas de la mejor fábula de Esopo. Estos cuentos, estas historias bellísimas, descomplicadas, han sido por muchos años el motor de una guerra que nunca duerme. Aquí están plasmados los valores y los ideales de los hombres y mujeres de maíz, de los campesinos mexicanos. Los cuentos que el subcomandante Marcos nos ofrece en este volumen debieran ser tan indispensables como El laberinto de la soledad o Los rituales del caos. O quizás más. Éstas son historias del pueblo para el pueblo, relatos que dan a conocer la cosmovisión de todos aquellos que, silenciados por el sistema, se valen de la tradición oral para hacerle llegar al mundo su mensaje.
Yo, luego de aquella lectura, fui a comprar el libro para refugiarme en estas historias cuando lo necesitara. Me di cuenta, producto de las secuelas del placer que me generó la lectura dramatizada en su momento, de que disfrutaba mucho más de estos cuentos si los leía en voz alta. Así que, como La Loca, me puse a leer en voz alta esta antología de casi 200 páginas. No pocas veces mi voz tembló: cantidad de emociones se encaramaban en mi pecho interrumpiendo la torpe cadencia de mi voz. Y por esto, por las palpitaciones in crescendo y la cortina de vapor que no pocas veces cubrió mis ojos, me di cuenta de la necesidad de compartir este libro, de darlo a conocer, de leerlo siempre en voz alta (para mí, para los demás).
Se me ocurrió entonces que podría grabar yo misma un cuento y subirlo al blog. “Al fin y al cabo, estamos en confianza”, me dije. Total que me puse a grabar un par de cuentos y acabé grabándolos todos. “Qué atascada”, pensé. Luego vine aquí con la intención de postear y subir mi propia lectura de un relato, como para ”acercarme” a ustedes, como para que se dejaran envolver por la magia de estas historias como en su momento, por medio de una voz desconocida, me hechizaron a mí.
A la mera hora, no voy a agobiarlos con todo lo que ocurrió en el ínter, tuve que pagarle a wordpress para que me permitiera subir archivos de audio. Van a disculpar ustedes lo poco literario que se está poniendo esto, pero de algún modo tengo que justificar que subo cuatro archivos en vez de uno, como era el plan inicial: ¡ora desquito lo que pagué! (¡Aunque nadie vaya a escucharlos todos!) El servicio, cabe mencionar, tampoco está muy bien. Yo pensaba que por 20 dólares me hacía acreedora, incluso, a que me los musicalizaran, pero nah. Imposible que los escuchen aquí mismo, nomás dando un clic. Si están interesados, si no tienen miedo, tendrán que descargarlos a su compu. De estar del otro lado de la pantalla, yo intentaría con el primero: descarguen el primero, y si les gusta, síganse con los demás. De lo contrario, sepan que están en su casa y que se acepta todo tipo de reclamaciones, mentadas de madre y todos esos detallitos que fomentan la interacción.
En fin, queridos lectores: franqueamos hoy, así, una barrera más. Si no quieren arriesgarse a escucharlos en mi voz, no los culpo. No obstante: búsquenlos de cualquier modo. Estos cuentos les llenarán el alma y regocijarán su corazón.
Disculpas anticipadas por los tartamudeos, las interferencias, la falta de ritmo y (sobre todo) la nula sensualidad.
7 octubre 2010
¡Enhorabuena, querido Mario!
Ya es del dominio popular: Mario Vargas Llosa se convierte hoy, 7 de octubre de 2010, en Premio Nobel de Literatura. Ya lo dábamos por perdido, ya ni siquiera pensábamos en ello. Esta sensación nos la transmitió él mismo, ya que siempre, al ser cuestionado al respecto, reconocía que había tirado la toalla.
Hoy le es concedido, y desde aquí lo celebramos ampliamente. Mario Vargas Llosa es un prodigio de la humanidad. Es un hombre que nació para escribir, para leer: es él en sí mismo lectura y escritura. Mario Vargas Llosa es literatura. Escritor como pocos en la historia, este reconocimiento, el más poderoso de todos, le correspondía ya desde hace tiempo.
Hoy Purasletras está de fiesta, porque al fin se ha hecho justicia. ( Aunque el Nobel no le hacía falta. Él es quien es con o sin los premios que ha recibido: sus novelas y sus artículos hablan por sí mismos.)
Cuentos de Perrault: Léanse con urgencia
Yo, proclive a las obsesiones como siempre lo he sido, no he podido parar. Luego del primer tomo completo de los hermanos Grimm, mi mente no tuvo tregua y tuve que salir corriendo a buscar más: Perrault Wendolín… búscate a Perrault… a Andersen también. Eso: consigue todos los tomos de los Grimm, los cuentos completos de Perrault y lo que encuentres de Andersen. Tuve la gratísima sorpresa de hallarlo todo en Alianza Editorial, una de las mejores casas editoriales del mundo iberoamericano. Y así, sencillamente, me atasqué:
Una vez habiéndome hecho de los ejemplares únicos de los libros en cuestión, decidí sentarme en uno de esos sillones acolchados de la librería Bertrand de Barcelona —un pedacito de paraíso— y comenzar a leer. Cuál fue mi sorpresa, lo digo de corazón, al hallarme con tres primeros cuentos hermosísimos, deliciosos, ¡EN VERSO! Sí, sí, sí, así como lo leen: no son sólo ricos en aventuras, en personajes extraordinariamente redondeados, en escenarios palaciegos y esplendorosos, en historias fantásticas y apasionantes, no. Eso no le bastó a Charles Perrault quien, allá en el siglo XVII cuando escribió sus cuentos, firmara como ¡su hijo! Acota el editor en la página 108 del ejemplar que tengo entre mis manos que la razón por la que Perrault no firmó estos cuentos, haciéndolo en lugar su hijo, obedece a su intención de no comprometer su prestigio como escritor con un género considerado, en el momento de su publicación, ingenuo. ¡Háganme el favor! O sea que a la usanza de ahora —donde quien escribe un bestseller se oculta bajo un seudónimo—, allá en el siglo XVII el extraordinario escritor de cuentos inmortales expone a su hijo al escarnio público producto de la escritura de unos cuentos como jamás se hayan escrito otros… Caramba.
En fin.
Pensarán que exagero si les digo que no comprendo cómo es posible vivir sin haber leído los cuentos de Perrault. En cualquier otro caso admitiría que están en lo correcto, que a mí créaseme la mitad de lo que digo, que mi vida consiste en inflamar la cruda realidad para llenar de color lo que sin ser intervenido es grisáceo, oscuro. Pero esta vez no estoy exagerando. Esta vez digo la verdad.
Si Alianza no nos miente y si este pequeño tomo de tan sólo 175 páginas reúne en efecto los cuentos completos de Perrault, no hallo una sola razón para no ir inmediatamente a la librería, comprar el volumen y leerlo con toda urgencia. No sólo los primeros cuentos están escritos en verso, sino que el trasfondo de cada uno de estos episodios están llenos de luz. Cada cuento tiene una moraleja. O dos. Y al final, para que el lector no venga conque a Chuchita la bolsearon, el autor las hace explícitas: siempre en verso, siempre con su cadencia particular. Es verdad que Perrault no es tan sanguinario como los hermanos Grimm, pero tampoco estamos ante el precursor del Y vivieron felices para siempre que ya a nadie convence. Estamos frente al primer escritor que a cabalidad recuperó las historias populares de las que se nutría su entorno, quien no sólo puso por escrito lo que era del dominio popular gracias a una tradición oral heredada de generación en generación, sino que lo embelleció hasta el hartazgo, heredándonos un volumen exquisito, maravilloso, entrañable.
¿Cuánto habrá cambiado la sociedad en los últimos seis siglos? No mucho, ciertamente. Y como para muestra sobra un botón, remitámonos a los bellos cuentos de Perrault, donde además de echar a volar la imaginación con personajes entrañables, podremos constatar que los seres humanos adolecemos de lo mismo desde que la Bella Durmiente fuera condenada a un sueño de 100 años y desde que el Gato con Botas rescatara de la miseria al mismísimo Marqués de Carabás.
Hay dos cosas particularmente interesantes, adonde quisiera yo atraer su atención, queridos lectores. En primer lugar, no tengo palabras para expresarles cuantísimo me han conmovido la musicalidad de sus versos y la hermosura de sus palabras. Conviene aquí abrir un paréntesis para reconocer la extraordinaria labor de Jöelle Eyheramonno y de Emilio Pascual como traductores: los traductores, casi siempre, se lo curran —como dicen acá— más que el propio autor. Así que ahí lo tienen: la belleza de los versos y la extraordinaria traducción de los mismos. En segundo lugar, permítaseme un segundo de debilidad: una historia, poco conocida entre nosotros, que el autor intituló “Riquete el del Copete”. Esta historia es tan vigente hoy día como lo fue hace 300 años. Todos aquellos que a menudo nos sentimos violentados por un mundo que se rige por convencionalismos absurdos hallaremos en las páginas de este cuento un rincón para agazaparnos.
Es ésta una historia donde un príncipe deforme es dotado de una inteligencia extraordinaria, mientras que a una princesa muy estúpida se le otorga el don de la belleza extrema. Y he aquí que ambos tienen el don de conceder inteligencia y de belleza, respectivamente, a aquel a quien más se ama. Esto basta, sin duda, para que adivinemos el final, pero no puedo irme sin citar aquí un último párrafo de esta historia:
[...] Hay quien asegura que no intervinieron para nada los encantamientos del hada, sino que sólo el amor realizó aquella metamorfosis. Dicen que la Princesa, después de haber meditado sobre la perseverancia de su amante, sobre su discreción y sobre todas las buenas cualidades de su alma y de su espíritu, dejó de ver la deformidad de su cuerpo y la fealdad de su rostro; que la joroba sólo le pareció el porte de un hombre con aires de imporancia y que, así como hasta entonces lo había visto cojear horriblemente, no le encontró más que cierto andar inclinado que la encantaba; también dicen que sus ojos, que eran bizcos, le parecieron por ello más brillantes, que su defecto pasó en su mente por la marca de un violento exceso de amor, y finalmente que su gruesa nariz roja tuvo para ella algo de heroico y marcial.
Cuentos de niños o no, son cuentos indispensables. Invierte en los cuentos de Perrault una tarde de tu vida y reconforta tu alma y tu espíritu como hace mucho no lo hacías.
Es en serio: corre. Son imprescindibles. Es bueno para su salud.
***
Un par de acotaciones:
1. Van a perdonar el francés, pero qué la Caperucita Roja es un cuento erótico ni qué mis chingadas madres. Es lo que es: no te fíes de los extraños. ¡Punto!
2. Si yo hiciera con mi tesis lo que los hermanos Grimm hicieron con los cuentos de Perrault, ¡voy al tambo por plagio! Un ejemplo: la primera mitad del cuento “Hansel y Gretel” de los hermanos Grimm no es sino la reproducción de la primera mitad del cuento “Pulgarcito” de Perrault. Los hermanos Grimm, eso sí, decidieron escribir un cuento totalmente distinto de Pulgarcito, para con ello resarcirse un poco. O quizás nomás porque les dio la gana.
3. Si alguien por aquí, como Bibliobulímica, ha leído ya estos cuentos, me gustaría conocer su opinión.
3 octubre 2010
Al fin y al cabo, seguimos rodeados de brujas
[Una crítica más a las adaptaciones de Disney.]
Mientras leía el primer tomo de los Cuentos completos de los hermanos Grimm en Alianza Editorial, se me ocurrió el primer borrador de lo que deberá ser —si la banda tiene a bien seguir mis instrucciones— mi epitafio:
Quien aquí yace intentó leer todos los cuentos populares jamás escritos. Leyó los de los hermanos Grimm y los de Hans Christian Andersen; los de Charles Perrault y los de Guy de Maupassant; los de Juan José Arreola y los de Juan Rulfo; los de Antón Chejóv y los de Fiódor Dostoyevsky; los de Edgar Allan Poe, los de H.P. Lovecraft y los de Henry James. Pero como se adivina, nunca pudo abarcarlo todo. Se esforzó, eso que ni qué.
Como todos sabemos, nada es más nocivo en la vida de un niño que las películas de Disney. Comienzo a pensar que el nintendo, el Youtube y hasta el Youporn son menos dañinos para un niño que las películas de Disney. Mis hijos, sí señor, podrán tener las de vaqueros en el buró, pero eso sí: ¡jamás una película de Disney!
Ya, puede que exagere. En realidad, sí: yo fui niña Disney. Durante un año, todos los días, vi La sirenita al volver de la escuela. Me sabía los diálogos, gesticulaba como los personajes, me aprendí las coreografías. Hoy mismo, así es, puedo cantar de memoria aquello de ¿Qué debo dar para vivir fuera del agua? ¿Qué hay que pagar para un día completo estar? Pienso que allá, lo entenderán, puesto que… no prohíben nada… ¿Por qué habrían de impedirme ir a jugar? También me sé la de Bajo el mar (¿quién no se la sabe?!) y la de Pooobres almas en desgracia. Así es: qué peliculón.
En fin. Reencaucémonos. Les decía yo que las películas de Disney hacen mucho daño. Y lo reitero. ¿Por qué? Simple y sencillamente, porque la vida no está llena de finales felices, como los de Disney. Basta con echarle un vistazo a las versiones originales de cuentos como La cenicienta, La sirenita, El sastrecillo valiente o Pulgarcito para darnos cuenta de que, si bien algunos de ellos ciertamente tuvieron un final feliz, esto no fue sino a base de librar infinidad de combates tal y como los seres humanos de verdad lo hacemos todos los días.
Cuando las hermanastras de la Cenicienta quisieron engañar al príncipe poniéndose ellas mismas la zapatilla —que, quepa acotar, no era de cristal sino de oro, y no hubo jamás hada madrina sino tumba milagrosa—, la primera se re-ba-nó el dedo pulgar y la segunda se re-ba-nó el talón con tal de que el diminuto zapato cupiera en sus pies infames (es verdad: ¡qué cabecita la de los Grimm!). Por otro lado, sí señor, en la versión de los hermanos Grimm (la de Perrault vino antes, pero ésa aún no la he leído), a la Caperucita Roja sí la salvó el leñador pero sólo después de abrir la barriga del lobo para rescatar tanto a Caperucita como a su abuela. Hänsel y Gretel, asimismo, fueron abandonados en medio del bosque por su propio padre —débil, ¡cobarde!— quien cedió ante las presiones de una madrasta manipuladora y cruel, quien es castigada con la muerte hacia el final de la historia. Finalmente, Rapunzel no se llama Rapunzel, sino Rapónchigo, al ser éstas las flores que su madre, embarazada, ansiaba del jardín de la bruja (aquí la neta sí se entiende por qué hubo que rebautizarla).
Al comparar los textos originales con las versiones contemporáneas, no queda sino elevar nuestras voces: ¡Cuánta manipulación! ¡Cuánta mentira!
Aquí entre nos, a mí francamente me da lo mismo que hagan adaptaciones de los cuentos. Es más: creo que hasta me da gusto, ya que así garantizan la inmortalidad de los mismos. Sin embargo, hay que mostrarles a los niños —y a los adultos, sobre todo a los adultos que se conducen como niños— que el mundo real, tal como los cuentos originales, está lleno de dificultades. Es verdad que hay ciertos valores que todos debemos observar, incluso sin olla de oro al final del arco iris: no tiene por qué haber recompensa de por medio, es sentido común. Hay que ser compartidos, hay que ser honestos, hay que ser humildes. Existen también actitudes deplorables por las cuales tarde o temprano hay que pagar un precio: la mentira, la ambición, la arrogancia, la crueldad. Esto no se discute.
Lo que sí discuto, lo que sí alego, es que el mundo está lleno de claroscuros y que entre el blanco y el negro hay una gama infinita de grises. Los personajes de estos cuentos, en apariencia dirigidos a un público infantil, pagan caro tanto sus errores como los errores de los demás, y en varias ocasiones son castigados por pecados que no cometieron. A imagen y semejanza de la realidad, pocas son las historias con final feliz. En estos cuentos hay pobres que sufren por no tener nada que llevarse a la boca y princesas hermosas por las cuales todos están dispuestos a batirse en un duelo que desde el principio se sabe perdido. La envidia, la hipocresía, la severidad y la holgazanería recorren las páginas de estos cuentos dejando al descubierto las debilidades de todos los seres humanos. En estas líneas hay sangre, hay muchas batallas perdidas, hay muchas lecciones de vida. Hay diálogos ingeniosos y narradores todopoderosos. Estos cuentos, breves, más breves que todo, son de una riqueza inabarcable, de una verdad incuestionable. Después de todo, las cosas no han cambiado mucho: seguimos rodeados de brujas.
No fueron ni los hermanos Grimm, ni Charles Perrault, ni Hans Christian Andersen, ni mucho menos Antón Chejóv quienes acuñaran aquello de Y vivieron felices para siempre. Esta frase fue una invención de la modernidad, de las grandes industrias, del capitalismo, para envolvernos con sus patrañas surreales que nada tienen que ver con la vida, dura, que es esta que nos tocó vivir.
¡Que vivan las versiones originales! ¡Que viva la cruda realidad!
***
Continuará…
2 octubre 2010
La destrucción de Kreshev
A mí me queda muy claro por qué quise comprar este libro. El primer lugar se lo disputan el sello y la ilustración de la portada. Ya sabrán ustedes cuánto me seduce a mí este óleo. En realidad, me pregunto cuántas obras de la literatura tienen esta imagen de Johann Heinrich Füssli a modo de cubierta. Supongo que él nunca vio venir la sensación en la que devendría su Pesadilla. He visto más esta pintura en tapas de libros que El beso de Klimt o El nacimiento de Venus de Botticelli en libros de historia del arte. [Bueno, la mera verdad, tampoco es que abra yo muchos libros de historia del arte. Dejémoslo ahí.] En fin. Luego vino el sello, Acantilado, y el atractivo formato de esta colección. Una vez habiéndome atrapado estos elementos aparentemente superfluos, me di cuenta de que 1. era una historia contada por el mismísimo demonio y de que 2. el autor era el mismísimo Isaac Bashevis Singer, el muy celebrado y ya extinto autor polaco-judío.
Gaby, mi amiga del alma, se había empeñado en regalarme un libro por mi cumpleaños. Aquí entre nos, la pobre acabó regalándome dos. Y al final, así fue, los títulos elegidos no sólo no eran de su agrado sino que se oponía terminantemente a pagar por DOS libros cuyo narrador fuera Satanás (el otro fue El maestro y Margarita del ruso Mijaíl Bulgákov). Pero era mi cumpleaños y nada pudo hacer.
La destrucción de Kreshev, para ser exactos, tiene 117 páginas. “Esto me lo leo en un día”, pensé. Y he ahí que escribo esto a casi un mes de que aquello sucediera. ¿Qué pasó? ¿Por qué tardé tanto? Eso mismo me dispongo a desentrañar aquí.
En este libro, el diablo nos cuenta cómo se encargó de destruir un shtetl, una especie de aldea polaca poblada por judíos cuya vida gira en torno a la sinagoga, el mercadillo y los pueblos de los alrededores. Es verdad que en muy poco tiempo Bashevis Singer logra acercarnos a los personajes principales y con ello nos sitúa ahí, en el lugar de los hechos. Es verdad también que el tono del narrador es bastante verosímil: ese sentido del humor es justamente el que a mí va a conducirme sin escalas al infierno. Sin embargo, el libro es más rico en anécdotas locales que en cuanto a la historia en sí. Para aquel que, como yo, no se entera de que hay un glosario a modo de epílogo, la historia transcurre pesada ante los ojos de un lector que, totalmente ajeno a la terminología judaica, se atora a cada tres o cuatro renglones con una palabra nunca antes vista. En este libro, también hay que decirlo, esas complicaciones lingüísticas pueden bien librarse gracias al contexto, a diferencia del libro aquel que compré hace ya un año, La familia Moskat, de cuya página 50 no pude pasar dado que a esas alturas ya estaba yo convencida de que el libro estaba escrito en yídish y de que yo acababa de darme cuenta.
Así que… veamos. El maligno deja claro que los pobres lo aburren, ya que aquellos proclives al pecado son siempre los ricos. (Esto me hace recordar las muy sabias palabras de Dorothy Parker, quien sentenció: “If you want to know what God thinks of money, just look at the people he gave it to“.) Así que es justamente a ellos a quien ha decidido pervertir para extender su diabólico dominio. En una aldea como Kreshev, donde todo es santurronería, no resultó muy difícil esparcir el horror entre la población que, mojigata, se dejó destruir a raíz del adulterio de la hija del hombre más rico y más próspero del pueblo.
La verdad es que lo que ocurre en Kreshev por obra del demonio no dista mucho de lo que hoy día sigue ocurriendo por obra y gracia del hombre en cualquier lugar del mundo: gente ociosa husmeando en la vida de los demás, prejuzgando, enarbolando la cultura del tabú, entrometiéndose en las vidas ajenas y poniéndolas bajo los reflectores. Esto que aquí describo, aquello que ocurrió en Kreshev, es para mí muy parecido al infierno, a la demolición de la individualidad, a la degradación de la sociedad. Para intentar observar los diez mandamientos entregados a Moisés, primero debiéramos entender lo que dicta el sentido común: vivir la vida propia es mucho más sano, mucho más provechoso, mucho más divertido, mucho más interesante que tratar de buscar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.
Quizás por eso me resultó pesado el libro: porque son justamente el fanatismo, la gazmoñería y las habladurías lo que me sacan ronchas. Y para cerrar, una cita de mi sabia y hermosa madre: “Vive y deja vivir”.
23 septiembre 2010
Querido Alejandro Zambra:
Querido Alejandro Zambra:
No puedo resignarme a no entrar en contacto contigo en esta era del clic de la inmediatez. De indagar, lo sé, podría dar hasta con la puerta de tu casa, pero no quisiera yo retomar a estas alturas una costumbre que opté por desechar luego de una serie de incidentes espantosos que se desencadenaron a raíz de mis averiguaciones adolescentes. Tales pesquisas de antaño, valga la acotación, fueron impulsadas siempre por la búsqueda del amor. Hoy, como ves, ya no espío a nadie [sic] y —sobre todo— ya no busco el amor [sic a medias]. En fin.
Te comentaba que tengo algunas cosas que decirte, y lo haré, cómo no, pero no sé cómo, ni sé a dónde podría yo hacerte llegar unas cuantas letras. Se me ocurre entonces que puedo postearlo todo aquí, sin saber si algún día tus ojos recorrerán estas líneas, pero, dime tú, ¿qué más puedo hacer? Después de todo, no está mal. Los distinguidos lectores de este blog podrán entretenerse con estas letras porque, habrás de saberlo, lo que aquí nos ocupa son los libros, y yo a ti quiero hablarte sobre el tuyo propio, ¿de qué otra cosa si no?
Veintidós minutos exactos me tomó leer Bonsái. Me pregunté también, no lo niego, si a un texto que puede leerse en veintidós minutos exactos puede denominársele “novela”, y la respuesta la encontré en la cuarta de forros: “más que una novela corta o un relato largo”, dice, “es una novela-resumen o, justamente, una novela-bonsái”. Ahora lo entiendo: es una novela-bonsái, qué tonta, cómo no se me ocurrió antes. Por lo demás, permíteme que te lo diga, el breve preámbulo de la contraportada está envuelto de una severidad que no le hace justicia a tan entretenida y encantadora novela-bonsái.
Habrás de saber que yo sólo soy una aprendiz de lectora, nada más que eso, por lo que sería peligrosísimo te tomaras muy en serio mi opinión. No obstante, no puedo acallar esto que cargo en el pecho y a lo que tengo que darle salida a la brevedad porque, de lo contrario, moriré intoxicada por cuatro palabras que desde anoche se agolpan en mi cabeza como pelotas de frontón: Alejandro Zambra: ¡no dejes de escribir!!!
Fue una pena que haya durado tan poco. Esta misma tarde, así como lo lees, leeré tu segundo libro: La vida privada de los árboles. Calculó que este otro me tomará alrededor de treinta minutos. Es normal: son novelas bonsái. Espero disfrutarla tanto como disfruté la primera; aunque, en el remotísimo caso de que no fuera así, me quedo con la primera y seguiré atenta a tus próximas publicaciones, a tus novelitas bonsái, cargadas de buen humor y de amor al oficio.
Qué fuerte me parece que te hayan bastando noventa y cinco páginas y veintidós minutos para hacernos reír de esa manera. ¡Gracias por tu pluma y por tu ingenio!
¡Y que viva Bonsái! ¡Y que vivan las novelas-bonsái!
20 septiembre 2010
De escritores mexicanos contemporáneos
Piensa rápido. Enlista diez escritores mexicanos contemporáneos —vivos—, no importa si los has leído o no, si te gustan o no. No hagas trampa, nada de googlear “escritores mexicanos contemporáneos”.
A mi cabeza vienen, sin orden alguno, sin ningún criterio de enunciación, los siguientes: Carlos Fuentes, Juan Villoro, Sergio Pitol, Daniel Sada, José Emilio Pacheco, Mario Bellatin, Álvaro Enrigue, Alberto Chimal, Eduardo Antonio Parra, Guillermo Fadanelli, Luis Humerto Crosthwaite, Ramón Córdoba, Vicente Leñero, Felipe Soto Viterbo, Emiliano Monge, Pedro Ángel Palou, Francisco Martín Moreno y Jorge Volpi. (Ruego a quienes no aparecen en este listado no me lo tomen a mal: al fin y al cabo esto no es Letras Libres; éste es tan sólo un humilde blog con nula repercusión a su alrededor. Además, justamente, lo que trataba de probar con este ejercicio es el reducidísimo conocimiento que tenemos sobre la realidad literaria de nuestro país.)
Como todavía no leo Cómo hablar de los libros que no se han leído, me limitaré entonces a decirles que de los escritores aquí enunciados, estoy familiarizada con algunos cuantos, pudiendo sólo comentar lo siguiente: Carlos Fuentes is too much for me, no siendo éste el caso de grandes como Pitol, Villoro y Pacheco, cuyas ficciones son siempre mágicas y reconfortantes. Los cuentos de Alberto Chimal son maravillosos, Ramón Córdoba es de una versatilidad arrolladora y de una pluma elegante y descarada, y Felipe Soto Viterbo tiene un oficio digno de quitarse el sombrero. Hace poco comencé Hipotermia, de Enrigue, y el libro se me cayó de las manos antes de llegar a la mitad. Y, finalmente, Emiliano Monge está en mi lista de “Leer ya, con muchísima urgencia”. Los últimos tres de la lista, Palou, Martín Moreno y Volpi, son más una garantía de ventas que una apuesta literaria: son autores que han hallado su lugar entre el público, cuya presencia en un catálogo determinado garantiza ventas seguras en el intrincado horizonte de la narrativa mexicana. Más allá de un intento fallido por leer a Martín Moreno, y un par de artículos de Volpi, tampoco puedo pronunciarme sobre la prosa de estos tres escritores. A los demás sólo los conozco, sé de ellos y me reprocho nunca haberlos leído.
“¿Y a qué viene todo esto?”, se preguntarán.
Algunos estamos más preocupados por leer lo que se escribe fuera que dentro del país. A mí no me extraña que, por ejemplo, los libros que menos vende Anagrama en México sean justamente aquellos de escritores mexicanos. Es necesario que nos comprometamos con nuestra propia narrativa, que les abramos paso a las nuevas voces que, osadas, se lanzan al escenario a sabiendas de lo difícil que será hacerse de un lugar en las saturadas agendas de los lectores quienes, como quien esto escribe, creen tener muy claras sus prioridades y cometen un pecado imperdonable: cerrarle las puertas a los clásicos del futuro.
Si leemos, tenemos un compromiso con las generaciones venideras. Estamos obligados, en primer lugar, a pavimentar el camino para que puedan surgir nuevas y plurales voces para pronunciarse libremente sobre lo que quieran, dotándonos a los lectores de las herramientas necesarias para nutrir nuestro criterio y poder pronunciarnos a favor o en contra del sistema y así ubicarnos con fundamento en el espectro infinito de posibilidades ideológicas. En segundo lugar, es imprescindible que nos involucremos con los nuevos narradores y poetas mexicanos: cada quien que riegue y cuide su literatura. A nosotros, los mexicanos, nos corresponde velar por la nuestra. Mientras contribuimos a inflar los índices de ventas de libros como Crepúsculo, El secreto o El alquimista, dejamos que se pudran nuestras propias voces en las estanterías de aquellas librerías que, arrastradas en esta espiral sin salida, tarde o temprano se ven también condenadas a la guillotina ante la falta de interés del público por incursionar en la nueva narrativa mexicana. Si nosotros no hacemos algo por cambiar esta realidad, nadie va a hacerlo. El Estado está demasiado ocupado perpetrando atrocidades como para reparar en la industria editorial mexicana: Señor Calderón: los cárteles siguen dándose en su madre, y, ah, los libros de los jóvenes escritores mexicanos no se venden. No quiero pensar cuál sería la respuesta de nuestro h presidente ante una disyuntiva tan compleja y metafísica.
Gracias a Paula, he descubierto un libro maravilloso: Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera. Es éste el segundo libro de un joven autor mexicano publicado en España por Editorial Periférica. Su primera novela, Trabajos del reino, fue ganadora el año pasado del I Premio Otras voces, otros ámbitos, por ser la mejor novela publicada en España en 2008 que no llegó a vender 3,000 ejemplares.
Ésta es una de esas notas que le dejan a uno un doble sabor de boca. Porque, veamos: qué bonito, ¿no? Que le den una escultura de Jaime Martínez y que le reediten y le redistribuyan su libro en las librerías de El Corte Inglés. Suena chulo. Pero qué triste, qué tristísimo, que 1. el libro haya sido publicado por una editorial española y no por una editorial mexicana y que 2. las letras de un autor como éste no rebasen los 3,000 ejemplares vendidos —como pasa con la mayoría de autores estrictamente literarios—. Sobre lo primero, tendríamos dos opciones: podríamos cuestionar al autor sobre las razones por las que lo publica Periférica y no, digamos, Almadía, o podríamos especular sobre los motivos que lo han llevado a publicar sus dos libros con una editorial española. Ahora mismo optaremos por una tercera vía, que consiste en no hacer ni una ni otra, sino simplemente lamentarnos por el hecho en sí. El que estos libros estén publicados en España no implica que sean inconseguibles en México, no: sólo implica que la distribución en México esté a cargo de un tercero —que, desde luego, no velará por Periférica como vela por los libros propios— y que el precio sea elevado en comparación con los libros publicados en el país.
A mí me gustaron el ritmo y el manejo de los diálogos. Me encantan los mexicanismos que palpitan a lo largo del texto y la modestia que podemos adivinar en el autor. Me fascina, sobre todo, la posibilidad de descubrir letras como las de Yuri, cuya permanencia en el mercado nos corresponde garantizar a nosotros, los lectores. Estamos ante un texto con un estilo personalísimo y eso, sin duda, es lo más difícil de lograr. Un libro que explora, como tantos otros, las desavenencias de aquellos que cruzan la frontera para hallarse ante el más inhóspito de los escenarios. Un libro brevísimo, de escasas ciento veintitantas páginas, que se siente como la ráfaga de viento que hace volar en mil pedazos la ventana: aquella que mantenemos cerrada para aislarnos de lo que nos duele, de todo aquello que preferiríamos ignorar.
La literatura no sólo se ama a través de Borges, de Vargas Llosa, de Marías, de Joyce o de Nabokov. Las letras se aman en el punto donde se intersecan los clásicos y los jóvenes, los consagrados y los desconocidos, los extranjeros y los nacionales: amar la literatura, me parece, es sobre todo luchar por que hoy puedan publicar aquellos que inspirarán a las generaciones venideras y así alimentar debidamente la espiral infinita de la imaginación.
15 septiembre 2010
Obsesiones destructivas
No hay obsesiones sanas. Todos aquellos que nos jactamos de tener alguna nos regodeamos en el hecho de saber que algo está mal, que no somos como los otros, que por más indicios de normalidad que nos habiten, siempre seremos diferentes. Yo, desde la más tierna edad, he sido siempre proclive a las obsesiones.
Cuando niña, a los siete u ocho años, estaba obsesionada con Telehit. No sé si todavía existe, pero yo era esclava del televisor. En las noches, en vez de rezar el rosario como lo hago ahora todas las noches antes de dormir, prendía la tele y le ponía en Telehit. (Yo nunca dije que las obsesiones fueran algo que a la larga nos enorgullecerían: hay de obsesiones a obsesiones y ésta, a decir verdad, no es precisamente una ex obsesión digna de presumir.) Luego me obsesioné con las consolas de nintendo. Ésta era una fijación que, como tantas otras, compartía con mi hermano. Todo empezó con los patos aquellos a los que les disparabas haciendo gala de una brutalidad y una crueldad infinitas; alguna vez, incluso, mi hermano y yo descompusimos el televisor a punta de escopetazos: como muchos otros niños, pensábamos que si le pegábamos a la tele con la pistola los patos morirían mejor. Luego apareció Street Fighter. Mi hermano siempre escogía a Ryu y yo siempre escogía a Ken. No recuerdo quién era mejor jugando, lo único cierto es que siempre terminábamos a abukets él y yo. Y mientras mi hermano y yo acabábamos a oriugets todas las noches luego de jugar Street Fighter (o Mario Bros, o Donkey Kong, o Pac Man, o Ninja Turtles, o, o, o), por las mañanas mi única ilusión era llegar a la escuela a intercambiar calcomanías. Todavía guardo mis álbumes de calcomanías, por cuyas páginas aún desfilan Mickey Mouse y todo el equipo Disney, así como Hello Kitty y todos sus amigos, en todas las modalidades imaginables: transparentes, infladas, tornasoladas, de terciopelo (estas últimas siempre fueron las más codiciadas: para conseguir una de terciopelo tenías que dar a cambio, si bien te iba, tres normales), etc. Pero aquellas obsesiones (gracias a la Santísima Trinidad y a Todos los Santos) se esfumaron: se erosionaron, me aburrieron, crecí… qué sé yo. Es una pena que mi hermano siga coleccionando tazos y jugando a las barbies. En fin.
El hecho es que el vacío que aquellas fijaciones dejaron en mí fue de inmediato ocupado por otras nuevas: corregidas y aumentadas. Las obsesiones características de la adultez son mucho más dañinas que aquellas propias de la infancia. Las obsesiones hoy día nos hacen daño, nos lo roban todo: el sueño, el hambre, el sosiego, la seguridad en nosotros mismos. Creo recordar que hace algunos años me obsesioné con alguien de quien creí estar enamorada (¿o me enamoré de alguien con quien después me obsesioné? ¿o se obsesionó conmigo aquel de quien yo me enamoré? ¿o nos obsesionamos los dos y por eso todo acabó en tragedia?) y el saldo, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, fue simple y sencillamente catastrófico. Menos mal que he alcanzado un grado de madurez suficiente (sic) como para distinguir entre el amor y la obsesión (y, desde luego, para no enamorarme nunca más).
Comencé a escribir este post motivada por una obsesión particular relacionada con aquello que nos tiene a todos aquí reunidos: las letras. Rebusco en mis cajones una obsesión contemporánea, algo que hoy día, a mis veintiséis años, me mantenga en vilo, inquieta, suspendida en la caja negra del insomnio. Ya no tengo obsesiones múltiples, no. Hoy día, es verdad, todo ha quedado reducido a una díada del terror: un fetiche y una obsesión. ¿Mi fetiche? Los libros. ¿Mi obsesión? La ortografía.
Cuando releo algún texto mío (que ya ha sido enviado, que ya ha sido publicado) y me topo con una falta de ortografía: ¡coño! Me retuerzo de coraje, pienso en aquellos lectores que, prudentes, me evitan el ridículo, que no me evidencian, que guardan el secreto y callan para siempre, y me sonrojo hasta el infinito. Me lleno de vergüenza, me reprocho mis impulsos. Ya había explicado antes que a veces, cuando aún estoy a tiempo, reenvío un mail corregido con la esperanza de que el destinatario abra sólo el último y se olvide del primero, pensando que se trata de un error en el servidor que duplicó el mensaje. La mayoría de las veces, no obstante, eso no sucede. Los correos se van sin revisar, o revisados y con errores, desde luego. Los estatus de Facebook son publicados y retomados varias horas después: cuando enmendarlos ya no es una opción factible, pues a ellos se han sumado comentarios de las más diversas índoles que me impiden arrancarlo todo de raíz. Los posts en Purasletras, como éste, son escritos en infracondiciones: en la madrugada, en la penumbra, muerta de sueño, con más miopía y más astigmatismo de lo normal. Y no me aguanto las ganas de decir lo que quiero decir, no: lo suelto. “Publicar”, “Enviar”, “Actualizar”: mis botones favoritos. Mis puertas al mundo. Mi modo de sentirme poderosa, capaz de comunicar, de generar algo en algún lector incauto que caiga en las redes de mis malogradas palabras. Y las erratas siempre ahí: acechándome, echándome en cara mi perfeccionismo tan imperfecto, mi ego mal sustentado, mi uso primitivo del lenguaje.
Hace poco cometí dos errores garrafales por los cuales mi vida interior se ha convertido en un vía crucis. En ninguno de los casos fue posible hacer enmienda alguna.
1. Presa de la desesperación ante la reputísima burocracia que me impide legalizar mi situación en este país, publiqué lo que a ojos de cualquiera sería un chascarrillo burdo y poco ingenioso. Pedía la colaboración de algún ciudadano español para, por favor, esposarme, de modo que así pudiera regulizar mi situación en España. Regulizar, regulizar, regulizar. Escribí regulizar y no me di cuenta sino hasta que se habían acumulado ya más de diez reacciones. Y no pude eliminarlo. Y sufro desde entonces. Me atormento. No puedo borrarlo, y está ahí, en mi muro, y todos pueden darse cuenta de que yo, uy, “correctora de estilo”, “traductora”, “editora”… yo, que me las doy de Yo Soy Aquélla, me equivoco en algo tan banal, tan absurdo, tan simple, tan aburrido. Regulizar, regulizar, ¡reguliPUTIzar!!!
2. El lunes me quedé varada en Bilbao y no pude llegar a mi trabajo en la mañana. Envié un mail desde una de esas máquinas horrorosas que a cambio de dos euros te hacen acreedor a cinco minutos de internet. A la máquina le encontré los acentos: las mayúsculas se me resistieron. El mail explicaba que habían cancelado mi vuelo y que llegaría más tarde. Me disculpaba por el retraso. Cosa de niños. Sólo tenía cinco minutos para maniobrar con ese robot de aeropuerto y quería hacer las cosas bien. Brevemente, pero bien. Escribí un mail para el personal de aquella empresa que tantísimo admiro y que tanto respeto: la casa editorial que desde siempre se ha caracterizado no sólo por la calidad de su catálogo sino por la impecabilidad de su cuidado editorial. Y al final, oh tragedia, al final, el mail quedó marcado por un error imperdonable:
“un abrazo, gracias y hasta pronto,
wendolin”
Así fue. Escribí mi propio nombre sin acento. El colmo del corrector. El colmo de todos los colmos. Una debilidad que bajo ninguna circunstancia puedo volver a permitirme. Un crimen imperdonable. Una hecatombe. Pero lo intuí, lo vi venir. Lo vislumbré con antelación. Cuando me subí al avión, seis horas después de lo previsto, una angustia me oprimía el corazón: “¿estaba bien escrito el mail?”, “¿no me habrá faltado alguna coma, algún punto, algún acento?”. Y mis predicciones fatalistas se volvieron realidad, y hoy día estos dos errores rondan mi conciencia incesantemente: me los reprocho, intento olvidarlos sin éxito, me revuelco en la cama pensando en todos aquellos errores que he dejado al descubierto y que aún están por venir, y padezco los efectos secundarios de esta obsesión como cualquier adicto a quien privan de aquello que lo mantiene felizmente enganchado.
Ésta es la vida del corrector. Ésta es la obsesión que no puedo sacudirme. Éste es el miedo que cargo a cuestas: equivocarme y que todos se den cuenta de que no soy perfecta en lo único que creo saber hacer.
Y luego me recrimino todo este absurdo: qué arrogante, qué ridícula soy. Pero se trata de una obsesión en su estado más puro, una obsesión de a de veras, y muy poco o nada puedo hacer para remediarlo.
8 septiembre 2010
El halago más grande del mundo
Reza la cuarta de forros de esta novela que los personajes destilan una humanidad palpitante. Las virtudes, los defectos, las frustraciones, los deseos, las alegrías, los infortunios, las debilidades y las pretensiones de aquellos que desfilan por las páginas de Anna Karenina se nos vuelven inmediatos, nos invaden, nos asfixian, nos trasladan al lugar de los hechos: allí donde el confidente, donde el amante, donde el enemigo. Y he ahí que el lector ávido de devorar la historia, de llegar hasta el final, se sorprende de pronto vertiendo un par de lágrimas sobre sus páginas, sonriendo ante el regocijo de aquel con quien irremediablemente se ha encariñado, poniendo la mano sobre el corazón para ver si de verdad palpita con tanta agitación.
Tolstoi nos regala en esta entrega el retrato de una sociedad que no envejece, que no pierde vigencia, que sigue nutriéndose de los mismos miedos, de las mismas pasiones, de los mismos delitos. La Rusia del siglo XIX desfila ante nosotros como un espejo donde de uno u otro modo podemos todos vernos reflejados. Los personajes son de una profundidad indescriptible: el texto de cuarta no miente: basta con extender el brazo para tocarlos, para andar de su mano el camino. Las mil páginas de Anna Karenina son un verdadero deleite para todos aquellos sedientos del mágico elixir de la buena literatura.
Como yo apenas voy en la página 600, permítanme desviar esta entrada hacia otros cauces no menos intrincados. Decididamente, a mí lo que más me sorprende de esta novela es su vigencia arrolladora. ¿Ha cambiado en algo la sociedad desde entonces? ¿No seguimos todos luchando a capa y espada por hacernos de un hueco en el saturado espectro social de un mundo por naturaleza excluyente? ¿No seguimos jugando a ser felices, a observar las normas aburridas impuestas por quién sabe quién desde el principio de los tiempos? Insistimos en repetirnos, en revolcarnos en el pasado, en imitar los hábitos cansinos de nuestros predecesores. Tolstoi nos obsequia un óleo maravilloso de todo aquello que comparten todas las colectividades humanas, y deja al deja al descubierto el alma de una serie de personajes exquisitos e irrepetibles.
Tolstoi escribe con una objetividad imperturbable. Todos los personajes son distintos, profundamente distintos, y resulta imposible saber con cuál se identifica el autor. ¿De qué lado está Tolstoi cuando describe el adulterio de Anna Karenina? ¿Se identifica con Stepán Arkádich o con Alekséi Aleksándrovich? ¿Le parece a él Kitty tan bella como se lo parece a Lyovin? Es imposible saberlo. Tolstoi jamás toma partido, jamás entorpece la historia: el papel de Tolstoi en Anna Karenina es por antonomasia aquel al que todo escritor que se precie de tomar su oficio con seriedad debe aspirar: el del autor invisible, el que se mantiene lejos de los reflectores, aquel que codicia el anonimato y se agazapa cuando descorremos el telón.
Pero yo sí tomo partido. Yo sí tengo mis favoritos. Yo sí sé qué compañías procuraría de estar allí, en el lugar de los hechos. Quedémonos hoy con que es nada más y nada menos Vronski, el amante de Anna Karenina, aquel que me arrebató el corazón desde el primer momento. ¿Y por qué? Por su visión de la vida, con la que tan resueltamente me identifico.
Vronski escuchó satisfecho el parloteo alegre de una mujer bonita, aprobando lo que decía, dándole consejos medio en broma y, en general, empleando el tono habitual en su conducta con ese género de mujeres. En la sociedad de Petersburgo que frecuentaba, todo el mundo se repartía en dos clases diametralmente opuestas. Una, la inferior, compuesta de gente vulgar, estúpida y, sobre todo, ridícula, que estima necesario que un marido viva con su legítima esposa, que cree que las muchachas deben ser inocentes, las esposas púdicas, los maridos varoniles, moderados y fuertes, que es preciso educar a los hijos, ganarse el pan, pagar las deudas, y otras tantas sandeces por el estilo. Ésta era una clase de gente ridícula y chapada a la antigua. Pero había otra clase de gente, la auténtica, a la que todos ellos pertenecían, en la que lo principal era ser elegante, guapo, magnánimo, atrevido, alegre, entregarse sin bochorno a todo género de pasiones y reírse de todo lo demás.
Vronski, con este modo de ver la vida, personifica todo aquello en lo que creo, pone en palabras mi propia filosofía. Gracias a Tolstoi me siento acompañada, identificada, comprendida. Me siento a salvo de un mundo que a medida que transcurren los años me asfixia, me acorrala; que pretende someterme a su tedioso vaivén. Hoy, al irme a la cama, soñaré que en uno de aquellos bailes magnánimos me topo con Vronski y con Anna Karenina. Vronski me mirará de arriba abajo y me regalará una sonrisa. Yo me sonrojaré y mi corazón palpitará como nunca. Al cabo de unos segundos, Vronski dará la espalda a Anna y vendrá por mí. Y de pronto, mientras nos deslizamos ágiles sobre la pista, me dirá: “Tú no eres como ellos, los aburridos, los que quieren hacerlo todo bien. Tú eres de las mías, de las que pecan, de las que se divierten, de las que no se conforman, de las que desentonan, de las que son libres. Tú perteneces a ese género de mujeres“.
Y despertaré mañana con una sonrisa, porque será ése el mayor cumplido que me hayan hecho jamás, el halago más grande del mundo.
Gracias, Vronski, por este llamado contra la mojigatería.
28 agosto 2010
Mi regalo de cumpleaños
Hace un año dejé mi casa, mi trabajo, mi país. Hace un año crucé el mundo con un saco a cuestas lleno de ilusiones. Hace un año cumplí veinticinco años de cumplir años el veintisiete de agosto de todos los años, y nunca había recibido un regalo tan grande como el que he recibido hoy: [Casi] Todas las personas importantes de mi vida, congregadas detrás de esta pantalla, desafiando la distancia y haciéndose presentes con una fuerza inusitada. Mis amigos y mis hermanos, mis amigos que son mis hermanos, regalándome unas palabras ante una cámara que nadie sabe usar. Y es ese tono precisamente, ese nulo expertise, lo que hace de este regalo una sorpresa de proporciones monumentales.
Y cómo se ganará el amor, me pregunto. En qué consistirá la ecuación aquella en la que alguien, por el simple hecho de existir, puede hacerse acreedor a un cariño tan grande. El amor de pareja y la amistad adolecen de dos males opuestos: mientras que el primero está sobrevaluado, la segunda está subestimada. Trazamos sobre el pavimento, colectiva y obsesivamente, trayectorias encaminadas al encuentro de aquella mitad que le dará a nuestra vida la circularidad que, aparentemente, resulta indispensable. Nos precipitamos los seres humanos con desesperación aberrante, unos sobre otros, para apropriarnos de alguien a quien llamar nuestro, al lado de quien despertar todos los días y por medio de quien podemos pagar las cuotas que nos impone la sociedad. Es como si tuviéramos que rendirle cuentas a alguien al final del camino, como si la entrada al cielo consistiera en habernos casado, en haber tenido una pareja. Y de los amigos… ¿alguien se acuerda?
He visto, con mis propios ojos, que el amor de pareja existe. Lo veo en Kevin y Laura, en Marco y Jeannine, en Mariana y Christophe, en Alma Delia y Luis, en Giselle y Goran. Sé de hombres y mujeres que han hallado el equilibrio, que le han ganado la batalla al hartazgo, a la rutina, a los malos hábitos y al silencio. Sé de hombres y mujeres que sólo nacieron para estar juntos, para completarse, para resignificarse al lado del otro. Pero sé también de otros amores de proporciones descomunales. Sé de la familia que escogemos, de la que vamos construyendo con el paso de los años. Sé del amigo incondicional, que siempre está ahí para llorar, para reír, para emborracharse contigo. Sé de aquél capaz de cruzar el mundo para pasar navidad a tu lado. Sé de aquel que nunca exige nada y lo entrega todo. Sé de aquel que, intermitente, tarde o temprano vuelve a perfilarse en el horizonte. Sé de aquel lacónico, que poco dice pero que tanto te demuestra. Sé de aquel que nunca miente, que te engrandece con su honestidad aterradora. Sé de aquel que irrumpe en un velorio y te roba una sonrisa. Sé de aquel que nunca llora y sin embargo seca siempre tus lágrimas. Sé de aquel que no cuestiona, que nunca juzga, que te respeta y saca lo mejor de ti. Sé de aquel que nunca duerme, que no envejece, que nació para estrenar las madrugadas. Sé de aquel que encuentra lo bello donde no lo ve nadie más, que ve luz en la más contundente de las oscuridades. Sé de aquel conversador incansable, de aquel que desmenuza la realidad a su antojo. Sé de aquel que te habla de libros, que te habla de música, que te habla de amor. Sé de aquellas amistades que nunca se desgastan, que no se opacan, que permanecen intactas sin importar el tiempo que se posa sobre ellas.
Los amigos de verdad son la forma humana que ante mis ojos adquiere el amor en su estado más puro. Con amigos como los que yo tengo, es imposible sentirse presa de la tan temida soledad. En estricto orden de aparición, gracias a Abdullah, a Alma Delia, a Luis, a Gabi, a Karly, a Lore, a Mariana, a Christophe, a Ale, a Dani, a Andrés, a York, a Diego, a Laura, a Kevin, a Monse, a Mundo, a Xabi, a Asier, a Angie, a ambas Elizandras, a Christopher, a Mau, a Lilí y a Tomasz, que se prestaron a un experimento tan poco habitual y desplegaron sus mejores dotes frente a una cámara con la única finalidad de hacerme llegar un feliz cumpleaños. Gracias también a aquellos que, aunque ausentes en el video, siempre han estado ahí. Pero, sobre todo, gracias a Alma, a Cris y a Wil: es increíble lo que hicieron posible. Nadie pudo haberlo hecho mejor, nunca dejan de sorprenderme. Gracias de verdad.
16 agosto 2010
Crónica del ventilador
Joyce Carol Oates es una de las escritoras más prolíficas del mundo: más de cien obras y casi veinte premios de talla internacional lo acreditan. Sin importar cuán saturado se vislumbre el buró donde descansan los libros por leer, es imprescindible hacernos un espacio para probar una rebanada de un pastel que se antoja interesante. Yo ya lo hice, y la experiencia resultó muy satisfactoria.
Entré a la librería nomás por entrar. Ya no sé yo si mi mente es consciente de los pasos que me dicta. Cada vez que paso por la librería, entro. Así nomás: entro. Aunque no tenga un centavo, entro. Aunque tenga hambre, entro. Aunque tenga calor, entro. Aunque esté impresentable presentable, entro. Aunque traiga otro libro entre las manos, entro. Aunque haya salido para comprar el periódico, entro. Aunque venga cargada con las bolsas del súper, entro. Es una locura. El policía de La Central me mira ya con un dejo de lástima. ¿Qué pensará de mí? “Esta niña: sin nada que hacer y sin un solo amigo…” Él tampoco se ve muy dispuesto a ser mi amigo, hay que decirlo.
Y así venía yo en una de ésas, con mi ventilador recién comprado entre las manos. Necesitaba darme un respiro: me lo vendieron sin caja, sin desarmar. La verdad es que aquella escena era más bien propia de una comedia: yo, perdida en el Raval, sudando como luchador (welcome to my life), maniobrando torpemente con un ventilador más grande que yo… cualquiera diría que en vez de haberlo comprado (porque sí señor: lo compré), me lo acababa de robar del Carrefour. Y entonces, luego de andar varias cuadras con el ventilador entre las manos, entré a La Central. Bonita fue la expresión de la gente al verme entrar con un ventilador. No los culpo.
Coloqué, con toda la desfachatez imaginable, el ventilador en una esquina. Nadie iba a hacerle daño, claramente. Y no, jamás cruzó por mi mente la idea de que alguien pudiera robárselo: ese ventilador, se los garantizo, estaba más desgastado que yo. Ahora que lo pienso, la verdad es que no entiendo por qué compré precisamente ese ventilador: tan de mal ver, tan grande y tan pesado, tan ruidoso. En fin. Mejor nos olvidamos de una buena vez por todas del ventilador.
Así entonces, me dispuse a pulular por la librería. Ni bien comenzó mi expedición, en la mesa de novedades me encontré con un libro que lleva en la portada una de las imágenes más alucinantes de la historia del arte y de la humanidad: La pesadilla, del suizo Johann Heinrich Füssli. Esa pintura, donde una mujer yace dormida mientras un demonio erótico se posa sobre ella, es deliciosa. Qué ganas de toparme yo también con un íncubo en la más distorsionada de mis fantasías; qué ganas de sorprender al caballo que observa, atónito, desde la penumbra. El libro es Bestias, precisamente de Joyce Carol Oates.
Bastó con ver esa imagen en la portada para cautivarme. Por otra parte, me parece prudente aplaudir el hecho de que los agentes de la autora cedan los derechos de algunas obras a editoriales independientes como ésta: papel de liar.
Extraje el libro del exhibidor y leí al reverso una cita de la autora. Esta frase, de cuya inserción en el margen derecho de este humilde blog los lectores atentos se habrán percatado, reza lo siguiente: «Creo que el arte no debe servir de consuelo: para consolarnos ya tenemos al prójimo y la distracción masiva. El arte debe provocar, perturbar, inflamar las emociones, llevar nuestro entendimiento a lugares no previstos e incluso no deseados».
Y me acordé entonces de cuando me enamoré de aquel artista, y recordé —no sin cierto estremecimiento— la ilusión que en su momento me produjeron las promesas implícitas: esa provocación, esa perturbación, esa inflamación de las emociones y de la conciencia, esos viajes a los lugares más oscuros, esa podredumbre.
Y, desde luego, lo compré.
¿Y qué creen que hice después de comprarlo?
Coger mi ventilador, faltaba más, y subir los cinco pisos que me conducen hasta mi humilde hogar con libro y ventilador en mano.
14 agosto 2010
Breaking news
Quiero hacer del conocimiento de los distinguidos lectores de este blog que escribiré un libro (modestísimo, pero libro al fin). Será no ficción (es lo único que me sale medianamente bien). Será una edición de autor y lo regalaré personalmente a los lectores de este blog, faltaba más.
Los mantendré informados.
8 agosto 2010
Leer puede salvar tu vida
No sé yo si la literatura sea un refugio o todo lo contrario. No sé si corremos a guarecernos entre sus páginas porque la realidad nos abruma, o si más bien llegamos a ellas ávidos de todas aquellas emociones de las que carece nuestra existencia. Si la primera premisa fuera cierta, la literatura debiera ser un lugar tranquilo, de aguas mansas y templadas. No lo es. Por el contrario, si la segunda aseveración fuera la correcta, leer sería un claro indicador de que vivimos vidas miserables, aburridas, incapaces de emular las anécdotas que nos ofrece la literatura. Tampoco es cierto.
[Como dijera Enrique,] Los maniqueísmos nunca han heredado nada bueno a la humanidad: sólo han repartido desgracias. Así entonces, la literatura no es ni la una ni la otra: es las dos. Los libros nos cubren de un manto impenetrable, debajo del cual respiramos tranquilos y en paz. Leer nos conduce a galaxias desconocidas que se parecen a la nuestra y con cuyos habitantes nos identificamos. Leer es poner en hold la vida entera y darle rienda suelta a la imaginación. Y si sabemos dejarnos llevar (y si tuvimos la suerte de hacer una buena elección), a lo largo de esas páginas tropezamos con la alegría, la tristeza, la frustración, la impotencia, la victoria, el orgasmo, la maldad, la ira, el deseo, las filias, el miedo, la burla, la gula, la lujuria, la venganza, la lucha, la rabia, el amor, el absurdo, la mentira, la injusticia, la derrota, la entrega, el odio, la conquista, la muerte y la vida.
Leer un libro es, indiscutiblemente, hacer el amor con él y asumir el rol del amante sometido. Y es él quien lleva la batuta. Es él quien nos dice cómo, es él quien nos da instrucciones, es él quien nos subyuga, es él quien nos conduce por los senderos ilimitados del placer. Un buen lector baila al ritmo que la literatura toca; un buen lector confía, cierra los ojos, se deja llevar. Un buen lector sabe que esa noche estará llena de sorpresas, de espasmos, de convulsiones, de sabores amargos a veces coronados por una cereza al final. Un buen lector se entrega. Y al igual que en las artes amatorias, a leer también se aprende. A leer se aprende a base de práctica, de perseverancia, de tenacidad, de paciencia, de voluntad y, sobre todo, a base de amor.
Resumiendo, entonces, los libros sí son la salida de emergencia de esta vida itinerante, que nos asfixia, que invade cada resquicio de nuestra intimidad. Corremos al libro, lo abrimos, nos echamos un clavado, y la vida se queda ahí, para después, para el día de mañana que amanezcamos con el libro, otra vez, entre las manos.
Pero también, hay que aceptarlo, en los libros buscamos la consumación de nuestros deseos más oscuros, jamás confesados. A mí al menos, he de aceptarlo, me faltan muchísimas agallas. Para muchas cosas. Y lo lamento profundamente. Y en vez de procurar una solución real, me sumerjo en la literatura: para ver qué aprendo, para ver si me enseña cómo alcanzar el punto al que sólo desde lo más negro de mi conciencia me he propuesto llegar. No es que mi vida sea aburrida: es que jamás podré ejecutar todo lo que mi nula moralidad me pide a gritos, y la literatura es la válvula de escape donde las más retorcidas de las fantasías hallan su cauce.
La literatura derriba muros, desvancece las distancias, nos permite revivir el pasado y nos deja asomarnos al futuro. La literatura rompe estereotipos, nos hace más humanos. Y quien alguna vez se ha enfrentado a la página en blanco para intentar construir un poco de ficción, sabe cuán difícil es escribir y cuán agradecidos hemos de estar con aquellos que, desprovistos de todo egoísmo, nos han legado sus letras, su capacidad para construir historias, su modo de ver la vida.
No importa si necesitas un respiro en medio de tu rutina sofocante. Tampoco importa si a tu vida le urgen impresiones fuertes. En cualquiera de los casos, leer puede salvar tu vida.
1 agosto 2010
Escribir y callar
Todas las entradas de este blog pretenden comunicar lo mismo: un amor inenarrable por las palabras, por la literatura. No sé si ha quedado claro o si en el camino me he desviado yéndome por las ramas, dando circunloquios innecesarios y empobrecedores. Seguramente. Sin embargo, lo que es un hecho es que la única constante en todas las notas que conforman este pentagrama es este apego que se me sale de las manos, que se me desborda del corazón, que se interpone entre el universo y yo como un filtro a través del cual estoy condenada a escrutar la realidad del mundo en el que vivo.
Afortunadamente, no han sido pocos los autores que se han dado a la tarea de desentrañar, milímetro a milímetro, el amor que profesan por su profesión, por la literatura, por las letras y el lenguaje, por el arte en general. Escritores y editores que han legado al mundo obras de valor inexpresable para todos aquellos que corremos a escondernos en los brazos de la literatura. (Cabe mencionar aquí, entre otros, Los demasiados libros de Gabriel Zaid: un imperdible para todos aquellos de un modo u otro estamos relacionados con este ingrato y bello oficio.)
Mi primer encuentro con Nuria Amat fue a través de un texto que se llama “La enfermedad de la novela”. No me cabe duda de que una de sus múltiples cualidades como escritora es la elección precisa de sus títulos. En este texto, Nuria se queja amargamente (como corresponde a los escritores de su estatura) sobre la banalización de la literatura, la comercialización de lo que por su esencia misma debiera ser sagrado e intocable, y lanza diatribas como la siguiente: “Casi da vergüenza llamarse escritor cuando reporteros, futbolistas, actores, políticos y demás famosos se ven travestidos de la noche a la mañana en autores de libros”. Es verdad.
Y me topo entonces con un librito casi imperceptible sobre la mesa de novedades de crítica, con un título espectacular: Escribir y callar. ¿Y no es eso a lo que se dedican los verdaderos escritores: a ser testigos silenciosos de su tiempo, a descargar por medio de las letras lo que difícilmente recordaríamos si optasen por la lengua hablada? Es éste un texto que nos conciencia sobre el respeto que merecen todos aquellos que han hecho de su vida lo que para tantos se perfila imposible: “vestir con palabras los silencios del lenguaje”.
Aquí encontramos, por ejemplo, una cita de Flaubert: “Siempre me he esforzado para llegar al alma de las cosas”. Al escritor de verdad poco le importa si su texto está construido con base en hechos que se suceden intempestivamente, dejando cautivo al lector que ninguna intención tiene de enfrentarse a un relato difícil de entender, un escrito que invite a la reflexión y al esclarecimiento de la realidad que sólo a través de la literatura es posible conocer. La noción de literatura también ha evolucionado con el tiempo, y esta evolución se entiende, definitivamente, como un retroceso esclavo del thriller y la autoayuda.
En estas páginas, Nuria Amat le pone nombre a todo aquello que siempre hemos querido mentar. Y que quede claro que el silencio de quien esto escribe no reside en la desidia, nada más erróneo. Mi silencio en este sentido se afinca en mi incapacidad para poner en palabras exactas lo que quiero comunicar. Eso sí: tengo la certeza, sin lugar a dudas, de que padezco enormemente la tergiversación de la que la literatura ha sido objeto y que antepongo mis letras y mis ficciones al resto de sustancias de las que está compuesto el universo.
Todos nosotros, los letrófagos del alma, somos personas incomprendidas. A diferencia de muchos otros incomprendidos, a nosotros no nos importa vivir permanente sumidos en esta incomprensión. Cada día con más fuerza voy agazapándome en mis libros, en mis letras, en mis refugios literarios. No me aburro nunca. Siempre me falta tiempo. Siento incluso que a veces voy prefiriendo un libro entre las manos que una compañía de carne y hueso (claro, depende de la compañía). No voy pendiente del mundo: como las monjas [sic], también obedezco a mi llamado interno: leer, leer, leer. Rebuscar entre las librerías, revolcarme entre tantos libros y festejar esta vida que, generosísima, me permite regodearme entre tanta tinta y tanto papel. Una duda sí que tengo: ¿encontraré, tarde o temprano, a aquel que comparta mi existencia melancólica, que no me cuestione, y con quien mi soledad haga un tregua para abrirle paso a aquel otro tipo de amor?
No me inquieta ninguna de las confesiones aquí expuestas. Todo lo contrario: me reafirmo en ellas. Sin esforzarme demasiado, trato de acomodarme en este mundo que tantísimo dolor irradia todos los días, por más ajenos que nos sintamos a la tragedia. Al igual que Nuria, yo también creo que el la literatura es tristeza y oscuridad. La literatura es un reto y una necesidad. La literatura es sublime y es elitista. Y ya sabrá cada quién dónde colocarse en este mosaico de posibilidades infinitas.
Si tuviera que extraer las frases que de este libro considero reveladoras, no tendría más remedio que copiar el libro entero en este espacio (lectora copista, diría la autora), así que me limitaré a extraer un solo fragmento en el que, creo, se reduce mi vida también. Y lo pongo aquí sin la intención de que me entiendan o se abstengan de juzgarme: mi única aspiración es, precisamente, escribir y callar.
[...] En una época como la nuestra, que repudia todo lo que no es gregario, mediático y comparable a algo experimental, tangible, ponerse a hablar de la espiritualidad y tristeza de la novela es visto como insólito y decadente. Desear estar solo, leyendo, pensando, escribiendo, bajo la falsa apariencia de un ermitaño confundido con la existencia humana, está considerado como una excentricidad.
Y nosotros, los letraheridos, felices de vivir cobijados por tantísima extravagancia e insensatez.
***
Motivada por el amable e implacable comentario de Lear (que mucho se agradece), he querido hacerle una adenda a esta entrada con la única finalidad de esclarecer algo que, aparentemente, no queda claro. Me disculpo por mi falta de lucidez.
No sabría reinterpretar las palabras de Nuria Amat, pero sí las propias. Cuando me refiero a la tristeza y a la oscuridad de la novela, me refiero a la fidelidad de las emociones humanas que ahí se reproducen: al hecho de aproximarnos a la realidad tal como es: sin finales felices, sin colorín colorado que lleva al protagonista a la compleción de todos sus sueños. La vida es imperfecta, y así han de reflejarlo las novelas que nos desgarran el alma, que nos arrancan una lágrima y una sonrisa. Esto no quiere decir (¡nada más lejano!) que la literatura no sea placer, que las vidas entregadas a la lectura (ergo, a la escritura) estén condenadas a la aflicción y a la amargura. Aquellos que optamos por este camino en apariencia plagado de espinas somos terriblemente felices. Los escritores de verdad, una vez más, se esmeran por llegar al alma de las cosas, y en esa medida son ellos quienes pueden desvelarnos una radiografía profunda de la condición humana.
Pero ataquen, siéntanse libres. Para eso estamos.
25 julio 2010
Diálogo malogrado
Digamos que este post me mantuvo inquieta. No duermo igual, no me concentro. Ha sido horrible. Debí resolver esta retórica de otra forma: tan sencillo que hubiera sido explicar, a modo de una entrada cualquiera, por qué creo en la soledad como uno de los pilares insoslayables de la felicidad humana. Pero no: vine aquí a desdoblarme como los grandes. Y en este desdoblamiento hice, irremediablemente, el ridículo.
Había también otro elemento perturbador: el nombre de uno de los personajes. Si bien es algo que a los lectores desconocidos les resultaba indiferente, es verdad también que a todos aquellos que además de lectores son amigos les generaba muchísima disonancia: ¿y a qué viene mentarlo? ¿Y por qué seguir aludiendo a aquel que ya forma parte del pasado? ¿Fue éste un diálogo que ustedes dos sostuvieron en algún momento? Por supuesto que no.
Quede entonces constancia de que aquí hubo un diálogo que pudo ser bueno pero que resultó catastrófico. Quien esto escribe seguirá trabajando en su prosa, que no en su ficción, para tener pronto algo que ofrecerles en este espacio.
Gracias.
19 julio 2010
Un adúltero americano
Es verdad que no han sido pocas las celebridades que han legado a la humanidad una historia digna de ser reproducida en la literatura, en la pantalla, o en cualquier otro lugar donde nos sea posible emular vidas pasadas. Tantos políticos, tantas estrellas de Hollywood, tantos rockstars, tantos escritores en la París cortazariana, tantos impresionistas, tantos figurines que en su tiempo cambiaron el rumbo de la historia y que post mórtem han dotado a la ficción de recursos inagotables. Y todos estamos de acuerdo en que John F. Kennedy es uno de esos personajes.
Debido a algún patrón histórico difícil de desentrañar —pero hoy día tan vigente como hace quinientos años— hay que subrayar el factor tragedia como un imprescindible para catapultar el caché de aquellas estrellas a quienes las generaciones subsiguientes imitarán hasta el hartazgo. Sirva de muestra la muerte de la princesa Diana, de John Lennon, de Elvis Presley, de Kurt Cobain, de Freddie Mercury, de Jim Morrison, de Michael Jackson, de Van Gogh, de Virginia Woolf, de Ernest Hemingway, de Cesare Pavese, de Alfonsina Storni, de Yukio Mishima, de Horacio Quiroga, de John Kennedy Toole, de Primo Levi y de Alejandra Pizarnic, conformando así un mosaico heterogéneo en cuyas aristas confluyen talento y tragedia.
Para todos aquellos de mi generación, los nacidos en la década de los ochenta, el año de 1963 se perfila en el horizonte como un umbral lejanísimo al que sólo tenemos acceso a través de los libros, de los documentales, de la imaginación. Y bastan estos elementos para asegurar, sin lugar a dudas, que la muerte de John F. Kennedy aquel 22 de noviembre de 1963 convulsionó al mundo entero. Tanto o más que el asesinato de John Lennon, la muerte de la princesa Diana o el suicidio de Elvis. ¿Y cómo no llorar la muerte de un presidente que introdujo la igualdad de derechos civiles para los afroamericanos, que desactivó la crisis de los misiles, que logró la firma de un tratado de prohibición de armas nucleares? John F. Kennedy marcó un hito en la historia de los dirigentes de los Estados Unidos, y hoy día sigue siendo un punto de referencia.
Supongo que bastante se ha escrito ya sobre John F. Kennedy. Sospecho, no obstante, que los textos se han centrado en desentrañar su muerte, en resolver el enigma. Las autoridades señalaron un responsable que antes de ser enjuiciado fue ejecutado por un segundo asesino. Nadie dista más que yo de ser una experta en el tema, pero en vez de esclarecer su muerte me parece enriquecedor seguir de cerca los pasos que Kennedy dio a lo largo de su vida.
Jed Mercurio, el autor de este libro, es médico y, además, poseedor de un gran talento escritural. Cuando se le pregunta por qué eligió la vida de Kennedy como el eje en torno al cual giraría la novela que supondría su consagración internacional, su respuesta es contundente:
[…] Quería escribir sobre un hombre mujeriego. Tenía la idea de escribir sobre alguien con un oscuro secreto, virtuoso en apariencia. El personaje iba a ser un hombre cualquiera, un desconocido, pero al poner las cartas sobre la mesa me remitía constantemente a John F. Kennedy como modelo —“felizmente” casado, padre devoto, con una carrera exitosa, bueno en su trabajo—. Lo mencioné tantas veces que tuve que preguntarle a mi editor si podía escribir un libro sobre él.
Y así fue como surgió esta historia, que se desliza ágil y veloz entre los dedos del lector.
Si bien estamos ante una novela, es verdad que cuesta trabajo discernir entre realidad y ficción. Queda claro que los encuentros más cercanos y las conversaciones más íntimas son producto de la inventiva del autor, pero también es cierto que es difícil identificar el punto en que el recuento biográfico se diluye hasta la fantasía. Baste entonces entregarse a la lectura de Un adúltero americano a sabiendas de que, no obstante es producto de una investigación exhaustiva por parte del autor, el novelista acaba haciendo con el texto lo que quiere. —Como debe ser.—
El narrador toma la forma de un sicoanalista que se refiere a Kennedy como “nuestro hombre”. Este médico todo lo observa, todo lo escruta, todo lo narra. El trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos llega a parecernos familiar, cercano, casi predecible. A pesar de su poligamia incontenible, de su ninfomanía, la reacción inmediata del lector es encariñarse con él; agradecer su honestidad, su falta de hipocresía, su inteligencia, su convicción.
Es cierto que la crítica anglosajona ha sido bastante dura con el libro. Critican al autor por haberse tomado demasiado en serio su papel de doctor y haber trasladado el morbo y el detalle que la profesión conlleva al papel. Así, nos hallamos ante descripciones abundantes sobre la —precaria— condición física de John F. Kennedy, sus disquisiciones en el retrete, el desfile de médicos por la puerta trasera de la Casa Blanca para sedarlo, para aliviar sus múltiples dolencias. Es verdad, he de reconocerlo, que el texto llega a ser redundante y tantas descripciones innecesarias. Pero es verdad también que la psique y la personalidad de Kennedy, de la mano con la forma en la que resolvió tensiones de magnitud internacional y el amor que profesa por sus hijos, son suficiente para darle una oportunidad a este libro que —sin poder evitar caer en lugares comunes— engancha desde la primera página.
Un adúltero americano nos ofrece una visión sexual de un Kennedy irresistible, astuto, perseverante y humano. Este libro saldrá en septiembre, publicado por Anagrama. Yo les deseo que lo disfruten, ojalá tanto como lo disfruté yo.
11 julio 2010
Adiós imposible
Lo que más me dolía de saberla tan enferma no era la irrevocabilidad del adiós. Lo que me estrujaba el alma todos los días y todas las noches desde que mi abuelita cayó enferma, era el miedo que siempre le tuvo a la oscuridad.
A veces la encontraba sorprendida, observándose, como reafirmando que el tiempo había dejado sus huellas bien marcadas; como constatando que, efectivamente, envejecía. Se miraba sus manitas arrugadas, llenas de lunares. Antes de sentarme a los pies de su cama le daba un beso, la olía (aún añoro el olor de mi abuelita).
— ¿Qué pasa abue?
— Ay hija, me da miedo morirme. Imagínate: ahí abajo de la tierra, tan sola… Con tanto frío, sin ustedes… Ni lo mande Dios.
Y sus ojitos se le llenaban de lágrimas, se le nublaba el horizonte hasta el infinito.
— Ay doña Lucha, no diga tonterías.
Y al abrazarla, sin que se diera cuenta, enjugaba mis lágrimas en su pelito tierno.
Mi abuelita siempre estaba guapa, impecable: no había día que no se bañara, que no se pintara, que no se pusiera sus medias. En un par de ocasiones, mi hermano y yo intentamos seguir el ejemplo de los amigos, y llamamos ”abuela” a mi abuelita. “¿’Abuela’? ¡Qué cosa más fea! ¡A mí no me vengan con eso!” Hasta ahí llegó nuestro incipiente esfuerzo de estar a la moda. A los dieciocho años, ingenua y bastante idiota, me enamoré profundamente de alguien que, adivinaron, no me correspondía. Cuando lloraba, egoísta, corría a buscar a mi abuelita para abrazarla, para refugiarme en su olor. “Ese muchacho no te quiere hija, ya déjalo por la paz”. “No abue, sí me quiere, sólo está confundido“. “No te quiere mija, hazme caso”. E invariablemente, de verme llorar, se deslizaban también un par de lágrimas por sus mejillas. No ha habido después de mi abuelita quien me abrace de este modo. Tampoco hay nadie ya que me diga “Pero que no estás gorda Wendy, que estás bien“. Probablemente porque esto era lo único en lo que mi abuelita se equivocaba, pero sobre todo porque mi abuelita nunca se dejó contaminar por la maldita superfluidad del hemisferio capitalista.
Todas las mañanas al despertar, y todas las noches antes de dormir, mi abuelita, con una generosidad inenarrable, le ofrecía a cada uno de sus santos una oración personalizada. Por sus paredes desfilaban entonces San Juditas Tadeo, el Santo Niño de Atocha, la Virgen María, la Virgencita de Guadalupe, el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen del Socorro, entre muchos otros. Mi abuelita me enseñó a rezar cuando era muy niña: de no haber sido por ella, mi hermano y yo jamás hubiéramos contado con la protección del angelito de la guarda, nuestra dulce compañía. Ella nos enseñó también el Padre Nuestro y alguna otra oración. En cuanto tuve edad para decidir el camino a seguir, dejé de repetirlas mecánicamente todas las noches antes de dormir. Y aunque odio la pantomima de la iglesia, a las oraciones que mi abuelita me enseñó les tengo mucho cariño. Cuando escucho un Dios te salve María, llena eres de gracia, se dibuja en mi rostro una sonrisa: me acuerdo de mi abuelita.
Mi abuelita conoció a mi abuelito cuando tenía siete años. Desde la primera vez que se vieron, se enamoraron profundamente: “Fue amor a primera vista”. A partir de entonces y hasta que mi abuelita cumplió diecinueve años, mi abuelito le mandaba cartas, cartas para Lucita. Se casaron entonces como toda la gente del pueblo: antes de cumplir veinte años y ajenos a toda la malicia que ya supuraba el mundo exterior.
— Ay abuelita, no sea cuentera… ¿a poco no se daban sus besos?
— Cuela loca, qué cosas dices. Esas cosas no se veían antes. En mis tiempos la gente era decente. Qué esperanzas que anduviera uno por ahí, en las calles, haciendo cosas malas frente a los demás.
Mi abuelito José muy pronto tuvo que salir del pueblo: se fue pa’l otro lado. Venía una vez cada dos años. El saldo fueron quince hijos en poco más de veinte años.
— Oiga abuelita, ¿y usted no se ponía celosa de que él anduviera con otras?
— Ésa era cosa suya, los hombres necesitan mujeres. Si yo no me enteraba, por mí que hiciera lo que quisiera.
Cuando a mi abuelito le fue denegado el acceso a Estados Unidos (iba y venía, como tantos otros mexicanos, con el Programa Bracero), se fue a vivir a la capital para mandar dinero desde ahí. En el pueblo no había trabajo. (Como en todos los pueblos desolados de mi país, cuya aridez orilla a sus hombres a marcharse dejando familias mutiladas, aunque esperanzadas, detrás de sí.)
— Un día tu abuelito me llamó: “Lucita, me van a cortar la pierna”. “¿Qué? A ti no te cortan nada. Espérame José.” Y entonces vendí todo lo que tenía: mis marranos, mis vacas, mis pajaritos, la casa. A los niños sólo les dejé lo que traían puesto. Con lo que junté compramos el pasaje para la capital. Primero dormíamos en la calle, luego teníamos un cuartito. Todas las noches le curaba la pierna a tu abuelito. Yo sabía de unas plantas muy buenas, muy milagrosas. Y se curó. Ni Dios lo mande que le cortaran la pierna. Extrañaba mucho el pueblo, qué comparas… Pero ya no teníamos nada, y ya mejor nos quedamos todos juntos.
Mi abuelita me narró estos episodios una y otra y otra vez. No debido a una mente desordenada u olvidadiza, nada más alejado de la realidad: mi abuelita fue lúcida hasta muy poco antes de su muerte. Si escuché estos relatos tantas veces era porque yo misma lo propiciaba:
— Abuelita, cuénteme otra vez cómo conoció a mi abuelito.
— Cuela loca, ¿pos qué traes?
— Ándele abue, otra vez.
Y así comenzaba de nueva cuenta. Si rebusco en mi memoria, me cuesta trabajo pensar en alguna otra situación en la que a lo largo de mi vida haya yo puesto tantísima atención. No perdía ningún detalle, ningún movimiento. El pensamiento que con más intensidad transitaba por mi mente era lo muchísimo que la iba a extrañar. Y no me equivoqué: mi abuelita, su olor, sus historias, sus regaños y su compañía me hacen falta todos los días.
1970. Era el cumpleaños de mi abuelo, y lo festejaron en grande. Tenía la vista deteriorada a causa de la diabetes que lo aquejaba. Un amigo le prestaba unos lentes, pero ese día los pidió de vuelta. Esa noche mi abuelito no llegó a su trabajo de velador: en la Calzada México-Tacuba, mi abuelito fue atropellado por un conductor que ipso facto se dio a la fuga. Mi abuelita le salvó la pierna, pero él no pudo salvar su vida.
Y con todo, mi abuelita era el ser humano más dulce, más bueno y más transparente del mundo. No tengo palabras para describirles la ternura tan inmensa que manaba de mi abuelita, no las tengo. Fue dura con nosotros al principio, pero las manifestaciones tan repetidas de amor y de paciencia fueron ablandándola, y esos diez años que nos regaló antes de partir fueron más grandes que el universo.
Ya hacia el final del camino, varios achaques la aquejaban. A causa del carbón con el que cocinó toda su vida, los pulmones no estaban bien. A la vez que se llenaban de agua, su corazón crecía a pasos agigantados y en su vientre crecía una bolita, como ella misma la llamaba. Por si fuera poco, padecía un dolor de piernas terrible, secuela de las quemaduras que sufrió cuando, años antes, arrojara un cerillo encendido a un bote de tíner que alguien dejara junto al cesto de basura.
Y entonces, cuando mi abuelita se puso tan enferma, a mí me daba pavor que tuviera miedo. Me aterraba la idea de pensar que iba a estar ahí solita, bajo la tierra, con tanto frío, en la más rotunda de las oscuridades. Por eso lloraba. Por eso lloro ahora. Porque no sé si el miedo se le fue antes de írsenos ella, porque no sé si en el umbral de la muerte su alma sintió paz, porque nada en este mundo me dolía más que ver padecer a mi abuelita.
No obstante, cuando su último estertor, el 5 de septiembre, ya se había ido. La última vez que mi abuelita abrió los ojos fue el día de mi cumpleaños, el 27 de agosto. Llevaba varios días sin mirarnos, sin comer, sin hablarnos, y el día de mi cumpleaños despertó para regalarme una sonrisa y para cantarme una canción. Mi abuelita fue conmigo generosa hasta la muerte, y sigue siéndolo todos los días de mi vida.
La muerte de mi abuelita ha sido el adiós más difícil de mi vida.
Lo que pasa, en realidad… es que a casi cinco años de su partida, sigo resistiéndome a decirle adiós.
4 julio 2010
Historia del ojo
Tengo unas ganas tremendas de leer una buena novela erótica. ¿Qué quiero decir con “buena”? Un texto que evoque las emociones más recónditas, que avive la promiscuidad, que despierte el deseo, que nos induzca a la búsqueda inmediata del placer. Confieso entonces que nunca he leído una novela que cubra estos requerimientos, y reconozco también mi ignorancia profunda: ¿es posible hallar eso en un texto? Si alguien aquí me sugiere que rente una película pornográfica y que me deje de búsquedas infructuosas, tampoco lo culpo. (Admito también que siempre he fracasado en mis intentos de concentrarme frente a una pantalla: a mí la imagen nunca me ha funcionado muy bien.)
Y entonces entro yo a La Central como con aires de grandeza. Es imposible entrar a una librería como ésa sin sentirse “importante”, me parece a mí. La vendedora me recomendó Historia del ojo, de Georges Bataille. Y heme ahí: obediente y veloz. Me pareció buena idea comenzar con un título que formara parte de la colección La Sonrisa Vertical de Tusquets.
Estamos ante una novela muy breve de apenas 143 páginas donde 50 corresponden al prólogo, erudito, de Mario Vargas Llosa. Yo me perdí un poco con los apuntes críticos de Vargas Llosa, un autor al que disfruto hasta el deleite y con quien políticamente estoy en profundo desacuerdo, así que llegada la página 30 decidí saltar hasta la novela.
Este libro ha sido, sin lugar a dudas, la experiencia más repugnante en mi incipiente vida como lectora. En este sentido he de aplaudirle al autor el hecho de no haberme dejado indiferente, en lo absoluto: la indiferencia es el sinónimo más contundente del aburrimiento. No, no me aburrí, sólo recorrí las páginas de este libro con un asco profundo y con muy pocas expectativas. Sí, es un texto audaz. Sí, es un libro que desafía, que va en contra de todo lo establecido. Sí, puede que sea un adelantado a su tiempo. Pero algo que genera en mí una repulsión tan rotunda es incapaz de remitirme a lo que esperaba, con tanto entusiasmo, al rebuscar en las páginas de una novela erótica.
Hay algo, es verdad, que fascina y que encanta en este libro: los seis aguafuertes que Hans Bellmer realizara para una edición francesa de lujo en 1944. He aquí uno de ellos, mi favorito:
¡Miren nomás qué chulada!
En fin. Fracasé en el intento. Habrá en este mundo quien disfrute de la urofilia, de la zoofilia, de la necrofilia y del renifleurismo, pero no soy yo. Seré quizás de miras reducidas, pero para mí la novela de Bataille no es sino un compendio de filias nauseabundas que no conducen al lector a ningún lado. Da la sensación de que la escuela del marqués de Sade no genera en mí ningún efecto. Creo que de nada vale rebelarse si no se tiene algo que decir.
Adiós para siempre, Bataille. Debut y despedida.
11 junio 2010
Música bendita
Cómo esa mujer se posa ahí, sobre un taburete minúsculo, dirigiendo esta orquesta como si dirigiera el mundo. Si presidentes y primeros ministros llevaran las riendas de sus países con la entrega, la pasión y la energía del director de orquesta, viviríamos en un mundo infinitamente mejor.
Cómo se escuchan las violas, los chelos, los contrabajos, el arpa, la flauta, los clarinetes y los trombones como si fuera a acabarse el mundo. Como si no hubiera mañana. Cómo violinistas, trompetistas y pianistas lo dejan todo en el escenario mientras allá afuera, ni bien cruzar el umbral que divide la sala del mundo real, se libran batallas clandestinas, se lucha por la supervivencia, mueren inocentes, se declara la guerra.
Cómo la música, tan noble, tan inmensa, es capaz de llenarlo todo.
El músico y el instrumento representan un todo casi homogéneo, un híbrido comparable al del escritor y la palabra, al del pintor y el lienzo en el caballete. Músico e instrumento se aman más que nadie: hacen el amor todo el tiempo, todos los días. Y sobre el escenario, al unísono y henchidos de emoción, nos llevan al clímax junto con ellos. La música es la materia prima de la que está compuesto el universo.
En este espectáculo, las piezas individuales de nada sirven. Al compás de la batuta, cuerdas, viento y percusiones levantan de la nada un monumento de proporciones descomunales. Y mientras suben el arpa y los violines, da la sensación de querer morir en ese instante. Morir en ese instante y elevarnos junto con ellos al edén imaginado.
Música bendita, que nos recuerdas que estamos vivos. Y que la vida es bella, y que vale la pena vivirla.
***
Gracias, Cracovia. Qué manera de regalarnos un adiós.
26 mayo 2010
Contra la mojigatería
Es verdad que hacerme enojar es dificilísimo, por no decir imposible. Si hago memoria, si me esfuerzo por rebuscar entre mis recuerdos, pocas son las veces en las que me he llenado de ira, de rabia, de coraje. Dejando de lado aquellas ocasiones en las que la vida te azota con el látigo de la tragedia y del horror —en las que he blasfemado hasta el infinito— , casi podría afirmar que para hacerme enojar hay que esforzarse bastante. Sin embargo, hay algo que, invariablemente, me enfurece. Y de eso vamos a hablar aquí.
No entiendo la obsesión de ciertas personas, hombres y mujeres, por la “propiedad”. No entiendo a aquellas mujeres que trabajan una vida entera para cubrirse con un manto inmaculado. En pocas palabras: no tolero a aquellas personas que vituperan las groserías, que reprueban el uso de las “malas palabras”, que se valen de eufemismos baratos que ni por asomo expresan lo que se quiere decir, que juzgan a quienes se valen de vocablos ”altisonantes”, “vulgares”, que generan disonancia en esas mentes puritanas que, lejos de “proteger el lenguaje”, dejan al descubierto que desconocen la verdadera fuerza de las palabras.
Hoy leía una reseña que rezaba lo siguiente: “El libro vale la pena porque transmite imágenes muy fuertes sin necesidad de emplear palabras vulgares”. No son pocas las veces en que leo cosas así. Una de mis mejores amigas, una amiga del alma, dejó de decir groserías “porque a su novio no le gusta”. Y más allá de que, en teoría, amar a alguien reside en aceptarl@ y no querer cambiarl@, también es cierto que aquello de “no le gusta que diga groserías” suele ser lugar común en las pláticas entre amigas. ¿Es decir, entonces, que el uso de las majaderías es exclusivo de los hombres, en cuya boca todo suena “bien”?
Error.
No pretendo aquí dar pie a un debate sexista: aborrezco el machismo y el feminismo por igual. Lo que quiero es darle a las majaderías el papel que juegan en el mosaico lingüístico, y pronunciarme a favor de ellas y en contra de toda la mojigatería que vive entre nosotros y que sigue sobresaltándose ante el uso de las mismas, que muchas veces no sólo están justificadas sino que son imprescindibles.
Como para muestra sobra un botón, procedamos a mencionar algunos ejemplos:
- No es lo mismo que algo te dé “flojera” —qué palabra más sosa— a que te dé güeva, por supuesto que no.
- Los genocidas y los pederastas, entre tantos otros personajes ilustres, no son “malas personas”: son sicópatas hijos de puta, con todas sus letras.
- No es lo mismo que la injusticia social “te moleste” a que te empute.
- El que te partió el corazón con alevosía y ventaja, el que te hizo llorar tanto sin merecértelo —porque tú sólo le ofreciste amor—, no es un “maldito”: es un ojete.
- No es lo mismo que algo esté buenísimo, a que algo sea una chingonería. Una chingonería es el non plus ultra de lo buenísimo.
- No es lo mismo “déjame en paz” que no me estés chingando.
- Nada que exprese tantísima desazón, tantísima estupefacción, tantísima rabia, como un puta madre bien dicho.
- No es lo mismo estar “que no te calienta ni el sol” que estar que te lleva la chingada.
- No es lo mismo que algo “no te importe” a que te valga madres.
- No es lo mismo “no me gusta” que me caga —y aquí sí podemos ahorrarnos aquello de “la madre”—.
- No es lo mismo ser “muy tonto” que ser pendejo. Y como bien dice mi hermano, “nunca subestimes el poder de un pendejo”.
No entiendo por qué buscamos obsesivamente reemplazar con eufemismos, siempre débiles e insípidos, lo que sólo puede revelarse por medio de las “malas” palabras, que de malas no tienen nada. Las majaderías no le restan “clase” a nadie, en caso de que haya alguien a quien “la clase” de verdad le importe.
Yo soy una pelada. Yo nunca me aguanto un “no mames” ni un “me caga”. A mí, si me lastiman, los llamo por su nombre y no me lo pienso dos veces. Si un libro me gusta, para mí es una verdadera obra de arte, una chingonería. Odio que me digan “ay, no digas esas palabras, se oyen fatal en una niña”. A mí déjenme expresarme como se me dé la gana. Y también, por cierto: “los niños” y “las niñas” somos iguales.
A todos extrañará que, a pesar de todo lo aquí expuesto, me atreva a afirmar que soy una dama. Y lo soy. Soy una dama educada, sin ataduras de ningún tipo, que sabe conducirse “a la altura”, que respeta a todo mundo y que, sobre todo, conoce el valor de las palabras y se regodea en la posibilidad de valerse de majaderías de vez en cuando, para comunicar de este modo lo que de otra forma es, simple y sencillamente, inexpresable.
Eso: la beatería, el puritanismo, la hipocresía… eso sí que me emputa. Seamos libres y dejémonos de tanta santurronería.
***
Octavio Paz escribió en “Los hijos de la Malinche” (El laberinto de la soledad):
En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.
¡Gracias, CarMartínezF!
Y los timoratos… ¡que se chinguen!
18 mayo 2010
El olvido que seremos
Para escribir hay que ser valiente. Cuando escribimos, cuando plasmamos lo que viene desde lo más profundo, nos arrancamos a jirones una parte del alma para exhibirla, para darle un antes y un después, para adornarla de cómos, para inmortalizarla. Escribir cuesta trabajo, cuesta mucho trabajo, y aquellos que de vez en cuando tratamos —por lo general, sin éxito— de ejercitarnos en estas artes escriturales lo sabemos muy bien.
¿Y para qué escribimos? Es verdad que todos tenemos motivaciones distintas, que los dedos que se mecen sobre el teclado no son sino los títeres de nuestra voluntad, de nuestro llanto, de nuestra impotencia, de nuestra alegría. Escribir, muchas veces, es entregarnos a los brazos del consuelo, es mitigar un dolor que penetra hasta lo más hondo, es procurar un poco de paz en medio del desasosiego. Es impedir que nuestra voz se estrelle en el eco del silencio. Es evitar que nuestra historia se haga añicos en el muro del olvido. Eso sí: para escribir hay que ser valiente.
La historia que cuenta Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos parece robada de la ficción, pero no lo es. Es la historia de una familia cualquiera, como la de ustedes, o como la mía. Una familia, a veces colmada de bendiciones, y otras veces azotada con el látigo de un dios inmisericorde, que castiga, que fulmina todo a su paso, capaz de sofocar la más inmensa de las alegrías en un instante por medio de un silencio sórdido, implacable.
Héctor Abad Gómez, médico colombiano, cae asesinado en el centro de Medellín a manos de un par de sicarios. En su bolsillo, dos papeles meticulosamente doblados: una lista de las personas amenazadas de muerte por la derecha iracunda (donde figuraba su nombre), y un poema, “Epitafio”, que el autor le atribuye a Borges:
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del Cielo
esta meditación es un consuelo.
Esta historia deja al descubierto, entre muchas otras cosas, la violencia desgarradora que se apoderó de Colombia durante la década de los ochenta. Una violencia irrefrenable, rapaz, que se adueñó de la cotidianidad de los colombianos de aquel entonces y que hoy nos remite, tristemente, a este México nuestro que se resquebraja ante nuestros ojos, que nos sume a todos los mexicanos en una tristeza profunda, en un gris espeso, en la más rotunda de las desesperanzas.
Héctor Abad Faciolince necesitaba escribir esta historia. Entendamos la diferencia entre querer escribir algo y tener que escribir algo. Héctor sintió durante 20 años una pulsión incontenible: la de plasmar por escrito la vida y la muerte de su padre. ¿Y para qué?, ¿por qué? “[Porque] los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito”. Porque los hay para quienes escribir es una cuestión de vida o muerte, para quienes en escribir radica la factibilidad de la existencia, la razón de ser y el combustible del futuro.
Hay todavía más en esta historia. El lector se enfrenta a un texto que, en apariencia, no tiene por qué sorprenderlo: desde el principio sabemos que es un tributo, un homenaje a un padre asesinado: un epitafio de 274 páginas con un retraso de dos décadas. Ya sabemos el qué… lo que no pocas veces nos deja estupefactos es el cómo.
Estamos entonces frente a un relato en retrospectiva que se desarrolla, como la mayoría de los relatos, de forma cronológica. Una familia feliz azotada en dos ocasiones por la vesania desmedida del destino. Y si bien es el asesinato de su padre lo que empuja a Abad Faciolince a contar esta historia, es imposible perder de vista la primera gran tragedia, el primer espaldarazo del azar: la muerte de Marta. Y sólo hasta que llegamos a ese punto, sólo cuando nos empapamos de la agonía sostenida de una niña condenada a la muerte —una muerte miserable, porque la muerte siempre es miserable, y la muerte de los niños no tiene nombre—, es cuando comprendemos el porqué de la foto de portada. Y el alma se nos estruja, remitiéndonos a aquellos instantes horrorosos, henchidos de congoja, cuando la tragedia ha venido a tocar nuestra propia puerta.
Gracias, Héctor, por esta entrega.
–
PD. Yo llegué a este libro gracias a esta reseña de Vargas Llosa en El País. Me pregunto cuántas personas más salieron corriendo a buscarlo ese mismo día, igual que yo.
15 mayo 2010
Esta mañana
Esta mañana
mientras me duchaba
se dibujó, sobre el espejo
el gato negro de Allan Poe.
Acto seguido de estremecerme
sonreí.
3 mayo 2010
Papá
Yo, a papá, lo amé por sobre todas las cosas.
Papá para mí era más importante que nada en este mundo. Era más importante que la escuela, que los juegos, que mi colección de calcomanías y mis películas de Disney.
Yo por mi papá siempre sentí una admiración que se me derramaba del pecho. Lo amaba profundamente.
Por las noches, mis tempranas noches de insomnio, era como si fuésemos uno mismo. Yo sobre la cama, bocarriba, pensando “¿a qué hora vendrá papá?” Invariablemente, papá aparecía. Se dibujaba su silueta en el umbral de mi puerta: “¿Otra vez?”
Y entonces comenzaba una de las facetas de papá que más disfrutaba. Se sentaba en el borde de la cama, me ofrecía su mano como diciéndome “aquí estoy, todo está bien”, y me contaba todo sobre su madre, sobre su padre. Me contó del día aquel en que se escapó de Cuautla y fue a dar a Veracruz: “Cuando regresé a la casa, con la cola entre las patas, tu abuela me recibió con la reata mojada de siempre”. Solía decirme ”es que si tu abuela te hubiera conocido, serías su adoración”. Su mamá le decía “Yaco”, y a veces mi mamá lo llamaba de la misma forma: “Yaco”. A través de papá aprendí a querer a esos abuelos que nunca conocí. Sobre todo a mi abuela. Todas esas noches terminaban igual: después de dos, o tres, o cuatro historias, lágrimas breves rodaban cuesta abajo por sus mejillas. En aquel momento yo interpretaba aquellas lágrimas como la muestra irrefutable de que los padres son lo más importante que tenemos: como la prueba fehaciente de que yo nunca podría vivir sin mi papá.
Papá lo sabía todo. Cuando iba en tercero de primaria lo adelantaron un año porque sabía demasiado respecto a los demás. Todo para él era cuestión de una simple, de una breve operación mental: nunca lo vi utilizar una calculadora. A lo sumo, si acaso, un rudimentario cuaderno de notas y una pluma Bic. Es que de verdad: mi papá lo sabía todo.
— ¿A quién quieres más, a tu mamá o a tu papá?
Yo siempre respondía con la misma frialdad alarmante, con la misma convicción apabullante:
— A mi papá.
A mí de pequeña me preocupaban pocas cosas, nimiedades. Sin embargo, un pavor prematuro: que muriera papá. Ese miedo siempre estuvo latente, y trataba de acallarlo todo el tiempo. ¿Qué iba a ser de mí si algún día papá no estaba? No, ni pensarlo. “Papá siempre va a estar aquí”.
Mamá siempre se empeñó en que nos acabáramos el plato que nos servía. Papá siempre intervenía: “Niños, dejen lo que no puedan comerse. Si ya no quieren comer más, váyanse a jugar”. Mamá hacía siempre corajes, pero en mi casa se hacía lo que papá mandaba. “¿No quieren ir a la escuela? Chamaca, déjalos. Que no vayan. Que duerman si quieren.” Y siempre, llegada la hora de las boletas de calificaciones, la misma historia: “Niños, yo no quiero hijos de 10. Yo quiero buenos hijos”.
El papel de mi padre fue fundamental en mi vida. Fue a través de papá que me acerqué por vez primera al sufrimiento humano sin saber lo que era aquello. Todos los inviernos, sin faltar uno solo, papá repartía cobijas y juguetes en los orfanatos y en los asilos de Morelia, donde transcurrió buena parte de mi infancia. Nunca hablaba de eso, simplemente lo hacía.
Recuerdo también un día en que lo acompañé a la central de abastos. Tomamos un taxi en la calle y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en el mercado, pululando entre los puestos: costales de cebollas, de tomates, de naranjas. Papá supo lo que fue la escasez: ese algo que yo nunca experimenté. De regreso a la casa, el taxi lleno de víveres, papá platicaba con el taxista. Un hombre muy amable, humilde, de unos 38 años: 6 hijos, uno muy enfermo: una historia triste, como tantas. Al llegar a mi casa, el taxista preguntó: “¿Dónde le pongo esto señor?”. “Llévatelo a tu casa, para tus hijos”. El taxista se fue feliz. Papá se bajó del taxi como si nada: “Vamos, hija”. Yo me le quedé mirando estupefacta. “Mañana volvemos”. Y yo me sentía, como siempre, orgullosa de mi papá.
Papá fue y será siempre el hombre más brillante, sensible y generoso que conozca en la vida. Papá me mostró lo que quise ser y lo que quizás jamás conseguiré. Papá me enseñó lo poco que sé y trazó sobre el pavimento las directrices que me han conducido hasta el lugar en el que estoy. Papá me regaló una familia, unos hermanos maravillosos, los pilares de mi existencia.
Es cierto también que parece haber una relación directamente proporcional entre la inteligencia y lo incomprensible. Es cierto también que mi papá fue un adelantado a su tiempo, y que el mundo entero le quedaba corto. Es cierto también que la gente tan inteligente sufre más: ese deshacer el mundo en mil pedazos y volver a reconstruirlo con base en los parámetros propios, ese analizar hasta el hartazgo cada uno de los pasos que se dan en una dirección determinada. Al final, todo duele. Al final, una inteligencia y una bondad tan desmedidas resultan en la incomprensión, en una soledad impenetrable. Es verdad, también, que a veces hay que decir adiós.
Un 8 de diciembre de 1996 se convirtió en el día que tanto había temido: papá se había ido. Se había ido para siempre. ¿Lo peor? Su adiós fue voluntario. Él lo decidió y, como siempre, hizo lo que quiso: se fue. Dejó una carta, una carta que me aprendí de memoria desde los doce años, cuando la leí entre lágrimas y sollozos por primera vez. Esas líneas me las reservo.
Escribo esto a los 25 años. Hoy tengo una vida que amo y disfruto entera: no le cambiaría absolutamente nada. El adiós de papá me permitió descubrir a mi madre: la mujer más bella y paciente del mundo. Mi mejor amiga. La más valiente y la más fuerte también. La que me ha hecho libre y me ha animado a abrir las alas y emprender el vuelo.
La muerte de papá me enseñó que las cosas pasan por algo y que lo que no te mata te hace más fuerte. Que la ausencia es relativa. No obstante, también es cierto: lo extraño profundamente todos los días de mi vida.
¿Y a qué viene todo esto?, se preguntarán.
El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. A medida que recorro esas páginas, a veces me parece ver sentado, a mi lado y con su cigarrillo inseparable, a mi papá.
21 abril 2010
“Amor al oficio”
“Amor al oficio”
Por: Víctor Sampayo
Me gusta observarte desde detrás de los árboles.
Ni siquiera lo sospechas, pero te contemplo, acecho cada uno de tus ángulos, los memorizo y más tarde los dibujo con agonía bajo la soledad de mis sábanas… No obstante, después del final, las preguntas de siempre retumban contra tu eterno mutismo: ¿qué eres? ¿Quién fuiste? ¿Acaso aquél que te creó pudo descansar sus manos sobre tus cúpulas y gozarlas hasta llegar a la saciedad, a la perfección? Lo maldigo y lo envidio, porque él consiguió imaginarte así: emergiendo para siempre de esa concha, sobre las olas de un mar inmóvil. Se deleitó con la promesa que ofrecías cuando aún estabas atrapada en la deformidad del mármol. Sin embargo, ahora él ya no importa. Sólo yo te gozo. Y por eso bendigo a las aves que se posan en tus hombros, en tu pelo, en tus manos, a pesar de que sé muy bien que te habrán de dejar inundada de mierda.
Mejor.
Mañana seré el primero en limpiarte, meticulosamente.
***
¿Les gustó?
19 abril 2010
Tres clases de mentira
“Hay tres clases de mentira: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas”.
+Mark Twain+
Ya basta con sus numeritos.
17 abril 2010
El pianista del gueto de Varsovia
Lo más duro, lo que me llena de vergüenza, lo que me estruja el alma, es cerrar este libro y leer claramente, al reverso, “Autobiografía”. Y es que por instantes, mientras recorremos estas páginas, nos obligamos a creer que estamos en brazos de la ficción para hacerlo más llevadero. Es como hacer el amor con alguien pensando en alguien más: lo que en estas páginas se escribe es realidad, es el recuento nítido y desgarrador de una vida azotada por la guerra, por la infamia, por el terror, por el hambre, por la desesperanza, por la impotencia, por la impunidad. La voz del pianista del gueto de Varsovia sólo reproduce, con alarmante fidelidad y unos recursos literarios impresionantes, lo que Wladyslaw Szpilman vivió en Varsovia de 1939 a 1945.
Es muy difícil escribir sobre este libro. En primer lugar, y todos lo sabemos, porque ya todo se ha dicho sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el Holocausto. Si queda algo aún por decirse, sin duda no soy yo quien tiene la última palabra. En segundo lugar, estamos hablando de un libro sobre el cual se filmó una película, y estoy segura de que a diferencia mía, muchos de ustedes la han visto ya. En tercer y último lugar, la palabra “Autobiografía” en la cuarta de forros cala en lo más profundo del lector. En lo más profundo.
He leído en este libro todos los detalles de la historia que creía conocer, y lo único que queda claro es que las barbaridades de la guerra nunca se conocen del todo. Siguen sorprendiéndonos, aterrándonos, a medida que damos vuelta a las páginas de la historia. A medida que repetimos los patrones que tarde o temprano nos llevarán al colapso, a la miseria, a la anarquía total.
No basta ni siquiera recorrer con avidez las calles de Varsovia, esa capital reconstruida sobre la nada, esa ciudad tan gris, de avenidas amplias y de rostros sombríos. No basta tampoco ir a Auschwitz-Birkenau y retorcernos de vergüenza, de terror, de tristeza, de impotencia, de incredulidad. La piedra de toque es un testimonio como éste, en primera persona, aterradoramente detallado, extraordinariamente bien escrito, para desvelar de una buena vez por todas la realidad de la guerra, las atrocidades del genocidio, el sinsentido del antisemitismo, la exacerbación de la masacre y de la aberración.
No voy a incursionar aquí en un debate sin final: aquel que gira en torno a la comunidad judía de nuestros días, a lo que pasa en la Franja de Gaza, al lobby judío de Estados Unidos. Sé también que hay quienes cuestionan la versión que tenemos de la historia, que hay quienes creen que los números de la masacre han sido inflados para sobre esas cifras justificar acciones opresoras en la actualidad. Queda claro que quien esto escribe repudia cualquier tipo de brechas y de divisiones, que lamento profundamente la realidad que los palestinos tienen que confrontar todos los días en aquellas tierras ya no tan remotas para mí, y que no creo ni en la religión, ni en la raza, y que me enfurezco también cada vez que alguien pretende minimizar los desgarradores alcances del nazismo y la ultraderecha.
El 7 de diciembre de 1970, el canciller alemán Willy Brandt viajó a Varsovia. Willy Brandt siempre fue un opositor del régimen nazi y durante los años de la ocupación se refugió en Noruega, donde trabajó como periodista y activista político. Al terminar la guerra volvió a Alemania y se unió a las filas del Partido Socialdemócrata de Alemania. El mundo entero recuerda su visita a Polonia, ya que al hallarse frente al Monumento del Levantamiento de Varsovia, no hizo sino arrodillarse y decirlo todo sin decir nada.
¿Sus palabras? “En ningún lado del mundo se ha sufrido tanto como en Polonia. La aniquilación de los judíos polacos fue lo más sanguinario que la historia haya atestiguado jamás”. Y basta leer El pianista del gueto de Varsovia para corroborarlo.
Varsovia ya no existe. Aquí les dejo unas imágenes que recolecté ahí hace poco, con la esperanza de que puedan sentirse parte de esta aventura que me ha cambiado la vida.
11 abril 2010
Cracovia dice adiós
Las calles de la ciudad se cubren de lluvia, de banderas rojiblancas coronadas por listones negros.
10 abril 2010
Polonia llora otra vez
La idea de Europa para nosotros, los latinoamericanos, está inextricablemente ligada a la idea de progreso, de “primer mundo”, de prosperidad, de seguridad, de futuro. Europa es otra modalidad de la Tierra Prometida.
¿Qué puede haber de este otro lado del mundo sino la Torre Eiffel, el Big Ben, el Coliseo y el Parque del Retiro?
Europa también es heterogénea. Es cierto que su parte occidental no sólo corresponde a la idea que de Europa nos hemos hecho, sino que supera todas nuestras expectativas: Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, España… todos estos nombres de países cuyo nivel de vida es extraordinario. Todos se quejan, todo el tiempo se quejan, comparándose, por ejemplo, con los países escandinavos. Que si la seguridad social, que si les pagan por estudiar, que si el tranvía llega tarde… Y yo los observo, pasiva, con el rabillo del ojo, regodéandome en la oportunidad de constatar que el ser humano nunca está satisfecho. El ser humano siempre quiere más. Pero sí, es verdad, en aquel lado de Europa se cristaliza lo que asalta nuestra mente cada vez que nos remitimos al Viejo Continente.
Pero no toda Europa es Europa. Primero habría que definir qué entendemos por Europa: Europa como el continente europeo, o bien Europa cobijada bajo el manto de la Unión Europea, esa comunidad política a la que han tenido que asirse estos países para sobreponerse luego de ver cómo en sus propios campos de batalla la guerra iba poco a poco despojándolos de lo que a través de los años habían logrado erigir. Y sí, eso es Europa, el continente todopoderoso que antaño se repartiera el mundo haciéndolo suyo a costa de lo que fuera, saqueando todo lo que hallara a su paso, cristianizando a los indios, obligándolos a tragarse su basura y, paradójicamente, llevando con esto a aquellas tierras la promesa de la modernidad, de una raza mestiza, de guiñarle un ojo a las facilidades de la tecnología. Europa es, sin duda, el continente más sanguinario de todos: es en estas tierras donde más sangre se ha derramado jamás. El continente más pequeño y el continente más poderoso. El continente que todo lo tiene y el que de todo se queja. El continente por el que tantos extranjeros lo dejan todo, lo arriesgan todo. El continente que a veces sigue sacudiéndose hasta las entrañas, como hoy, ante los virajes inesperados del destino.
Muchas naciones, europeas y no, siguen hoy día coqueteando descaradamente con dicho organismo supranacional: todas quieren entrar al partido: Turquía, Ucrania, Armenia, Croacia… todos estos candidatos hacen gala de sus mejores destrezas amatorias para recibir el “sí” tan deseado. Polonia es, desde hace varios años, miembro de la Unión Europea. Y sí, se nota: todos los días, cuando abro la ventana, cuando paseo a pie o en tranvía, cuando tomo uno de sus (lentísimos) trenes, me doy cuenta de que Polonia se despereza, de que Polonia tiene ganas de crecer, de que poco a poco se perfila como el país que logrará encumbrarse, que logrará sobreponerse al dolorosísimo pasado que lleva a cuestas. Y hoy, luego de la inesperada muerte de su presidente, Lech Kaczynski, la incertidumbre vuelve a tocar la puerta de este país del que ya me siento parte.
He recorrido las calles de este país con una atención extraordinaria, especialmente tratándose de mí, que por lo general no sé nunca ni de dónde vengo ni hacia dónde voy. Adoro la energía de Cracovia, su gente, sus claroscuros, sus edificios grises, mutilados, testigos mudos de tanta catástrofe.
Hace un par de días fui a Auschwitz. No quería ir. No sabía si quería ir. El dilema moral. (Y no, no sé si tengo moral, pero un dilema sí que tenía.) ¿A qué diablos voy a Auschwitz? ¿Es por morbo? ¿Sí? De ser así, me doy un poco de pena. Me reprendo anticipadamente. Me decepciono un poco de mí misma. Y lo peor es que lo sé: el morbo es inevitable, es casi inherente al ser humano. ¿Y por qué no habría de ir? ¿Tengo miedo? ¿No te gusta llorar? ¿No quieres regalarte un viaje todo pagado al País de las Pesadillas? Sé valiente. Enfréntalo. Analízalo. Y fui.
No pretendo en este post hacer un recuento de todo lo que vi en esa visita. Sí merece un post, mucho más que eso: no para revelar verdades insólitas, no: sólo para canalizar lo que desde aquella visita oprime mi corazón. No voy aquí a desvelar el hilo negro: voy a explicar lo que vi, lo que sentí. Pero ésa es otra historia.
Polonia ha sufrido lo indecible. Un país atacado incesantemente desde tiempos inmemoriales. Cuando la gran guerra, la guerra tan sonada, Polonia se vio atacada por ambos flancos: los dos depredadores, los rusos y los alemanes, invadieron a la par. Luego, se repartieron el país. Cuando los nazis cayeron el panorama no fue menos desolador: una libertad ficticia cuya única función fue encubrir la esclavitud: el comunismo, la nulificación del ser humano y su individualidad, la negación de la libertad que deriva del ser diferente.
Y hoy este país, el país de papá, llora otra vez. Y aquí estoy, sin poder hacer nada, sin entender un carajo de polaco, pero solidarizándome con el dolor producto de la incertidumbre. Porque nada duele más que la incertidumbre, eso dice mi corazón.
Mi vecino, desde que fue anunciada la noticia, se despide desde su ventana.
Vayan estas palabras, este texto sin pies ni cabeza, a modo de pésame sincero. Mis condolencias para este país que en tan poco tiempo tanto ha sabido darme.
25 marzo 2010
Mi búsqueda fallida
El viernes de la semana pasada fui arrastrada hasta las instalaciones del Jewish Community Centre de Cracovia (una “expedición” escolar). Nos sentaron en una amplia sala de grandes ventanas por donde se colaba muchísima luz (¡ya salió el sol!). Lo menos que puede decirse de ese lugar es que es muy acogedor.
La encargada de la plática abordó todas y cada una de las actividades que se llevan a cabo en el centro: clases de idiomas, yoga, cursos de verano, talleres genealógicos, en fin. Llamó muchísimo mi atención el hecho de que los judíos senior pidieran clases de alemán. Uf. En el centro se celebran todas las festividades judías: Jánuca, Tu Bisevat, Purim, Lag Ba’ómer, Tu Be’av, Pésaj, Sucot y Shavuot.
Cuando escuché aquello de “talleres genealógicos” me entusiasmé. ¿Y por qué no?
“Aquí llega la gente con ascendencia judío-polaca tratando de reconstruir su árbol genealógico, de trazar sus raíces”.
Dicen las malas lenguas que mi papá era polaco y, además, que era judío. Invoco ahora mismo imágenes de la casa en la que transcurrió mi infancia: aparecen, nebulosas, ante mis ojos. Sé que me ponía de puntillas siempre para alcanzar la mezuzá: veía cómo la tocaba papá y lo imitaba sin saber por qué. Esparcidas a lo largo de la casa estaban, en vitrinas o sobre las mesas, varias menorás. En aquellos años no comprendía que las mezuzás, las menorás y la kipá que de vez en cuando asomaba por el escritorio de papá dejaban al descubierto una identidad encubierta, empolvada, olvidada en los rincones de aquella casa que mis hermanos, mi mamá y yo compartimos con papá.
Yo no sé lo que el judaísmo representaba para papá. No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero tampoco me parece que renegara de ello. Su religión era simplemente algo con lo que había aprendido a vivir. A diferencia mía, que no tengo religión, creo que papá sí estaba en cierta medida definido por su condición de judío no practicante. Aunque de ascendencia polaca, papá era mucho más mexicano que cualquiera de nosotros: comía chile, carne, frijoles y tortillas. Pocas cosas más necesitaba en la vida para ser feliz.
En fin. No pretendo aquí hacer un recorrido autobiográfico ni atar los cabos que desde mi infancia quedaron sueltos.
A mí me dijeron “taller genealógico” y yo me apunté.
Ayer fui al encuentro de lo que pensé sería el primer paso rumbo a mis raíces. Sólo sé cómo se llamaba papá y cómo se llamaban mis abuelos. No sé más. Supe que la operación Encuentra a la Banda tenía más posibilidades de fracasar que de tener éxito, pero… ¿qué más da? Ya estoy aquí, ¿no?
Y bueno.
Lo que ayer pasó ahí es totalmente prescindible para los efectos de esta narración. En realidad no pasó nada, puro cotilleo. Lo que sí ocurrió fue un cambio en mi percepción, un choque inesperado.
Cuando se abrieron las puertas del elevador me hallé frente a la Estrella de David más grande que he visto en mi vida. Di un paso fuera del ascensor y el escenario era impactante: un colorido alucinante. Símbolos por todos lados: Israel, el tetragrámaton, la Cábala y el Árbol de la Vida, el tefilín, el talit y la Torá. Una galería tapizada de alegorías judaicas imposible de esquivar.
Y me sentí incómoda. No me gustó.
No entiendo por qué el afán de la gente de seguir cobijándose bajo los símbolos que le han hecho tanto daño a la humanidad. Y no, no me refiero sólo a la consabida persecución de la que los judíos han sido víctimas desde sus más remotos orígenes o a la degeneración del Holocausto. Me refiero a todo aquello que diferencia, que aleja, que separa a los seres humanos.
Me refiero al Medio Oriente: aquella región aparentemente remota donde todos los días se pierden vidas so pretexto de un dios que, a todas luces, a nadie escucha. Se debaten una tierra santa que todos reclaman como propia y, en el camino, mueren y mueren civiles inocentes saturados de religión y sin nada que comer.
Los palestinos en la Franja de Gaza no saben cómo es la paz. La paz para ellos es un concepto abstracto sacado de alguna utopía. Nosotros en México tenemos miedo de salir a la calle, de que nos secuestren, de que nos asalten. Ellos tienen miedo de que caiga un misil, de que explote una bomba, de que sus hijos queden mutilados. Todos libramos batallas todos los días, y pocas tan cruentas como aquellas motivadas por una fe religiosa.
Reniego de los símbolos y de las estructuras religiosas. La religión ha sido siempre el combustible más eficaz para enardecer las almas, para desmembrar la sociedad, para matar “en el nombre de dios”. La religión es la enemiga número uno de la aceptación y la tolerancia. ¿Es tan difícil vivir sin religión?
No me gustan los símbolos, los símbolos que dividen y fragmentan. Judíos, musulmanes, cristianos, protestantes, ateos… qué más da, sólo son caretas. En el fondo todos somos iguales.
Mis “raíces” pueden esperar. Por ahora no quiero volver.
***
Para ilustrar este post, luego de esta descarga tan tremenda, les dejo aquí algunas fotos del barrio judío de Cracovia.
Enjoy!
17 marzo 2010
Mi ego violentado
Desde hace ya varios días reviso compulsivamente el “tablero” de este blog para ver si, de casualidad, el viento vuelve a estar a mi favor. Hace ya bastante tiempo que los lectores se mantienen en silencio: muy pocos comentan ya.
No hay mayor ilusión del blogger que regresar al blog y hallarse un comentario nuevo. Javier Marías, entre muchos otros, se ha pronunciado contra la cultura del blog. La interactividad con el lector le parece nociva, venenosa, infame. Yo, contándolo entre mis escritores favoritos, discrepo con él hasta el infinito. Para el blogger lo verdaderamente importante son los comentarios. Los que aquí escribimos sólo lo hacemos por eso: por el placer de escribir. Mentiría si les dijera que lo que pretendo con esto es ampliar mi red social y “conocer gente”. Mentira. Escribo aquí, por un lado, porque cada post es un nuevo reto: porque cada vez que pongo algo aquí hago un esfuerzo extraordinario por ejercitar mi escritura. Creo que a escribir sólo se aprende escribiendo y he ahí entonces una de las razones de sostener este espacio en pie.
No obstante, no es sólo eso. Es el ego de todo aquel que juega a ser escritor. Es la necesidad de llegar hasta otros, y no sólo por casualidad. El verdadero goce del escritor se experimenta cuando son los demás quienes llegan hasta su texto: cuando lo procuran, cuando lo esperan, cuando están dispuestos a pagar por él. Aunque en el caso del blog —al menos en el caso de este blog— el último inciso no aplique —¡nada más lejano!—, los bloggers tenemos la obligación de darnos por bien servidos con el hecho de que los lectores le roben unos minutos a su itinerante realidad para recorrer las líneas aquí plasmadas.
No sé yo si juego a ser escritora. Creo que negarlo es jactarme de una modestia que, de tan falsa, se disuelve tan sólo al decir que no. En mi cabeza hay demasiadas ideas que corren vertiginosamente de un lado a otro y que son, constantemente, crispadas por la intempestiva realidad del mundo de hoy. ¿Qué voy a hacer con tantos argumentos, con tantas historias inconexas, con tantos retazos de nada, si no es vertirlos en éste, el espacio que con esfuerzo y —tan poca y mal administrada— disciplina he ido construyendo?
Vaya, que no puedo negar la importancia de este blog en mi vida. Estos días han sido de muchísima inventiva. Este, este, este, este, este, este y este post han sido creados en menos de un mes. La respuesta de los lectores ha sido muy pobre, por decir lo menos. Y entonces añoro, de verdad, aquellos días donde con un solo post lograba desafiar la pasividad de quien me lee desde la comodidad de su monitor, invitándolo a exponer su opinión, a pronunciarse al respecto, a contribuir a un debate para mí muy significativo.
Si me preguntan a qué obedece esta —permítanme el sustantivo— “crisis”, creo que tengo varias hipótesis. He de decir, aunque me escuche fatal, que no creo que se deba a que la “calidad” —si es que puede hablarse de tal cosa— se haya ido deteriorando progresivamente. Si acaso, me parece, la escritura de estos días es menos rudimentaria que la de antes. Creo que si este espacio ha perdido lectores —o ha inhibido la interacción con los mismos— se debe, en este orden, a los siguientes factores:
1. A la inconstancia de quien esto escribe. A que soy un desastre. A mi indisciplina. A que desaparezco por dos meses y de pronto reaparezco con bríos renovados y casi asfixiantes —sirva el último mes como prueba irrefutable—.
2. A mi silencio, a mi falta de respuestas. A que también me conformo yo con ser un observador impasible que acecha desde el rincón, sin dar pie a un intercambio más interesante.
3. A mi nula presencia en otros blogs. ¿Cómo diablos puede dolerme que no lean lo que aquí se escribe si quien esto escribe no es lectora de blog alguno? A mi favor, la siguiente —e inútil— excusa: el combustible de este espacio es la literatura en el sentido más literal de la palabra, y cuando he de decidir entre bloggear o leer novelas, yo confieso: leo novelas.
4. Finalmente, a medida que los tiempos han evolucionado y el mundo se capitaliza, se globaliza, se satura… la lectura ha ido convirtiéndose en un lujo prácticamente inasequible. ¿En qué momento vamos a leer —blogs— si tenemos que manejar hasta el trabajo, cocinar, trabajar ocho horas, salir de paseo, asistir a tertulias, ejercitarnos, procurar a los seres queridos, etcétera?
Ahora que lo pongo en palabras, francamente, no me extraña lo que aquí ocurre. He de levantar la voz desde aquí para agradecer a todos aquellos que no han claudicado en el camino y siguen visitando Purasletras. La verdad es que un solo lector fiel vale más que todos los lectores ocasionales del mundo.
Qué horror… ¡Soy una egocéntrica!
16 marzo 2010
Ania, la equilibrista
Sé de antemano lo diminuto que es este texto. No me refiero a la extensión (¿eso a quién le importa?), me refiero sus nulos alcances. Es un texto muy “menor”, por así decirlo (y por decir lo menos). No obstante, es mi primer esfuerzo por construir una ficción. Una ficción por encargo, hay que decirlo.
Por azares del destino entablé, al parecer, la conversación adecuada con la persona indicada. Este editor me dijo lo que tramaba: una novela colectiva, detrás de la cual descansaran muchas manos y muchas mentes, que al final resultaría en una pieza literaria que se escribe, simplemente, para divertir a los autores.
— ¿Quieres entrarle?
— Órale.
Me asignaron un personaje —sin nombre— y un momento histórico —la Segunda Guerra Mundial—. Mi personaje huyó de su país —el país lo elijo yo— y trabaja en un circo de Lituania: es la equilibrista. Una cosita más: está enamorada de Camilongo, el bailarín negro del circo quien, como dicen los españoles, “pasa de ella”.
Previa autorización del editor, he aquí el texto.
***
Ania, la equilibrista
Por: Wendolín Perla [Yes!!!]
Aunque por lo general lo evito, tarde o temprano tropiezo con el espejo. “Colócate bien ese tocado, Ania”, “Ajústate bien el tutú”. Lo que veo es una chica asustada, muy espigada, de ojos azules. Bajo estos dos ojos claros se abren dos cuencos muy profundos que dan testimonio de mis noches de insomnio. El maquillaje disfraza la tristeza y el desasosiego por quince minutos: mis quince minutos de gloria, los quince minutos durante los cuales atravieso el escenario sobre la cuerda floja, en perfecto equilibrio, mientras el público me contempla estático desde las gradas. Me visto como bailarina de ballet porque la bailarina murió poco antes de que yo llegara. Murió de tifus. A mí el tifus no me da miedo: en el gueto morían más de 5,000 personas al mes. A los alemanes no les importa: nos dejan morir. Por eso huí.
Aunque no soy muy guapa, mi delgada complexión me ha abierto las cortinas corredizas de esta carpa de circo ambulante que me salvó la vida. Este patético espectáculo a domicilio cuyos improvisados protagonistas nos hallamos suspendidos en el umbral que divide la vida de la muerte. Todos escapamos de la Europa que nos arrebató la guerra, del Continente de las Maravillas que se doblega ante la voluntad del Hijo de Puta, Rey de Multitudes.
Cuando llegué a Vilna conocí a Camilongo. Era imposible no mirarlo: alto, fuerte, más negro que el carbón. La verdad es que yo nunca antes había visto un negro. Tampoco había escuchado a nadie hablar portugués. Camilongo estaba sentado a un lado de la carpa, bebiendo cerveza. Cuando levantó la mirada y me vio, me ofreció un trago. Bebí un poco y luego la escupí: llevaba dos días sin probar bocado. No recuerdo lo que pasó después.
Cuando desperté, Andrzej y Simza me observaban con lástima y desesperación. No había tiempo para cuidar de un enfermo. El circo debía seguir, avanzar hacia el este.
— ¿Sabes bailar?
— ¿Bailar?
— Sí. Bailar ballet.
— Ah. No. Bueno, nunca lo he intentado.
— Bueno, pues aquí lo intentarás y bailarás a no ser que quieras morir de hipotermia. O de inanición, o de tifus. Aquí la muerte está a la orden del día.
Andrzej, Simza y yo teníamos para entonces muchas cosas en común: éramos polacos y huíamos del régimen nazi. Los tres formábamos parte de dos de los grupos más vulnerables en la guerra: ellos, gitanos; yo, judía. Aquí en Vilna, sin embargo, éramos iguales. De hecho, yo sé que si pudiéramos nos sacudiríamos de encima el rostro, el color, el olor, la religión. Nos camuflaríamos entre los demás para pasar desapercibidos, para no ser apuntados en el ojo de un rifle, para no ser transportados a campos de trabajo. Yo reniego de lo que soy y de lo que creo. La guerra transforma los corazones, los vuelve de piedra. A mis padres se los llevaron en la madrugada. Los soldados irrumpieron en el gueto pisoteando cadáveres a su paso, tirando puertas, arrojando granadas. Todavía no sé de dónde saqué la fuerza para salir corriendo y montarme a ese autobús que llevaba mercancía barata hasta la frontera con Lituania.
Como al principio estaba muy débil, pensaron que era normal que no pudiera bailar. Hoy creo que fueron muy pacientes conmigo. Varios días pasaron y yo no conseguía levantarme sobre las puntas de los pies; cuando lo conseguía, mis movimientos eran torpísimos y Simza se enfurecía.
— ¿Pero qué diablos sabes hacer entonces? Algo tienes que hacer para ganarte la vida. Aquí gratis no puedes estar.
— Dame un día más. Un día más para aprender. Por favor.
— Tienes un día.
Y antes de salir por completo de mi espectro visual, se dio la vuelta:
— Verás que puedes, Ania. Si para mañana no estás bailando, Andrzej me pedirá que te eche.
Me quedé sentada con la cara entre las manos, llorando.
De pronto, con el rabillo del ojo, presentí una mirada desde el fondo: era Camilongo. Bastaba con sentirlo cerca para temblar, para llenarme de emoción. Lo que Camilongo me hacía sentir era lo único que me conectaba con la vida: lo que impedía que jalara el gatillo.
— O que você precisa é experimentar a corda bamba.
— ¿Qué?
Camilongo es de Angola y tiene 30 años. Habla portugués. No habla polaco pero con Andrzej se entiende en inglés. Simza me contó que solía dar shows por la calle, bailando y cantando. Él es la mayor atracción del lugar.
Luego de que me enseñara a mantener el equilibrio para, finalmente, andar por la cuerda floja, no me ha vuelto a hablar. Desde eso han pasado ya cuatro o cinco meses. Siempre que me ve me sonríe, pero no da la impresión de estar sonriéndome a mí. Parece que le sonríe al horizonte, al pasado, al futuro… rebuscando en su memoria algún recuerdo que pueda explicarle qué fue lo que lo condujo hasta aquí.
A veces lo entiendo. ¿Por qué habría de fijarse en mí si no soy más que un puñado de miedos, de inseguridades, de recuerdos sombríos que invaden mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas?
***
A base de esfuerzo, quizás, puedo ejercitar la escritura y cristalizar aquella ilusión.
¡Gracias por leerme!
11 marzo 2010
La tienda de los suicidas
“¿Su vida ha sido un fracaso? ¡Con nosotros, su muerte será un éxito!”
Una familia se gana la vida vendiendo todo tipo de artículos suicidas. El inventario es interminable: sogas de todos los tipos; insectos venenosos; brevajes mortales; pistolas de todos los calibres; caramelos de cianuro; dagas de las más variopintas procedencias; bombas individuales; bloques de cemento que, una vez afianzados a los tobillos, garantizan un hundimiento contundente. En el patio trasero, incluso, hay un precipicio especialmente diseñado para garantizar una muerte instantánea.
No falta el cliente de bajo presupuesto. Algún vagabundo. No hay problema: la familia Tuvache podrá apoyarlo, incluso sin cobrarle. Le regalará una bolsa con cinta para cenírsela al cuello de modo que no haya modo de respirar. El vagabundo, en señal de agradecimiento, se asfixia en la banca que está justo frente a la Tienda de los Suicidas para hacerle publicidad al establecimiento (todos los productos llevan el nombre y el eslogan de la tienda).
La Tienda de los Suicidas también tiene promociones, de la mejor calidad. El día de los enamorados, por ejemplo, se puede morir al 2×1. Se venden paquetes para empresas enteras: barriles de gas que, una vez abiertos, conducirán a todos los —infelices— empleados hacia la luz al final del túnel.
En la casa de los Tuvache sólo se comen animales suicidas: si el carnicero no les asegura que el cordero se dejó morir de inanición, o que se precipitó hacia un barranco, no comen nada.
Los señores Tuvache tenían la vida perfecta: un negocio que dejaba grandes ganancias dedicándose a la noble empresa de garantizarle la muerte a todos aquellos que hubiesen perdido la ilusión de vivir, y dos hijos a quienes antes de dormir les leían las historias de los suicidas más famosos: Vincent —por Van Gogh— y Marilyn —por Monroe, evidentemente—. Pero… no todo es perfecto. Un día, algo falló. Nueve meses después de probar un preservativo agujereado —por aquellos que quieren morir por alguna enfermedad de transmisión sexual—, Alan nació.
Alan, el hijo más joven de los Tuvache, era un niño particularmente alegre e ingenuo. Yo diría que un tanto bobalicón. La vida le parece —exageradamente— bella y no halla razón alguna en para morir. Aun cuando Alan es el eje en torno al cual se desarrolla esta historia, valen muchísimo la pena las ocurrencias de este autor que, en sólo 155 páginas, nos regala un muy buen compendio de humor negro.
Muy recomendable esta historia con un final inesperado y un humor extraordinario.
Concurso Fotos y Literatura
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¡Y yo participo con esta foto!
La estrategia editorial
10 marzo 2010
El librero de Kabul

En el prólogo a su libro (ya luego discutiremos la cuestión de prologarse a sí mismo), Åsne Seierstad escribe que decidió escribir sobre la familia de Sulthan Khan porque se sintió inspirada por ellos. No hubo ninguna otra razón. Si la intención de la autora hubiese sido retratar la cotidianidad de Kabul, hubiera tenido que optar por otra familia: una familia con hambre, analfabeta y conservadora. La familia del librero de Kabul, si bien nos permite echar un vistazo en el Afganistán de hoy, no es una familia común.
Sulthan Khan es un hombre de carne y hueso que bien pudimos haber importado de la ficción. Es un hombre trabajador, tenaz, duro, de convicciones claras, realista y entusiasta al mismo tiempo. Es un hombre que cuestiona, que se enfrenta, que somete, al que hay que temerle. Sulthan Khan tomó una segunda esposa muchos años después de haber tenido sólo una. Haciéndolo, hirió a su primera esposa e hizo feliz a la segunda quien, con menos de 20 años, gozaba ya del prestigio producto de ser la esposa del librero más importante de Kabul.
Afganistán está en todas partes. Y tan en todas partes está que, en realidad, no está en ningún lado. Todos los días le echamos un vistazo a los periódicos que por no dejar nos cuentan que, una vez más, “un ataque suicida ha dejado X muertos en Kabul”. Aquellos que hemos llegado a sentir un poco más de curiosidad por aquella región tan lejana (afortunadamente, pensaremos los más), sabemos que la historia de este país, un poco al estilo haitiano, es una historia de opresión, de pobreza, de saqueos, de regímenes dictatoriales, de fes mal encauzadas que han dado lugar al resquebrajamiento de una sociedad vulnerable, tan vulnerable como las mujeres a las que, desnudas, apedreaban públicamente so pretexto de adulterio cuando los talibanes tenían el control total del país. Entre Rusia, los talibanes y los norteamericanos, este país apenas tiene una rendija por la cual respirar.
Bajo las órdenes estrictas de Sulthan Khan, la familia del librero de Kabul incorpora a Åsne Seierstad en su dinámica diaria convirtiéndola en parte activa de este microcosmos árabe, medio-oriental, musulmán, diferente, sorprendente, humano. Åsne observa desde el umbral, indaga, documenta, pregunta, ata cabos. Sobre todo, escribe. Escribe no sólo lo que ocurre sino lo que los protagonistas de esta historia piensan y sienten, aquello de lo que se alegran y aquello por lo que se lamentan. Los tres meses de inmersión en la vida y los rituales de esta familia salen a relucir a cada vuelta de página.
A los más jóvenes la educación, que debiera ser un derecho inalienable de todo ser humano, les es arrancada sin previo aviso para incorporarse, abruptamente, a las filas de una realidad dura, incierta y despojada de toda ingenuidad. He aquí otro punto en común entre aquellos que se disputan la Tierra Santa: tanto para los judíos como para los musulmanes, no hay bien más preciado que la educación.
Las bodas, los alumbramientos, el escarnio público cuando se infringen las leyes que dicta el Corán, las estúpidas prohibiciones del talibán y la “liberación” norteamericana, las peregrinaciones hacia los recintos sagrados, los robos por hambre y la condena perpetua, el papel de la madre y la añoranza de otros tiempos, todos estos elementos se conjugan para ofrecerle a lector un escenario del cual no podemos sino aprender. ¿Nuestra obligación como testigos? Ahorrarnos los juicios y, sí que se puede, promover el entendimiento entre las culturas y las naciones. (Oh, mis profesores estarían tan orgullosos de mí.)
Hay una cosa que no podemos perder de vista: lo que diferencia a este libro de los demás, lo que lo vuelve único y para ciertas personas más atractivo, es que relata la lucha de un hombre para preservar uno de los poquísimos nichos de cultura escrita en el país. Un hombre que ha sido más de una vez encarcelado, que ha mentido para proteger sus libros (a los que más de una vez los talibanes han prendido fuego), que cruza fronteras infranqueables con tal de seguir vendiendo libros. En Afganistán, país donde los derechos de autor no son más que una quimera, donde cada quien reproduce y fotocopia lo que quiere, donde vender libros es aún más complejo de lo que lo es en otras zonas del mundo, la labor de Sulthan Khan es digna, como mínimo, de un libro como éste.
Este libro, de la mano con Cometas en el cielo, es una herramienta extraordinaria para comprender lo incomprensible, para identificarnos con aquellos, tan distintos a nosotros, pero más cercanos de lo que pudiéramos imaginarnos. Luego de leer este libro, cada bomba que caiga sobre Kabul calará hondo, muy hondo, en el corazón del lector que ha tenido la oportunidad de adentrarse, por medio de la literatura, en el día a día de una familia de Kabul.
No quiero pecar de ingenua, pero ojalá pronto llegue el día en que de las bombas que caen sobre Kabul sólo quede constancia en las páginas de la historia. Afganistán, al igual que Haití y como muchas otras naciones, necesita descansar. Sacudirse el miedo y reconstruirse desde 0. Y mientras tanto, ¿nosotros qué hacemos? Leer, entender, conversar, tocar puertas y abrir corazones por medio de historias como la de Sulthan Khan.
Leer no sirve de nada
Gabriel Zaid siempre es una sombra con la que todo editor mexicano arrastra en mayor o menor medida. Incluso cuando se trate de una sombra que ni siquiera se empalma con la propia, de un nombre suspendido en el aire del que se tiene conocimiento pero en el que no se ha indagado, me atrevo a asegurar que todo editor en México ha escuchado alguna vez nombrar a don Gabriel Zaid.
Yo de él sabía un par de cosas. Sabía, por ejemplo, que es una persona muy particular. Al estilo Salinger, es enemigo de los reflectores: nada de entrevistas, nada de presentaciones, nada de fotos de solapa. A él lo único que le interesa de los libros es publicarlos y editarlos. A mí esa actitud nunca me ha convencido del todo, siempre la he recibido con suma suspicacia. Empeñarse con tantísimo encono en ocultar el rostro es generar en torno propio una polémica que da lugar a más habladurías… ¿No convendría más conducirse con toda naturalidad? En fin.
También sé que es una persona sumamente disciplinada a la que no le gusta que irrumpan en su rutina. Un profesor queridísimo me contó una anécdota que hizo enfurecer al señor Zaid. Una vez habiendo colocado en la puerta un letrero que rezaba “No molestar”, Gabriel Zaid se dispuso a leer. Habiéndose ataviado para tan honorable ritual, sobre la puerta se escucharon los nudillos de una (impertinente) visita. Al abrir la puerta y descubrir frente sí a la vecina, lo único que atinó a hacer fue preguntarle que por qué había tocado si en la puerta había colocado un letrero, por demás visible, donde pedía que no le molestasen porque estaría ocupado. La vecina respondió: “Ah, señor Zaid, discúlpeme. Ya sé que está puesto el letrero pero me asomé por la ventana, lo vi leyendo, y pensé ‘bueno, no está haciendo nada’…”
Yo fui una de esas personas que sabían de la existencia de don Gabriel Zaid y aplaudí su ingenio para titular sus obras, por ejemplo: Cómo leer en bicicleta. Pero estamos aquí para hablar de [Sus] demasiados libros.
Me encantó tener entre mis manos un texto tan refrescante, tan accesible, tan depurado de erudiciones. Algo así es difícil de lograr entre la élite de aquellos que se precian de dominar la palabra: de leerla, de escribirla, de entenderla, de interpretarla. De tremendo personaje me esperé lo peor: una obra escrita en un español casi ininteligible, dejándole claro al lector dónde está parado.
Pues no.
Zaid nos regala en este libro reflexiones bellísimas sobre los libros. Nos cuenta cuánto despreciaba Sócrates la palabra escrita colocándola en un nivel infinitamente inferior al de la cultura oral. Nos platica de los muchísimos artilugios verbales de los que nos valemos para aparentar que somos poseedores de una cultura que no sólo no tenemos sino que difícilmente llegamos a comprender.
La preocupación por escribir un libro es un tema recurrente en este ensayo. Las personas hoy día, nos dice el autor, están más preocupadas por escribir un libro que por leer ninguno. So pretexto de que en esta vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, el valor del libro en el imaginario colectivo de los egresados universitarios ha perdido la fuerza que debiera tener. El libro, a la vez, lo es todo y no es nada. Valerse de un artefacto tan rudimentario como lo es el libro para emplearlo de escaparate, se teme el autor, no es la mejor de las estrategias.
Entre otras cosas, me encantó leer lo que él llama el eslogan menos comercial (y más cierto) del mundo: “¡Regala un libro! Es como regalar una obligación”. ¿Cómo evadir después las preguntas que pondrán en evidencia nuestra falta de compromiso con el obsequio recién adquirido? “¿Ya lo leíste?”, “¿Te gustó?” No tiene nada de malo tampoco. Al fin y al cabo (y esta frase guárdenla para la posteridad) “un libro sin leer es un proyecto por completar”. Más aún: “Cada lector es un mundo. No hay dos bibliotecas iguales”.
Con una elocuencia extraordinaria (y eso que yo, desgraciadamente, lo he leído en inglés) se pronuncia sobre el aburrimiento y sobre la ignorancia. Sobre lo primero nos dice que “la aburrición es la negación de la cultura”, y sobre lo segundo confiesa que “los libros se publican con tantísima rapidez que nos vuelven exponencialmente más ignorantes”.
Hoy Gabriel Zaid se ha ganado mi respeto y mi admiración. Por su forma de escribir, por sus ideas, por su sensatez. Pero sobre todo, hago hincapié, porque a leguas se le nota esa pasión, esa devoción, ese amor inenarrable por los libros.
Y cerramos con broche de oro:
“Leer no sirve de nada: es puro vicio, puro placer”. +G. Zaid+
3 marzo 2010
Entrada al cielo: DENEGADA
(Éste es un extracto del libro de Åsne Seierstad, en el que luego profundizaremos a conciencia.)
Cuando los talibanes tomaron control de Kabul en septiembre de 1996, dieciséis decretos fueron difundidos por Radio Sharia. Una nueva era había comenzado.
1. Se prohíbe la exposición femenina.
2. Se prohíbe la música.
3. Se prohíbe afeitarse.
4. La oración es obligatoria.
5. Se prohíben las peleas de aves.
6. Se erradican los narcóticos.
7. Se prohíbe volar cometas.
8. Se prohíben las fotografías y los retratos.
9. Se prohíben las apuestas.
10. Se prohíbe los cortes de pelo británico y norteamericano.
11. Se prohíben los intereses en los préstamos, así como los cargos por cualquier tipo de transacción.
12. Se prohíbe lavar ropa en ríos cercanos al terraplén.
13. Se prohíben la música y el baile durante las bodas.
14. Se prohíbe tocar tambores.
15. Se prohíbe a los sastres que tomen medidas o hagan ropa para mujer.
16. Se prohíbe la brujería.
Además de estos dieciséis decretos, se escuchó en Afganistán un mensaje para las mujeres:
Mujeres, no deben dejar sus hogares. Si lo hacen, no deben conducirse como aquellas mujeres que solían usar ropa de moda, que usaban maquillaje y que se exponían frente a los hombres antes de que el islam llegara al país.
El islam es una religión de liberación y ha decidido que a la mujer le corresponde cierta dignidad. Las mujeres deben evitar a toda costa las miradas lujuriosas. Es responsabilidad de la mujer mantener unida a la familia y proveer a sus miembros con ropa y comida. Si las mujeres tienen necesidad de salir de su casa deben cubrirse con base en la sharia. Si la mujer se viste con prendas ajustadas, seductoras y decoradas para llamar la atención, serán condenadas por la sharia y les será denegada la entrada al cielo. Serán amenazadas, investigadas y severamente castigadas por la policía religiosa, al igual que el cabeza de familia. La policía religiosa tiene la responsabilidad de combatir estos problemas sociales y no cesará en sus esfuerzos hasta que el mal se haya arrancado de raíz.
Allahu akbar.
***
Seguiré con esta entrega. Por ahora no puedo escribir más.
¡Un abrazo desde Cracovia!






















































